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Contra el recitalismo

20 03 2005 - 17:21

Durante mi vida he participado de más velorios y entierros de los que han sido necesarios y, las más de las veces, movido principalmente por el morbo y el increíble magnetismo que tienen esas cajas lustradas. Por suerte, es una etapa superada y ahora evito estas ceremonias tanto como puedo, tratando, eso sí, de no cruzarme del lado de los miserables que abandonan al deudo, que bien puede ser un amigo, por no compartir un rato en una sala con pésima luz y sillones de cuerina, caramelos de menta y kitchenete con botellas de Añejo W. Cierto, que un domingo no es un buen día para hablar de la muerte, para presumir de entendido en materia funeraria, máxime si el sol amaga con salir y la zona norte de la ciudad de Buenos Aires presenta, colorida, su maqueta de aquí no ha pasado nada. Para ponernos negros, nada como un jueves a la tarde en una oficina de la Afip de Luis María Campos, o un viernes a la noche caminando por Barracas cuando los vecinos, para no tomarse el trabajo de bajar las escaleras, tiran la bolsa de basura por la ventana. Pero es domingo. Hablemos, entonces, de León Gieco.

¿Quién no desafinó Cachito, campeón de Corrientes?

¡Chau, Cachito, Chau. Vas a ser el campeón!

León Gieco, es el promotor del show que la banda Callejeros va a dar en mayo en la cancha de Vélez a beneficio de las familias de las víctimas del incendio en el boliche República de Cromagnon. De esta manera, León, que acaba de presentar su Dvd de Ushuaia a La Quiaca, ha resuelto llevar más y más lejos aún su acostumbrado paternalismo sobre las causas justas y su equívoca condescendencia sobre las que parecen justas. Como siempre que nos molestan estas cosas, la causa del fastidio no es el derecho de otros a jugar su partido en la comunidad de vecinos, a darse un lugar público con lo que se les antoje, sino que lo que pone en guardia, son los sentidos que se ponen en juego, los que se inventan o se reactualizan y que, por la dimensión de algunas figuras (León, Victor, ¡Domingo Cura!) y la escala de sus realizaciones (el estadio de Vélez, los grandes medios), pueden vulgarizar visiones de las cosas que acaben neutralizando la vocación aleccionadora y positiva que es siempre uno de los rasgos que emerge tras una calamidad. Digo. No nos olvidemos de León, anotemos su nombre al margen. Es hora de que resolvamos el misterio. ¿Los Callejeros son culpables o no son culpables?

No me refiero a lo que debe decir el juez. Me refiero a lo que es.

Son culpables.

Los Callejeros son una banda de rock. Lo que hacen es un trabajo.

Graban discos.

Hijos de ministros, de acopiadores de cereal, de importadores de linternas, se cuentan entre sus fans.

Tienen más de dieciochos años.

No son inimputables. No les dan de comer en la boca. Cobran dinero por sus shows.

Iban a porcentaje en Cromagnon. No era un cachet establecido por fax.

Más entraban a la sala, más dinero ganaban. Más entraban, más ganaban. Podés tener 25 o 45 años. Usar el pelo largo, la libertad con fijador, arito en la oreja, piercing en las bolas. Pero vas a porcentaje. Quisiste ir a porcentaje. Fuiste socio del dueño del boliche por cada uno que pasó al salón por encima de las posibilidades del lugar. El lugar común que repiten los músicos es que “siempre fue así”. Y, entonces, son solidarios, razonablemente, con los Callejeros porque les pudo haber pasado a ellos.

Pero son culpables.

Hay que ser medio turro para desear que alguien vaya en cana, pero no hay que ser menos turro para hacerse el boludo olímpicamente.

Los Callejeros estuvieron hace poco en la tele, en lo de Nelson Castro. El baterista Vázquez entró en el segundo bloque porque estaba quebrado. Dijeron que están dolidos. Que no lo pueden creer. Dijeron: “no lo podemos creer”. Pero no tiene sentido que lo discutamos o que se utilice como disculpa. Una de las desventajas de ser adulto es que ya no te alcanza con creer.

El tamaño de la desgracia de Cromagnon puede lograr que los músicos de Callejeros maduren de golpe y el auténtico milagro de que Aníbal Ibarra se convierta en un estadista. Pero es posible que ni los músicos ni el intendente puedan en lo inmediato usar sus nuevos recursos personales. La dimensión del desastre y la responsabilidad que comparten con Chabán en la preparación del fuego los obliga a compensar el daño y a renacer mejores. Pero más adelante, después. La primera reacción de un culpable es zafar. Ibarra, por ejemplo, se quiere plebiscitar. ¿Si gana es un fenómeno? ¿no pasó nada? Tiene pocos apoyos, dos evangelistas y Daniel Grinbank, organizador de muchos recitales que desafiaban la química del aire y la física de los cuerpos ocupando un mismo espacio. Pero a diferencia de Ibarra que trata de zafar en un ring comiéndose piñas, los Callejeros la tienen un poco más fácil. Absueltos por los Feinmann, Lalo Mir y Fanny Mandelbaum encontraron ahora un padrino fenomenal, el santafesino Gieco. Sigamos con su nombre anotado al margen.

