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24 03 2005 - 06:45

La tentación es dedicarle la tapa a esto. El título es genial: “No hace falta ninguna nota firmada”. Pero sí hacía falta antes, ¿no? ¿Cuándo hace falta una nota firmada y cuándo no? ¿Y un anónimo? Cabe suponer que un anónimo se perdería entre las toneladas de correo que recibe el Vaticano, pero como quedó demostrado en Hudson Hawk, el trencito que lleva el correo del Papa es precisamente la manera en la cual Bielsa debería, enfundado en su pasamontañas negro, introducirse, pasada la medianoche, en el corazón del Catolicismo Institucional portando su nota, firmada o no. La nota, depositada debajo de la almohada del agonizante, debería ser breve y to-the point: Baseotto se la come, o alguna expresión semejante, que le dé trabajo a los traductores oficiales, confunda a los obispos, establezca los cimientos para alguna teoría conspirativa que se transforme luego en ficción adaptada para la tele. Tal vez un dibujito, o un paquete de caramelos media hora.

Al azar, mencionemos otro momento glorioso del Granovsky de hoy:

No hace falta que un ciudadano firme con otro un compromiso de no asesinarlo. El Código Penal castiga el homicidio.

De un plumazo, Granovsky barre con todas y cada una de las instancias en las que una aclaración es necesaria a partir de un gesto anterior. Recurriendo a un ejemplo acorde con la fecha, la dictadura no tendría entonces por qué haber dado ninguna explicación a las comisiones internacionales de derechos humanos, puesto que el Código Penal castigaba, igual que ahora, los crímenes que se cometían clandestinamente. “Ah, yo que sé, a mí qué me decís, el Código Penal dice que no”.

Es rarísimo: cuando el oficialismo explica lo que, bajo todo punto de vista, tiene derecho a hacer u omitir, uno termina dudando. Porque los argumentos son inaceptables. ¿Hace falta una nota firmada? Claro que no, no hace falta nada, no molestes. En vez de decir eso, el argumento es: “No hace falta una nota firmada, porque me pica el culo.” Ah, bueno.

Pero declaremos tentativamente el 24 de Marzo como “San Página/12” y reconozcamos, sin cinismo, algunas de sus virtudes. Virtud #1: escribe Wainfeld. Virtud #2: a veces hacen preguntas que están bien, son interesantes y todo. Hoy, por ejemplo, le dedican un importante espacio a una cuestión relevante: ¿cuál es la herencia cultural de la dictadura? La pregunta no está formulada de la mejor manera, claro. Mucho mejor sería preguntarse: si hay una herencia cultural que influya poderosamente sobre el actual estado de cosas, ¿cuál es? Digo esto porque lo más probable es que la dictadura no sea sino un elemento (central, importante) en el cóctel que da como resultado este paisaje desolador al cual ni Página ni sus entrevistados recurre como punto de partida. Es raro hacer la pregunta al revés, como la hacen ellos, porque —como necesariamente ocurre— las respuestas terminan describiendo realidades muy distintas (de acuerdo a lo que cada uno ve y piensa todos los días), y se entiende menos que antes.

Más allá de estas disquicisiones menores, la pregunta da para mucho, y aborda un tema del cual, me parece, no se habla lo suficiente. Las respuestas —lamentablemente limitadas al seleccionado de personas que piensan-como-nosotros; cuánto más interesante sería incluír ahí a “opinadores” de derecha— son interesantísimas. Algunas pocas (Heker, Ferrari) son más bien obvias, versiones de lo que hemos escuchado hasta el hartazgo; sólo una es decididamente mogólica (Heredia). El resto sugiere, en gran medida como consecuencia del método poco eficaz al que me refería más arriba, que hay una correspondencia directa entre la visión unívoca de la dictadura y la diversidad de visiones acerca de la realidad actual. Y eso es algo que no se me había ocurrido antes.

