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El Cuaderno Carioca

16 03 2005 - 07:37

1. PTSCNB

Brasil discute en estos días si es un país más o menos desigual que antes. Hay estadísticas de todos los colores, pero a grandes rasgos todo dice que sí, que la desigualdad es menor, que lo que se lleva el 10 por ciento mas rico es muchas veces más que lo que se lleva el 10, el 20 o el 40 por ciento mas pobre, pero que esa brecha se achicó.

Lo que confirma, en números, la impresion que muchos tienen, de que en el último medio siglo Brasil ha avanzado en un camino exasperantemente lento y sinuoso hacia ser un pais menos desigual, mientras que la Argentina ha recorrido una calle más abrupta, con lomas y curvas, pero que lleva a un país mas desigual, al estilo del Brasil que uno miraba perplejo y distante unas décadas atrás.

El sabado, tratando de hacer un aporte para reducir esa brecha entre ricos y pobres, alguien quiso desarrollar una acción redistributiva no voluntaria en plena playa de Rio de Janeiro. La historia, breve, es mas o menos así: al décimo intento por acomodar la silla para que quede en la posición exacta bajo la sombrilla, con la brisa del mar de frente, la vista del agua inusualmente turquesa de Arpoador por delante, y el Morro Dois Irmaos sobresaliendo apenas por sobre el libro, la cartera quedó atrás y no adelante, como indica el Procedimiento del Turista Seguro, Confiado pero No Boludo (PTSCNB). Sábado y la playa está mas o menos llena. Un hombre pasa por delante. Fisico normal, mallla negra, cuerpo negro, pelo negro, completamente anónomio salvo por ser negro (las playas de Rio de Janeiro son el espacio público más democrático del mundo, y en Brasil no hay racismo, no no no, pero misteriosamente, hay muchos, muchísimos más negros en las favelas que en las playas). El hombre entra y sale del agua, desaparece. Un par de minutos mas tarde, un tipo sale de bajo su sombrilla, unos metros delante, gritando “hey, hey, qué hacés, andate de ahí”. Mira hacia acá, pero es obvio que le habla a otro. Atrás estabe el hombre anónimo, arrastrándose por la arena con el sigilo de una lagartija, el cuerpo pegado al piso y las manos sobre el bolso ajeno. Como si nada, y con la operación redistributiva frustrada, el tipo se levantó, se sacudió un poco la arena y empezó un trote lento para hacer los 50 metros de arena que a esa altura separan al agua de la avenida. El bañista acusador ya tenía a otros tres a su lado, senãlando al ladrón, indignado pero no mucho, que se alejaba pasando al lado del carro de policía. El incidente terminó ahí, y la resolución parece calcada de uno de esos manuales de sociología o antropología sobre Brasil: los bañistas de clase media fieles defensores de la propiedad privada se quedaron en el molde, con más deseos de hacer un statement de “aquí no se jode” que de perseguir al ladrón. Algo de esto debía saber él, que salió de ahí con el trote lento que recomiendan para ir a buscar un Guaraná y no para huir de un potencial linchamiento.

Como el racismo, la desigualdad en Brasil tiene extensas zonas de negociación y convivencia. El contrato urbano por el cual “los vecinos del morrro” (el 1.1 millón de habitantes de las favelas) no bajan a molestar a “los vecinos del asfalto” y las fuerzas de seguridad no suben al morro para molestar funciona con muchas imperfecciones, pero sigue vigente. A los bañistas blancos, todos proyectos de policía de su propia propiedad” los tranquiliza mas saber que no echar al invasor de los territorios que no le pertenecen que perseguirlo. El perseguido ha violado ese contrato precario, porque es fin de semana y la playa está llena y porque sí y porque vio una cartera tentadora, pero se retira para una oportunidad mejor.

Entre los miles de agujeros que tiene ese contrato, la mayoría los hizo el surgimiento del narcotráfico como actor central de la vida en la favela. Cuando los narco bajan del morro no es para robar una cartera: es para vender entre sus principales consumidores (los vecinos de clase media) o para hacer una demostración de fuerza, cortando la ciudad en dos, tomando militarmente las principales rutas de acceso y salida a la ciudad, organizando un paro armado que fuerza a comercios de barrios enteros a cerrar, mostrando que son un poder de facto que controla una parte importante de la geografía de la ciudad.

Cuando los narco no bajan, están en el morro, y la vida actual en las favelas le debe mucho a su presencia. Desde el baile funk que reúne a miles cada fin de semana hasta el mercado laboral creado alrededor del narcotráfico, pasando por la tortura sistemática a cualquiera que sea sospechado de delator (“cuando favela é favela, no deixa delator morar” creo que dice la canción), el toque de queda obligado para todos los vecinos después de las ocho en ciertas zonas y una cantidad de chicos menores muertos en combate mayor que en Palestina o Colombia. O Globo dice que en las favelas se vive una dictadura, y que los narco ya no son más salvadores sino déspotas. Poco dice de que el diario olvidó mencionar que eran salvadores cuando supuestamente lo eran, ni de que el destino alternativo disponible en las favelas no es Oslo precisamente.

Hasta ahora le había prestado más rechazo que atención a los Tours por las Favelas, que organizan las agencias de turismo para gringos (americanos, pero muchísimos europeos, que en eso son mucho peores. Me quedo con el gringo que se aloja en un Sheraton amurallado y sólo toma contacto con el mundo exterior via la prostitución). “The Real Experience in one of the biggest shanty towns of the world”, y los tipos van, en tours de tres a seis horas, en circuitos previamente diseñados y negociados con los narcos y una sucesión increíbles de performance de situaciones pobres, o graves, o violentas.

Pero quizás sea hora de hacer una antropología del turista social y ver qué catzo le encuentra de interesante a morirse de calor tomando horas de su veraneo para vivir la experiencia más estúpida de su vida, con toda la playa que hay en Río de Janeiro y allende la ciudad.

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2. The Spooky White Man and His New Cellphone

La mayor amenaza para la folclorizada calma carioca es un acuerdo entre Embratel y Metro por el cual la primera baja una línea de satélite en los subtes administrados por la segunda. La conclusión es que en Río de Janeiro se puede usar el celular mientras uno viaja en subte y que el clima distendido de malla, palita y balde que uno lleva (y supone que los locales deberían llevar también) se ve rodeado por un horizonte aún peor que el de Nueva York o San Pablo o Buenos Aires: el subte, el último reducto de intimidad, la última estación para leer o escuchar algo en el iPod o dejar que la cabeza se duerma y se despierte mejor.

