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Fulvence, Fulvencito y el castillo de arena

14 03 2005 - 09:48

Puestos a imaginar qué acto condensaría los sentidos de la Argentina K, ni a Ramiro Agulla se le hubiera ocurrido algo tan brillante como el relanzamiento de los botines Fulvence, y su línea para chicos, Fulvencito. Colgada así, en Clarín, otra hazaña nacional, la noticia da simpatía, o pena, o entusiasmo, según quién la lea. Unos días antes, Néstor Kirchner decía “inviertan, que vuelve la Argentina industrial” con genuino entusiasmo. Para el momento en que Francisco Pugliese divulgaba que había invertido un millón de dólares en matricería, que la vieja planta de Lanús se ponía de pie, y Clarín recordaba el “en Europa no se consigue” del Ratón Ayala (error garrafal, que le atribuye a Fulvence lo que en realidad fue una publicidad de Interminable, acota el memorioso lector Juan Pablo Jimenez), para ese mismo momento, Kirchner ya había cambiado de página y se metía en un entuerto con la Sociedad Interamericana de Prensa, donde la SIP lo tildaba de autoritario y él los acusaba de fascistas. Fue el introito para una obra mayor, como es el aumento de precios de la Shell, el posterior llamado de Kirchner a no comprarle nafta a Shell, ni a Esso, ni a nadie que aumente el precio, y la sugestiva amenaza de cordones piqueteros alrededor de las estaciones de servicio.

No hay mejor cadena asociativa para Kirchner que la que desata Fulvence, que viene con todas las alegrías del bienestar de la Argentina de Perón, pero se sitúa en los ’60, arriba y adelante del peronismo, en la época de auge del liberalismo progresista, los cantantes y artistas de izquierda y el consumo de clase media. Vote Kirchner-Fulvence, la transversalidad de hoy y de siempre. Lástima que Nacha Guevara ya no esté, de algún modo, entre nosotros. Alpargatas Y Libros.

El relanzamiento de Fulvence pudo haber ocurrido en cualquier otra semana, y probablemente hubiera estado rodeado de acontecimientos similares. Vuelve la Argentina industrial y vuelve la Argentina peronista. Si tu abuelo era socialista y gorila, y tus viejos creían que en el ’73 se venía un aluvión de votos en blanco y no Cámpora y Perón, esa no debería ser una buena noticia. Pero yo no estoy tan seguro.

En primer lugar, está por verse cuáles serán los precios, de Fulvence y Fulvencito digo. Hoy, las zapatillas Adidas son más caras en Buenos Aires que en Nueva York, los jeans Levi’s pueden llegar a costar el doble incluso. Es curioso, porque el poder adquisitivo en Nueva York es notoriamente más alto, y porque los costos también lo son, incluso si las zapatillas y los jeans se hacen en maquiladoras de Mexico o sweatshops de Tailandia. Uno tiende a rechazar toda explicación que arranque por la Cultura Nacional o “cómo somos los argentinos”, pero en este caso es dificil de excluirla. Los precios tan altos parecen responder a una estructura de costos compleja, pero también a la existencia de una demanda real que justifica, en apariencia, el lema: “Si hay gente que está dispuesta a pagar 10, ¿por qué voy a venderlo a 6?”

Bueno, podría venderlo a 6 por varios motivos. Uno es que es muy probable que quienes pueden pagar los precios de Nueva York son cada vez menos. No habría nada malo en que una empresa decida concentrarse en un mercado cautivo, pequeño y de alto poder adquisitivo. Lo que no se entiende es si los costos del proteccionismo via tipo de cambio justifican una acción miserable. Los “agentes económicos” en la Argentina están siempre atentos a obtener la mayor rentabilidad en el menor tiempo, aun si eso resultara suicida, y no existen mecanismos para regularlo, ni para que otras conductas permitan consolidar en el largo plazo mercados más extensos e industrias más consolidadas.

Es probable que Fulvence, que también nace al amparo del actual tipo de cambio, apunte a un mercado más amplio, ahí donde Adidas no llega más y las marcas son irreconocibles para la clase media de Palermo. Puede que, efectivamente, la atención a ese mercado esté en la base del retorno de la Argentina industrial.

