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23 03 2005 - 09:30

En Cómo servir al hombre, uno de sus cuentos más conocidos, Damon Knight describe en detalle la llegada a la tierra de unos extraterrestres altruistas cuyo libro de cabecera es homónimo al del cuento. Los Kanamitas, que así se llaman, le reconocen a la ONU mucha más representatividad de la que ha demostrado la administración Bush en los últimos años, y de manera acorde se presentan ante las Naciones Unidas para expresar sus buenas intenciones. A partir de ahí hay diferencias entre el texto original y la adaptación para Twilight Zone circa 1962 —que vi una sola vez, cuando era chico, pero recuerdo a la perfección—; detalles al margen ambas historias terminan con la revelación de que la Biblia Kanamita, “Cómo servir al hombre” no es sino un libro de cocina. Pero para entonces, como corresponde, ya es tarde, y la humanidad se ha encomendado a los extraterrestres humanófagos.

En la nueva China, esa que nos va a salvar, se acaba de prohibir una novela de Yan Lianke que lleva por título Servir al Pueblo, en clara referencia a uno de los tres viejos ensayos de Mao. Como algunas cosas cambian, el texto completo de la novela tiene en estos días mucho más difusión de la que habría tenido gracias a sitios de internet (como este) en el cual la reproducen completa. Para uno, que no sabe chino, sólo queda esperar a la traducción o confiar en alguno de los reportes en inglés que se publicaron esta semana. Aparentemente, el protagonista de la novela de Lianke es un soldado del Ejercito de Liberación Popular que pasa una temporada “sirviendo” a una enfermera en todas las variaciones posibles, algunas de las cuales incluyen la destrucción de efigies de Mao como afrodisíaco.

Cabe preguntarse hoy, a quién y cómo sirve el apoyo del gobierno argentino a Paul Wolfowitz para el Banco Mundial. Y también sugerir (o reclamar, dependiendo del énfasis que uno ponga en estas cosas) algún terreno más o menos franco en el cual este tipo de movimientos puedan ir de la mano con la retórica de quienes los alientan. Sobre Wolfowitz ya hablamos acá antes, y no cabe duda de que el respaldo argentino poco tiene que ver con la simpatía innata de quien (como bien le dijo alguien a Wainfeld) debería bombardear el Banco Mundial si tuviera que mantener un mínimo de consistencia con su pasado. No queda tan claro cuán preocupante pueda ser este apoyo en los hechos (al fin y al cabo, Wolfowitz estaba cantado para el puesto, digan lo que digan Lavagna o el Pato Lucas), ni cuán condenable, en realidad, teniendo en cuenta que los motivos que llevan a este tipo de comunicaciones rara vez tienen algo que ver con lo que se dice.

Pero algo es cierto: cada vez se hace más difícil evaluar la gestión K en relación a su retórica, y viceversa.

No digo esto en modo contestatario. Es una pena que haya que aclararlo, pero estoy bien lejos de los diputados trotskistas que sostienen que “pagar la deuda es financiar el terrorismo”, y, si es posible, más lejos aun de las convicciones de Patricia Walsh acerca de que los convenios internacionales contra el terrorismo “se van a aprobar porque es una orden del Fondo Monetario Internacional”. No me parece que uno pueda juzgar en el vacío el paseo de Rumsfeld y Pampuro. De nuevo: los motivos para cada una de estas decisiones rara vez tienen algo que ver con lo que se ve y se dice. Y es razonable que así sea. No es deseable, pero se puede entender.

Lo que no se puede entender es el consenso benigno (y por lo que entiendo, mayoritario) que tiene el discurso rebelde, autodeterminado y grandilocuente a través del cual el gobierno habla de un montón de cosas que entran en claro conflicto con sus acciones. OK, el mundo está lleno de pelotudos que compran cualquier cosa. También (y esto es un poco más inquietante) está lleno de personas inteligentes que profesan un alto grado de indulgencia a este respecto, a partir de una lectura (que casi siempre comparto) del pasado reciente. Cada vez que hablamos de este tema recibimos un par de mails bien escritos y mejor fundamentados, en los cuales se nos explica que, después de todo, K es un lujo — y si no, recordemos nuestra última década.

Mucho de eso es cierto, pero no es menos cierto que la luxury acommodation empieza a sentirse bastante incómoda a medida que pasan los meses, como en una de esas cadenas de hoteles intermedias (tipo Radisson, o NH) — esos lugares que parecen confortables cuando uno entra y a los dos días te das cuenta de que el empapelado te hace mal a la vista y las habitaciones, si bien limpias, son una especie de celda disfrazada de dormitorio.

No parece muy inteligente condenar en abstracto la recepción a Rumsfeld, ni el apoyo a Wolfowitz; menos aun los negocios con una China que está bastante lejos de ser el paraíso de los derechos humanos, en la cual la prohibición del libro de Lianke es un poroto insignificante. Pero, eso sí, pasemos entonces a hablar en esos términos de complejidad y pragmatismo, porque si no habrá que recordar estas instancias cada vez que el lirismo derechohumanista intente oscurecer otras cuestiones.


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