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Qué cómico resultaba cuando era un muñeco

17 03 2005 - 07:30

En tono contrito, que siempre es un tono apropiado para referirse a los libros que amamos, podríamos con toda tranquilidad denostar el singular atraso de la especie humana, empeñada en leer vaya Dios a saber qué estupideces cuando por el mundo anda suelto Las aventuras de Pinocho, un libro tan genial e imprescindible. Pregunten a cualquiera y verán lo que le dicen: “Es la historia de un muñeco de madera que después de una serie de desventuras se convierte en un niño de carne y hueso”. No es mucho, pero en realidad es todo, o casi todo. El asunto es que ya como muñeco Pinocho es un niño de verdad; y probablemente ese sea el motivo por el que ha ejercido semejante fascinación en tantos niños, que nunca son suficientes, y tantos grandes, obligados a leerlo en la noche, en voz alta, mientras prestan atención a los peligros de afuera, a los aullidos que vienen del exterior, que invariablemente prefieren confundir con el maullido de un gato o con el ruido de un auto que pasa. El libro está lleno de aventuras fantásticas, aunque relatadas con un realismo que las convierte en algo cercano y usual, de modo que lo fantástico y lo cotidiano se compenetran, hermanan y acompañan a la perfección.

La enseñanza del libro es la de la burguesía de su tiempo. Lo que parece integrarse en esa historia es lo fantástico y el tono aleccionador. Los niños leen la historia en clave fantástica; los adultos prefieren traducir la aventura en enseñanzas educativas: la miseria se puede soportar con dignidad; trabaja el que quiere; no hay que ser ni demasiado escrupuloso ni demasiado delicado de paladar (en este mundo, desde pequeños, hay que acostumbrarse a comer de todo); no es el buen traje lo que hace al señor, sino el traje limpio; no hay que hacer caso a los consejos de las malas compañías; sólo los locos o los embusteros pueden prometer que te harán rico de la noche a la mañana; todo aquel que pretende obrar a su capricho y a su modo, tarde o temprano se arrepiente; el que mal anda, mal acaba; los niños que, aburridos de los libros, los maestros y las escuelas, pasan sus días entre juegos y diversiones, acaban transformándose en burros, y así sucesivamente. Pinocho, como ya dije, es un niño, por lo tanto está loco, comete travesuras, pero en el fondo es bueno y generoso, sabrá sacrificarse cuando llegue la hora para mantener a su pobre padre enfermo y la recompensa, como siempre, llegará puntual.

Sucede que la fábula en cuestión concluye con una moraleja extraída de los sucesos expuestos, la conducta humana es equiparada al comportamiento típico y habitual de ciertos animales, que encarnan —casi— todos los vicios y las virtudes; posee, al menos (y soy avaro, lo reconozco) dos hallazgos grandiosos. El primero, el más conocido, es el de la nariz retráctil-eréctil, que con su crecimiento pone de manifiesto que el sujeto en cuestión está mintiendo, aunque en sus orígenes puede crecer estimulada por la comicidad o el hambre. El carácter fálico de esa nariz nunca ofreció duda. La primera “erección” de Pinocho tiene lugar apenas Geppetto se la talla. La segunda, ante la olla pintada en la pared de su casa. La tercera, en presencia del Hada polimorfa afectiva. En la cuarta y última, ante un pobre viejo que le informa sobre la suerte del niño accidentado en la playa; a Pinocho le basta dejar de mentir para que todo vuelva a su tamaño acostumbrado.

