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Tiempo de juego

26 03 2005 - 09:23

Faltan pocos segundos. Veinte. Diez. Terminó. Ya no queda tiempo para nada. Veinte segundos: uno ni siquiera tiene tiempo de pensarlos que ya pasaron. ¿No es esta la percepción, la experiencia de todos? No me vengan con el tiempo de la velocidad, ni con aquella “sonrisa de la velocidad” que enarbolaba Leos Carax en Mauvais Sang, que es casi lo mismo (¿acaso la velocidad no se mide en horas?). No me vengan con la era de la electrónica, la pseudocivilización que es patrimonio común y toda esa sarta de pavadas. Aquí, de algún modo, estamos en el terreno de las sensaciones universales. Se puede criticar a aquellos que faltando diez minutos para el timbre ya se sienten en la calle, fuera de la escuela, o a quien se da por vencido una hora antes de que se cumpla el plazo del ultimátum. Pero diez, veinte segundos, objetivamente, no son nada. Son el non più tempo por excelencia.

Para mí también era así. Hasta ayer. Ayer, por primera vez en mi vida, vi un partido de basket de punta a punta. El basket no es un deporte; ver un partido de basket más bien se parece a una experiencia fantástica-tempo-sensorial. Porque en el basket, a diferencia del fútbol (no lo sabía, lo descubrí recién ayer), cuando la acción se detiene, se detiene también el cronómetro. Se dice que el tiempo de juego es el real, entendiendo con esto el tiempo efectivo, el tiempo de juego. En realidad es el tiempo irreal por excelencia, porque un tiempo así sólo puede existir en la ciencia ficción. Si el tiempo es ya en sí mismo una abstracción, el tiempo del basket, que se puede detener a voluntad, es una abstracción doble. O triple.

Entrar en esa dimensión es casi una experiencia de universo paralelo, de novela de Tim Powers. Justamente: en una novela de Algis Budrys el protagonista se pregunta ”¿por qué el tiempo sigue pasando cuando un hombre piensa?”.

Pero esto sigue siendo nada. Porque la segunda “regla” fundamental del basket es que cada acción debe durar, como máximo, veinticuatro segundos. Cuando la pelota entra en juego se activa la cuenta regresiva; veinticuatro segundos después —habiendo encestado o no— la pelota pasa al adversario. De este modo, cada bloque de veinticuatro segundos llega a contener realmente al universo, es casi un partido en sí mismo: esquemas, pases, ataques, defensas, faltas, errores, marcas, tantos. Tanto el que juega como el que mira entra en una dimensión en la que veinticuatro segundos parecen, o mejor dicho son, una eternidad. El basket —juego veloz, fulmíneo—, paradójicamente, hace experimentar el vértigo de la vida como tomada por una cámara ralentada (casi) hasta el infinito. Una “experiencia” que se repite ochenta veces por partido.

Todo esto se magnifica cuando exigencias estratégicas y de puntaje aconsejan al equipo en posesión de la pelota encestar en el último segundo. Antes de los diez debe superarse la mitad del campo; en los últimos cinco la acción tiene que ser resuelta. Podría concluirse allí la cosa, pero es mejor que no. Por lo tanto hay que ralentar el juego faltando veinte, quince segundos. En vez de la angustia del tiempo que se terminó, que ya no está, los veinte segundos del basket dan la ilusión de todo el tiempo que todavía se tiene a disposición.

Poco a poco se aprende que once segundos no son el fin del tiempo concedido, ausencia de tiempo. Ningún espectador grita, como en el fútbol: “¡Tirá! ¡Tirá!” Lo que el jugador escucha son gritos que más o menos dicen: “Tranquilo, tranquilo”. Se le pide calma. ¡Faltando diez segundos para que el partido termine! ¿Se dan cuenta? Es la psicoterapia de la ansiedad. Una experiencia de control del pánico. La agorafobia negativa, la inversión de la medida interior del tiempo. Una sensación increíble que inconscientemente se escapa de los estadios y se comunica con la vida de todos los días.

(Escribo esto mientras veo por la ventana a los colectivos que vienen por la calle Paraguay y frenan al llegar al semáforo en rojo de Medrano. Los pasajeros entran en estado de agitación —desde aquí los veo. Se levantan, toman sus bolsas o sus bolsos y saltan disparados hacia la puerta de salida. Alguien debe bajar en esta esquina, pero faltan todavía sesenta, cincuenta segundos. El tiempo en que en basket se puede ganar o perder un partido al menos cuatro veces. Si esa persona estuviera escribiendo esta nota dispondría de todo el tiempo para terminarla. Podría incluso apagar su computadora portátil, levantarse, caminar lentamente hacia la puerta. Al llegar podría darse cuenta de que el colectivo se está poniendo en marcha, el semáforo en amarillo. Allí se daría cuenta de que aún disponía de todo el tiempo del mundo. Apuro al pedo. Ese pasajero debería aprender del basket.)


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