Si el recital es un intento de reparación por parte de Callejeros parece una buena salida porque cuando le hacemos una cagada a alguien, nos sentimos mejor si podemos hacerle bien. Eso es correcto. Lo que ahora nos pone en guardia es la forma de la reparación: el recitalismo. Si el General, aquel General, decía: “si querés que algo no salga, formá una comisión”. Yo diría hoy que si querés que algo borre los sentidos, organizá un recital al aire libre.

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Volviendo al recitalismo. Es cosa de radicales. Si gobernamos bárbaro, se hace un recital, si gobernamos como el orto, se hace un recital para compensar, si no sabemos cómo gobernamos se organizan más recitales por las dudas. Debe ser el horror al silencio. En muchas tradiciones se canta en los entierros y son entierros copados, entierros para el cine. El anunciado capítulo Vélez de la era Callejeros/Cromagnon puede tener el efecto de lo bello tapando lo siniestro.

La escenografía de todos los músicos en escena y, anticipo, los encendedores prendidos (¡esos eran recitales como la gente!, ¡los de Badía!) en reemplazo de las bengalas, con un buen manejo de luces de la empresa de Juan Carlos Baglietto, harán del recital de Vélez el happy ending que le falta a Cromagnon.

Un Vélez así hará sentir mejor a los Callejeros —y todos queremos que la gente se sienta bien— pero consagrará la inocencia de los Callejeros y eso es malo no porque no se hace justicia, sino porque no bajará del primer puesto el hagamos las cosas de cualquier manera.

Junto con la consagración de la inocencia de los Callejeros, se consolidará el sobrenombre víctimas para las víctimas de Cromagnon. Pienso que en tanto víctimas tendremos que olvidarlas. Arrastrar cadáveres es recontrapesado. Quiero decir, algún Sebastián o alguna Julia habrá muerto en Cromagnon y ellos fueron las víctimas ese día. El resto de los días fueron otras personas que hicieron otras cosas, estudiaron, por ejemplo, o fueron cientos de veces a recitales así. Incluso un rato antes de ser víctimas fueron tipos que se metieron a un lugar donde no se puede respirar bien y donde no se puede ver a la banda. Algunos fueron con sus bebés y los dejaron en el baño del lugar donde se respira mal pagándole un peso a una señora. Un peso por bebé acomodado en la mesada.

Se dirá que el recital es para juntar fondos y lo será. Se hará como en Oslo. Pero siempre el dinero, ¿no? ¿Dinero? Objetivamente sabemos que si algo tendrán suficientemente estos familiares de víctimas son fondos (es lo que se corresponde con la escala del problema). Dinero para reparar el daño proveniente de las indemnizaciones, otra plata habrá que sirva para atenuar los costos de la medicina para los enfermos por Cromagnon y que se llamará subsidio y habrá otra plata fuera de protocolo que algunos aceptarán (porque así funciona) y otros muchos no, un dinero para no molestar, para no salir en la tele, para aliviar la carga penal de un funcionario municipal o policial.

Para los padres de las víctimas de Cromagnon, asociados en la ONG “Familias por la Vida”, Callejeros debería “juntar fondos de otra forma” y no a través de un recital. Ok, no en el recital. ¿Pero sí de otra forma? ¿Por qué hay que juntar fondos? ¿Eso es lo que pasó en Cromagnon?: ¿las familias se quedaron sin fondos?

“A los padres nos hace muy mal escuchar esa música. Nuestros hijos fueron a disfrutar de un espectáculo y no a inmolarse por un grupo. Es una falta de respeto hacer un show ahora. Seguramente lo hacen por su ambición de dinero”, dijo Nilda Gómez, presidente de esta ONG. Alguien dirá que Nilda está ciega por el dolor, yo me animo a decir que está reinventando a Famus (Familiares de muertos por la subversión).

La ambición de dinero de los Callejeros, hoy, es menos verificable que el hecho de que sus hijos no fueron a disfrutar de un espectáculo. La mayoría de los pibes, los muertos y los vivos, iban a los recitales a aguantar, a hacer masa, a intoxicarse, lo que también es un disfrute. Casi podemos decir que nadie va a disfrutar de un espectáculo. Las psicólogas separadas y con rulitos, de treinta y pico, que van a ver a Jorge Drexler dirían lo mismo. “Vinimos a disfrutar del espectáculo” pero Dios sabe que en su caso tampoco es así. Los pibes que iban a Cemento o a Cromagnon se sentaban al costadito, contra la pared, con la cervecita, con la cara triste, esperando a Godot. Un verdadero padre, Chabán, no como el que había en casa, los acojía en la penumbra, les pescaba la angustia al vuelo y les daba un trago y una canción.

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El rey de esta selva.

