Click here
Más Features

El fin de la vía (8) | El fin de la vía (7) | El fin de la vía (6) | El fin de la vía (5) | El fin de la vía (4) | El fin de la vía (3) | El fin de la vía (2) | El fin de la vía (1) | Néstor Kirchner, la (primera) película | Renuncio | Graciela Bevacqua | Testamento: 4.2 Memoria y Condición Humana |







Ignorancia

29 08 2004 - 17:38

En el centro de Madrid, acá a la vuelta, hay una tienda que vende una ropa imposible, cuyas colecciones no cambian desde hace por lo menos cuarenta años. Casi ni se ve la ropa en la vidriera, obstruída por un gran cartel que sí cambia con cierta frecuencia, aunque en sus diferentes encarnaciones siempre conserva el mismo slogan: “El que en Roan no se viste, es porque ignora que existe”. Ampliamente superada en su categoría kitsch-pueblerina por los títulos del cine porno en la Corredera Baja, a pocas cuadras (i.e. “Bajo el Abeto Te la Meto”), la frase de Casa Roan tiene sin embargo el encanto de cierta inocencia anterior, esperanzada y modesta.

No conozco lo suficiente a Raymond Boudon como para equiparar sus afirmaciones con las de la Casa Roan. Ni se me ocurriría leer a Boudon, aunque sigo leyendo compulsivamente las contratapas del nuevo Feinmann, el Gran Filósofo Argentino que renaciera de entre las cenizas de la Globalización cual Gandalf El Blanco, convertido en señora gorda with-a-mission. Y hoy Feinmann se para en Boudon para dar uno de esos saltos retóricos que caracterizan su prédica reciente. Esta es la frase que ofende a Feinmann:

“Sólo por ignorancia se puede ser hostil al liberalismo”.
.

La frase que ofende a Feinmann es el título de este reportaje en La Nación. (Hay elementos para suponer que el título es todo lo que leyó, pero está en su derecho.)

Como la Casa Roan, Boudon sigue vendiendo mercancía pasada de moda con tenacidad desmedida. Sus argumentos no parecen ser tales sino más bien una suerte de wishful thinking — “ojalá mis problemas estén en el departamento de márketing, porque si lo que no funciona es el objeto en sí, entonces estoy jodido”. ¿Qué es el liberalismo, entendido por el viejito Boudon? El intenta aclararlo en el reportaje, pero no dice mucho. Como la ropa de la Casa Roan, el liberalismo de Boudon casi ni se ve ya a través del vidrio con mugre de años, en una vidriera que es cualquier cosa menos tentadora. Un buen target para Feinmann, que tiene una historia de enconos rastreros y nunca se le animaría, digamos, a Hitchens. [Es hora de que alguien se le anime a Hitchens, btw. Podríamos ser nosotros, pero hay que hacer los deberes.]

La respuesta de Feinmann es inusualmente didáctica y, como tal, inusualmente aburrida al margen de un par de afirmaciones notables como “Los hombres viven y mueren por ideas” (asombroso). Ya hablaré en otro momento de un bizarro crossover: Sarlo, que se convierte de a poco en Mirtha Legrand mientras Feinmann asume un púlpito con veleidades de academia —¿qué sitio más apropiado que Página/12 para escribir, por ejemplo ”(Marx, ob. cit.)” ? La nota es interesante, sin embargo, en cuanto sugiere una nueva instancia en la cual Feinmann reacciona ante una acusación que asume dirigida a él, y en el proceso (aparentemente seguro) de demostrarla falsa, la demuestra cierta. Lo que Feinmann demuestra es que Boudon tiene más razón de la que cree, al menos en lo que a Feinmann le compete.

Ya habíamos observado hace tiempo cómo Feinmann decide lo que es bueno para él mucho antes de conocerlo. Hace bastante menos tiempo, Feinmann apuntaba hacia otro blanco fácil: el ministro Di Tella y sus desgraciadas declaraciones acerca de prioridades en la cultura. De este modo se empantanaba en ese artículo:

Películas argentinas –dispares pero valiosas todas– como la de Rejtman, como la de Campanella o como la inminente Ay, Juancito de Héctor Olivera son arrasadas por monstruos imperiales como Harry Potter y el prisionero de no sé dónde mierda que se estrena en 164 pantallas (¡el 20 por ciento o más de la totalidad!), que se mantendrá –cosa ya pactada– hasta el 31 de julio para atrapar a todos los pibes en las vacaciones de invierno, que es de la pyme Warner Brothers. El jovencito Potter les cierra las bocas de salida a nuestros films.

En una primera instancia lo más llamativo es la decisión patética de incluir su triste película dirigida por Olivera, auténtico Casa Roan del viejo cine argentino, en la lista de lo que debe ser defendido por la Ley. Pero “el prisionero de no sé dónde mierda” me interesa más. Sobre todo en relación a la disputa virtual con Boudon. Muy en la línea de lo que sucedía con el Sushi, la ignorancia de Feinmann (“no sé dónde mierda”) es intencional en este caso. Y también lo es, sostengo, en el resto de los casos. Es por este motivo que puede demostrar su conocimiento en el área que sea sin por ello contradecir a Boudon, en el fondo: porque no importa si Feinmann se entera o no; la postura ya está tomada de antes.