Pero nada de eso sucede. Usando la línea que une Cardeal Arcoverde en Copacabana con el centro de la ciudad, hay muy poca gente que usa el celular. Suena un par de veces, se escucha a alguien redondeando una conversación en un tono de voz bien bajo. Usando la línea que conecta el centro con la zona norte (y pobre) de Rio, los celulares son casi inexistentes. Más aun, si algo te hace pensar en esos teléfonos es más bien las invasivas publicidades de Vivo (la compañía que reemplaza a Telefónica), pero sus modelos son tan blancos, tan rubios, tan pálidos y etéreos que terminan por parecer vignettes de algún otro lugar, como la chiquita esa quinceañera que festeja la infinita cantidad de tonos de un celular empuñando un aparatito de esos con toda la evidente sugestión de un consolador, algo que, espero, el pésimo publicista haya hecho a propósito.

Todo lo cual confirmaría la leyenda que dice que los cariocas son tan, pero tan relajados, que el celular y otros aparatos que hacen más dinámicas las relaciones sociales, acá se toman su tiempo. Es probable que haya algo de eso, y de hecho la presencia de los celulares —en el subte o arriba de la tierra— es mucho menor que en otras grandes ciudades, algo que puede ser tanto por la buena y relajada filosofía de vida carioca como por un fenómeno menos bucólico: las tarifas son más altas que en ciudades como New York o San Pablo, en las que los centros financieros se convierten en “la crema” del mercado, habilitando a las compañías a extender los servicios a más sectores sin perder rentabilidad. La extensión del mercado interno, by the way, es uno de los más redundantes temas del debate brasileño.

Como los celulares, el subte es parte del nuevo Rio. El subte de Rio de Janeiro es perfecto, aun con celulares habilitados. Saliendo de la playa, caminando cuatro cuadras y entrando a la estación Siqueira Campos en Copacabana (la última construída hacia el sur hasta el momento) uno ha entrado a otro mundo. Es limpio y puntual. Es limpio al extremo. No existe el divertimento de ver a las ratas caminando por las vías de la calle 96. Los pisos están lustrados, las escaleras mecánicas funcionan. Algunas estaciones tienen un diseño surrealista, otras reconstruyen la apariencia de cavernas de curvas sensuales, otras tienen una frase de Antonio Carlos Jobim aquí o allá.

Con todo, la primera confirmación de que uno ha entrado a otra dimensión es que apenas uno pone el pie en las escaleras mecánicas, se empieza a alejar el combinado de los mil distintos olores a mierda que lo acompañan a uno en todo el resto de la ciudad. Si los esquimales tenían no se cuántas formas de hablar del hielo, los cariocas deberían tener varios centenares para denominar las distintas formas de lo putrefacto, lo estancado, lo descompuesto, las secreciones de distintos seres vivos cuando se las expone a distintas combinaciones de calor y humedad (claro, todas variaciones de mucho calor y mucha humedad). Todo eso que lo ha acompañado durante el día, súbitamente desaparece y uno hasta siente que pierde el equilibrio.

Los vagones son modernos. Anchos como para circular adentro, con un diseño simple y funcional al que algún funcionario del MTA de Nueva York debería pegarle una mirada. El aire acondicionado está levemente por arriba del freezer, pero eso a veces puede ser una bendición. También es puntual, casi siempre. Su mobiliario y señalización son también buenos. Aun para quien no conozca la ciudad resulta fácil saber dónde bajarse, y una vez allí, para dónde ir. Más difícil resulta saber, por el mapa, donde empieza abruptamente una de las tantas zonas prohibidas de la ciudad en las que mejor no emerger, pero eso no debe ser culpa del metro.

Hay un secreto para todo este mundo perfecto: la receta consiste en construir ciudades chicas, fáciles de manejar; o bien construir infraestructuras chicas, fáciles de manejar, que dejen afuera al resto de la ciudad.

El último es el caso de Rio de Janeiro y su subte. La ciudad es grande (cinco millones en la ciudad, once millones incluyendo el Gran Rio) y el subte chico y excluyente. La red tiene 40 kilómetros de vía, nada comparado con los cerca de 700 de New York. Tras nuevos planes de inversión, el extremo sur es apenas el comienzo de Copacabana. El extremo norte, en cambio, es generoso pero lineal: una sola línea que te lleva hasta los barrios más alejados hacia arriba, pero sin ninguna conexión hacia los costados. Uno no puede dejar de preguntarse si el subte seguiría así de limpio si el millón de habitantes de las favelas lo tuvieran a mano. Probablemente no, a juzgar por lo que pasa en New York, donde hay una relación inversamente proporcional entre el nivel de mugre generada y el nivel de ingreso o estrato cultural del pasajero, no por falta de elementos de juicio, sino porque la idea de lo público, como la idea de la ley, es sobre todo una cuestión social. ¿Metro estaría en condiciones de quintuplicar su inversión en limpieza? ¿Seguiría siendo tan puntual si en lugar de dos líneas tuviera 17? Y sobre todo, ¿sería tan segura si los vendedores minoristas de droga pudieran utilizar el subte para multiplicar la eficiencia de su trabajo?

Me temo que no. Claro que la ciudad tiene para sí misma la excusa de lo que le ha impedido un desarrollo mayor y mejor de su red de subtes. Construir subtes hacia arriba en los morros, a lo largo de formaciones rocosas o a través de la Bahía de Guanabara es prácticamente imposible. Sólo que a uno no deja de parecerle una extraña coincidencia que esta imposibilidad de la ingeniería encaje tan perfectamente con la falta de toda otra infraestructura para casi un cuarto de la población.

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3. O Corno em potencial

Parece que Nelson Rodrigues dijo una vez que “diante de Chico Buarque, todo homem é um corno em potencial”, algo que no necesita traducción. Como tampoco la necesita una nota que Tutty Vasquez había hecho hace mil años y medio a Marieta Severo, por entonces la esposa de Chico, en la que decía que “as mulheres de todo o Brasil — das bisavôs às netinhas — só se mantinham ao lado de seus namorados, maridos ou amantes porque não podiam dormir com o Chico.”

La deidad de Chico Buarque y su condición de Hombre Total puede renacer desde varias fuentes; su historia, su leyenda o su presente, su libro Budapest, un relato sobre el lenguaje y una historia de amor y odio a la lengua y a la patria cuyo estilo es la obra en sí (algo de cómo escribe Chico Buarque se parece a cómo construye Oscar Niemeyer, otra vaca sagrada de la elite cultural brasileña).

La última reaparición del Buarque como Dios, en cambio, vino de la mano de un escandalete. Chico suele caminar como cualquier otro por Ipanema y Leblon. La leyenda dice que si uno está entre las 12 y la 1 del mediodía en cualquier punto de esos 3.400 metros de playa, lo verá pasar haciendo su recorrida diaria.

