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Una modesta refutación

26 03 2005 - 03:39

[ en respuesta a esta nota ]

Es un logro de la humanidad el considerar a todas las personas seres humanos.

Es un logro que incluso —aunque se lo llame de esa manera— nunca termina de lograrse del todo. Bartolomé de las Casas tuvo que pelearse bastante para que los conquistadores que lo llevaban a las Indias aceptaran (a regañadientes) que los indígenas de Cuba eran también humanos pasibles de evangelización y entonces lograr la importación de indígenas africanos, que supuestamente todavía no eran humanos, para esclavizarlos.

Los judíos que eran llevados a los campos de exterminio, básicamente tampoco eran considerados humanos por el régimen del Tercer Reich. Ahora, claro, se dice ”¿pero cómo puede ser?”: es la ilusión de la ahistoricidad, pensar que todo lo que actualmente damos por sentado siempre fue así. Pero incluso al decir “damos por sentado”, se asume (asumo) una situación actual de consenso, que no es tal: diariamente me resulta facilísimo encontrarme con gente que está dispuesta a privar a otra gente de su condición de humanidad en virtud de su situación o de sus actos. Curiosamente suele ser gente que dice cosas como “más conozco a la gente, más quiero a los perros”.

El artefacto de razonamiento de Coetzee es muy sobrecogedor y eficaz, tanto como es falaz: casi se podría ver a la gallina argumentando en el parlamento francés a favor de la abolición de la pena capital, pero seguramente el episodio del degollamiento de la gallina influyó en Camus así como tantos otros que habrá vivido –por ejemplo, haber participado en la Resistencia– para escribir el artículo en contra de la guillotina, el cual a su vez habrá integrado la confluencia de circunstancias que provocaron la abolición de la pena capital en Francia. De ahí a atribuirle el mérito al “discurso” de la gallina, hay un trecho. Es un argumento tan falaz como aquellos que dicen que si un pibe ve una película con mucha violencia, va a salir a matar. Camus no habrá sido el primer hombre impresionado por el degüello de una gallina, ni tampoco su texto ha de ser el primero escrito en tal sentido, pero como sucede con todos los acontecimientos de la historia, siempre son un sinnúmero de vertientes las que hacen que todo confluya en un determinado hecho en un momento dado. Y en todo caso, no creo que esta circunstancia haya provocado ningún alegato de parte de Camus en favor de los derechos de los animales comestibles, ni que lo haya hecho desistir de comer animales.

La pregunta de si es “realmente necesaria la matanza diaria de millones de animales” tampoco está muy bien formulada, aunque pone de relieve algo que tenemos mediatizado: la mayoría de los que comemos animales no somos quienes los matamos. No sé en qué medida necesitamos consumir (y por lo tanto matar) animales, pero necesitamos consumir elementos que tienen vida: ¿les vamos a negar vida a las plantas porque no hacen monerías? Por otra parte, para que las plantas crezcan y nos alimenten, hay que privarlas de pestes, las cuales son básicamente animales, ¿o no? Y otro detalle: para mantenernos vivos, nuestro sistema inmunológico tiene que luchar y matar permanentemente a millones de microorganismos ¿vamos a negarles su derecho a la vida también a éstos?

En el texto de Piro, no se les niega a otros animales el derecho de comerse a sus respectivos eslabones en la cadena alimenticia aceptada como parte de la naturaleza. Argumentará que en ese orden natural cada uno efectivamente mata aquello que come. Pero si el punto importante reside en la mediatización, muy bien, aboquémonos a la mediatización y estudiemos por qué cada uno de nosotros no produce aquello que lo mantiene vivo: se supone que de esa manera comenzó la humanidad y se supone que la humanidad se fue enriqueciendo (por un lado, mientras se empobrecía por otro) con el intercambio. Lo que hace que no matemos aquellos animales que comemos no es necesariamente evitarnos la crueldad: de hecho quien tiene un gallinero y come (y/o vende) pollos sigue degollándolos, y si existiera la ley propuesta, eso probablemente incrementaría simplemente el número de degolladores. Lo que hace que no matemos a los animales que comemos es lo mismo que hace que no hachemos árboles para cortar madera para hacernos muebles o para calefaccionarnos, o lo que hace que no tengamos plantaciones de algodón en casa, o lo que hace que no tengamos que ir haciendo agujeros en la tierra para arrojar ahí nuestros desechos cloacales, entre tantas otras cosas que, si intentáramos hacer, jamás nos permmitirían sentarmos a discutir sobre este tema. Debemos todas estas reflexiones, en gran medida, a que no tenemos que ocuparnos de cuestiones mucho más básicas para nuestra supervivencia.

