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El doble de Parlov

6 04 2005 - 06:39

Yo también fui a un colegio católico de monjas, toda la primaria y dos años de secundaria.

Hice el catecismo, me bauticé a los nueve años, porque de bebé mis padres no quisieron hacerlo, básicamente por ser cada uno de un culto distinto. Padre judío, madre católica. “Que la chica decida qué quiere ser”, parece que dijeron. Pero por un error, comparable al de la mosca de la película “Brazil” (la maestra de Preescolar de la escuela laica donde hice el Nivel Inicial perdió mi solicitud de inscripción para primer grado) fui a parar a una primaria parroquial. O sea que no hubo elección. Cuando entré a cuarto grado todas mis compañeras iban a tener su fiesta de Comunión, comparable a una Boda, con el vestido blanco, largo, la entrada a la iglesia, los souvenires, las estampitas, el lunch. Yo no podía tomar la Comunión porque no estaba bautizada. La solución fue muy sencilla: me bauticé. Un viernes a la mañana, me sacaron del aula y me llevaron a la capilla del colegio; el cura tenía una palangana verde de plástico con agua bendita donde sumergí la cabeza. Vinieron los padrinos elegidos por mí y mi mamá (mi papá no vino).

Dos meses después tomé la Comunión. Dos años más tarde hice la Confirmación. Iba a Misa regularmente. La Madre Superiora de la escuela me prefería por entre todas las demás alumnas porque yo era su triunfo. Una fiel que la Iglesia había ganado. Es probable que la Intención del Catecismo haya sido enseñarnos a ser buenas personas, pero lo cierto es que nunca entendí nada de lo que me enseñaban, más allá de la Historia (el Antiguo Testamento) y a pesar de tener 10 o Excelente (Religión figuraba como materia en el boletín).

Cuando vino Juan Pablo II a la Argentina, una editorial oportunista llegó hasta la escuela para vendernos un librito de historietas sobre la vida de Karol Wojtyla. Era un libro tipo los de D’Artagnan pero sobre la vida del Papa. Estaba muy bien hecho y te contaba como el joven Karol había sido alpinista, etc. El último cuadrito del libro representaba el día del atentado al papa. El cuadrito tenía los lineamientos de una Pietá. Alguien (no recuerdo quién) sostenía en brazos al Santo Padre herido y él decía (en el globito de la historieta decía) “¿Por qué a mí? ¿Por qué al Papa?” Yo lloraba cada vez que leía esa parte. No podía entender cómo alguien podía querer matarlo.

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Paulo Parlov era un tío abuelo mío, un croata muy gracioso que era idéntico al Papa. Las mismas mejillas rosadas de pómulos altos, los ojos clarísimos, la cabeza redonda. La típica cara de polaco bueno, o de buen polaco. Además, cuando el papa hablaba en castellano hablaba igual que Paulo Parlov. Como yo estaba acostumbrada al acento de Parlov, me resultaba muy fácil imitar el acento del papa. Se había convertido en chiste mientras viajaba en el ómnibus escolar naranja que yo hiciera mi imitación del papa diciendo : “Diooosh, ben-di-ca Arrrquentína

Pero la instrucción católica me hacía sentir culpable. No había vez que imitara al Papa que no me prometiera a mí misma no hacerlo nunca más. Sentía que era pecado. Sabía que lo era. Una cosa era Paulo Parlov y otra cosa Juan Paulo II. Uno era el carnicero del pueblo, el otro un Santo Padre. A pesar de que Paulo tenía cinco hijos y el Papa, ninguno.

Por suerte para mí, me alejé de la Iglesia en cuanto me cambié de colegio y conocí por ejemplo ¡judíos! ¡Ajá! ¿Qué onda con los judíos?, me pregunté. Por otro lado, Carina, mi mejor amiga de entonces, entraba a un colegio adventista con lo cual comencé a frecuentar los sábados adventistas, que estaban llenos de varones, hermosos, dispuestos a conocer chicas nuevas de cualquier religión. En ese entonces me pareció que los grupos de otras religiones eran mucho más amenos que cualquier grupo del Catecismo. Para empezar, eran mixtos. Para seguir, no había monjas, ni curas. Y no sé si será cierto, pero en mi experiencia personal los grupos de católicos activos siempre fueron o de clase muy alta o de clase más bien baja. No había familias progresistas, como sí las había entre los judíos que tenían reproducciones de Miró en sus casas.