Hace unos días, un poco más tarde, cuando el sol se pone detrás del morro y la favela, Chico estaba en Leblon, besando a una mujer. Casada. Casada con un conocido suyo. La mujer es una morocha impresionante, de nombre Celina Andrade Lima Sjosted. Su esposo es el dueño de un estudio de grabación. Un fotógrafo los vio, besándose en público, inconfundiblemente Chico, clickeó, volvió a mirar con sus propios ojos, clickeó de nuevo, así varias veces, bajó las fotos en su computadora, habló con los medios que podían interesarse, quizás le pegó una última mirada a las fotos en su pantalla antes de que dejaran de ser sólo de él, y las mandó por email a un par de diarios y revistas.

Por algún motivo, Chico y Celina tenían cierto interés en que las fotos no salieran publicadas, a resultas de lo cual habría llamado a varias revistas pidiendo/amenazando para que no salieran. Los medios armaron entonces en un gran escándalo: Chico Buarque, un estandarte del Brasil libre, al frente de una cruzada contra la libertad de prensa. Desde O Globo hasta todas las revistas y blogs de la ciudad le han dedicado generoso espacio en las últimas semanas.

Vaya uno a saber si la libertad de prensa se juega en estas cosas. Chico es un personaje público, que se besa con quien quiere en un lugar tan público como una playa de Rio. Es tan cierto que ese tramo de su vida privada transcurre en público como que su publicación o no afecta a cualquier cosa menos a la libertad de prensa. El argumento de la prensa brasileña, de que Chico Buarque, el Hombre Total que tanto hizo por la libertad del país, no puede por eso luchar por su propia libertad, suena lógico pero es absurdo.

Más que a la libertad de prensa, el incidente afecta más bien al sentido común, y a la necesidad de que la separación entre lo público y lo privado sea siempre implícita y no enunciada. Si no, sucede lo que debió hacer Celina: un comunicado anunciando que no es la novia de Chico y que con su marido, aunque viven bajo un mismo techo, desarrollan vidas independientes.

Es probable que Chico se ausente de Ipanema por unos días y vuelva a sus libros y a su música. Budapest, su novela, es, también, una elegía a esos dos mundos, una de las más bellas declaraciones de amor imposible, amor al acto y a la contemplación, esos mundos irreconciliables que le hacen pensar a muchos que Rio no es para ir a estudiar ni a hacer nada, simplemente porque es imposible pensar y crear en un lugar donde tanto ha sido creado.

“Houve un tempo em que, se tivese de optar entre duas cegueiras, escolhia ser cego au esplendor do mar, as montanhas, ao por-do-sol no Rio de Janeiro, pare ter olhos de lero que há de belo, em letras negras sobre fundo branco.”

Jose Costa, su alter ego en Budapest, se ha dado cuenta. Y aunque no por eso llegará a resolverlo, seguirá creyendo que hay algo para crear, que algo de lo que hemos hecho vale más que todo lo que nos rodea. Aun en Rio de Janeiro.

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4. Las Bolas de Chico

Gracias a Dios y al Cristo, Eloísa Martín vive en Rio de Janeiro, toma cerveza en el Cervantes y se cruzó con el comentario sobre Chico Buarque de esta serie de Cuadernos Cariocas. Esto fue lo que le pasó:

Había estado siguiendo por internet, con mediano interés, lo publicado sobre Chico Buarque en la prensa brasileña. Sentí celos da Celine, menos por el beso (aunque también por eso, claro) que por la canción que él le escribió. Más allá de algunos divagues personales sobre la inherente ambigüedad de ser malandro y de clase media do Chico (besa a la mujer de otro y se preocupa por la honra de ella — y por sus bolas, también, claro, en un gesto casi cobarde) o sobre la admirable reacción del marido (la frase de Nelson Rodrigues con que Semán empieza su artículo podría ser leída también como “em se tratando do Chico Buarque, nenhum homem é corno”: el marido fue, en acto, el héroe de la fábula… al dejar “a menina sambar em paz” fue menos marido y más Chiquista que el propio Chico) y de haberme reído de los ataques de civilidad (¿o debería decir civilismo?) de algunos columnistas que creen —menos pía o ingenuamente de lo que ellos mismos alegan— en una “libertad de prensa” definida como medida de la buena democracia y de su combinación con un cierto horror de ama de casa porque Chico besó “una casada” habiendo tantas chicas lindas y solteras en la ciudad; más que todo eso, lo que me resulto llamativo, y que no recuerdo haber leído en ninguna crónica, es que todos los reclamos indignados sobre la libertad de prensa y sobre el espacio público olvidaron mencionar la traición (del fotógrafo y de la revista que publicó las fotos) a un pacto tácito de solidaridad que le permitía a Chico caminar por el calçadão todos los días sin ser molestado, ni fotografiado, ni siquiera saludado, devolviéndole, al menos en apariencia (nadie podría decir que no lo conoce), su anonimato. Anonimato más valioso aún porque convertía sus caminatas en algo tan increíble, por alcanzable y, mejor, recurrente, como la caída del sol en el puesto 9.

Hace poco, en una mesa de chopp en el Cervantes (buteco famoso por sus sanduiches enormes y maravillosos, donde el pan sirve apenas para no ensuciarse los dedos con el relleno, otro ejemplo de la exuberancia carioca) hablábamos con un grupo de cariocas sobre las ciudades-ícono (Paris, NY, Londres) y sobre otros “destinos turísticos”. Alguien me preguntó qué se podía visitar en Argentina, fuera de Bariloche y Buenos Aires, pues pensaba extender su estadía en un congreso en julio para pasear un poco por allí. Como un folleto barato, mencioné Mendoza, Cataratas, Salta, el Perito Moreno… de repente, me detuve: “aunque viviendo acá (dije, en no muy buen portugués después de mi segundo chopp) no creo que nada te sorprenda.”

Aún después de haber vivido más de dos años en la ciudad, de sentir la agradable familiaridad de lo conocido, de saber llegar a los lugares sin nunca haber conseguido aprender los nombres de las calles (muchas mudanzas en pocos años consiguen eso), Rio me sigue dando la impresión de ser pura escenografía y quienes la transitamos apenas variaciones de tarjeta postal, nada más que matices en una imagen congelada.

Caminar a diario por el calçadão, hacer trámites en el centro, viajar en colectivo, ir al mercado, comprar el diario, putear al conductor de al lado, hasta los actos más cotidianos parecen orquestados en armonía perfecta, pronta para la foto. Vivir en Rio puede ser una lucha constante (y en algún sentido, inútil) por no dejarse fagocitar por la ciudad, lo que ha producido un número singular de talentos en diversas áreas: es difícil destacarse en un lugar donde todo lo que brilla es oro, y eso hace que, forzados por ese límite, saquemos lo mejor de lo mejor que hay en nosotros; aunque eso sea la “mera” contemplación. Contemplación que, mediada por la fastuosidad del paisaje (y no estoy cayendo en el tropicalismo, aquí: incluyo en el paisaje las aristas musicales, visuales y olfativas que hacen que muchos veraneantes digan que “no les gusta Rio…” como si la categoría de gusto fuera aplicable a esa ciudad), nos devuelve la plena conciencia de nosotros mismos, de nuestros límites y de las infinitas posibilidades de ser, de hacer y de tener que están, más en Rio que en cualquier lugar que conozca, al alcance de nuestra mano.