Hay una gran contradicción que se mueve en torno a la oposición integración con la naturaleza vs. posibilidad de reflexión, y estaría bárbaro discutir sobre este punto: la humanidad marchó (y marcha) por un camino en el cual, a medida que consigue cosas como vivir más años en promedio, desintegra su vínculo con la naturaleza. ¿Cómo se podría hacer para tener lo mejor de ambos mundos? Creo que si se intenta contestar esta pregunta, se tendrían que revisar muchísimas cuestiones, y la de los animales que vienen al mundo para el consumo humano no está entre las más serias: no es de las industrias más contaminantes, ni de las que más atentan contra la biodiversidad, al menos directamente (los animales que comemos no son los que están en peligro de extinción).

La cuestión de la “crueldad”. Cito: “La nuestra es una empresa sin fin, que se autorregenera y que incesantemente trae al mundo nuevos conejos, ratas, aves de corral y ganado de toda especie con la sola intención de matarlos”. Falso. Si la única intención fuera matarlos, viviríamos con restos de animales pudriéndose por doquier. Otra intención, obvia, es la de comérnoslos. Pero otra más aún, la cual parece quedar quién sabe dónde, es la de hacer negocios. Entiéndase por hacer negocios que alguien está produciendo un excedente que puede acumular. No hay que ser Marx ni marxista para ver esto, que además tampoco es una visión “desde el marxismo”. Con presunciones de inocencia, cuando se hacen reflexiones de este tipo (“la sola intención de matarlos”) queda oculto el hecho de la acumulación en sí. ¿Le sirve a la humanidad que haya tipos que puedan acumular sin límites? Esta es la pregunta que se pasa por alto una y otra vez, porque actualmente, cuestionar los negocios es básicamente ser marxista, y aparentemente, ser marxista es ser un pelotudo. Y yo estoy podrido de que me tomen por pelotudo.

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Todo lo anterior lo digo porque tengo la sensación de que ciertos autores intentan vendernos algo que compra Piro: aparentes recetas novedosas que no son más que propuestas de regreso a supuestos “estados de naturaleza”, mezclados con algún tipo de esoterismo new age. Para eso, mejor leer a Rousseau (pero teniendo en cuenta que tiene un par de siglos).

La cuestión de la mariposa en la obra de Peter Brook también juega con la ahistoricidad, narrando el suceso de 1966 como si lo mismo pudiera ocurrir hoy. Bien: ese relato no da cuenta de la realidad actual, dado que ese acto sería totalmente vedado en una obra de teatro en Londres hoy, sobre todo porque las campañas y la legislación consiguiente realizadas en Europa a partir de los movimientos pro-derechos de los animales anularon tal posibilidad. Entre los que pueden dar testimonio de esto, se encuentran los integrantes de “El Periférico de Objetos”, que suelen realizar puestas teatrales con animales en escena, y cuando hacen giras por Europa muchas veces tienen que demostrar que no hacen daño a dichos animales (ya sean pollos o grillos), a los cuales, desde ya, no matan. Con esto quiero decir que este argumento da cuenta de una realidad que nos es ajena, solamente articulada a los fines de servir al mismo argumento.

El “buen golpe” a que hace referencia Piro (la equiparación de Treblinka con las industrias cárnicas) es un golpe muy, muy bajo. Tan bajo que (me) irrita y parece enunciado a los fines de poner nervioso a un supuesto interlocutor y hacerlo contestar “es distinto porque es distinto”. Voy a intentar salir de esa tautología.

Un supuesto subyacente en este razonamiento es que la humanidad ha saldado las cuentas con lo sucedido en los campos de concentración, que ese es un tema resuelto. Bueno, resuelto las pelotas. Nuevas formas de sometimiento, a veces más sutiles, otras no tanto, fueron surgiendo desde entonces. La diferencia es que los tecnócratas nazis creían haber encontrado una solución económica al ubicar el sometimiento en sitios determinados. ¿Cuál es la diferencia entre escuchar a Eichmann declarar respecto de la cantidad óptima de pasajeros a transportar en los trenes y escuchar (para citar un ejemplo cercano) a Anne Krueger sugerir que tenemos que avanzar en las “reformas estructurales” de nuestra economía?

