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No tan distintos

21 03 2005 - 22:12

Esta vez no voy a hablar de ciencia, sino de tecnología. De esa tecnología de imbéciles que a nosotros, jóvenes y no tan jóvenes intelectuales de izquierda, nos horroriza. Mejor dicho, del abominable teléfono celular. Los teléfonos celulares pertenecen a la categoría de los imbéciles que usan teléfonos celulares. Pero yo no soy un imbécil común y corriente. Soy un Imbécil, con mayúscula.

El teléfono celular me vuelve loco. Estoy ahorrando dinero para comprarme uno. Si renuncio al saco de cuero como el que usa Al Pacino en Serpico me lo puedo permitir. Por ahora cuesta cerca de 800 pesos; dentro de algunos meses costará 600. Si espero un año a lo mejor ni siquiera tendré que renunciar al saco.

Digo esto por dos razones: una es personal, la otra filosófico-epistemológica.

Primero: tengo una hija a la que le gusta deambular, tengo una madre en otra ciudad, tengo amigos por el mundo y tengo la costumbre de ir de vacaciones a lugares donde hay un sólo teléfono, que funciona con cospeles, sólo en ciertos horarios. Odio estar de pie —me meo encima—; soy miope, astigmático, sufro del mal de Parkinson y no puedo sostener contra la oreja el auricular del teléfono, acomodarme los anteojos que resbalan por la nariz —sudo como un condenado a muerte—, buscar un número en la agenda y marcarlo, todo al mismo tiempo. Siempre llevo un bolso conmigo lleno de libros, y en tales circunstancias se me cae al suelo. Imagínense que se están meando, se les cae el bolso al suelo, se les empañan los vidrios de los anteojos, mientras que una voz lejana les anuncia que alguien a quien aman profundamente tiene fiebre y no se sabe por qué. Todo eso frente a una fila de turistas indiferentes. Un teléfono celular, quiero un teléfono celular. Si tengo que recibir malas noticias quiero estar sentado.

Después están las razones filosóficas: el teléfono celular es neguentropía, pura neguentropía (que sería lo contrario de la entropía). El teléfono celular es el contrario (filosófico, se entiende) de la Range Rover; lo prueba el hecho que, por el momento, no tiene el mismo público: no huele, no se te cruza en el camino, no cuesta tanto, no contamina el ambiente, aproxima a las criaturas. Es orden, ligereza, información, registro, comunicación. Se apaga con un dedo. No necesita garage. Lo que es pequeño, económico y aproxima a los seres viaja en la dirección opuesta a la imbecilidad, aunque sea una novedad tecnológica. Es suma, interconexión; es decir vida, inteligencia, conocimiento. Y caga a la entropía.

No nos preocupes si el falso o verdadero yuppie —ya casi no quedan, es cierto— de la mesa de al lado desenfunda arrogante su teléfono celular: él no lo sabe, pero con ese simple acto está incrementando la complejidad del mundo. Sin saberlo está construyendo el prototipo de la Gran Bestia: el conjunto de los pensamientos conscientes de los seres humanos que habitan este planeta. Si delante del semáforo descubren que el conductor del Golf que está a la derecha, en vez de dedicarse a la tradicional exploración de sus propias narices está invitando telefónicamente a su mujer a que haga vaya uno a saber qué cosa (que tire la pasta en la olla, que encienda la tele, que planche una camisa, que se prepare), no se inquieten. Ustedes lo saben —él no. Ignorante como las partículas que se reúnen en átomos que dan vida a moléculas que forman células que se asocian en organismos dotados de cerebros que inventan un lenguaje, él está creando lazos, está desarrollando lazos que lo trascienden, que un día conectarán a los seres humanos entre sí como las neuronas de un cerebro inmenso… No importa si las neuronas son estúpidas: el todo siempre es algo más que la suma de sus partes. La inteligencia está dada por la forma de los lazos, por la riqueza de la estructura. Es la Gran Bestia, la más sorprendente dilatación de la complejidad que concebir se pueda, el más loco desafío a la entropía, el objeto más improbable del universo. Un lugar donde reconocerse, auto-observarse, obtener información los unos de los otros: imbéciles con el celular en la oreja. Criaturas como nosotros. No tan distintos.


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