Sin embargo, hay algo más que la dicotomía “contemplación/acción” en donde ambas opciones implican, siempre, por la vía de la creación o por la de la reflexión, dar un paso hacia atrás, distanciarse de la ciudad, en una afirmación de la propia subjetividad. Vivir en Rio es una prueba a la que nos somete el diablo, tentación donde el pecado indefectiblemente gana, tanto si uno se abandona a la contemplación, como si —vanidoso superhombre troquelado—intenta producirse allí. Y quienes se salvan son otros, es el coro, los que se abandonan al hambre de la ciudad: los pasistas y los funkeiros, los jubilados que superpueblan Copacabana, los personajes del calçadão (la mujer de blanco de Ipanema o aquella otra que vi pasear cientos de veces, llevando a sus dos perros en un cochecito de bebé y que, desde hace poco, pasea el mismo cochecito con uno de ellos… y la cajita de cenizas del otro), los mozos malhumorados, los eternos bebedores de chopp, los predicadores de las plazas, las putas viejas del centro, inclusive el propio Chico Buarque, quienes, por exceso de estereotipia, son los únicos que se vuelven reales, los únicos que, dejándose fagocitar por la ciudad, se vuelven paisaje y son, ellos sí, Rio de Janeiro.

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5. Carandiru, Brazil

Héctor Babenco dice que hay más violencia en las calles de Brasil que en sus cárceles, una frase que toma su verdadera dimensión por haberla dicho después de filmar Carandirú, una violentísima película sobre una cárcel de San Pablo.

Violencia, lo que se dice violencia, hay en la vida de Brasil, y por cierto en Rio de Janeiro, muy a pesar de un naturalizado rechazo a la violencia que muchos pueden ver en el carioca, algo que me comenta un amigo después de relatarle mi incidente en la playa, donde tanto el intento de robo como el alerta de los bañistas se desarrolló en una zona gris, negociada, sobreentendida y pacífica. Lo curioso es que haciendo el raconto de dos placenteras semanas en la ciudad no surge un sólo incidente, una piña, un tiro, nada, y sin embargo la violencia está ahí, en la advertencia. Yendo a un flat en Leblon con, quizás, la mejor vista del Corcovado, el error de apenas una sola calle te lleva hacia un set de monoblocks pequeños donde el color, el olor, la vestimenta y el sonido funcionan como señal. Violencia es la advertencia implícita en el aire que te dice adónde no se puede entrar sin siquiera una evidencia. Belleza es escuchar, diez minutos después, unos metros más arriba, sentado en el balcón del flat mirando el Cristo y la Lagoa, la música pegadiza que sale de esos monoblocks.

Una mirada romántica a tono con el Foro Social (se ven muchas remeras del Foro Social en las calles de Rio) diría, correctamente, que algo de esa violencia es la de la fuertísima polaridad social, la de los mil tipos de olor a mierda que pueden olerse en cualquier calle de Rio, la de la vista de las favelas. Ah, sin embargo, qué energizante es esa violencia mal contenida, qué fuente inagotable de belleza, casi tanto en la forma que Stockhausen vio clara (aunque inoportunamente) en los atentados del 11 de setiembre del 2001 en New York. Rocinha iluminando el Morro Dois Irmaos como si fuera un arbolito de navidad, y la misma belleza de las Escolas no son ajenas a esto.

Algo de esa belleza hace que tipos como Jonathan Nossiter (el director de Sunday, quizas la gran película de Nueva York) se haya venido acá después de hacer Mondovino. A Nossiter le molesta mucho Bush y el primer mundo, pero le molesta menos que, por ejemplo, la semana pasada los narcos hayan tirado muy cerca de su casa del Jardín Botánico el cuerpo destrozado de un vecino de una favela, después de torturarlo durante tres días bajo la sospecha (no tramitada judicialmente) de que era un delator.

La ciudad festeja su 440 aniversario muy cambiada y muy igual a sí misma.

Januaries, Nature greets our eyes
exactly as she must have greeted theirs:
every square inch filling in with foliage—big leaves, little leaves, and giant leaves,
blue, blue-green, and olive,
with occasional lighter veins and edges,
or a satin underleaf turned over;
monster ferns
in silver-gray relief,
and flowers, too, like giant water lilies
up in the air —up, rather, in the leaves—
purple, yellow, tow yellows, pink,
rust red and greenish white;
solid but airy; fresh as if just finished
and taken off the frame.

Así, pero con favelas y edificios y narcotráfico que se abren paso con la misma desmesura que la naturaleza que Elizabeth Bishop imaginaba que había recibido a la conquista el 1 de enero de 1502.

La exuberancia de naturaleza, gente y pobreza es aquel olor infinito y plural que debe ser singularmente carioca.

De los agregados modernos, las cárceles. Volviendo al principio, las mejores “películas de ciudades” de Brasil, son películas sobre las cárceles. Hay muchas, muchísimas películas de los últimos 30 años de Brasil que transcurren en las cárceles o alrededor de las cárceles o a propósito de las cárceles, no sólo Carandirú. En un repaso por Livraria Da Travessa, hay una decena de libros sobre ex o futuros presos. En O Primeiro Dia (película que acaba de salir en DVD con un subtitulado en español divertídisimo, sacado de alguno de los argentinos que veranean en Florianopolis) los personajes están sin duda mucho mejor adentro que afuera, afirmación que se puede generalizar aun sin idealizar ni un poco la vida adentro. Como dice el jefe de la prisión de Carandiru, hablando de su cárcel y no de la ciudad, “por la única razón que esto no estalla es porque ellos [los presos] no quieren. Ellos deciden todo acá.” Y sino que le pregunten al delator que tiraron frente a la casa de Nossiter.

Hablando de su película, Babenco dice (y acá la corto con Babenco): “Hay mucha más violencia en las calles de Brasil de hoy en día que en la cárcel de Carandirú. Esa sociedad sin leyes escritas ni constitución, tiene un modelo de funcionamiento creado por ellos, honrado por ellos y cobrado por ellos. Ahí no hay zona gris, o es blanco o negro. Por lo tanto o te adaptás o sos excluido, son las reglas del juego.”

