Click here
Más Features

El fin de la vía (8) | El fin de la vía (7) | El fin de la vía (6) | El fin de la vía (5) | El fin de la vía (4) | El fin de la vía (3) | El fin de la vía (2) | El fin de la vía (1) | Néstor Kirchner, la (primera) película | Renuncio | Graciela Bevacqua | Testamento: 4.2 Memoria y Condición Humana |







La Distribución

4 04 2005 - 18:07

Yo era muy chico cuando se murió Perón, y lo odié entonces —mucho antes de saber quién era— por un motivo tan atendible como cualquier otro: no pasaban dibujitos en la tele. El Correcaminos desapareció de pronto, dando lugar a una programación minimalista de esas que ya no existen; largas columnas de gente en blanco y negro, primeros planos de señoras llorando, todas con anteojos negros, todas con el mismo look Isabelita. Supongo que el duelo de tres días que acaba de decretar el gobierno argentino no implicará expresiones tan extremas. Supongo también que nada parecido es necesario para que los chicos que ven los funerales del Papa por la tele crezcan convencidos de que ese universo les es ajeno. Lo cual no quiere decir necesariamente que sea cierto.

Nada había en el ‘74 más ajeno a mi vida que Perón (vivo o muerto), y por eso me sentía en total libertad de blasfemar en su contra. Nadie que fuera responsable, directa o indirectamente, de la desaparición del Correcaminos, podía merecer otra cosa. Recuerdo otra realidad —lo peor del futuro colándose en la cotidianeidad relativamente apacible de mi infancia— apareciendo ahí por primera vez, en la voz de los adultos:

—Son tres días, nada más. Es comprensible que odies a Perón, pero por las dudas no se lo digas a nadie, porque les puede caer mal. Después los dibujitos vuelven.

No hacía mucho, había empezado a familiarizarme con el concepto de “escándalo” a través de mi abuela, que hasta entonces no había mostrado enemistad o preferencia alguna por los tiburones pero no estaba dispuesta a soportar que yo los besara. No a tiburones de verdad, por supuesto, sino a una foto, un dibujito, a un tiburón-efigie. Para entender por qué un nene de cinco años querría andar por ahí besando figuritas de tiburones no hay más que remontarse a la dificultad de ese mismo nene por entender por qué su abuela (y otras señoras devotas que la frecuentaban) querrían besar estampitas de la Virgen o los santos. La elección del tiburón no era inocente. Había monos, claro, y lémures, y otros exponentes en la versión gráfica de “La Evolución” que, cortesía de Time-Life en castellano, simplificaba las cosas lo suficiente como para que uno entendiera enseguida cómo torturar a su abuela, aunque confundiera categorías en el proceso.

—Mirá, abuela, acá está clarito. Ni Adán y Eva, ni la Virgen, ni nada. Venimos del tiburón. Chuic.

El sufrimiento de mi abuela era genuino. Tal vez viera ella en el incidente, con una claridad que me estaba vedada, el apóstata en que me iría convirtiendo con los años. Y muchas otras señoras bienintencionadas (aunque, pensándolo bien, lo de las buenas intenciones de mi abuela es poco claro) llorarán al Papa, o enviarán cartas al IMAX de su barrio para que a los nenes de hoy no se les ocurra besar tiburones. O las dos cosas, que son perfectamente compatibles. Si en algo coincido con Schmidt es en la necesidad de evitar la identificación de la Iglesia con el Mal — una confusión seguramente intencionada a la que el progresismo es tan proclive. Uno tendría todo el derecho del mundo a hacerlo, teniendo en cuenta el particular prontuario de la institución, pero no se trata del mejor análisis ni de uno que explique demasiado. Salvo que —como en el caso de Perón— asumamos la desaparición del Correcaminos como condición suficiente para la condena.

Respecto del Papa, en particular, lo llamativo no es tanto la condena ni las parrafadas laudatorias (hipócritas o no) en todas las publicaciones del mundo sino el hecho de que un simple intermediario tenga semejante prensa.

Anoche vi Suspect Zero, una película pésima, indigna del mismo director que había hecho Shadow of the Vampire hace unos años. Como suele suceder con esas películas cuyo público es incierto tanto en número como en sus características más básicas, Suspect Zero sólo se estrenó doblada en Madrid, y yo no puedo ver películas dobladas, así que la bajé de la Net. Lo mismo pasa con algunos discos (no se estrenan doblados, pero tampoco se consiguen), y a falta de Amoeba uno los baja, también, de alguna parte. Si me interesara algo de lo que en España se considera mainstream y entendiera algo de lo que dicen los chinos piratas que merodean por el barrio, podría comprarlo a dos Euros en el bar de la esquina. Los libros los compro, pero si estuviera en Vietnam, andá a saber. Voice of Vietnam publicó ayer la increíble noticia de que el mercado está inundado por libros piratas. Best-sellers, en su mayoría, que se venden en los bares como acá se vende el Top 40.

