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A causa de un equívoco banal y transparente

31 03 2005 - 16:10

A veces, pero no soy el único al que le pasa, tengo la sospecha de pertenecer a una especie que tiene ganas de extinguirse. Como si estuviera cansada de sí misma. Tampoco las especies son inmortales. Eso ya lo sabemos, pero es curiosa la idea de pertenecer a una especie que corre el riesgo de desaparecer a causa de un banal equívoco epistemológico. Porque no se conoce, porque cree ser lo que no es. Los seres humanos se ven a sí mismos como guerreros inteligentísimos. Racionales, dominantes, vencedores. Están convencidos (incluso antes de 2001: Odisea del espacio) de que el primer acto que hizo humana a la Humanidad fue empuñar un arma, y que nuestra especialidad respecto a otros animales consiste en la capacidad de doblegar a la naturaleza. Pensamos que en el mundo se gana o se pierde, creyendo que la competencia es todo. Pensamos que racionalidad hay una sola, la que corta, divide, reduce. ¿Puedo llamar a eso un equívoco banal y transparente? Si los seres humanos fuésemos verdaderamente esa especie dominante que nos vanagloriamos de ser, estaríamos extinguidos desde hace rato. Además, si los único principios que sustentan la vida en general fuesen sólo el de selección natural y supervivencia del más apto, la vida no existiría. Hay otras condiciones que hacen posible la vida y la evolución. La vida es también simbiosis y compatibilidad, mutación arbitraria y creación; los seres humanos, como cualquier otra criatura, y a veces más que otras, son también empatía y solidaridad, tolerancia y cuidado.

Pero a veces ni siquiera ven esas cualidades —o las consideran de segunda categoría. Ven la figura pero ignoran el fondo. Pero hagan la prueba de hacer desaparecer el fondo que la hace posible y no habrá más figura. La “ley de la jungla” más que “en la jungla”; en la cultura de los últimos tres o cuatro mil años (poca cosa para los tiempos de la evolución) esta idea se afirmó entre los humanos. No es una ley general aplicable a todas las especies, a toda la naturaleza, a todo el mundo. No es biología, no dura por toda la historia de la Humanidad. Es sólo un pedazo de historia. Es una lógica funcional y eficiente —pero es una lógica partida al medio.

A lo mejor estamos metidos en una trampa. La construcción de ciertas convicciones que nos creamos tiene vida propia ahora, se volvió una red de actos destructivos muy prestigiosos y racionales (y sobre todo muy remunerativos para algunos) que envuelven todo el planeta. Es el efecto nocivo de la técnica Houdini: imponerse las propias restricciones con el único fin de escapar de ellas. Pero nosotros no escapamos, estamos maniatados por trece cadenas y sus respectivos candados en un baúl sumergido en agua helada. Y no podemos salir. Y lo mejor es que nos metimos solos.

Deberíamos hacer la prueba de salir del equívoco, constuyéndonos otra imagen de nosotros mismos, más completa, digamos. Una imagen que dependiera menos de la anulación de todo el resto, de la muerte de todo lo que nos rodea. No sólo de la muerte, sino también de la tortura, de la crueldad ejercida en todas sus variantes. La locura, en fin.

Las mías son opiniones, no certezas objetivas. Otros ya pensaron en ellas, antes. Hago la prueba conmigo mismo. Trato de entender si verdaderamente, en el único ser humano que conozco por dentro, existen otros procesos mentales distintos al “yo tengo razón, vos no”. Y me cuesta mucho. Es más fácil dividir todo por la mitad, lo justo aquí, lo errado allá. Imaginen, la lógica guerrera prevalece en nuestro lenguaje incluso cuando se habla de paz. Y yo, como cualquier otro, alzo la voz y grito lo que tengo que gritar por miedo a estar equivocado. Después me miro y no me gusta lo que veo.

Hay una frase de Scott Fitzgerald que sirve para ilustrar lo que digo: “La señal de una inteligencia de primer orden es la capacidad de tener dos ideas opuestas presentes en el espíritu al mismo tiempo y, a pesar de ello, no dejar de funcionar.” Conozco una sola persona capaz de pensar así: Godard. En cualquier caso nadie más. Yo tampoco.

Estamos aquí afilando el cuchillo de la racionalidad que todo lo explica, convencidos de que dominamos la maquinaria del mundo, buscando enemigos a los que destripar, enemigos que incluso nos ignoran soberanamente (tal vez es por eso que nos ensañamos tanto con ellos), y en cambio nos parecemos a esa graciosa criatura que aquí arriba dibuja Huili Raffo. Esa criatura pequeña, sorprendida, obstinada, contradictoria, que se parece a él, pero también a mí. Las especies no existen para vencer, sino para vivir.

De nosotros no va a quedar más que una lápida al cuidado de nuestros herederos —hormigas, delfines, gorilas— que diga: “Homo sapiens, una especie que se equivocaba a la hora de definirse a sí misma. Empezando por el nombre.”


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