No es que uno no valore la pluralidad y los matices — siempre habrá evaluaciones diversas acerca de cualquier cosa. Pero esta gente vive toda en países distintos. Wainfeld cree que a todo el mundo le “interesa” el terrorismo de estado, Lita Stantic cree todo lo contrario. Ulanovsky cree que la gente (cree que) “la pasó mejor en la época de los militares”; Carmen Guarini cree que la “resistencia” no se terminó nunca. Liliana Herrero (que se queja, paradójicamente, del centralismo porteño) está convencida de que las características más banales del pop universal son propiedad exclusiva de la Argentina. Que Britney Spears, digamos, es consecuencia de la dictadura. Y Casullo, que está demente, responde con otra pregunta que él mismo se responde de un modo más que discutible, pero al menos novedoso:

¿Después de una catástrofe histórica se puede empezar así como si nada en el arte? Aquí rige un mito de la productividad: que se hagan muchas películas, que se filme, se pinte, se consiga el subsidio. Hay un festejo permanente de lo cultural y nadie se preguntó, en estos 29 años, si todo puede seguir igual después de los 30 mil muertos. Hay un festejo productivista, pero no hay preguntas críticas, filosóficas, estéticas sobre cuál sería la imposibilidad de hoy.

En lo personal, disiento con Casullo: no veo por qué la productividad sería un mito, más bien una necesidad que no parece estar (de nuevo Suiza y el reloj cu-cu) directamente ligada a la ausencia de catástrofes. Mirá Corea, Japón, qué se yo. Pero Casullo roza, sin enunciar, la consecuencia de la dictadura que sí es indiscutible, y de la que nadie habla. Ninguno de los entrevistados de hoy, al menos. Y no sé si alguien más lo dijo antes, así que lo arriesgo yo ahora, pidiendo disculpas si la tesis que sigue ya fue formulada.

No estoy del todo seguro, pero todo indica que cuando Casullo se pregunta si “todo puede seguir igual después de los 30 mil muertos”, se refiere a los sobrevivientes. Algunas personas (usualmente familiares) mencionan a veces la potencialidad de esos muertos, aunque casi siempre en términos de transformaciones sociales más tangibles y directas que las que pueden ofrecer la cultura o el arte. Nadie menciona a los hijos nonatos.

Treinta mil muertos + un montón de exiliados (¿cuántos? Debe haber cifras en algún lado, pero las desconozco. ¿Quince mil? ¿Veinte mil?). Ni idea, pero asumamos tentativamente, a riesgo de equivocarnos, un total de 50.000 hombres y mujeres. Una mayoría de los cuales iba a tener hijos, ¿no? Una inmensa mayoría de los cuales pertenecía a la clase media intelectual que habitualmente (generalizando mucho, sí, pero con criterio) establece las familias de las que surgen artistas e intelectuales. ¿Cuántos hijos? ¿Unos 20.000, haciendo un cálculo híper-conservador? Bueno, esos 20.000 tipos no nacieron nunca. Y cabe suponer, aunque es incomprobable, que siendo hijos de las personas más interesantes de su generación —no las mejores, mind you, pero sí las más interesantes— tendrían a su vez cosas interesantes para decir hoy.

Casullo tiene todo el derecho del mundo a sentirse excusado por la dictadura y a suponer que después de eso la cultura se merece unas largas vacaciones. Yo, que me creo el “mito productivista”, pienso todo lo contrario. Que los que quedamos tenemos que hacer más cosas, más distintas —trabajar el triple para compensar la ausencia de quienes deberían habernos acompañado, construir visiones más atractivas que la ochentista del Nunca Más y las víctimas, entender que “think global, act local” sonaba bien pero es un error, una construcción que conduce al Starbucks Progresista en el cual Liliana Herrero desayuna todas las mañanas. Tal vez sea al revés: Act Global (porque se puede) y Think Local porque no venimos del vacío, aunque el vacío sea lo que nos legan prácticas tan poco fructíferas como la conmemoración y el uso didáctico del pasado.


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