Cabe aclarar que el prejuicio es una herramienta con mucha más validez de la que habitualmente se le asigna. Es una buena actitud defensiva. Ni hablar del tiempo que ahorra si uno la administra como corresponde. Pero cuando alguien organiza su pensamiento en torno al prejuicio se convierte en un fanático y, cuando ubica ese pensamiento en las antípodas del prejuicio, en un fanático pelotudo.

Flaco favor nos hace Feinmann a quienes estamos dispuestos a indagar alternativas al liberalismo que sean menos dogmáticas, más humanas y más sofisticadas.

Una breve mención a la tercera película de Harry Potter: está muy bien. Lo cual es sorprendente. Habría que reconocerle a Feinmann un cierto derecho al prejuicio en este caso, teniendo en cuenta lo ignominiosas que eran las dos adaptaciones anteriores, pero no nos engañemos: él tampoco había visto las anteriores, ni leído los libros, ni nada. El pop no es para Feinmann, que reclama “Macbeth con Alcón” en su siempre seguro paseo por lo culturalmente establecido y después escribe “El visitante” sin que se le mueva un pelo.

Sería aventurado y probablemente inconducente afirmar que Feinmann no sabe de lo que habla. Es posible, sin embargo, asegurar que a Feinmann no le importa si sabe o no de lo que habla, y eso lo hace peligroso; no para el Establishment, ni para la derecha, ni para ninguno de los enemigos que lo definen, sino para nosotros, que nos sentimos llamados a ocupar un lugar de cierta honestidad intelectual dentro del tan poco tentador espectro progresista en Argentina. Queda para otro día ahondar sobre los motivos de nuestra obstinación. En principio, y de modo preventivo, hay que convencerlo a Feinmann de que deje de decir cosas como estas:

Es la revolución comunicacional. Radica en eliminar de la Tierra la capacidad denegación, de diferenciación. En consolidar el Todo imperial. La globalización del tercer milenio. En encadenar, no ya los cuerpos sino los sujetos. Sujetar los sujetos. Sus principales armas no son tanques, ni misiles, ni neutrones. Es la televisión. Es el cine. Es el periodismo. Los magazines. Las radios. Los canales de cable. Y, formidablemente, Internet, donde algunos creyeron, muy ingenuamente o con decidida mala fe, que iba a instalarse la “sociedad transparente” que pregonaba Gianni Vattimo a comienzos de los noventa, fines de los ochenta.

Internet es, hoy, el reino de la mercancía basura, de la mercancía idiotizante, de la compra-venta compulsiva y del sexo-mercancía, del sexo pornográfico. Cada vez lo es más (la rapidez de estos tiempos es la característica y, también, la degradación de la temporalidad) y cada vez lo será más obscenamente.

Jesus_Fucking_Christ, eh? Feinmann and Bergoglio should get together and go bowling.

Pero incluso suponiendo con la mejor voluntad que lo de Feinmann no es pacatería sino una preocupación más genuina à la Walker Percy, el cocktail de desconocimiento y prejuicio apuntando a Internet es más de lo que cualquier persona con dos dedos de frente puede estar dispuesta a escuchar. No es nuevo esto, en la izquierda “nacional”. Mis compañeros de militancia (más bien: mis superiores, los de la generación de Feinmann) circa 1983 decían lo mismo del walkman. No quiero pensar cuál es la postura oficial respecto del iPod.

Y hay más, en la misma nota (¡Feinmann desencadenado!): arremetiendo contra el “pensamiento de taxista”, una entelequia que sin duda existe y es un flagelo tan grave (o más) de lo que el mismo F. asume, concluye:

“No es él el que habla, es Radio Diez. El hombre cree que expresa sus ideas, pero expresa las ideas de otros.”

Una vez más, la visión compartimentada (“cuadriculada”, como dicen en España) de quienes se asumen como Voz del Progresismo recurriendo a la ilusión de que el taxista (la “gente”, blah) es esa hoja en blanco. Sólo falta que escriba “concientizar”. Casi, en realidad:

Es el nuevo proyecto de dominación mundial: colonizar las conciencias.

Estamos llegando ahí. De nuevo. A un milímetro de la “captación” y la “extensión doctrinaria”. Habría que parar antes de llegar ahí, ¿no? Al menos si queremos que personas más o menos inteligentes se sienten a conversar con uno.


————————————

Del mismo autor:
PS 01
La Educación de Pol Pot
Political Science 3x SOLD OUT
Más vivos que nunca print SOLD OUT
TPP 31 - Las Comunidades Primitivas
El Dream
8. Gracias
TPP 30 - El Circo del Hambre
El Ultimo
Viedma Ayer