A León Gieco, su bonhomía, su macanudismo, sus canciones (por qué no), su permeabilidad, le permiten ser un tipo fenómeno unánimemente. Si eso le permite vender El país de la libertad a una compañía de celulares para un comercial, bueno para él. ¡Malo para el país de la libertad! Pero no buscamos santos, ni tipos que luchen toda la vida, porque esos están locos y los locos no son imprescindibles. Muy a favor, podemos decir que León Gieco (como Víctor Heredia) está siempre. Y eso es más de lo que se puede esperar de las personas que casi, casi, no suelen estar nunca. Los flaquitos de Bobosónicos se despiertan siempre un rato después que aparecen de los problemas de la vida. Pero me pregunto cómo está León, de qué manera está. Responderá: “soy músico, estoy como podemos estar los músicos, tocando, cantando, ¡con nuestras canciones!”. Je, también suele estar en cosas grandes y visibles.

León, como tantos otros, ha resuelto superar la complejidad de los asuntos humanos por vía de la reducción explicativa y proveer a la cura de los males mediante las solicitadas y el recitalismo. Luego, está su parte artística realizada en los últimos años con el diario en la mano. Un poquito de la Amia, de la embajada de Israel, desaparecidos (¡claro!), empresas privatizadas.

Dirán que es mejor que León sea el juglar de los desposeídos, de las víctimas, de los campeones de box de Corrientes. Diré que una de sus canciones fue la cortina musical con la que se alentó por Radio Diez, a razón de cuatro tandas por hora durante quince días, a la concurrencia que resultó ser muy masiva a la marcha convocada por el padre de Axel Blumberg. León es ahora el obispo del rock. Como un padre Farinello de las bandas. Los ve indefensos, chiquitos, respondiéndole a Nelson Castro, humilladitos en sets de televisión y se los pone al hombro. Pero, ¿por qué los ve así?

Nos importa que Cromagnon no oficialice un mundo con corrales de culpables, inocentes y víctimas de los que no se pueda escapar durante toda la vida. El relato periodístico, inevitable —ese radar que no ve nada, imbécil, abrumador— ya ha hecho su daño, subrayando el melodrama por sobre los hechos y los contextos de los hechos. Pero esta es la famosa batalla perdida. No podemos evitar la crueldad y el cinismo del ganapán que edita un noticiero de televisión pero tal vez le podamos pedir a León que no extienda su reconocible habilidad de acrecentar el cancionero folklórico hacia un papel de resonancia pública no musical que sólo sirve para hacernos cargo de nada.

En la Argentina (no sé como es en otro lado) la última vez nunca resulta ser la última vez. “Es la última vez”. Y no. Y así. Valiéndome del juego de palabras, el rock, si tiene una promesa troyana, es la de “la primera vez”, un eco vanguardista permanente que no sólo tiene traducción artística sino también algo más elevado y de regalo a la comunidad: más tolerancia, más amor, más cabeza abierta. Pero aquí fue sólo envase. En la Argentina, el rock, lo que hemos podido ver todos estos años, ha sido un negocio que se manejó casi peor que ese supermercado de Mendoza que obligaba a desnudarse a las cajeras por si se llevaban un turrón en el corpiño.

En paralelo con la decadencia nacional, el rock acompañó con obediencia la manía de hacer las cosas mal e indolentemente. No hablamos de un River bien hecho, sino de todos esos lugares chiquitos. Por dentro de ese esquema maltratante fue creciendo el rock más cabeza. Cromagnon fue la etapa final del maltrato, la fantasía más retorcida del primer turro que hizo números y se le ocurrió meter a cien donde entraban cincuenta. Tristemente, el rock chabón marida bien con la sensibilidad barrial y ahí es cuando el maltrato como costumbre y la descomposición del mundo que nos rodea se asocian para la espiral de la muerte. Podemos pasarnos horas murmurando: “Soy de Celina, es un sentimiento, no puedo parar”, pero no va a significar nada. No significa nada importante. Significa: vivís en Celina.

Invocar la pertenencia barrial tiene ese costado político con el que podríamos coincidir si se trata de hacerle frente, con dignidad, al deterioro de un territorio, obra y gracia de la transferencia de ingresos y la separación abismal con los que zafaron. Está claro, nadie que salga en la tele quiere ir a vivir a Celina, por lo tanto el de Celina resiste la humillación inventando una identidad. Pero cuando no hay política, cuando hay aguante, se trata objetivamente de una burrada convertida en sacramento y que alimenta el atado con alambres y las niñeras de un peso.

Invoquemos ahora a Vito Corleone cuando le pide al enterrador Bonasera que use “todo su poder, toda su habilidad” para arreglar el cadáver de su hijo Sonny y que su madre no lo vea desfigurado quinientos tiros después. Ayer que vi esta película por vez 109 pensé en León, en los padres de las víctimas, en mí, en Bonasera y su poder, en Aníbal, en Pato Fontanet, en el estadio de Vélez y en una novia a quien vi maquillar el cadáver de su madre.

Cuando se ha hecho una cagada de elefante, la culpa es inevitable y no debe ser reducida ni eludida. Y si por casualidad no somos castigados, debemos castigarnos y atarnos una piedra a la pata y caminar, eso sí, en dirección a la luz pero a la velocidad del peso y de la culpa hasta que nos sintamos mejor. Esto es jodido y deja poco margen, lo sé. Lo que pasa es que el cuento de la muerte tiene un final tristísimo.


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