El segundo gran hallazgo es la primera frase. O mejor dicho, no la primera frase, que, en cierto modo, sigue respondiendo al canon del cuento de hadas, sino los párrafos inmediatamente siguientes. “Había una vez… ¡Un rey…! No…” Nunca leí un comienzo más catastrófico y más provocador, sobre todo si se tiene en cuenta que los destinatarios son los “pequeños lectores”, sólo competentes en materia de fábulas y en sus reglas. Allí hay una fábula dentro de otra. Ya lo sabemos, el “Había una vez” es el camino obligado, el cartel señalizador, la orden que pone en movimiento la rueda de la fábula, su fortuna aplicada a la ganancia a cada vuelta. Pero en este caso nótese que el camino es engañoso, el cartel miente, la orden no pone nada en movimiento, la rueda se queda quieta. Resulta que el Rey en cuestión no existe. Es difícil evaluar la importancia de este fraude inicial (debería haber dicho “iniciático”). Con este juego de manos, el autor, el villano, el fabulador, ha dado acceso al mundo de la fábula, pero inmediatamente después nos hace notar que se trata de “otra” fábula, dramáticamente incompatible con la ya conocida, la que siempre se ha visto está certificada por la presencia de la corona y una o más piedras preciosas. Siempre cómico y poderoso, infantil y terrible, el Rey tiene en sus manos las llaves de la fábula, y con ella abre y cierra las puertas de acceso, dirige las entradas y las salidas de los actores, abre paso a los monstruos feroces, a las hermanas insensatas y despiadadas, a las madrastras feas y envidiosas, a los espejos prodigiosos, a las leyes, los gestos, las palabras de la fábula. Lo que el autor intenta decirnos desde las primeras líneas es que piensa aventurarse en un terreno ignoto, que su libro es como una selva, con sus millones de hojas diferentes, con sus millones de cortezas, con sus millones de insectos, frutas, larvas, raíces, serpientes. Es por eso que en Pinocho hay tanto ruido. No se puede caminar al azar por una selva. Hay que reconocer todo lo que hay, hay que probar con la punta de la lengua y luego olfatear las pistas, conocer todos los caminos del agua, del fuego y del aire, sabiendo que en todas partes hay fuerzas mortales, peligros y venenos. De esa selva ha desaparecido el centro de oro, la piedra fundamental, la razón de ser y de existir. Lo que el autor trata de decirnos es que de ahora en adelante se propone escribir una fábula que definitivamente aniquile a todas las demás fábulas.

La condición terrible, entonces, que contamina todo el libro, se encuentra presente en la primera frase. Hay un rey que no había una vez. Oneroso. En un universo que se preanuncia lábil, justiciero y modesto, el Rey no está. Hasta ahora le había ocurrido de todo: había sido ajusticiado, había abdicado, había fugado y se había enfrentado a mil tribulaciones. Todo eso era mucho más sutil que este irreductible no estar en absoluto. Si es desagradable, si es decepcionante para todos, para un Rey debe ser verdaderamente intolerable. Cuánta historia, cuánto papel malgastado e impreso hicieron falta para que entrara en escena este rey inexistente. Como sucede —casi— siempre, su ausencia era desde hace mucho necesaria y terrible. Alguien debía ocuparse de eso. Pero hay más. El fabulador nos advierte que el puesto del Rey ha sido cedido a un simple y vulgar pedazo de madera. Necesariamente, debe tratarse de una aparición. La humildad de este pedazo de madera engaña: “No era una madera lujosa, sino un simple pedazo de leña, de esos que en invierno se meten en las estufas y en las chimeneas para encender el fuego y calentar las habitaciones”. Bien, de acuerdo, pero ¿de dónde viene? ¿cómo y por qué terminó en el taller de maese Cereza? El autor no lo sabe. En cuatro párrafos breves nuestro prestidigitador ha hecho más de lo que muchos célebres biografiados han conseguido en libros y libros llenos de filosofía, teología y hermenéutica: ha demostrado que es capaz de todo, e inmediatamente después ha afirmado que en su soberbia magnificencia, en su poder absoluto, hay algo que escapa a su saber. A diferencia del Rey, el pedazo de madera “está”, pero su “estar” carece de motivos, y eso lo demuestra las vagas noticias que tenemos de su “haber llegado”. No fue comprado, ni encontrado por casualidad, ni traído por alguien. Está allí y eso basta. Si lo miramos de cerca, notaremos que el pedazo de madera, tal como nos es presentado en estas pocas líneas, es poseedor de un destino múltiple y dramático. Es definido “pedazo de leña, de esos que en invierno se meten en las estufas y en las chimeneas para encender el fuego”; más adelante, maese Cereza lo llamará “trozo de madera de chimenea”, de esos que “se echan al fuego para hacer hervir una olla de porotos”. Madera que arde, entonces, que puede consumirse abrazada por las llamas, para sobrevivir a los inclementes inviernos y permitir la nutrición. Pero también lo persigue otro destino: el de ser trabajado: maese Cereza quiere servirse de él “para hacer la pata de una mesita”. Esa madera es transformista: pronto habrá más transformaciones. Pero lo que constantemente notaremos (y no debería sorprendernos, porque el benemérito autor nos lo ha dicho desde las primeras líneas) es que los dos destinos son paralelos: ese pedazo de madera es materia que llama a la destrucción y a las cenizas, pero también quiere convertirse y transformarse en otra cosa.