Sería ingenuo deducir de todo esto que la distribución, tal como la conocemos, ha muerto para siempre. Si bien esto es lo que piensan muchos en el —algo sospechoso y bastante poco estimulante— ecosistema de los blogs y el self-publishing, lo cierto es que tanto la necesidad inclaudicable de poseer objetos que le hacen bien a uno como la imposibilidad de filtrar todo sin ayuda auguran una especie de sistema mixto, que seguramente sólo conoceremos después de los años de idas y vueltas que todavía le quedan al tema. Pero sí es cierto que la distribución está en problemas. Sospecho que el renacimiento reciente de las polémicas acerca de la Iglesia tiene tanto que ver con esto como con las issues políticas y sociales que habitualmente se esgrimen como motivo justo.

Si esto suena algo diagonal y rebuscado es porque nosotros (y quienes se parecen a nosotros) tendemos a relacionarnos con la Iglesia a distancia y a través de los medios, pero a ningún católico practicante se le escapará la idea de que, efectivamente, el Magisterio, la ley canónica, las encíclicas, el Papa Muerto, Ratzinger y la propia Virgen no son sino instancias intermedias entre Dios y el resto. El Vaticano es William Morris, Bergoglio es Saragusti — el que decide, básicamente, qué películas estrena. Hay algunos obispos incluso, como John Shelby Spong, que desde hace un tiempo vienen usando el mismo término — refiriéndose al error central de la Iglesia al asumirse como ”única” intermediaria legítima:

“Reconociendo las debilidades de la idolatría en las personas y en sus creaciones, [la Iglesia] desarrolló la extraña convicción de que el Espíritu Santo guió, de alguna manera, a su líder, o que el Espíritu Santo guió a los autores de las escrituras o a la Iglesia en sus formulaciones doctrinarias, de modo que estos credos reflejaran a la perfección la verdad divina.”

Una temporada en Hollywood y entendés a la Iglesia Católica como nunca antes. Es todo igual. Quién te lo dijo, de dónde salió, él lo representa, lo traje yo, ten percent. El motivo por el cual no podés ir a tocarle el timbre a Madonna es el mismo por el cual la Iglesia no puede prescindir de la transubstanciación y otras tantas prácticas impropias de una inteligencia contemporánea: para que el mensaje llegue, hace falta muchísima gente difundiéndolo, y toda esa gente cobra su sueldo, y si no hay mensaje tienen que seguir cobrando igual, naturalmente.

Nadie más interesado que la Iglesia en seguir manteniendo el debate teológico y el político fundidos en uno solo: el teológico es probablemente insalvable, y de este modo retrasa el otro para siempre. El distribuidor, en este caso, vive de la brillante idea que tuvo hace miles de años: el acceso exclusivo al producto. Las sectas son piratas. (El protestantismo sería el P2P, supongo, aunque no estoy seguro.) Y nosotros también —esto es, no mucho más efectivos que las sectas— si compramos el paquete de lo político envuelto en el problema de la fe. Las diatribas anticlericales que leo en estos días, con todo lo que tienen de disfrutable (a veces) y de justificado (también a veces), no parecen muy conducentes ni reveladoras, entre otras cosas porque tienden a confundir lo que hace la religión organizada con lo que hace la religión, punto. Y se podría argumentar —estoy en condiciones, pero nunca tengo ganas— que ambas instancias son igualmente nefastas. Pero ahí, aunque ganes la discusión, perdés mucho de lo que te impulsaba a discutir. La “Iglesia” (como el peronismo), quiere decir demasiadas cosas. Hay un cierto nivel de análisis en el cual ambas agrupaciones son igualmente despreciables —comprobación que sirve de plataforma para intuír que tanto la política como la religión son imposibles. La verdad es que, en el fondo, yo pienso eso. Pero también es cierto que debo seguir compartiendo este planeta con el resto de las personas que lo habitan, y los que piensan como yo son demasiado pocos. Tiene que haber un terreno más práctico en el que yo pueda hacer la concesión de aceptar la política y la religión como posibles a cambio de ciertos avances prácticos.

Es un poco lamentable para mi laicismo innato tener que reconocer que las propuestas más interesantes aparecen en instancias marginales de la propia Iglesia, como el 4th of July Call for Essential Catholic Church Reform, en el cual se exige nada menos que la selección (por medio de representantes elegidos por el pueblo) de todos los obispos, Papa incluído, a períodos de gestión limitados en el tiempo, con la posibilidad de revocatoria de mandato. Por algún motivo se me ocurre que ese debate sería mucho más interesante que discutir las credenciales de bondad del Papa difunto. Sobre todo porque a mí, por lo menos, no me interesa si el distribuidor es un buen tipo: me interesa lo que vende.


————————————

Del mismo autor:
PS 01
La Educación de Pol Pot
Political Science 3x SOLD OUT
Más vivos que nunca print SOLD OUT
TPP 31 - Las Comunidades Primitivas
El Dream
8. Gracias
TPP 30 - El Circo del Hambre
El Ultimo
Viedma Ayer