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Entropía

15 03 2005 - 01:30

Hace casi treinta años, en la secundaria, estudié el famoso segundo principio de la termodinámica, el que afirma que en el universo la energía utilizable no puede hacer otra cosa que disminuir, hasta que un día no quedará más que un caos inútil, indiferenciado y casual.

La noticia no me gustó mucho, ni siquiera entonces, cuando el indiferenciado y casual también era yo. Ese asunto odioso llamado entropía —la medida del desorden— aumentaría más cada día hasta llegar a la muerte térmica del universo. Y esto sólo porque el desorden es un estado de las cosas mucho más probable que el orden.

No podía negarlo, no tanto porque tuviese fe en la autoridad de la ciencia sino por mi cotidiana experiencia del estado entrópico de mi cuarto, donde libros, cuadernos, ropa, cartas y discos tendían a acumularse en un estado de caos creciente, a menos que me esforzara mucho, mucho por contrarrestarlo. La entropía me asediaba por todos lados.

Pero el antídoto contra la entropía estaba delante de mis ojos cada vez que me miraba en el espejo. Altamente complejo, altamente ordenado, altamente improbable —indiferenciado y casual, en suma— yo era lo contrario a la entropía. No podía hacerla desaparecer: cada uno de mis gestos aumentaba la dimensión de mi enemiga. Y sin embargo, al mismo tiempo, yo, ser humano, ser viviente, era el desafío de la materia al segundo principio de la termodinámica. Yo era el objeto más complejo y por lo tanto el más improbable de todo el universo. Y la presencia en este planeta de seres tan complejos como yo (las mariposas y las ballenas, el hinojo y las estrellas de mar, sólo para dar algunos ejemplos) me hablaba claramente de una ley de la naturaleza que iba en la dirección contraria al segundo principio de la termodinámica. La ley que lleva del desorden al orden, de lo simple a lo complejo, de lo indiferenciado a lo creciente y casual —un florilegio de diversidad. La historia del universo del big bang en adelante habla de un principio, inscripto en la materia, que frente al torbellino inicial de las partículas indiferenciadas las lleva a reunirse ordenadamente en átomos distintos entre sí, que lleva a los átomos a reunirse en moléculas distintas entre sí a través de lazos químicos, que a su vez las lleva a reunirse —una vez al menos; al menos una en este planeta— en seres vivientes y pensantes, llevados a su vez a conocerse y a interconectarse entre sí a través vínculos cada vez más estrechos, como el teléfono inalámbrico.

Es como si a la materia le encantase construir sucesos improbables, como si la naturaleza tuviese ganas de conocerse a sí misma a través de la inteligencia de sus propias criaturas.

¿Cuál será el próximo paso en este planeta? ¿La destrucción —echando una mirada alrededor parece lo más probable— o un nuevo, imprevisible, indiferenciado y casual aumento de complejidad?

A veces, reflexionando sobre el segundo principio de la termodinámica y el estado de mi cuarto, me desesperaba la inutilidad del destino humano. Vano era este continuo construir, vano este continuo ordenar un mundo que no sabía hacer otra cosa que desordenarse. Vana esta indiferenciación, vana esta casualidad. No quedaba más que quedarse sentado y esperar la degradación inevitable de todas las cosas. Vana era la vida y la belleza. La belleza, sobre todo.

Ahora, cuando me bastaría ponerme de pie y encaminarme al baño para mirarme en el espejo, me complace darme cuenta de que sigo sintiendo la misma desesperación científica.


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