Lo mismo pasa con el discurso de Kirchner, que puede irritar mucho a los que compran (compramos) Adidas, pero puede resultar abstruso pero gratificante, o incluso atractivo, allá donde llegará Fulvence y las cosas adquieren otro sentido. Hace unas semanas, me tocó estar subido a una camioneta y recorrer Florencio Varela, sus zonas de “clase media” que en la Capital serían el sinónimo de una villa, donde los cortes de carne que se ofrecen tienen nombres incomprensibles y la gente del lugar miraba a Los Rubios entre asombrados y amenazadores; y luego una serie de monoblocks donde miles y miles viven apiñados en condiciones igual o peor que la villa miseria, con decenas de ojitos que pispeaban desde las ventanas oscuras y perros muertos o mas o menos por la calle, una postal que desafía a cualquiera de los que insisten con que en la provincia no hay ghettos. En la Argentina hay gente, mucha, que no salió en su vida de Berazategui. Saliendo de una recorrida pavorosa, pasamos por el predio inmenso de una fábrica que no alcancé a reconocer, y alguien dice que eso es lo que queremos, que cuando todas estas fábricas estaban abiertas la gente tenía trabajo y vivía feliz y uno podía vivir acá sin problemas y una recorrida como la que acabábamos de terminar no te dejaba un nudo en la garganta. A mi la retórica de que todo tiempo pasado fue mejor me revienta, y la idealización del mundo del trabajo me parece, además, una jactancia de los intelectuales. Me quedé ahí, preguntándome si sería así. Finalmente, trabajar 8 o 10 horas por día con la máquina que corta la suela de la zapatilla no debía dejar a nadie muy contento.

Esa misma tarde, mientras caía el sol, le conté todo esto a mi hermano, caminando por un barrio del sur de la ciudad de Buenos Aires, atrás de Parque Patricios, de casas bajas y viejas pero bien conservadas, con una plaza de pueblo perfecta que mi acompañante definió como “frondosa” y cuya única contraindicación es una parte de la barra brava de Huracán que para ahí de vez en cuando. “¿Eran más felices en Florencio Varela hace 40 años?” La respuesta, respuesta de antropólogo se ve, es simple. “Y sí. Digamos que a grandes rasgos, para una parte importante de esa población, existía la posibilidad de fijarse objetivos y más o menos llegar a cumplirlos dentro de una vida normal. Eso es ser más feliz, que tu día esté menos cargado de frustraciones, que te sientas bien con lo que hacés.”

Y creo que su respuesta estaba en diálogo con la geografía: en un plan modesto, la gente era más feliz cuando Florencio Varela se parecía más a este barriecito de atrás de Parque Patricios y no al octavo círculo que es hoy. Era más feliz tanto como yo soy más feliz ahora, que salí agotado del recorrido suburbano, y acá en la ciudad, en estas calles pobres pero que parecen disfrutar una momentanea y tímida bonanza, dan ganas de caminar todo el día y hasta sentarse a tomar un mate con algún vecino, sino fuera que detesto el mate.

En amplias regiones, el trademark de la Argentina industrial no suena a una propuesta económica específica ni al llamado atávico del Enésimo Retorno del Yeti, sino un contexto de cierta prosperidad social, un final del día menos bochornoso que el de las últimas décadas, una tarde en Parque Patricios. Eso significa, de un modo u otro, una redistrubición progresiva del ingreso, pero no necesariamente mayor puestos de trabajo en el sector industrial, y reclamarle esa imprecisión al discurso público suena más bien a un snobismo a pie de página. El regreso de la Argentina industrial no tiene traducción literal, en parte también porque tampoco se corresponde enteramente con el regreso de la Argentina Peronista. Con alguna intuición y mucho de necesidad, Kirchner ha buscado condensar las imagenes del ’45 y los ’60 (de eso se trata, en buena medida, la moribunda pero siempre latente transversalidad, una especie de primera reflexión generacional post peronista), como un bote que puede llevar a viejos obreros, millones de trabajadores informales y clases medias en distintos estados de desmembramiento.