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(ilustración: estos alumnos del Istituto
Comprensivo Dusmet di Nicolosi
, Italia)

A Carlo Collodi debe haberle sucedido algo parecido a lo que le ocurrió a Conan Doyle y a Richmal Cromptom. Sherlock Holmes, en el primer caso, y Guillermo Brown, en el segundo, cosecharon tales éxito y fama que acabaron por oscurecer e incluso anular el resto de sus producciones, con una rara mezcla de satisfacción e irritación por parte de sus autores. Aunque eso, en el caso de Collodi, es cierto sólo en parte: luego de dieciocho meses de arduo trabajo, Las aventuras de Pinocho terminaron el 25 de enero de 1883. El mismo año fue publicado en forma de libro con ilustraciones de Enrico Mazzanti. La madre de Collodi murió en 1886. Como no estaba casado, Collodi vivió en adelante solo. Y murió el 26 de octubre de 1890. Tuvo el tiempo suficiente para agradecer su invención, pero no el necesario para aprender a detestarlo.

Según un impecable y bárbaro dilema (o coincidían con lo ensañado por el Corán, luego eran superfluos, o disentían, luego eran abominables), el Califa mandó quemar los libros de la biblioteca de Alejandría. Cuando Hitler tomó el poder, el 10 de mayo de 1933, hizo encender en el centro de Berlín una inmensa hoguera de libros. En el Quijote, en el capítulo V, el licenciado Pero Pérez —que así se llamaba el cura— echa al fuego la literatura “dañosa” pero salva de la hoguera algunos volúmenes merecedores de otro destino: el canon espera. Los nuevos regímenes inauguran siempre su reinado con ceremonias que expresan la quintaesencia de su ideología (sobran ejemplos, ver Los biblioclastas, de Gérard Haddad). Collodi, a medida que la unificación italiana se convertía poco a poco en realidad, se propuso hacer una literatura que orientara a las nuevas generaciones. En el capítulo XXVII de Pinocho, cuando los niños, en la playa, a dónde han llevado con engaños al muñeco, deciden usar los libros de lectura como proyectiles (qué buen destino para los libros) nuestro autor salva sólo dos nombres. Tres, mejor dicho: el suyo propio, el de Ida Baccini y el de Pietro Thouar. Collodi honra a esos narradores depositando flores en sus tumbas (aunque hay que decir que cuando escribe el Pinocho Ida Baccini está viva), y de ese modo marca la filiación y la herencia que reivindica. Pero con su costumbre habitual, su manera de “salvarlos” es impropia: hay que tener presente que, cuando los libros-proyectiles acaban en el mar, los peces, hambrientos y curiosos, después de haberlos saboreado, los escupen: es presumible que los hayan encontrado insípidos e indigestos.

La literatura infantil es “rara”, adolece de una “rareza” tan “rara” como la “rareza” infantil. Al decir de Leopoldo María Panero, toda la literatura infantil tiene carácter esquizofrénico. Pero no toda la literatura infantil está tocada por ese “tufo benéfico”. Su “rareza” consiste en que, según Todorov, en ella el terror se encuentra en todo el relato, y no sólo en una parte de él. Cuando maese Cereza se desmaya, está atravesando el grado más tenue del terror. Luego pasará al miedo, total y extremo, que a su vez se volverá susto, ese escalofrío de lo ininteligible. Tirado en el suelo lo encontrará su amigo Geppetto, y aquel explicará que en esa posición está “enseñándole a contar a las hormigas” —mucho tiempo después, un animal irónico, lento y pedagogo le dirá a Pinocho: “Diviértete contando las hormiguitas que pasan por la calle”. “Hacer cuentas” está emparentado con esos animalitos monótonos y anónimos.

En Las aventuras de Pinocho, las cárceles sólo sirven para acoger inocentes. Las prisiones no tienen nada que ver con la justicia, abstracta y enfática, sino con la ley. Hay pocos signos de que esta sea una historia verdaderamente italiana, pero la paradoja judicial vuelve superfluo cualquier comentario. (Personaje kafkiano, Pinocho recurre a la justicia porque ha sido robado, y acaba en la cárcel. El joven Emperador, que acaba de obtener “una gran victoria sobre sus enemigos”, ordena que se abran las cárceles para que salgan de ellas todos los “malandrines”. Pinocho “no es de ésos”, por lo tanto no puede salir. Pero entonces el muñeco “miente”, dice que él también es un malandrín, y entonces es puesto en libertad. Ni el mismo Pinocho advierte que no está diciendo una mentira, dado que la nariz conserva su tamaño. Él es un malandrín que se ignora a sí mismo como tal.) Los animales entran en esta historia paulatinamente, primero como insultos —la pelea entre Geppetto y maese Cereza—, como similitudes en la descripción del modo de correr del muñeco, y luego como seres parlantes, a quienes Pinocho entiende y con quienes puede mantener diálogos extremadamente educativos. El gran sueño infantil es la rebelión y la fuga. Pinocho habla en nuestra lengua cuando le dice al Grillo parlante aquellas palabras que la menos una vez en la vida nos oímos decir a nosotros mismos: “mañana, al amanecer, me iré de aquí”. Hay carrozas, golosas carrozas para el casi fúnebre transporte burlesco del casi muerto muñeco goloso.

