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1 04 2005 - 03:15

Teniendo en cuenta que, de una manera u otra y sin que nadie se pusiera de acuerdo, hemos estado hablando mucho acerca de las decisiones que afectan la vida propia o de los demás (de Baseotto al Papa, de Schiavo a los animales), es interesante leer la breve nota de Wainfeld en Página de hoy sugiriendo un link Schiavo-Papa que estaba en la percepción de todos. Lo quiero bastante a Wainfeld (sin conocerlo personalmente), por introducir un tono, una inteligencia y una tendencia reflexiva completamente ajenas al ecosistema en el que se desempeña. Es justamente por eso que a veces, como hoy, me preocupan algunos giros en su discurso — detalles inquietantes que me hacen temer no ya por él sino por las características de esa especie de consenso que, queramos o no, se va instituyendo desde los medios (en una relación que, no se me escapa, está más cerca de la simbiosis que de la propaganda, pero igual).

Hablando de un cierto amarillismo que (me parece) no es ni tan nuevo ni tan artificial, Wainfeld dice:

El filósofo vasco Daniel Innenarity llama “globalización sentimental” a ese proceso que detona sensaciones epidérmicas, pero no conlleva una traducción política, racional, enderezada a la acción.

El párrafo es bienvenido en cuanto sugiere un útil neologismo a partir del apellido del vasco, que suena a adjetivo. Iniquity, vulgarity, innenarity. Usaremos “innenarity” de aquí en más para referirnos a la fusión insensata de definiciones de moda. Incluso si la categoría tuviera algún sentido, el modificador está mal, ahí: es el sentimentalismo lo que se globaliza, y no al revés. Pero no es eso lo que hace sonar mis alarmas, sino el supuesto de que de lo sentimental deviene lo político, y de que la acción tiene necesariamente que ver con lo racional. Wainfeld también objeta a la derecha encarnada por Bush por ser “una ideología que no aspira a la plena coherencia sino a la imposición de sus valores”.

Tal vez me equivoque, pero tiendo a leer este aparente llamado a la racionalidad como una reformulación bienintencionada de los supuestos que siempre han conducido a la izquierda (argentina, al menos) a estrellarse contra las paredes.

El rechazo a lo sentimental es un clásico de las orgas y el militarismo —no necesariamente de izquierda— que siempre, una vez reprimido, vuelve y se venga de la peor manera. Somos todos machos y racionales: lo nuestro es el materialismo dialéctico (pero en la remera va el Che); lo nuestro es la defensa de la Patria y el Orden (pero adoramos a la Virgen).

Lo cierto es que nadie sabe por qué hace lo que hace; la ignorancia encarnada en fe es precisamente lo que le da a la derecha una coherencia que uno jamás tendrá. Porque la “plena coherencia” no les interesa, tienen una bastante plena, dentro de todo. En cuanto a la “imposición de valores”, yo pensaba que de eso se trataban las ideologías, al fin y al cabo. Queda por discutir (y es base para una sobremesa eterna) si esos valores surgen del proceso que sugiere Wainfeld (lo sentimental—> lo político y racional—> la acción) o si se trata de algo enteramente distinto.

Me desvío ahora, pero en el fondo sigo hablando de lo mismo:

A principios de los ‘90 leí por primera vez Geek Love, de Katherine Dunn, en una traducción espantosamente castiza, bajo el título de Amor Profano. Es una novela con aires dickensianos que fácilmente podría encajar en el esquema que John Irving machacó hasta el cansancio, con la peculiaridad de que todos sus personajes son freaks: la familia Binewski, compuesta por padres relativamente normales cuya decisión temprana fue la de engendrar hijos deformes, construyendo así su particular universo de circo y también las bases para el Arturismo, etapa superior de la deformidad voluntaria. El libro de Dunn tiene sus problemas, pero Arturo Binewski —el hombre acuático, un torso con aletitas donde nosotros tenemos brazos y piernas— es uno de los villanos más intensos y fascinantes de la literatura norteamericana del siglo pasado: un ser monstruoso con la portentosa habilidad de convencer a los demás, a las personas normales, de que lo mejor que les puede pasar en la vida es ser como él.

Arturo es genial, entre otros motivos, porque no encarna una alegoría unívoca y es en cambio metáfora de un montón de cosas al mismo tiempo. Entonces bautizamos “hombre acuático” al dueño de Abraxas, una disquería oculta en una galería de Avenida Santa Fe, que no sé si seguirá existiendo. La identificación tenía que ver con el alto grado de cinismo —un cinismo destructivo y desconsolador— que sobreviene a quien está obligado, por las circunstancias o por elección, a comerciar con bienes culturales que son todo para él. El síndrome del vendedor de cultura —margaritas a los chanchos, M. Ward a ese boludo con la remera de Franz Ferdinand—, del que nadie escapó nunca (salvo Alfredo Rosso cuando tenía una disquería, pero Rosso es una especie de santo). Puedo decir esto en público porque en su momento le regalé a Arturo, de Abraxas, una copia de Geek Love, y creo que entendió perfectamente de qué se trataba.

I get glimpses of the horror of normalcy —dice Arturo mientras supervisa el proceso de amputación gradual al que se someten los integrantes de su secta—. Each of these innocents on the street is engulfed by the terror of their own ordinariness. They would do anything to be unique.”

No es casualidad si estas racionalizaciones de Arturo suenan tan parecidas a las invocaciones de un católico inteligente y civilizado (uno de los pocos) como Walker Percy. En una época que —si hay que creerle a los denunciantes del neoliberalismo— se supone algo así como la cima del individualismo, el paraíso de Ayn Rand, las posibilidades de identidad (ni hablar de un pensamiento) individual parecen aun más reducidas ahora que cuando Percy o Dunn escribían sus cosas. Y algo de esto estará relacionado, asumo, con la emergencia de émulos reales del hombre acuático.

Es sorprendente que el New York Times no mencione la novela de Dunn en el artículo sobre amputaciones voluntarias que publicó esta semana. Más sorprendente aun teniendo en cuenta que uno de los entrevistados se refiere a su amputación como “body correction surgery”, citando verbatim a Arturo Binewski:

See, there’s a diference between advertisin’ and proselytisin’. All I have to do is to let them know I’m here and what I stock —corrective surgery! And cheap at the price!

Mi sensación (y confrontarla con argumentos posibles me llevaría mucho más tiempo del que tengo esta mañana, pero tal vez lo intente más tarde) es que de la racionalización de Arturo a la “racionalidad” de Wainfeld hay un paso. O, mejor dicho, no a la de Wainfeld sino a la que subyace en la nota de Wainfeld, a esas insistencias de la política respecto a que los vivos deben ser todos iguales pero los muertos no, cuando nuestra experiencia cotidiana indica exactamente lo contrario.

No sostengo, por supuesto, que Página/12 vaya a proponer que nos autoamputemos de a poco físicamente (si bien algo de eso ha habido en lo intelectual, durante estos años). Me refiero más bien a la pretensión de que “nuestra” racionalidad trasciende la emoción del hipopótamo, el pingüino y los agonizantes, y que por eso es “mejor”. Un giro decididamente arturiano a la luz del pasado que compartimos —uno plagado de vidas y posibilidades amputadas en nombre de distintas “racionalidades” que no han sido más que refugios temporales, no mucho más protectores que una planta carnívora.


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