Las cosas tienen que estar muy mal afuera para que esa sea la verdad adentro, pero el tipo alumbra algo que también comentaba un antropólogo en su caminata por Ipanema: es tan ingenuo pensar que en la violencia no hay ley, que en la ilegalidad no hay un orden, como suponer que eso se revierte con bienestar, campañas de promoción de la ciudadanía o el Congreso Pedagógico Nacional. Ya sabemos que la ley, literalmente, se encarna. Se hace tal en la penetración de los cuerpos. Y eso es algo que no necesariamente está en manos del Estado, sino del Poder.

El problema es que en Rio se nota mucho, demasiado, que el poder está en el Estado y en algún otro lado más. El extremo del poder político es el control militar de una determinada geografía, con fuerza tal como para poder determinar usos y costumbres, impuestos y horarios. El narcotráfico tiene el control militar de amplias zonas de la ciudad. Cuando esas zonas se reducen a las zonas “propias” del narcotráfico, todo puede ser parte de una distribución de roles. Los morros de Rio son la versión de guerrilla urbana de la idealizada sierra del ´70: Para que la montaña no sea un monte perdido y adquiera el poderoso efecto de la Sierra Maestra, en algún momento habrá que bajar a la ciudad.

Los narcos se han esforzado mucho en mostrar dentro de las favelas las consecuencias físicas de la delación. Las torturas son ampliamente visibiles o audibles; los cuerpos mutilados tirados en la calle son como decretos-ley. El Estado, por su parte, ha puesto un esfuerzo que uno consideraría desmesurado en prohibir los bailes “funk”, derivado carioca del Hip Hop cuyas letras idealizan la vida narco, describen las hazañas de los grandes jefes, idealizan el consumo de droga y la violencia en sus mas diversas versiones (la de género no es la menor) y son, después de un tiempo, muy pegadizas al cuerpo y al oído.

La obsesión con el baile funk tiene su gracia; muestra al desnudo “a cidade quebrada”. La efectivizicación de la prohibición, o la violación a la ley, son excursiones punitivas en territorio ajeno: la policía difícilmente entra a las favelas, de modo que el alcance de la prohibición se extiende a la “ciudad del asfalto”, cuando en verdad la totalidad de los bailes son en los morros. Sin efecto real, la ley se aplica entonces a prohibir la edición legal de los CDs, que los jóvenes de las favelas se ven obligados a vender en la ciudad en chiringuitos precarios que no se diferencian en nada del resto de la robusta economía informal carioca. En Praca XV, bajo un sol que te parte en cuatro, se puede comprar un surtido generoso de CDs funk si uno se acerca a la mesita del negrito que tiene puesto Eminem a todo lo que da.

Las incursiones con caracter más militar no son menos endebles. Los narcos se han tomado como costumbre cortar la Línea Vermelha, la autopista que conecta a la ciudad y la zona norte del Estado. Cuando no hay tiroteos entre bandas, los narcos pueden llegar a la autopista, cortar el tráfico, tirar unos tiros al aire o a algún otro lado, mostrar que están ahí, y volverse. Es común y nada escandalosa la advertencia de tomar el taxi al aeropuerto con tiempo suficiente por si los narco cortan la ruta.

La respuesta del Estado se pretende imponente. Un nuevo batallón de la Policía Militar se levanta al costado de la Linea Vermelha. Ahi se ven una decena de camiones tipo tanquetas, varias docenas de camionetas, SUV, patrulleros, motos, antenas satelitales y uniformados que dan pavor. Al menos a uno, porque para apreciar su condición en su justa medida, hay que adoptar la mirada del camarógrafo que está detrás del lente montado sobre una grúa. El primer plano muestra el despliegue del batallón y la mirada confiada de los soldados, a gusto con lo que los rodea de inmediato. La grúa se levanta y el plano se amplia para mostrar la Linea Vermelha, el territorio reconquistado y seguro. A medida que la cámara se aleja se empieza a ver Nova Holanda, la favela que rodea a la autopista y al batallón. Primero lo rodea por completo y luego se extiende hacia los costados, mas y mas porque Nova Holanda ha nacido en los morros pero se ha extendido a los valles, se extiende una cuadras y más y más. El plano final de la escena es una inmensa geografía irregular, anaranjada como el ladrillo de las favelas, y en un extremo un puntito perdido donde se ve al batallón y a sus soldados, ahora con cara de pavor.

No hay que ser von Clausewitz para darse cuenta de que no existe la más mínima posibilidad de que ese batallón tenga más utilidad que la de un efecto propagandístico.

La inmensa mayoría de las 600 favelas de Rio siguen siendo, de un modo u otro, territorio inexpugnable que ha sido ocupado por el narcotráfico con fuerza creciente en los últimos 15 años. Las incursiones militares de la Policía para casos extremos sólo pone en evidencia el carácter excepcional de la represión estatal. Las incursiones de los narcos en la zona del asfalto, en cambio, parece más amenazadora. Los paros armados han logrado diseminar el terror entre los vecinos, cerrar la actividad económica de barrios enteros y cortar las vías de comunicación de zonas claves de la ciudad.

La realidad es inherentemente disolvente del Estado, en un plazo indeterminado: si los narcos decidieran bajar al asfalto, el Estado sólo podría controlarlos a costa de perder el orden y la seguridad en la ciudad por tiempo indeterminado. Y la pérdida de la seguridad y el orden haría de su victoria también su fracaso, porque el orden y la seguridad son, de momento, una preocupación del Estado y no de los narcos. Claro que, me aclara otro antropólogo (¿vi muchos antropólogos?) los narcos no harían eso porque no les conviene, no tienen medios militares para ganar esa batalla ni interés en provocar una disrrupción total de la vida cotidiana, una mirada de lo más normativa, que supone que los actores hacen las cosas sólo porque le convienen, y que siempre tienen a mano la total libertad para darse cuenta de ello.

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6. Comando Da Vinci

Ahora que Leonardo está de moda, uno evita citarlo, pero esta vez viene a cuento. Entre sus múltiples virtudes no estaban la del estratega militar. Casi le hace perder la carrera a Maquiavelo prematuramente, cuando propuso canalizar un río para dejar sin agua al reino de al lado (Fortune is a River es un gran libro). Hace un par de años, el Met hizo una exhibición de sus dibujos y ahí estaban, trazos de un loco enloquecido, sin límites, convencido de que torcer el curso de un río era cuestión de llevar la linea de su lápiz para el otro lado y listo.

Más suerte tuvo con el helicóptero, unos siglos después. Había copiado el diseño de un juguete con un tirabuzón alado en el medio, que un chico había llevado a Florencia desde China cien años antes. Lo miró y dijo: “Si este aparato con un tirabuzón estuviera bien hecho —es decir, con una tela almidonada que cubra sus poros— y fuera girado con velocidad, la rosca mencionada sería un espierán y se elevaría hacia lo alto.”