Como es un invento, nadie sabe tampoco cómo se instrumenta. Escuchar a Kirchner llamando a no comprarle a Shell causa pavor a más de uno. A mi me da miedo pero por razones puntuales. Sólo me preocupa que sea efectivo, su eficacia en contener un espiral inflacionario que acentúe la regresividad de la estructura social y diluya la humilde paz alcanzada en Parque Patricios y atente contra lo poco que el gobierno tenga para mostrar en un par de años, cuando los buitres reclamen lo propio. Aun en contra de las tradiciones que arrastro, no me molesta que sea Perón o Chavez peleando la escena; pero me aterroriza que sea Alfonsín tirando bastonazos en retirada. Me preocupa más que Lo más probable es que Kirchner no sea ninguno de los tres, y que su gestualidad lo acerque eventualmente a uno u otro, pero termine sobre todo por definirlo en sí mismo.

El Gobierno está sentado encima de la inflación, que de la mano de la devaluación son la amenaza más evidente al poder adquisitivo de trabajadores formales e informales y receptores de diversos planes sociales. Hasta ahora se ha peleado con cierta rudeza con acreedores, empresas privatizadas y de combustible con el modesto objetivo de no deteriorar demasiado la situación social. Y ha tenido un notable éxito, muy en contra no sólo de los analistas que Kirchner mismo enumeró, sino también de quienes se alineaban con su idea pero tenían (teníamos) urticaria ante sus métodos.

En mi mundo ideal, el Presidente se sienta con el dueño de la compañía, le comenta la necesidad de que los ajustes no afecten la situación social ni excedan marges razonables de ganancia. Regatean un poco, pero se entienden mutuamente. Luego se reúnen los técnicos, se cruzan gráficos y presentaciones en power point y llegan a números benignos, inodoros e incoloros. Ese es el mundo que Joaquín Morales Solá o Eduardo Van der Kooy tienen en mente cuando se escandalizan por métodos que recuerdan “una Argentina a la que nadie quiere volver” (frase extraordinaria, de alguna editorial dominical, que decreta que la historia no tiene vuelta atrás. Si los ataques a la Shell te hacen acordar a los ‘70, puede que pocos quieran ese viaje. Pero bien pueden hacerte acordar a Perón, y ahí me juego a que el tren va lleno).

Los distintos actores razonan y deciden y listo. Pero luego, el mundo no es así. Las compañías petroleras son enormes y con poder suficiente como para obtener por razones “extra económicas” una ganancia que otros agentes del mercado no pueden ni soñar. En el arsenal de recursos a su alcance, se encuentran derrocar gobiernos, promover invasión de países, quebrar instituciones, generar cualquier tipo de rebelión social, corromper franjas enteras de la administración pública. Como Shell o cualquier empresa petrolera está lejos del ideal del agente económico, es un tanto necio esperar que el Estado o su jefe se comporten como si lo fuera. El intento de este gobierno parece ser asociar la gobernabilidad del país con una economía en donde las tasas de ganancias sean más razonables (REPSOL ganó en Argentina tres veces más que en la mayor parte del mundo) y dada la historia y los tipos que están enfrente, puede que pelearse todo el tiempo sea la única forma de lograrlo. Obtener “un país normal” o una “Argentina tranquila” no significa actuar normalmente o con tranquilidad. A veces, incluso, significa exactamente lo contrario.

El tipo de bote que intenta ensamblar el kirchnerismo cruza sectores sociales, grupos políticos y memorias históricas diversas. Fruto de la necesidad y la debilidad, es cierto, pero eso no quita ni agrega nada. La Argentina de Fulvence y Fulvencito no es sólo un tipo de cambio alto y una industria protegida (viendo la evolución histórica del sector externo argentino, eso se acabará tarde o temprano) sino la convivencia de muchas, demasiadas historias e intereses. En verdad, por primera vez la Argentina Industrial y Peronista no es industrial ni peronista (aunque vaya a tener mucho de lo último) ni estará encolumnada detrás de la clase obrera, y eso la transforma en una melaza inestable y de futuro siempre incierto. Habrá quien vomite cuando vea gestos destemplados y quién se pregunte a quién se parece Kirchner en cada uno de sus gestos, aún cuando ese mapa confuso sea en sí mismo mucho más inteligible de lo que parece.


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