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Para volver a la Edad de Piedra

13 03 2005 - 11:00

En una inmensa zona que comprende casi toda Europa hubo en una época miles de años de paz, de progreso y equilibrio con la naturaleza, sin contar un desarrollo sin igual en el campo del arte que luego no ha vuelto a repetirse. La Era Neolítica. He aquí una cultura que no conocía ni armas letales, ni químicas. Apenas unas flechas del estilo “use y tire” que nunca como entonces tuvieron absolutos fines domésticos, higiénicos, terapéuticos y alimentarios, para nada deportivos y vanidosos. Esa época evolucionó y creció entre los años 24.000 y 3.000 a.C., llegando en ciertos casos hasta la plena Edad de Bronce. Eso sostiene Marija Gimbutas, una docente y arqueóloga lituano-estadounidense que en el libro El lenguaje de la Diosa (Dove, 1996), recientemente llegado a mis temblorosas manos, describe una civilización prehistórica pacífica, refinada y creativa, centrada en el culto de una Gran Diosa vista como la creadora de cada cosa existente en el mundo, fuente de vida, artífice de la vida y la muerte y ordenadora de todo y de todos. Una cultura en armonía con el ambiente, donde hombres y mujeres vivían en igualdad de condiciones y en igualdad de dignidades, sin la opresión de un sexo sobre otro. Parece que en su momento esas afirmaciones produjeron gran revuelo en el ambiente académico norteamericano —y no sólo en el norteamericano. La mitad de los arqueólogos acusaron a Gimbutas de feminismo ciego, y la otra mitad quedó, como se dice, atribulada. Por otra parte se trata de una estudiosa a nivel mundial, por más revolucionario que se intente ser con las teorías uno no puede hacerse el gracioso; cuando uno se mueve en cierto ámbito no puede decir cualquier cosa sin saber lo que está diciendo y sin tener en cuenta las posibles resonancias de lo dicho. De modo que a Marija Gimbutas no se le movió un pelo porque lo tenía todo previsto.

Si Gimbutas tiene razón la guerra no es algo tan natural, ni reside en las raíces mismas de la cultura humana como se ha intentado hacernos creer. Si es verdad que no pasamos del estado animal a la condición humana inventando el exterminio de nuestros conciudadanos sino con otras invenciones más significativas, nuestra idea de la humanidad debería cambiar. Lo cierto es que de esa época no datan ni instrumentos ni símbolos de guerra. Ausentes sin aviso. Por otra parte nadie puede negar que el 98% de las imágenes humanas del neolítico representan mujeres. No importa lo que eso signifique. Vasos, jarras, estatuillas, pinturas rupestres, estructuras arquitectónicas, tumbas, altares y templos provenientes de cada rincón de Europa demuestran poseer gran unidad: se repiten los mismos gestos; los mismos signos se repiten. Los templos tienen la forma del cuerpo de una Diosa y la tumbas la de un útero. A la Diosa que hace correr el agua y germinar los campos se la representa como pájaro o serpiente, rana o erizo. La únicas rígidas son las imágenes que tienen que ver con la muerte. En cuanto al resto, todo es blando y envolvente: predominan las olas de mar en los vasos; los genitales masculinos y femeninos —símbolos sacros de fertilidad— aparecen por todos lados.

Nuestros antepasados hacían el amor, no la guerra. Estaban al parecer mucho más preocupados en el nacimiento de los niños y la germinación del grano que en matarse entre ellos. Esto no quiere decir que se tratara de una cultura inmovilista: descubrieron la agricultura y, aparentenemente, también la metalurgia. No tuvieron tiempo de descubrir la guerra.

Se perdió el valor asignado a determinadas palabras, todos los días hay una revolución, en internet, sin ir más lejos. Lo cierto es que en internet podemos asegurar que hasta ahora sólo han habido dos grandes revoluciones: la aplicación de los motores de búsqueda y la gestión de weblogs. En la Historia pasa algo parecido: hay una Revolución Industrial y lo que hay antes y después no son más que “revueltas”, piquetes más o menos organizados y de más o menos magnitud; la otra revolución es la neolítica. Y no hay más.

Ese pacifismo a ultranza fue como una laguna en la vida de un paciente en coma 4. Un día la civilización volvió a despertar. Los que tocaron las trompetas no fueron los viejos europeos sino un pueblo que Marija Gimbutas llama los Kurgan, nómades, pastores de origen indoeuropeo, hechos de una materia muy distinta a la de los viejos europeos. Les apasionaban las armas y las armas eran el símbolo de su cultura. Como era de esperar invadieron Europa y ganaron la guerra, sojuzgando a los pueblos de la gran Diosa. Las estatuas de la Diosa fueron abatidas y sustituidas por las de otros dioses, machos y armados. Desde entonces la guerra lleva las de ganar.

En términos históricos la cosa empezó ayer, los Kurgan invadieron Europa el viernes pasado. Con un poco de suerte dentro de 10.000 años tendremos la suerte de volver a la Edad de Piedra.


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