Después pasaron muchas cosas. Entre las que, supongo, Leonardo no imaginaba, una es que ese mismo principio físico es el que convierte al helicoptero, ese armatoste del pasado, en el arma del futuro, el medio de transporte de la próxima ciudad.

Paul Virilio dice que la guerra ya no es más la conquista de vastos territorios, sino apropiarse de la ciudad. Si tuviera algo de plata, después de leerlo hubiera puesto todo en acciones de alguna compañía que fabrique helicópteros; panóptico y arma y blanco y limousine del futuro, pero del futuro que es hoy.

Me avisaron, antes de llegar: “Lo que no se puede creer de Rio es la cantidad de helicópteros”. Escuché la advertencia desde mi departamento en Brooklyn, donde lo que más se ven son autos, dealers, rascacielos y helicópteros. Los que traen a los ejecutivos desde sus casas en los suburbios hasta downtown, los que llevan turistas a experimentar La Ciudad Mirada Desde Arriba, los de la policía que persigue delincuentres y terroristas, los de las fuerzas de seguridad diversas que persiguen terroristas, los de la televisión que lo ven todo, los que reafirman parqa tranquilidad o pavor de quien quiera creerlo, que Todo está bajo control.

En ocasiones especiales, cuando nos visita George Bush o la alarma cambia de color, también pasan, en escuadra, los mastodontes Chinook, que si no te matan de miedo, al menos te hacen mover toda la casa cada vez que se acercan a mas de una milla.

Rio de Janeiro está llena de helicópteros. En una tarde cualquiera sentado en Arpoador (la mayoría de mis tardes suceden sentado en Arpoador) se pueden contar más de veinte o treinta pasando por arriba, casi al nivel del mar. Un trayecto habitual es verlos aparecer desde atrás del Fuerte de Copacabana, bordeando la costa, quizás a abajo de los 100 metros de altura, recorre la curva de Ipanema y Leblon y levanta altura apenas para no estamparse contra el Morro Dois Irmaos, pero sigue lo suficientemente bajo como para ver de cerca toda la favela de Rocinha, o para que toda la favela de Rocinha lo vea. Al rato reaparece por el suroeste para hacer el camino inverso. Son de la Policía Militar y viajan con una puerta abierta y un par de uniformados agarrados de la baranda como si viajaran en el 37 que va a Ciudad Universitaria.

O caminando de noche por la Lagoa, pasando por al lado del destacamento policial, se ve el despegue misterioso, la increíble voltereta que intuyó Leonardo.

O arriba, en el Corcovado, se los ve venir cargados de turistas y posarse sobre uno, cara a cara con el Cristo, quedarse ahí inmovil, aguantándole la mirada mientras de la nafta o la física, y retirarse después, que Cristo no sólo es inmortal, sino que está sobre tierra firme y es de granito.

También me sorprendió hace un año la cantidad desmesurada de helicópteros en Shanghai, emergiendo de la nube poluída, dribleando rascacielos para posarse en algunos de los terrenos desiertos que caracterizan la deshumanizada trama moderna de China. En San Pablo, en cambio, aterrizan sobre todo en los helipuertos de los edificios. Algunas estadísticas, muchas, dicen que San Pablo es la ciudad con más helicópteros en el mundo. Debe ser así nomás.

Los futuristas de principios del siglo XX imaginaban ciudades hiperpobladas de aviones, pero llevar turistas y ejecutivos es lo que le dará a los helicópteros una economía de escala tal que permitirá su masificación como nadie la soñó antes. Pero su misión está en otro lado. Los helicópteros son la infantería de la guerra urbana. El poder se disputa con los narcos camuflados en el morro, con los shiitas ordinary people que caminan por la calle y entran al mercado, con las maras que se paran a tomar en una esquina cualquiera de Tegucigalpa, quién te dice si no se pelea con los monstruos que están creciendo en la villa Gardelito. Ahi no sirve la policía, que no puede ni entrar; ni el ejército, que sólo entra a costa de contar con bajas que no tolera una guerra no declarada; ni los aviones que pueden ver nada, apuntar nada, que necesitan todo ese espacio para aterrizar. El helicóptero despega de la Lagoa Rodrigo de Freitas y en menos de dos minutos está posado sobre cualquier favela. Tiene el dinamismo de la ciudad pero el poderío de la batalla antigua. Se acerca, individualiza, atemoriza, desde ahí puede disparar, persigue por calles y vericuetos, ilumina las zonas obscuras, sale en retirada veloz y elegante.

El principal aliado del helicóptero es el satélite, y la posibilidad de obtener imagen en directo de una zona y su contexto. El helicóptero es el brazo operativo del ojo satelital y juntos son la herramienta de control social más sofisticada. No por nada la mayor preocupación del gobierno brasileño es el contacto entre los narcos y las FARC colombianas y las supuestas tratativas para comprar mislies que podrían bajar bajar un bicho de estos, provided weather conditions permit.

Todo lo cual refuerza la sensación de que la ciudad es una prisión, de que Brazil se quedó corta como profecía, de que no hay para donde escapar, aun cuando Rio sea tan grande. Las favelas son inexpugnables, pero no es territorio abierto al público. Los edificios tampoco; o estás adentro o estás afuera. La calle es la escena del crimen por excelencia. Queda, una vez más, la playa. O todo el resto, lo que inventó Niemeyer, todo Brasil incluso.

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7. El Camino Niemeyer, o la enésima vez que Brasil se creyó el centro del mundo

La biblioteca nacional de Rio de Janeiro es uno de esos edificios de la Belle Epoque carioca, el comienzo del siglo XX, cuando Pereira Passos rehacía la ciudad, plantaba edificios de estilo francés, con el Pao de Azucar de fondo, a la vera de una avenida que debía medir exactamente lo mismo que los Champs Elysees. Eso era cuando Rio, como Buenos Aires, se creía el centro del mundo del futuro, y Paris florecía en el trópico y al sur al chasquido de los dedos de la elite.

En la librería de la biblioteca hay un montón de revistas arrumbadas, para consulta o para compra, no se sabe (y no importa demasiado, porque lo que importa es que son las tres de la tarde y ahí hay aire acondicionado). En una de esas revistas se ve a un viejito de mil años pero fibroso y con la mirada fuerte, sentado sobre el sillón de una sala que está colgando sobre Copacabana. Es Oscar Niemeyer, cara visible del periodo 1930-1960, la segunda vez en el siglo XX que Brasil se creyó el centro del mundo.

