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Volando bajo

6 04 2005 - 09:18

De acuerdo, dijo el padre Brown,
yo nunca dije que fuera equivocado entrar
en el país de las hadas. Me limito a decir
que siempre ha sido peligroso.
Chesterton

Con el paso del tiempo, como nadie ve las películas, la fama de Groucho Marx se va reduciendo a ser el autor del chiste que dice que no querría ser socio de un club que lo acepte como socio. Es un chiste abstracto, comodín, matemático, se adapta a un sinfín de situaciones. También tiene uno que dice “He pasado un a velada encantadora. No ha sido esta” que es bastante algebraico también. Pero tiene otro, aun más universal pero menos conocido. Va a ver al médico, que lo revisa y le dice: usted tiene una erupción, aunque no es una gran erupción. Groucho le contesta, usted tampoco es un gran médico.

Antes de usar el chiste de Groucho, quería contar que hice dos cosas. Primero vi El aviador. Con Flavia nos fuimos hasta Santa Teresita sin advertir que al otro día la daban en el cine Tuyú, acá a la vuelta. Lo que sucede es que en San Clemente es imposible conseguir un programa del cine, nunca tienen. De todos modos no importa, ya que ahora cerraron los cines hasta el verano que viene. Pero hay un café, el mítico Cheroga que está abierto las 24 horas. A eso de la 1 de la mañana de ayer entramos y había veinte tipos que parecían zombis mirando hacia arriba. Tardamos en descubrir que había un proyector gigante y estaban viendo un DVD, creo que de La aldea. Todos los días a medianoche empieza una película, pero en el Cheroga tampoco hay programa. El cine en el Partido de la Costa es turismo de aventura.

La segunda cosa la hice un día más tarde. Pasé por una librería, y vi que en la vidriera había un libro llamado El aviador de un tal Charles Higham, que dice en la tapa: “La biografía en la que se basa la película El aviador de Martin Scorsese.” La primera vez pasé de largo, la segunda entré y lo compré. No hay que hacer eso, las películas son mejores casi siempre, pero me daba curiosidad saber algo sobre Howard Hughes. Ahora sé bastante sobre Howard Hughes, pero no me sirve para nada. Ni siquiera, como veremos, para esta nota.

Voy a hablar primero del libro, aunque vi primero la película. Es el momento de recurrir a Groucho. El Sr. Higham va a ver al editor. Este le dice: Leí su libro sobre Howard Hughes. Es una mierda. Higham responde: Hughes también era una mierda. Pero la historia sigue. Se compran los derechos al castellano y se le encarga la traducción a una mujer llamada Beatriz Iglesias. El editor (dos) la llama a la traductora. Le dice: leí su traducción. Es una mierda. Ella responde: pero usted es un editor de mierda. Capítulo tres: uno lee el libro. Llama al Sr. Hughes, al Sr. Higham, al editor 1, al editor 2, a la señora o señorita Iglesias y les dice: el libro es una mierda. Todos al unísono le contestan: y, si usted leyó este libro, usted también es una mierda. La versión de Groucho es más elegante que esta variante ampliada. Pero juro que pasar por la experiencia Hughes-Higham-Iglesias-Ediciones B es no solo exasperante, también es humillante: la degradación es contagiosa.

Ejemplos.

1) Hughes (según Higham). a) En 1953, Hughes produce una película llamada El conquistador de Mongolia. