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Instrucciones para el Hombre de Flores

5 03 2005 - 09:57

“Los hombres quisieran ser ángeles, los ángeles quisieran ser dioses”, escribió Alexander Pope. ¿Pero el Homo Floresiensis hubiera querido ser un Homo Sapiens? Ampliemos el razonamiento: ¿los monos querrían ser hombres? Es lícito dudar, incluso porque la cuestión es vieja y delicada, y con Darwin tuvo sólo un sobresalto, no una solución definitiva.
Ahora citemos a Borges: “Es fama entre los etíopes que los monos deliberadamente no hablan para que no los obliguen a trabajar” (El Aleph).

Y ahora recordemos a otro darwinista, Kafka: En su relato “Informe para una Academia” un gorila se transforma en hombre no para alcanzar la cima de la condición animal, sino para encontrar una vía de salida (una vía cualquiera) para su incómoda posición de enjaulado.

Nietzsche invitaba a forzar la evolución educando a los monos para que se convirtieran en hombres, pero los hombres-monos, desde King Kong hasta los salidos de la sala de operaciones de la isla del doctor Moreau, parecen todos destinados, como las criaturas mitológicas a las que emulan, a rebelarse a su propio destino y a sucumbir a él.

último argumento (pero decisivo): es verdad que los primates imitan a los hombres, pero de ahí no resulta que los gorilas actuales y los chimpancés hayan usado jamás un medio cualquiera de comunicación para decir: “Quisiéramos ser como nuestros amos”.

Ser hombres es doloroso (eso advierten los teólogos y la dialéctica del Iluminismo) y los primates deben advertirlo (tienen instinto).

Por consiguiente es bastante discutible, e incluso racista, pensar que el paso del estado de Floresiensis al de Sapiens deba definirse como un “progreso”.

En suma, la alternativa hombre/mono tiene el mismo sentido que la alternativa hombre blanco y hombre negro o amarillo. ¿Dónde escuché eso de “Si te casas con mi hija mi familia dará un salto atrás de tres mil años” que un padre de familia americano decía al pretendiente negro de su hija? Una afirmación como esa podría multiplicarse ad infinitum, para atrás y para adelante, dicha por ejemplo a King Kong por el padre de Fay Wray.

¿El “astuto” Floresiensis hubiera querido convertirse en ser humano? ¿Pero quién es Floresiensis?

Vivió hace 18.000 años y poseía un cerebro diminuto, en nada parecido al del hombre moderno, más semejante al del Homo Erectus o al del primate prehumano llamado Auastralopithecus.

Del análisis de su cráneo, que dos antropólogos australianos encontraron en 2003 en una cueva llamada Lian Bua, en la isla de Flores (hoy Indonesia), un equipo internacional de científicos concluyó que esta criatura poseía capacidades cognitivas superiores. Era de baja estatura (un metro de altura) porque en la isla de Flores escaseaba el alimento (no, como se dijo en algún momento, debido a una enfermedad o al mal desarrollo de la masa encefálica). La masa cerebral del hombrecito de Flores corresponde casi a un tercio del hombre actual (350 cc contra 1.500 cc, algo así como hacer que disputen una carrera una Gilera 350 Dakota y una Kawasaki VN 1500). Su cerebro era “del tamaño de un pomelo”, y según los antropólogos este homínido cruzó el océano y se asentó en la isla donde fueron hallados sus restos. Parece que usó fuego y fabricó herramientas pulidas (lo que demuestra que alcanzó niveles de comportamiento muy avanzados, de ahí el mote de “astuto”).

Imaginemos que es un nuevo Adán. Un héroe de historieta. Imaginémoslo como un maniquí expuesto en un museo antopológico francés: el Floresiensis parece salido de un film de Spielberg, alguien que hubiese conseguido escapar al crematorio de Auschwitz. Peter Schouten no se equivocó al darle a este “homínido definitivo” un cierto destello liberador, un algo sensual. En cuanto al resto, lo exótico, lo insólito y la prehistoria fueron siempre los lugares privilegiados del erotismo, tanto en arte como en literatura. Músculos viriles, de albañil o equino. Para interpretarlo deberíamos recurrir a Sade.

Porque el Hombre de Flores, curioso como todos los monos y como todas las criaturas de paso o transición, es un voyeur.
Como dice Leslie Fiedler (Freaks), “Todos los freaks, en distinta medida, son percibidos como eróticos”. A Julia Pastrana, enteramente cubierta de pelos como un mono, deben haberle sobrado pretendientes. Grace Mc Daniels los rechazó a todos antes de aceptar que un simpático joven enano perdidamente enamorado de ella le hiciera la corte.

Adán, comparado con Eva, debe haber parecido un mono. Y si queremos seguir citando a Sade, ¿qué es un hombre para una mujer, sino un mono? “No debemos dudar en creer —le hace decir a uno de sus portavoces el divino marqués— que entre la mujer y el hombre hay una diferencia no menos grande que entre una mujer y un mono de la selva” (Justine).

No sabemos hasta qué punto los antropólogos que descubireron los restos del Hombre de Flores son alumnos de Sade, pero ¿qué importa?

Nuestro dibujante se puso manos a la obra con pocos medios (y simples): un lápiz, una resma de hojas Ledesma. Se trata de un milagro que pocas veces tiene lugar en el mundo gráfico.
Hay libros cuyas ilustraciones nos llevan a leerlos, o mejor, a devorarlos. Pensamos: ¿qué sería de Verne o de Salgari sin los tigres de papel, sin los dirigibles coloreados, sin los pulpos de tinta que indisolublemente los acompañan?
Hay textos literarios cuyos dibujos sustituyen perfecta y completamente. Mirando el dibujo del Hombre de Flores nadie siente deseos de leer el artículo.
Por consiguiente, he aquí nuestro humilde consejo:

“Lea atentamente las instrucciones”.

Estas son las instrucciones para el Hombre de Flores.


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