Tres veces, de boca de Pinocho, en este libro sin Rey, tienen lugar esos relatos en los que la densidad no puede ser más extrema. Riguroso, en sus relatos Pinocho cuenta lo que le ocurrió, pero todo llega a su memoria por medio de lazos que no son comprensibles por los grandes. Mentalmente fulmíneo, por ejemplo, el relato del viaje a la Hostería del Camarón Rojo que hace al Hada consiste en: “Y yo dije: ‘Vamos’; y ellos dijeron: ‘Detengámonos aquí’”. En esos momentos no miente, no justifica, sólo recuerda su vida como una serie catastrófica de acontecimientos, apariciones, alucinaciones, mentiras, amenazas continuas de muerte, burlas y errores, robos y emboscadas, fraudes y milagros, encuentros fortuitos y maravillosos: en suma, una vida absolutamente normal. Y cuando narra así se manifiesta como un pésimo escritor, ansioso por llegar al final saltándose los detalles.

Todos quieren matar a Pinocho, pero sólo Geppetto y el Hada pueden comunicarle el horror infantil de la desesperación. Con ellos él es capaz de experimentar la pérdida total, de la que los pies carbonizados y la nariz que crece puede sólo representar una triste caricatura —Pinocho ama a quienes son capaces de hacerlo desesperar: la desesperación es la unidad de medida de la necesidad de una relación; podría decirse que él es un mendigo de esa desesperación que sólo Geppetto y el Hada maternalmente sádica pueden otorgarle.

El Zorro y el Gato, en cambio, tienen un destino singular. Otra herramienta infalible de la fábula: son los criminales desventurados. No pueden robarle a Pinocho sus monedas de un modo simple y funcional, simplemente tomándolas y echando a correr; un destino los obliga a construir fraudes complejos y contradictorios, alambicados vericuetos inútiles que ignoran que el camino más corto entre dos puntos es la línea recta algo curva. La estafa es confiada al Zorro mitómano. El Zorro es elocuente, fantasioso: casi un verdadero literato. Con pasión maníaca ama los detalles, la minucia, la absurda invención de la verdad. El Gato es malvado y taciturno, tiene alma de killer: es el alma homicida de la banda. El Gato es simplemente feroz y expeditivo; el Zorro es feroz también, pero al mismo tiempo irónico. Cuando a los pies de la Gran Encina se escucha: “¡Colguémoslo!”, seguido de “Adiós, hasta mañana. Cuando volvamos mañana esperamos que tengas la amabilidad de hallarte bien muerto y con la boca abierta”, es obvio que el que habló primero es el Gato.

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(ilustración: estos alumnos del Istituto
Comprensivo Dusmet di Nicolosi
, Italia)

Desde su nacimiento, metamórfico y teatral al mismo tiempo, Pinocho es capaz de ser todo lo que se le pide, pero gracias a esa extrema ambivalencia de devoción y de fuga hay algo en él que lo lleva a la fidelidad y a la obediencia. Personaje complejo, lo gobierna un oculto y multiforme futuro. En parte pertenece al mundo vegetal, pero habla con los animales (el único “humano” que parece entender la lengua de los borricos es el Hombrecito hidrópico); es bien recibido en el mundo del Hada pero tiene una casa en el mundo de los hombres. Él es continuamente llevado a la deslealtad, a la traición hacia uno y otro de estos lugares morales. La degradación forma parte de su estructura, y es al mismo tiempo su virtud irrenunciable. No fue a la escuela, pero sabe multiplicar y leer lápidas. También el Hada es multiforme: encontramos a este ser poderoso y frágil primero como Niña muerta, luego como Señora de los animales, luego como Hermanita muerta de dolor, luego la encontramos crecida y bien dotada y capaz de asumir el rol de madre (pero en realidad no es una madre, sino un monstruo amoroso y sabio), y finalmente transmutada en valerosa cabra azul, extendiendo solidaria sus patas delanteras para salvar al muñeco del Tiburón narcoléptico. El Hada no tiene una forma propia, cede a las tentaciones de la nada. Lo único que se mantiene es la masa de cabellos azules.