El punto es qué pasa con Brasil después de tanto creérselo. Un historiador norteamericano, creo que John Chasteen, dice que la suerte distinta que le cayó a Aparicio y Gumersindo Saravia en Uruguay y Brasil es la suerte de un país melancólico que cree que todo lo mejor está en su historia y un país optimista que supone que todo lo mejor está por venir(le). Niemeyer es el claro heredero y productor de esa profecía brasileña, del país que despega eternamente, cuyo futuro es siempre mañana.

Con la foto de aquella revista alcanzó de sobra para saber dónde está viviendo Niemeyer: la ventana parece moldeada por el golpe de una ola, está salida de la estructura del edificio como si fuera un balcón, pero integrada como si fuera lo que es, y desde ahí se ve todo Copacabana y Leme hacia el norte. Cada mañana que pasaba por ahí pensaba que el edificio Ypiranga era un art decó carioca y perfecto, que debia ser fresco y que el tipo (resultó ser el arquitecto Mario Freire, en 1935) se las había ingeniado para tener más superficie expuesta a la playa plegando lo que en el resto de los edificios es una ventana lisa y barrida. Lo que no sabía era que ahí vive Niemeyer.

Había empezado mi propio camino Niemeyer sin incluir su actual domicilio. Su primera casa sobre la Lagoa (la primera construída en un morro por decisión propia), un jardín de infantes para chicos carenciados con unos ventiletes que luego harían furor, hechos a la medida de la necesidad de impedir que entre el sol y dejar entrar el aire. El museo de Niteroi, construído 60 años después, una vuelta de tuerca al Guggenheim de Frank Lloyd Wright y a los museos en general y al paisajismo. El increíble Hospital Sul-América, un mastodonte imponente, incluso al pie del Corcovado. O la estación de ferry de Niteroi, un espantoso intento de contrapunto con el museo, malogrado por un propósito demasiado evidente y una pésima arquitectura que lo hace parecer más a la estación de Buquebús de Montevideo.

Niemeyer construyó todo. El edificio de las Naciones Unidas en Nueva York. La sede del Partido Comunista francés. Brasilia. Su casa en el morro, sobre la Lagoa. El museo de Niteroi. Una mesquita en Argel que requiere de convicciones muy fuertes para no hacerse musulmán. Sobre todo, Brasilia.

En 1947, cuando Le Corbusier lo vio por primera vez en Nueva York, a la mañana temprano y con mucho frío, Niemeyer venía del trópico. Le Corbusier le puso su tapado por encima del de Niemeyer. “Voy a hacer como San Francisco”, le dijo. A la semana, el proyecto de Niemeyer para la sede de las Naciones Unidas había desplazado al de Le Corbusier y supongo que San Francisco recuperaba su tapado con algo de bronca. Uno de los pocos casos en donde puede contarse “el día que Le Corbusier conoció a Niemeyer” y no al revés. La secuencia, con unos pocos retoques, puede ser también la del encuentro entre Tom Jobim y Frank Sinatra.

Tanto para bien como para mal, es casi imposible imaginar las grandes ciudades de América Latina hoy si Niemeyer no hubiera estado en este mundo. Los edificios de Niemeyer —y para el ojo lego de uno también los de otros arquitectos brasileños como Carlos Leao, o la sede de la UNAM en Mexico o el edificio del Ministerio de Obras Públicas sobre la 9 de Julio en Buenos Aires— son o significan lo mismo: el deseo renovado de ser modernos subvirtiendo las periferias. La modernidad desde 1870 había sido una rebelión contra la tiranía provinciana del localismo, y el abrazo a las ideas más brillantes, bellas y salvajes de la metrópolis (la mayoría son las que Haussmann utilizó para rehacer Paris); la modernidad que vino después se rebelaba contra la tiranía provinciana, pero también contra la tiranía de que la única salida fuera reforzar una ciudad y una arquitectura europea que no dejara lugar para otra belleza, y por caso también contra la tiranía de que la única belleza admitida para la América fuera la exoticización de sí misma, la banalidad del arquetipo. Las casas y los edificios del modernismo brasileño no están hechos a semejanza de ningún otro, aunque muchos se parezcan entre sí, y el Seagram Building que Mies van der Rohe levantó en Park Avenue bien puede ser copiado de algún modelo carioca. El modernismo de entonces tenía un diálogo con la metrópolis que ni siquiera era de igual a igual; era un entretejido mucho más complejo.

La belleza del modernismo brasileño no viene de herencia. El uso del concreto y los grandes bloques. La arquitectura masiva, las geometrías al servicio de espacios monumentales pero habitables y en alguna relación con la naturaleza. La extrema funcionalidad de cada metro cuadrado y la utilidad pública de buena parte de la obra.

Tipos como Lucio Costa se pasaron años sin plata ni trabajo al comienzo de sus carreras, porque se negaban a construir los que sus potenciales clientes suponían como “casas lindas” de los estilos neocoloniales que circulaban ayer como hoy. A Niemeyer y los de su generación se les mezclaban las ideas que absorbían y producían con modernistas de otras partes o con los artistas del cubismo, junto con los sentidos entrenados y refinados en la vista del mar y la exuberancia (impresionado por la impronta insobornable que dejaba ese entrenamiento temprano, Le Corbusier le dijo una vez a Niemeyer: “Oscar, vos tenés la montaña adentro del ojo”).

Toda esa experimentación trajo sus notorios esperpentos. Brasilia o mucho de ella suele ser el ejemplo más citado. Niemeyer diseñó la arquitectura de una capital destinada a dinamizar el interior, algo que nunca pasó por motivos que lo trascienden a él, pero que dejaron en el medio de la nada la monumentalidad de una burocracia que gobierna un país de casi 200 millones de personas. Brasilia tiene cosas lindas, pero es soberanamente incómoda, imposible de caminar, costosa en su aislamiento.

A escala humana, quizás el Museo de Niteroi sea la perfección del estilo Niemeyer, un hongo de concreto blanco, que crece sobre un peñasco tropical, arriba del mar, un inmenso mirador circular a Rio de Janeiro al otro lado de la Bahía de Guanabara. Hay que tomarse el 47 desde la estación de ferry y bajarse en el museo para ver ahí que el hongo de concreto está montado sobre un pequeño espejo de agua, en un extremo unos 50 metros arriba del mar, donde el viento sopla todo el día. Si uno relaja el músculo ocular, pasa lo previsible, el agua de la Bahía y la pequeña pileta se confunden y el Museo parece salir del medio del mar. Cuando lo que hay alrededor es Rio de Janeiro, el famoso “diálogo con el entorno” se convierte en una conversación invasiva, en la que ambos, Rio y el Museo tal cual se los ve, son condición mutua de posibilidad.

