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La empresa sublime

11 03 2005 - 07:49

La lógica tiene status. Digo: entre todas las facultades humanas tiene status. Recuerdo muy bien cuando era chico esa congratulación antipática y humillante: “Razonás como un hombre”. Siempre me vi impulsado a emplear la lógica. Siempre la detesté.

Nada que decir: su aspecto es majestuoso y al mismo tiempo modernísimo, de principios nobles: el de identidad, el de no contradicción; y después está el tercero excluido, los silogismos, el cálculo proporcional… Si y sólo si… p implica q… existe un x tal que… Son instrumentos precisos, reglas matemáticas para combinarlas. A lo mejor harán falta dos páginas de símbolos apretados e ininteligibles para llegar a concluir que “algunos que conocen a María no conocen a Bruno”, o que “nadie, salvo el mayordomo y Spencer, tenían la llave”.

La lógica es una empresa sublime, que distingue al hombre de cualquier otro ser viviente y nos permite descubrir lo que ya sabíamos.

Koko, la gorila que aprendió el lenguaje de los sordomudos, lo usa para hacer chistes sobre las bananas y las heladeras. Sin embargo a ella no se le ocurriría aplicar la regla del modus ponens. (A propósito: acaban de meter a la gorila en uno de los escándalos sexuales más rocambeloscos de la historia: dos empleadas denunciaron a la Fundación Gorila de California que las despidieron porque se negaron a mostrarle las tetas a Koko.)

La lógica está en todas partes, en las computadoras, en las cátedras universitarias, en los balances de las grandes y las pequeñas empresas, en los afanos a los bancos; está en los organigramas y en los diagramas, en las cadenas de montaje y en las cabinas presurizadas de los aviones supersónicos.

Sólo hay dos lugares de donde la lógica está excluida. Dos solos: la mente y la materia. Suficiente.

“El razonamiento no se funda en la aplicación de reglas lógicas de inferencia, sino en la manipulación de los modelos mentales”: modelos globales, intuitivos, analógicos. Y para peor totalmente inconcientes. Esto le pasa también a los matemáticos que inventan teoremas y a los lógicos que producen lógica. En sus autobiografías, Descartes y Poincaré confiesan que sus obras son el fruto de sueños extraños, iluminaciones imprevistas, estados de confusión, y no de concatenaciones que llevaron de una certeza a otra. Wittgenstein insiste en eso: “Mis fragmentos son como los tijeretazos en el vacío que da el peluquero antes de asestar el corte perfecto”.

La materia viola a cada momento el principio de contradicción: las partículas son al mismo tiempo ellas mismas y su propio contrario. Las ondas y los corpúsculos son al mismo tiempo reales e irreales: virtuales. Lakatos llega a definir así la mecánica cuántica: lo que en la física moderna conduce a la disolución de la razón y al culto anárquico del caos y de lo incomprensible. Vamos bien.

La lógica no describe el mundo: es sólo un juego que se hace con las palabras, que es el puente, parcial y discontinuo, que levantamos entre el infinito que llevamos dentro y el que está afuera. Algo así.

Esto mismo que digo no lo corroboré lógicamente, frase por frase, como una hormiguita, antes de escribirlo. Lo vi todo junto en una maraña instantánea en mi cabeza. El resto es pura decoración que construyo a posteriori con el fin de convencer a los demás, de seducirlos para que piensen como yo.

La lógica sólo sirve para demostrar su propia inutilidad. Debe ser por eso que, en el fondo, me gusta.

La lógica sirve para hacer afirmaciones del tipo: “La utilidad del lenguaje radica en parte en el hecho de que no puede establecer una relación biunívoca cualquiera entre los nombres y la realidad” (Quine). O para construir proposiciones del tipo: “El enunciado que sigue es falso, el enunciado precedente es verdadero”. Esto, viniendo de su parte, es lo más lindo de todo.


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