A los muertos de Treblinka nunca, jamás, alguien les pidió perdón. Y mucho menos porque con ellos hubiera que fabricar jabón o colchones. El recurso es deliberadamente grotesco, (grotesco es imaginarse a un oficial de las SS pidiendo perdón por algo, como si la “banalidad del mal” fueran jabones y colchones. Aún Eichmann, declarando que el motivo para que la gente fuera en sus trenes sin equipaje era que si llevaban equipaje no hubieran entrado todos los que tenían que entrar, no pedía perdón por eso) y nuevamente es una construcción ficticia a los efectos de igualar lo que de otro modo no podría ser igualable.

Recuerdo el impacto que me provocó en su momento leer “Una modesta proposición”. Tal como recalca Piro, no pude verla como un panfleto y, de todas las lecturas que se podrían hacer, la que tomé en ese momento —hace casi veinte años— era algo así como que se trataba de una crítica feroz al capitalismo o al mercantilismo, intentando demostrar hasta dónde se podría llegar siguiendo la lógica de que todo cierra si cierran los números. Mi entusiasmo era tal, que en la oficina donde trabajaba en ese entonces realicé varios juegos de fotocopias del texto, los cuales distribuí entre mis compañeros de entonces: más allá de recibir miradas de extrañeza por parte de todos, solamente algunos entendieron que se trataba de un texto irónico. Otros lo leyeron literalmente, y veían con desconfianza mi comentario respecto de la sátira y dudaban de que Swift no estuviera proponiendo realmente criar bebés para comérselos. Por eso, tampoco estoy de acuerdo con Piro cuando dice que “nadie parece dudar que Swift no quiere decir lo que dice”, ni que haya un “abrumador consenso sobre el modo en que hay que leer este relato”.

Hay una omisión más grave en la visión de Piro del texto de Swift. Cito: “La propuesta de Swift era sencilla: las familias de Irlanda podrían ganarse la vida criando niños para la mesa de los señores ingleses”. Después de un tiempo de darle vueltas al asunto, recién ahora lo advierto. El texto se refiere a las familias pobres de Irlanda, Piro. No era que podrían “ganarse la vida”, era que podrían morigerar la pobreza. ¿Por qué esto no aparece acá? Es decir, Swift en su ironía no hablaba simplemente del horror de “comer bebés humanos”, sino que iba más allá: sugería que no era tan terrible comer bebés de pobres. A conciencia o no, daba cuenta de la deshumanización de los excluidos. Swift hablaba de un mundo de ricos y pobres

Con esto voy arribando al punto donde creo querer llegar: me resulta irritante un trasfondo que atraviesa todo el texto, en el cual tras la humanización de los animales se oculta permanentemente la deshumanización de las personas, de aquellas personas que se ven privadas fudamentalmente de la capacidad de reflexión, porque tienen que dedicarse a rejuntar calorías de alguna manera.

No voy a empezar acá un panfleto en contra de la exclusión: es algo de lo cual se habla demasiado, y la mayoría de las veces con más elementos de los que yo dispongo. Pero sí quiero remarcar la construcción del “nosotros” que realiza Piro. Un “nosotros” que se horroriza ante Treblinka, que sólo puede leer la proposición de Swift en clave irónica, pero que es cómplice, promotor y ejecutor siniestro de crímenes escalofriantes (las matanzas de animales). Ese “nosotros” no existe. Ese “nosotros” pretende dar cuenta de una conquista de rasgos de humanidad por parte de todas las personas por igual, conquista que cada vez está más lejos de conquistarse. La división de aguas entre el mundo de “nosotros” y el mundo de “los animales” lo único que provoca en este contexto es confusión, inducirnos a creer que somos algo que no todos somos. También sirve para, ante el aserto de que “la humanidad vino al mundo al sólo efecto de destruir”, suponer que la solución es una solución fundamentalista (y volvernos fundamentalistas) o irrealizable (y que, por lo tanto, mejor dejar las cosas como están.)

La propuesta de La Capria de la cual se hace eco Piro tiene un costado interesante: básicamente da lugar a pensar que si todos estuviéramos obligados a matar los animales que comemos, podríamos tener hijos que sean como Albert Camus. Pero no creo que la propuesta esté hecha en ese sentido, al menos en la orientación que le da Piro en los últimos párrafos, cuando habla de “crímenes escalofriantes de los que no sólo somos cómplices, sino también promotores y, en cierto modo, ejecutores siniestros”. A diferencia de lo que en su momento me ocurrió con “la otra” modesta proposición, no puedo leer ésta en otro sentido que no sea el de la literalidad. ¿Me estaré perdiendo algo?


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