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2 03 2005 - 08:33

Un lector ambicioso me comentaba ayer por mail que hace falta más material en TP. “Diez o quince dailies harían el diario que uno quiere leer”, decía. No es el primero en sugerirlo, pero me pregunto cómo se hace. Con Semán de vacaciones tengo exactamente veintisiete minutos para escribir esto, y la lectura de los diarios me dejó con por lo menos cuatro temas pendientes, todos interesantes y dignos de mención.

Por un lado está el discurso de K, comentado con interesante desencanto por Wainfeld en su análisis de hoy. Como pasa a menudo, lo que les molesta a los demás a mí me da lo mismo, y al revés. Las invocaciones a Dios y la Patria, por ejemplo, entran en esta segunda categoría, y confieso que me cuesta saber si mi exceso de anticuerpos en lo que respecta a ambos conceptos me obliga a una visión exageradamente pesimista. ¿Cuán fascista es la vocación real del Gobierno? No es fácil darse cuenta. A veces me asusto (como cuando, la semana pasada, leía esa serie de manifiestos semi-oficiales sobre la Cultura Nacional) y a veces creo que en realidad se trata más bien de una anestesia ante las tradiciones folklóricas e institucionales, que termina instituyéndolas como algo “normal” por, ejem, default.

Algo parecido pasa con la Iglesia en estos días. El mini-escándalo generado la semana pasada a partir de las declaraciones de un cura, ahí sí, nazi como pocos, se sedimenta en la forma de encuestas injustificables, en las cuales le preguntan a la gente qué opina, como si pudiera importar. Como si estuviera respondiendo a la encuesta, otro cura llamado Mujica le explica hoy a un periodista de Clarín: “lo que planteás es una moral de la estadística. O sea, si lo hacen muchos, habría que planteárselo como posible. Transportá eso a los ‘90 entonces habría que haber aceptado la corrupción. Todos estábamos embarcados en aceptar la corrupción porque nos iban a invitar al banquete del consumo. Imaginate que ahora somos liberales en la sexualidad y escondimos la muerte.” Epa.

Mi mamá, igual que otras señoras que escuchan la radio, cree que Mujica es un cura “bueno”. Ese es su papel en los medios —un rol del que él claramente disfruta. Pero Hugo Mujica es al Catolicismo lo que Feinmann al peronismo: un tuerto que se autopostula rey de una comunidad de no-videntes. Como Feinmann, Mujica se embala tanto con las tentaciones de su puesto que termina derrapando de la peor manera. En el reportaje de hoy, no sólo intenta demostrar su amplitud de criterios mediante la declaración temeraria de que “tuvo un amigo homosexual”; también se anima a sugerir que “No hay que pedirle a los curas que sean intelectuales”. Aunque en realidad dice “pedirles, porque el sí es un intelectual.

La propuesta de tirar ministros al mar llama la atención de todo el mundo; por algún motivo, todas estas aberraciones en boca de actores que se suponen más civilizados (“el preservativo es una defensa de la muerte”; “viva la patria”) pasan de largo. En gran medida, creo, esto se debe a la sólida imagen de las instituciones que, curiosamente, tantos creen en crisis. Es “previsible” que un presidente se encomiende a Dios, y que un cura se haga el boludo, porque las reglas acerca de lo que pueden pensar y decir ya han sido establecidas de antemano dentro de la institución a la cual pertenecen. “Ah, no sé, yo trabajo acá, nomás”.

Well, I want to speak to the manager.

Anoche vi Silver City, la última película de John Sayles que había dejado para DVD porque ya me ensarté demasiadas veces con él y temía lo peor. No sé si es “lo peor” —vale la pena aunque sea ver la actuación de Danny Huston—, pero Silver City ejemplifica tanto como Limbo o Men With Guns el desprecio que siente la izquierda por el pensamiento individual, la duda (esa jactancia), y los instrumentos mismos de los cuales se vale para declamar lo que sabe cierto. Aunque muchas preguntas interesantes podrían ser formuladas a partir del setup inicial de Silver City, Sayles sólo está interesado en encajar ahí las respuestas que ya tenía de antes. Igual que, digamos, Verbitsky.

