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2 04 2005 - 07:53

Mi mamá, a quien he pervertido con lecturas indignas desde mi infancia, me llama por teléfono y pregunta:

—¿Esto quiere decir que Alsogaray y el Papa van a resucitar juntos en el Mundo del Río?

Se refiere a Riverworld, la saga de cinco novelas que Philip José Farmer empezó a escribir a mediados de los ‘60 y que (me acabo de enterar) fue adaptada el año pasado como telefilm por el Sci-Fi channel. Las fotitos que aparecen en el website anuncian lo peor (¡ese marciano!), pero la comprobación de que se trata de una sola película comprimiendo el primer par de libros te da la pauta de que esta gente no entendió nada. Lo cual no deja de ser una buena noticia — Riverworld será ignorado durante otros diez o veinte años como fuente de una tetralogía gloriosa y después, quién te dice, en una de esas la termina escribiendo (o filmando) uno.

En el Mundo del Río (que tiene sus buenos momentos pero está, en general, escrita con los dientes), todas las personas —todos los que vivieron en la tierra desde el principio de la historia hasta cierto punto en el futuro cercano— resucitan al mismo tiempo. El nuevo planeta es, como corresponde, bastante más grande que la tierra, de la cual todos conservan un recuerdo intacto. El problema central de los protagonistas (al menos en las tres primeras novelas) es el de entender adónde están. O, más exactamente, por qué. Mark Twain, Cyrano de Bergerac y algunos héroes menos famosos se embarcan, con la tecnología que logran reproducir a partir de lo que recuerdan y lo que encuentran, río arriba —de ahí el nombre de la saga; un río imponente rodea el planeta— en busca de estas respuestas.

—Bueno, en realidad Alsogaray y el Papa y el resto de la humanidad, todos resucitan al mismo tiempo, en el Mundo del Río.

—Ah, claro, es cierto. ¿Y el cielo?

—¿Qué tiene?

—En la versión tradicional, ¿llegan juntos? —hay algo que seduce a mi mamá, aparentemente, en la idea de Alsogaray y el Papa como compañeros de ruta.

—No sé, en el cielo están procesando a un montón de gente desde la semana pasada. Aunque no creo que sea first come, first served. En cualquier caso, Alsogaray eligió un momento pésimo.

Cada uno habla de la muerte como puede, y la solemnidad que es regla habitualmente nunca terminó de funcionar para la mayoría de la gente que conozco. Digo esto para que no se entienda lo que sigue como una a reacción escandalizada de mi parte: lo de Página/12 es más bien asqueroso. Y no porque el chiste sea tonto, ni porque haya que deberle a Alsogaray un respeto que no se ganó en vida, sino porque ese título (“Alsogaray no llegó al invierno”) revela algo muy miserable en los cimientos de las convicciones políticas de esta gente. Eso, o la redacción de Página está compuesta por pibes de quince años.

Dicho esto, hay que reconocer que las declaraciones oficiales que llegan del Vaticano están bastante en sintonía con el humor American Pie de nuestro Pravda: “El Papa ya ve y toca a Dios”, ese tipo de cosas. ¿Lo ve y lo toca? Clarín no se queda atrás con esta frase memorable:

El Papa, informó Navarro Valls,

“recibió a sus colaboradores, aunque no a
todos juntos”. Y en ese momento
mencionó al argentino.

En cualquier caso, si el libro de Verbitsky ayuda —aunque no se me ocurre cómo medir esta influencia— a que Bergoglio no se gane la lotería papal, no estaría nada mal y habría que anotar el hecho como una de esas instancias inusuales en las cuales pasiones ruines conducen a resultados saludables.

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Tal vez quedarme en casa —afuera llueve como pocas veces en Madrid— altera mi percepción, pero parece haber gran actividad en todas partes. Fraude en Zimbabwe y, según un feed que me llegó anónimo en el desayuno (antes de comprobar que venía del Lansing State Journal):

“Argentinian marines capture the Falklands”.

El susto me duró unos segundos. Por suerte no se trataba de eso, claro, y Bielsa propone a cambio la “paciencia infinita”, lo cual no es una mala manera de decir forget it, lo cual a su vez (y si de eso se trata, puesto que de otro modo la paciencia tendría algún fin) está bastante bien. Aunque si hay que creerle al Telegraph, el tema no está agotado.

Los diarios argentinos ya habían mencionado algo de esto, que fue después desmentido por el Gobierno. Andá a saber si es cierto. Es probable que el Telegraph esté llenando el hueco conmemorativo de hoy con noticias del mes pasado. Pero si fuera cierto, el gobierno planea “un resarcimiento moral y económico” a los ex-combatientes de Malvinas.