La pregunta que un poco de ombliguismo argentino trae consigo es por qué esa arquitectura moderna es tanto más linda, fuerte, expandida, constitutiva e interesante en Brasil que en Argentina o, por caso, el resto del continente. En Quando O Brasil era Moderno, Lauro Cavalcanti enumera entre las razones “a boa condicao economica do Brasil, o desejo de o governo buscar uma nova face para a capital federal e uma brilhante geracao de intelectuais e arquitetos, com penetracao nas brechas do aparelho cultural do estado, que transformaram o estilo em uma novea linguagem, inconfundivelmente brasileira e universal.”

Para el caso de Argentina la respuesta es fácil, porque faltó casi todo lo de arriba. El despegue económico terminó por ser menos espectacular, la generación de intelectuales y arquitectos brillantes aun está por venir, el Estado como motor no fue siempre tanto como se dice. De los arquitectos y el Estado, no es posible entender lo de Brasil sin el hecho de que buena parte de los arquitectos eran miembros de un relativamente fuerte Partido Comunista Brasileño, que el socialismo evolucionó en sus mentes de formas varias, pero tomó contacto con el despegue brasileño en la Obra Pública. Por los motivos que fuese, el Estado fue el principal contratista, promotor y ejecutor de los proyectos de esta generación, el cliente que tomó riesgos al involucrarse con una vanguardia a la que cobijó culturalmente y financió en sus primeras incursiones, el agente que habilitó y legitimó la posterior demanda del sector privado. El arquitecto estuvo más cerca que nunca del ideal profesional.

“Naqueles tempos modernos o arquiteto nao se restringia a temas de arquitetura e urbanismo; além de influenciar domínios correlatos —como o design, arte e moda— , era o profissional que se pronunciava a respeito da sociedade. O arquiteto ocupava, entao, o lugar ocupado hoje pelos economistas. Em palavras mais sociológicas, a sociedade lhes dava o recnohecimento simbólico e a autoridade de diagnosticar o presente e indicar os caminhos a seguir. Foram tempos de ingenuos sonhos utópicos e de forte determinismo arquitetónico, através de qual se pretendía quase tudo resolver: a forma das cidades, as moradias, a distribucao da riqueza, os espacos de diversao e, até mesmo, um novo modelo de sociedade.”

Es una historia única. En Buenos Aires, donde las mansiones privadas de la primera ola modernizadora habían sido adquiridas por el Estado —que se investía así de una verdad ya amortizada—, para esta época se desarrollaba la discutible General Paz y poco más. La relación entre arquitectos, intelectuales y Estado también fue importante en la Argentina, pero eso no significa lo mismo que en Brasil. Hay mucho escrito al respecto. Los afortunados que hayan podido leer los manuscritos de Mark Healey sobre la reconstrucción de San Juan tras el terremoto del ’44, sabrán que todo lo mencionado ut supra para Brasil fue lamentablemente distinto en la Argentina. El resto deberá esperar la publicación de su libro viendo postales de Copacabana.

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8. Postdata (Desde Estas Hermosas Playas)

Todo, incluso Brasil, tiene su final. Las vacaciones, por suerte, también. Después de unos días, Rio de Janeiro deja por fin de ser exótico y uno se pregunta para qué estar acá, donde la temperatura nunca baja de los 30 grados y en general orilla los 40, donde no se puede pisar la vereda sin un cargamento de protector solar a cuestas.

Las vacaciones pueden haberse originado en la costumbre de cambiar de región en cada temporada de acuerdo al clima, pero tras la revolución industrial se estandarizó como parte del proceso de reproducción de la fuerza de trabajo. La sola noción de que uno deba irse a algún lugar, o deba dejar el lugar propio y alterar todas las rutinas que tornan el contexto más previsible, para descansar, está naturalizada aunque sea ridícula.

Elizabeth Bishop escribió Questions of Travel, después de unos años viviendo en Brasil.

Think of the long trip home.
Should we have stayed at home and thought of here?
Where shoud we be today?
Is it right to be watching strangers in a play
In this strangest of theatres?
What childishness is it that while there’s a breath of life
in our bodies, we are determined to rush
to see the sun the other way around?

Los cariocas son los “strangers in a play” que uno viene a ver. La tropicalización de Rio es un trabajo de generaciones, recogiendo cada piedra y cada pedacito de arena, desde la arena hasta el morro, para tornarlo en algo difícil de alcanzar, exótico, soñable. Las playas de Rio parecen eternas, pero en verdad no fueron un valor agregado de la ciudad hasta entrado el Siglo XX (la residencia de verano del Emperador, que no debía ser ningún tarado, era en la frescura de la montaña de Petrópolis, no en el Puesto 9 de Ipanema). Pero una vez en acción, la Idea de Rio se ha tornado en algo tan poderoso que hasta resulta difícil imaginar qué ofrecerle a su habitante. Quizás por eso Luis, el portero del departamento de la calle Barbosa Lima, dice que aunque tiene plata para viajar un poco, lo que más le gusta en las vacaciones es quedarse ahi (que no es, como para otros, “ir a Rio”).

Oh, must we dream our dreams
And have them, too?
And have we room
For one more folded sunset, still quite warm?

Al mismo tiempo, es el estigma lo que hace a Rio Rio, a Londres Londres, a New York New York. Solo que en este caso el estigma es real y molesto, es un esfuerzo por limitar las infinitas lecturas de la ciudad, por disfrazar de exuberante lo que en realidad es un ejercicio de mutilación, por simular que es inalcanzable lo que en verdad se pone al alcance de la mano del visitante. Unn emprendimiento con el sentido del Realismo Mágico Latinoamericano pero tanto más vasto y poderoso en el tiempo y el espacio, porque Rio sólo se entiende si se lo ve hermoso y delicado, pero también sucio y caótico. Rio es La Grasa de Las Capitales en escena, y la última caminata nocturna por Copacabana le deja a uno la imagen de la discoteca Help, la chorrada de prostitutas de todo color y tamaño, un muestrario de lo peor del turismo mundial (en general americano) al acecho de la presa, la decadencia como estilo en las veredas del Othon Palace y la respuesta aun más ordinaria de la ventana triangular del Marriot unas cuadras más allá.

Una quincena atrás (para retomar la jerga veraniega) Esteban Schmidt no podía creer que el slogan de la intendencia de Villa Gessell fuera “Villa Gessell, un sueño posible”, algo tan cargado de lecturas no deseadas en la Argentina que se vino abajo. Rio ha vivido de lo contrario, de “Rio de Janeiro, el sueño inalcanzable” pero en el fondo, la exoticización del simple placer carioca no es menos cruel que la vulgarización del sueño banal de la playa bonaerense.

Is it lack of imagination that makes us come
To imagined places, not just stay at home?
Or could Pascal have been not entirely right
About just sitting quietly in one’s room?

Continent, city, country, society:
The choice is never wide and never free.
And here, or there… No. Shoud we have stayed at home,
Wherever that may be?


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