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Cuadritos y Masitas

4 04 2005 - 11:24

Es imposible leer los diarios de hoy y comentar algo que no sea la muerte del Papa, tema sobre el cual hablamos en los últimos días y sobre el que ya no tenemos mucho más para decir.

Además de los grandes diarios de Estados Unidos y Europa y América Latina y Rusia, uno llega a chequear el Granma de Cuba o The Indu en la India y no hay cómo escaparle a la noticia.

Quizás la única opción, entre los idiomas que uno alcanza a entender, es irse a China, donde los diarios hablan de inundaciones y crímenes y preparativos para las olimpiadas. La integración de China al mundo sigue siendo, por ahora, exactamente eso, una integración: la integración de un mundo absolutamente propio, donde el comunismo logró encapsular a una multitud de 1.100 millones de personas en un universo previo a la guerra del opio, con uno total desarrollado después.

Es la venganza oriental: el primer contacto sistemático de China con Occidente y, sobre todo, las primeras incursiones de chinos a Europa que pondrían fin a un aislamiento de miles de años, se dieron a principios del 1.700, precisamente de la mano de las misiones religiosas (jesuitas y otras) que regresaban a Europa con servidumbre, traductores y personal chino para alertar al monarca de ocasión sobre el inmenso mundo que quedaba por descubrir.

Fuera de China, la única excepción a la extensión global de la noticia fue el condimento local de su exhibición. Probablemente no haya en todo el mundo una mayor expresión de la tiranía provinciana del localismo que la edición online de Clarín durante casi un día (sadly, ya no está disponibe), donde la segunda noticia en importancia, después de la muerte de Juan Pablo II, decía algo así como “Un Argentino anunció al mundo la muerte del Papa”.

Otros localismos parecen un poco más estratégicos, como el de Lula haciendo campaña para que el próximo Papa sea brasileño. Dicho lo cual, a la iglesia se le abre ahi un abismo en el que unos 170 tipos tienen que decidir el futuro de la ONG más grande y antigua del mundo. El sentido común indica que el próximo paso de la iglesia católica será tratar de frenar el drenaje de sus fieles hacia otros cultos o, visto de otro modo, detener el crecimiento relativo de los mismos. Pero ahí se acaba el sentido común, porque eso bien puede tratar de hacerse reafirmando la iglesia en su actual formato y renovando vestuarios y señalística. Precisamente desde Brasil, mi hermano me acota por chat la paradoja de que, en parte por la coyuntura histórica que le tocó, Juan Pablo II dejó una iglesia tan de derecha y tan conservadora que hoy no podría elegirlo ni a él mismo.

Distinto sería todo, aparentemente, si el elegido fuera un católico de Brasil o Nigeria, países enormes donde cualquier otra forma religiosa ha crecido exponencialmente en las últimas décadas al compás de la quietud de la iglesia católica.

Claro que también es posible que la elección de un Papa brasileño agudice aun más los problemas actuales del Vaticano, alivianando convulsivamente las ataduras y tradiciones pacientemente construídas por milenios y reflotadas desde fines del ‘70. Nadie en su sano juicio puede creerle a un Papa brasileño una prédica por el celibato; dificilmente haya un “papable” nigeriano que no contemple el uso de preservativos.

Dicho todo por alguien que conoce poco y nada de ese mundo. Excluyendo a La Vida de Brian, la mayor lección sobre la increíble durabilidad de la iglesia me la dio un dirigente histórico de la organización peronista Guardia de Hierro, en un café de Lavalle y Rodríguez Peña, una tarde de verano de hace 15 años. Con el primer cortado quise preguntarle por qué Guardia de Hierro había optado por un camino tan cerrado en un momento en el que aun las organizaciones armadas buscaban ser también movimientos de masas. Para el tercer cortado me lo había explicado. “Fue un error” pudo haber dicho en 2 segundos, pero optó por remontarse a los primeros debates de la iglesia católica y las discusiones entre San Pedro y San Pablo sobre cómo sería la iglesia y, sobre todo, su mecanismo de reclutamiento.

La discusión que marcó el futuro del mundo, me dijo, fue entre una organización con estrictos controles ideológicos y una clientela disciplinada por un lado, y quienes creían que lo importante era lograr la adhesión explícita y masiva a una serie más bien general de valores por el otro. “Fue —me dijo— la primera discusión entre armar un partido de cuadros y un partido de masas.”

Como la experiencia fue tan exitosa a lo largo de 2000 años, no me animo a hacer un pronóstico, ni mucho menos a dar un consejo.


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