Pinocho siempre desobedece: al desobedecer suceden demasiadas cosas terribles y estupendas: Pinocho no sabe desobedecer a la desobediencia. No desobedecer significa sumergirse en el ominoso anonimato de los comunes mortales: de un largo año en que Pinocho se porta bien —como de sus cuatro meses transcurridos en prisión— no hay nada que decir, salvo eso. La obediencia es incompatible con su historia. En términos literarios, su historia es siempre la historia de una desobediencia; supone un error, una deserción a la norma, una condición patológica.

Todo está lleno de infiernos: el infierno ictiológico del hombre verde, ese triste Neptuno que se nutre del mar, hecho de material marino; es un infierno también la ciudad de “Atrapachitrulos”; es un infierno el interior del Tiburón, en cuyas vísceras, según el Atún —otro pedagogo—, reina la dignidad. Y todo es masculino, en el mundo de Pinocho hay poco lugar para las niñas. El “País de los juguetes” sólo acoge a los varones. La ciudad está hecha a la medida de su fantasía agresiva, de su agresividad furibunda. Aunque nunca se dice, la exclusión de las niñas forma parte del sueño estrepitoso de la infancia masculina, que excluye toda tentación indominable. De hecho, sabemos que toda niña custodia el proyecto de una madre. En el “País de los juguetes” los niños no interactúan: todos juegan solos. Están solos en tanto y en cuanto son varones, y están solos en tanto y en cuanto no saben jugar más que en soledad.

El descubrimiento del sustrato moral que inspira Pinocho, su exorcismo del precepto cristiano, tiene ya de por sí un valor literario. Para Sergio Martella, autor de Pinocchio, eroe anticristiano, las desventuras de Pinocho reflejan en sentido inverso el calvario del hijo. Las analogías son innumerables. Pinocho nace del amor de su padre, es plasmado en un pedazo de madera (la historia de Pinocho nace donde termina la de Cristo: en la madera) y después de una serie de tribulaciones llega a convertirse en un ser humano. Sólo después de la muerte Cristo accede a la identificación paterna; Pinocho en cambio es la directa creación del padre. Uno se llama José —Giuseppe—, el otro, G(ius)eppetto. Ambos son carpinteros. El Espíritu Santo estaría presente en la voz de la conciencia representada por el Grillo Parlante. Pero en este caso es él quien termina “crucificado”, aplastado contra una pared por un martillo que, por una especie de némesis de la materia, es de madera. La parodia del mito cristiano sigue con la analogía de las monedas de oro, que se refieren a la traición de Judas y al engaño; el Huerto de los Olivos tiene su correspondencia en el Campo de los Milagros. La frugalidad de Pinocho es de naturaleza dietética, vegetariana: evoca la cuaresma. Se contentará con las peras que le da su padre. Más adelante, en la Hostería del Camarón Rojo, en compañía de un Zorro y un Gato voraces, se limitará a pedir “una nuez y un trocito de pan”, y ambas cosas las dejará en el plato. A lo largo del libro, además, no se hace una referencia, ni por error, a la idea de Dios o a algún precepto religioso. Eso explicaría la especial atención dada hacia esta obra por la Iglesia, siempre hambrienta, inoportuna y absolutamente privada de sensibilidad, englobando el laicismo de la pedagogía paterna con los dictados cristianos matriarcales. Pinocho es incapaz de desarrollar un sentido religioso a su existencia: sabe cómo y por quién ha sido generado, tiene recuerdos de ello.

Las aventuras de Pinocho es un relato lleno de incongruencias, pero éstas también entran a su modo en este libro sin reglas. Hay tantos misterios nunca develados que el todo da la impresión de un gran absurdo narrativo; hay tanta invención desenfrenada que todo parece dominado por el caos. Irritante y absorbente, Collodi pasa con facilidad de una escritura realmente elegante a la prosa pretenciosa e incluso excesivamente adornada. Pero a un creador de mitos no se le puede criticar esas cosas. Pinocho no es un libro más, sino un libro sobre el dolor y la derrota y la perseverancia. Los personajes de las fábulas no existen, pero son necesarios. Necesitamos tanto de los que intervienen diariamente en nuestra vida como de aquellos que no tienen nada que ver con nosotros. Aunque no hicieran absolutamente nada, las hadas servirían para reprimir nuestra implacable desnaturalización de la naturaleza. Pero en realidad hacen mucho más que eso. Las fábulas nos cuentan mucho sobre los seres humanos, sobre la sorpresa elemental del hombre ante el mundo, sobre sus temores, sus misterios, sus pérdidas, sus cambios. Temo que la gente que se aburre con las fábulas no leerá Las aventuras de Pinocho, lo que para ellos será tan prudente como la decisión, por parte de los que desaprueban el asesinato, de pasarse por alto Crimen y castigo.


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