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5 03 2005 - 07:35

Buen día.

Una de las tareas a desarrollar en las próximas tres o cuatro décadas —y esto se aplica a todos los lectores de TP, calculando una edad promedio de treinta y cinco o treinta y seis años— es la de evitar convertirse en alguien como Juan José Sebreli.

¿Por qué Sebreli? La lista de personalidades que podrían encarnar destinos igualmente tristes es extensísima, pero asumimos que ninguno de nosotros corre, por suerte, el riesgo de parecerse jamás a Feinmann, a Isabel Allende (increíblemente reivindicada hoy por Hitchens), o a las trillizas de oro. Sebreli, en cambio, es una sombra ominosa, una suerte de dementor en el que, con un poco de buen humor y autocrítica, podría reconocerse uno, asi como se reconoce en otros personajes miserables, como Ignatius Reilly o Raskolnikov.

“La cultura argentina es un espejismo”, es el tentador título de Clarín para el reportaje a Sebreli que se anuncia con una lista de otras tantas afirmaciones atendibles: “ya no hay grandes intelectuales ni movida cultural; la universidad argentina no existe; el tango fue la última expresión de la cultura popular; los intelectuales que trabajan con el gobierno son cortesanos, juglares o bufones del rey”. El resentimiento es motor de Sebreli desde que tengo memoria, y eso ya debería hacer sonar una señal de alarma cuando nos sorprendemos coincidiendo con sus apreciaciones. Pero hacía falta la intervención de Clarín, con su eficacia insuperable en exponer lo peor de todos nosotros, para notar el nivel de aislamiento en el que un tipo como Sebreli ha pasado los últimos veinte o treinta años (y, tal vez, toda su vida):

—¿El rock y la cumbia no pertenecen a la cultura popular?

—Desde el punto de vista estético no se pueden juzgar. Son fenómenos de sociología de masas, de delirios colectivos —como se comprobó con el caso de Cromañón—, que no tienen mucho que ver con la cultura. El rock es una forma degradada del jazz, con una explotación industrial enorme. Los cantantes populares de la primera mitad del siglo XX podían ser mejores o peores pero tenían que tener algún don, una voz. Los rockeros no la tienen.

Lo de Cromañón es genial (¿qué hace ahí? ¿Se comprobó qué? ¿Por qué lo nombra? ¿Qué tiene que ver?) pero no deberíamos dejar que nos distraiga del resto, en tándem con la queja increíble de que los artistas, er, “modernos”, “no saben dibujar ni pintar”. Todo esto es tan triste que no merece ser refutado — ni hace falta, claro, pero sólo porque pertenecemos a otra generación y no hemos pasado la mitad de nuestra vida en un iglú. Existe la posibilidad de que algo así nos pase a nosotros, sin embargo. Horacio González, con la oblicuidad descremada que lo caracteriza, sugiere en una nota al margen que Sebreli “involuntariamente pone al envés antiguos retazos de lo que somos”. Antiguo será Sebreli (lo es, sin duda, en el peor sentido de la palabra), pero estos retazos son más bien futuros; su historia podrá no ser tan tremenda como la de sus pares en la ficción (después de todo, Sebreli escribe libros que la gente compra y tal vez lea, podría ser peor), pero a falta de cautionary tale Sebreli se erige solo en cautionary person, por lo menos para todos quienes podemos compartir su decepción ante un inaceptable estado de cosas.

No hay recetas, y cada uno encontrará la estrategia que le cuadre para la misión (que ya existía de antes y yo sólo hago explícita) de no terminar como Sebreli, embrutecido por la amargura. Sugerimos hoy dos métodos que funcionan muy bien juntos: huir hacia afuera (nunca hacia adentro) y leer Calvin & Hobbes:

En TP sabemos bien lo que te pueden hacer los diarios, cada mañana. “A six-year-old’s dream come true” es otra manera de ver las cosas. Una mucho mejor, if you ask me, llena de posibilidades, productiva y disfrutable.


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