Que el Catolicismo perdure más allá de los embates pentecostales y de los “nuevos cultos” (ahora hasta se puede ser judío y cristiano a la vez gracias a un invento que debe ser por cierto muy lucrativo y que promueven hasta con via pública en el subte) es un fenómeno comparable al del show de Susana Giménez. Todos los años me digo “este es el último año de Susana” Y Susana sigue primera en las mediciones de audiencia. Es como el cine, a veces no entiendo cómo es que sigue existiendo el cine en un mercado tan veloz y sanguinario, ¿Acaso no es muy caro, no es antieconómico, no es un quilombo filmar en 35 milímetros? ¿Por qué no hacen todo en digital y que cada quien vea la película en el DVD de su casa? Y el cine sigue ahí. Mi capacidad de predecir el futuro es nula en ese sentido, pero intuyo que debe haber algo grande en las causas que mantienen vivas determinadas instituciones por las que la modernidad parece no dar ni dos mangos.

El catolicismo es un hueso duro de roer. Es oscuro, asusta a los niños, es estéril. Es incomprensible que te hagan llamarlos Madre y Padre. Tiene esas cosas misteriosas que ni siquiera los fieles entienden. Para comparar con otros cultos, digamos que el judaísmo, por ejemplo, es mucho más asequible. Hay una explicación racional para todo. Las judías ortodoxas hasta saben qué día tienen que tener relaciones con el esposo; hasta pueden, si les es necesario, llevarle la bombacha al rabino para que les examine las secreciones vaginales y les diga si no estarán esperando demasiado. Los adventistas cantan, por ejemplo. Me acuerdo que una de las canciones que se cantaban era esa de “Creía que el amor no tenía medida, lara, lará, lará no es eterna la vida” El final del tema lo habían modificado y decía “es eterna la vida”. Las casas de las familias adventistas eran cualquier cosa. Creo que no hay una familia adventista tipo. La crucifixión, o más bien el crucifijo de madera, con el Cristo de porcelana, el Rosario gigantesco de ónix y la hojita de olivo sobre las camas matrimoniales de las familias católicas siempre me pusieron la piel de gallina. Sorprende una iconografía tan desfachatada.

Me parece que está bien (¿está de moda?) decir al paso algunas cosas derechistas y criticar a la critica contestataria y anticlerical: criticarla por cruel y por vacía. Criticarla básicamente por criticar lo obvio (los curas pedófilos, etc). Claro, es el tema de las minorías y las mayorías. Criticar a la mayoría se puede, a la minoría, no. Una vez establecido este principio básico, deviene contestatario todo lo contrario: Criticar a la mayoría (al catolicismo) no se debe; a la minoría que crítica a la mayoría sí se puede.

Y la afirmación de que la Iglesia da de comer a los pobres y eso es algo “bueno” me parece algo ramplona. Si la Iglesia funcionara apenas un poco más seriamente como una “ONG” dedicada a la ayuda social, y distribuyera guita de veras, (y no la limosna de las señoras que se levantan temprano para guisarle a los pobres) quizás habría menos pobres. Pero si hubiera menos pobres ¿cómo haría la Iglesia para hacerse propaganda dándole de comer a los pobres?

La carita del papa –esa carita de bebé que tienen algunos ancianos— me evocó la de Parlov, que murió hace 4 años loco por el Alzheimer en un geriátrico de Mar del Plata, y me permití conmoverme un momento. Entretanto, hice todos los chistes que se me cantaron sobre el Papa, Terri Schiavo y Rainiero. Los hice en privado para no ofender.


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