Nada más lejos de mis intenciones que sumar estigmas y calamidades a los ex-combatientes, que ya han tenido suficiente, y en principio suena bien que el estado los reconozca como a un grupo del que vale la pena ocuparse. Pero cuando uno lee que en el proyecto de ley más cercano al oficialismo se habla del resarcimiento “en virtud de haber luchado con valor en defensa de la Soberanía Nacional” la compensación empieza a parecerse demasiado a una recompensa. Y a una que premia valores y actitudes algo discutibles.

En principio, y para disipar de entrada los aspectos más superficiales del problema, tengo mis serias dudas de que quien combate “con valor” deba acceder a un bonus por sobre quien combate con horror o reticencia. Pero asumamos que en realidad todo el mundo combate “con valor”, y el agregado es una señal de respeto y reconocimiento hacia los veteranos por parte del senador chaqueño que escribió el proyecto de ley. La Soberanía Nacional sigue estando ahí, y sigue siendo un concepto de lo más discutible, teniendo en cuenta la cantidad de veces que se ha esgrimido para las causas más dispares. Asumamos también con cierta indulgencia que para esta gente el “valor” y la “Soberanía Nacional” son muletillas, y que las usan a falta de otras palabras que puedan expresar el grado de complejidad necesario para entender por qué se recompensa con dinero a quienes fueron reclutados durante aquella carnicería. Intuyo que no es así; creo percibir que esta gente tiene ideas bastante macabras acerca de “el valor” y la “Soberanía Nacional” —las Malvinas fueron, después de todo, un interesante punto de coincidencia entre ciertas milicias peronistas y los Comandos del Orden Negro que nos condujeron a la guerra—, pero incluso ateniéndonos a los hechos, eludiendo toda interpretación aventurada, hay algo que falta en esta iniciativa:

¿Para cuando el resarcimiento moral y económico a los desertores?

No sé cuántos desertores habrá habido en el ‘82. Los protagonistas de Los Pichiciegos, de Fogwill, no cuentan. Habrá habido algunos, estimo. No muchos. Muchísimos menos desertores que no-desertores, en cualquier caso, lo cual automáticamente anula todo motivo práctico para negarles el reconocimiento que se merecen en este contexto.

Imaginemos a un desertor tipo, un pibe que está haciendo la colimba y recibe una carta en la que lo reclutan oficialmente. Imaginemos que esta persona emplea sus módicos ahorros en una discreta vía de escape (hacia adentro o hacia afuera) y vive en una condición clandestina o en el destierro durante doce años, hasta que —con la abolición del servicio militar, en 1995— deja de ser legalmente imputable. Para no combatir por la Soberanía nacional también hace falta valor. ¿Por qué éste valor no cotiza en el reconocimiento oficial (ni en el de la sociedad en su mayoría, por lo que entiendo)? Nuestro desertor tipo no sólo se ha hecho cargo de una decisión peligrosa; lo ha hecho con la convicción de quien se enfrenta no ya al enemigo nominal y declarado sino a sus propios pares, a esa sociedad que en masa salió a la calle a reivindicar un hecho torpe, atroz e injustificable. ¿A él no le damos plata? ¿Por qué?

Desde hace años (resignado a que Riverworld es demasiado) intento convencer a alguien de comprar los derechos y adaptar para cine una extraordinaria novela de Thomas Disch llamada Camp Concentration. Ni siquiera los productores más osados (entre los cuales se cuentan algunos que además disfrutan de la novela y comparten mis ideas de adaptación) se le animan al tema. El protagonista de Camp Concentration es el poeta Louie Sachetti, un objetor de conciencia que va a parar a una cárcel experimental en la cual los internos reciben dosis cotidianas de una droga que los dota de una inteligencia sobrehumana. La droga, sintetizada a partir de la espiroqueta de la sífilis, tiene efectos secundarios algo excesivos: los pacientes duran apenas unos meses antes de que los síntomas de una enfermedad venérea letal puedan con ellos. La premisa en sí es brillante —una cárcel habitada únicamente por genios que se están muriendo—, pero lo que hace Disch con ella es casi tan bueno, y está decididamente lleno de posibilidades para hablar de cosas que pasan hoy. Uno de los comentarios que se repiten es el de que el protagonista de Camp Concentration no es “sympathetic enough”. Y es cierto; Sachetti es un gordo desagradable con tendencias místicas que cita libros que no leyó nadie y tiene ideas peores de lo que él cree. Pero no se refieren a eso estos lectores reticentes sino al hecho de que Sachetti es capaz de cualquier cosa con tal de no ir a la guerra. Camp Concentration, escrita en 1960, mucho antes del SIDA y muchísimo antes de Irak, no es tanto una novela visionaria como un memento lamentable de que algunas cosas no cambian nunca. Entre esas cosas está el desprecio a los desertores.

Debo una nota sobre Eddie Slovik (el último desertor ejecutado en los Estados Unidos) y su relación con los desertores de hoy, los que se niegan a ir a Irak. No será hoy, porque esto ya se hizo largo y debo salir a por medialunas aprovechando que paró la lluvia.


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