En la llamativa instancia de cross-pollination que implica la cobertura en ñeñeñe del libro de Verbitsky sobre la Iglesia en la dictadura, y en sus respuestas recientes al eje Baseotto/Bergoglio, Verbitsky se centra en el secuestro de dos sacerdotes jesuitas y la (indudable, para mí) performance de delación por parte del hoy obispo. Omite también —y tal vez no lo haga a propósito— las aristas que a mí me resultan más interesantes en este caso: una suerte de interna entre jesuitas que debería ser evidente para él, considerando el artículo que había escrito sobre el mismo tema hace unos seis años

Sucede que Bergoglio también es jesuita.

“Bergoglio es el responsable de que la Provincia argentina sea retrógrada, espiritualista, conservadora, con una postura cercana al integrismo, lo cual es un caso único en el mundo, donde los jesuitas se destacan por lo contrario”, afirma un estudioso de la Compañía. “Una generación entera de jesuitas, los que hoy tienen de 35 a 55 años, fue formada por Bergoglio en el culto a la personalidad, el clientelismo y la obsecuencia. Visita a los curitas y les soluciona problemas, les ofrece una computadora o un viajecito de vacaciones. Y oficiosamente sigue manejando la Universidad del Salvador. En todo el mundo los jesuitas son vanguardia, acá trogloditas”, agrega.

Lo de “vanguardia” es relativo, claro, aunque algo de cierto tiene. Los jesuitas fueron los primeros en comprar esclavos en las colonias; un jesuita llamado Peter Binsfeld fue el primero en quemar a casi todas las mujeres de una serie de pueblitos alemanes (368 brujas); fueron también los primeros en prohibir a Descartes, que se había vengado de su educación, precisamente, jesuita, publicando un libro entero acerca de la Duda. Lotario Sarsi, otro jesuita, fue el primero en escribir un libro contra Galileo, y tal vez haya que agradecerle a la orden que mucho de lo que escribió Voltaire y de lo que filmó Buñuel haya sido como consecuencia de sendas experiencias con los seguidores de Ignacio de Loyola. Es cierto que fue un jesuita el primer constructor de robots; también es cierto que lo echaron enesguida de la orden, en cuanto se enteraron de sus ángeles mecánicos. Recuerdo historias familiares acerca de un cura jesuita que, recluído en el observatorio de San Miguel, investigaba la existencia de seres extraterrestres. Hay un universo interesantísimo ahí, que la investigación de Verbitsky no niega pero tampoco sugiere — motivaciones de lo más arcanas, jesuitas matándose entre ellos por interpósita persona, haciendo uso de conflictos que quién sabe cuán ajenos o cuan propios podrían resultar en el contexto de aquella demencia.

Supongo que menciono todo esto en mi afán de recordar que las instituciones están conformadas por personas, algo que habría que tener en cuenta para entender cómo se comportan. No es dificil suponer que “jesuita” (como “peronista”) no quiere decir nada, a esta altura. Si esto es cierto, sin embargo, la persistencia de la institución es un anacronismo importante.

Y hay otras cosas más, porque hoy tenemos daily triple.

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Daily, Página 2

En cuanto a Madrid Rock, pensé que su cierre no le interesaba a nadie más que a mí, pero la noticia está empezando a merecer una cobertura más amplia, y además provoca comentarios que nos llegan por mail.

Amy Wang, una amiga, pregunta:

Did we ever walk past this store? It sounds so famous, but I dont think we ever saw it together. Have you ever shopped there?

y Eliseo Brener comenta:

Su descripción de Madrid Rock me trajo reminiscencias, en cuanto sitio lúgubre y decadente, de lo que fuera aquí en Buenos Aires el Centro Cultural del Disco, que se desvaneció de tal manera que resulta casi imposible precisar exactamente cuando ocurrió, pero supongo que habrá perecido en alguno de los momentos en que Musimundo arrasaba con todo. En aquella disquería nunca se encontraron especímenes muy extraños, pero sí eran extraterrestres en cuanto a los precios, que normalmente superaban de una forma demente a los de cualquier otra disquería. Creo que eso era lo que le daba un aire atemporal al lugar.

Con respecto a dónde se encuentran los discos de las disquerías que cierran, de acuerdo a cómo viene la cosa, yo imagino algunas hipótesis. Los discos son cada vez más como el sistema o como dios, que no están en ninguna parte y están en todos lados al mismo tiempo. Por un lado, las disquerías eran enormes depósitos de stocks, y stocks es cada vez más una mala palabra en la era virtual, así que mejor comercializar a través de sites, que no acumulan más que la referencia de algún otro que pueda tener el material en cuestión, pero claro, esto ya es viejo desde la era Amazon. Por otro lado, el destino de todos esos materiales es: brokers, es decir, buscas de mercaderías parecidos a los compradores de remates judiciales, que a su vez se convierten en algunos de los alimentadores de la venta a través de sitios. En el tema de los vinilos, la cosa se hizo mucho más misteriosa, porque hay un mercado de coleccionismo que mueve mucha más guita por unidad que en el caso de los cds, y eso sin duda está manejado por tipos que conocen ese mercado, que ya son como una especie de anticuarios especializados y que por cierto no van a tener disquerías (aunque acá en Buenos Aires creo que queda alguna) sino que logran ganancias mucho mayores a través de Ebay o semejantes. Sin dudas, hace su gran aporte a la confusión general la actitud titubeante de las discográficas, que vacilan entre editar o no editar, mantener catálogos o desecharlos, chillar contra el tráfico p2p pero al mismo tiempo intentar usarlo como negocio, es decir: no saben a dónde van a ir a parar.

La era del cd trajo aparejada ˆentre tantas otras cosas- una disponibilidad inédita, que creo que tenía su origen en una avidez inusitada por parte del público y en el positivismo neoliberal donde se creía que se podía poseer la totalidad con una relación costo/beneficio óptima (lo digo así porque resulta evidente cómo esa forma de pensar fue llevada incluso al consumo de este tipo de “bienes de disfrute”). Pero si tratamos de recordar la era de los vinilos, nunca existió tal disponibilidad. Acá tal vez hubo mayor surtido en época de plata dulce, pero igualmente jamás llegó a equipararse con la época del cd. Antes, era bastante común que a un disco hubiera que encargarlo, y lo mismo ocurría en épocas parecidas en el exterior.

Siguiendo con la pregunta de dónde están los discos de las disquerías que cerraron en los últimos años, puedo recordar mis últimas incursiones a Tower Records cuando languidecía en la Buenos Aires del 2002: los discos iban desapareciendo como en una secuencia de cámara rápida porque todos los fanáticos veíamos una Œúltima oportunidad‚. Claro que acá se vuelve a mezclar nuestra propia decadencia post-devaluación con la situación global, pero nuevamente creo que esta decadencia nuestra, la puntual de 2001-2002, ocultó lo discográfico como uno más de los aspectos económicos y ahora que tenemos crecimiento y que estamos en niveles económicos pre-1998 se ve que los discos y las disquerías, tal como los conocimos antes, ya no volverán a ser lo mismo.

El que no volverá a ser el mismo, tampoco, es Pappo. Eduardo Hojman nos mandó un obituario que complementa (mucho más de lo que contradice) lo que había escrito Schmidt al respecto. Lo pongo acá porque debo irme, aunque ambas notas deberán juntarse después en otra parte.

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Daily, Página 3

Dice Hojman:

Iba a escribir algo sobre la nieve en Barcelona. Tuvimos que esperar cuatro olas de frío para que por fin (ese “por fin” es clara señal delatora de alma de porteño para quien la nieve es algo exótico, puesto que a los locales les irrita bastante) cayera nieve en la ciudad. No llegó a cuajar en el gótico, pero bastaron diez minutos de tren hasta la estación Avenida Tibidabo, luego un lento autobús hasta el peu del funicular para encontrarnos, contentos como chicos, con todo nevado, con nieve pura y blanda para armar muñecos y pelotas de nieve. A mí la nieve me empelotuda.

Pero esta mañana, frío y todo, fui al Starbucks de la Vía Laietana. A pesar de que ir al Starbucks de Barcelona, con todos los cafés más bonitos y baratos que hay en la ciudad, es violar otro de mis autojuramentos, ahora es mi café favorito porque a) tiene todos los diarios b) está lleno de güiris (léase: extranjeros, gringos) que no leen los diarios y c) está prohibido fumar y por lo tanto se puede respirar. En el Starbucks solían pasar buen jazz, y la selección musical, que iba desde Miles Davis hasta Norah Jones (bueno, qué le vamos a hacer) se vende en un disco. Pero hoy, por alguna extraña razón, el tucumano que atiende escogió pasar Vivaldi y sus cuatro estaciones.

En ese entorno, con el sol entrando de lleno desde la Vía Laietana y protegido del frío por un gran ventanal, leí casualmente El País y me encontré con la historia de Pappo y la piña y la Harley Davidson.

Nunca me gustó la música de Pappo. Llegué más o menos tarde para Pappo’s Blues; tarde quiere decir que oí esos temas cuando ya habían pasado por el proceso que convierte a todo tema básico del rock nacional en canción de fogón. O sea: escuché “Desconfío” “El tren de la hora 16” y cosas así primero en fogones, después en el disco. Yo no tengo la sensibilidad necesaria para que me gusten esas cosas. Pappo jamás me pareció interesante; sus letras me resultaban banales o directamente estúpidas; su música, básica y olvidable. Cantaba mal; tampoco me impresionaba como guitarrista. El título oficial de “amigo de B. B. King” le fue conferido cuando King era un viejo decadente cuyos shows eran una grasada que parecía pensada para turistas de las vegas. Precisamente en uno de esos shows, en el Gran Rex, creo, abrió Pappo. Retrospectivamente, aquella noche Pappo salvó las papas, porque B. B. King se la pasó boludeando y repartiendo guitarritas de plástico. Pero aún así.

Si Pappo’s Blues tenía cosas rescatables, Riff, con su banda de mundo nuevo y Vitico y esas cosas, me parecía directamente insoportable. A esa altura yo ya había abjurado del rock argentino en general.

En 1990-1 yo era uno de los conductores de dos programas de radio en La Metro, la FM Municipal: 70 Monos y Después de hora. Un día hicimos una fiesta con los oyentes en el Bar Crónico y cuando Diego Manesevich –el otro conductor— y yo entramos en el bar, ahí estaba Pappo, con dos mujeres que escapan a toda descripción. Las mujeres entraban y salían del bar y, desde una camioneta estacionada frente al Crónico (Honduras y Serrano), bajaban damajuanas de vino pasándoselas como los obreros se pasan las pilas de ladrillos. Las damajuanas iban a parar debajo de la mesa de Pappo. Encima, había cuatro cafés.

Diego y yo nos acercamos a preguntarle si estaría dispuesto a que lo entrevistáramos para la radio. “No sé, pibe”, dijo con muy mala onda. “Hablá con mi representante”.

Nunca me cayó bien Pappo.

Más tarde el bar se empezó a llenar de gente y Diego y yo subimos al escenario. La gente nos aplaudía (fueron nuestros 15 minutos warholianos). También subieron dos mujeres, la telefonista y la productora de los programas. Una de las chicas de Pappo nos dijo, desde la mesa, que Pappo quería subir. Lo invitamos oficialmente al escenario y Pappo me miró y me dijo: “¿Qué digo, flaco?”. “No sé, lo que vos quieras”.

Entonces Pappo hizo subir a las chicas de él, las abrazó, y dijo: “Yo también tengo minas”. Ovación generalizada.
Poco más tarde, en un casamiento, yo estaba hablando con un músico, cuando se acercó Pappo y me dijo: “Pibe, ¿te vas un rato? Tengo que hablar yo con él”.

Creo que lo único que me divirtió de Pappo fue cuando en una revista habló de su participación en uno de esos ridículos conciertos por la paz o algo así que organizaba Piero y su banda de impresentables, todos vestidos de blanco. Después de dar algunas excusas que ni él mismo creía, Pappo dijo que lo había hecho para poder tocarle el culo a Marilina Ross.

Sin embargo, en el bar de la Vía Laietana, leyendo la necrológica bastante bien hecha de El País, mientras el sol derrite la poca nieve que quedaba en el Tibidabo y las catalanas corren abrigadas por las prendas que pudieron obtener en las rebajas de Zara, mientras –un poco demasiado— apropiadamente suena Vivaldi en vez de jazz por los parlantes del Starbucks, me sentí inundado por algo parecido a la tristeza. Algún día pensaré en aquel texto de Cortázar donde, según recuerdo, uno iba dándose cuenta de que envejecía por las muertes de esas personas que, para bien o mal, marcaron algún momento, establecieron con uno alguna extraña relación de contemporaneidad. Aunque no sé si es por eso.


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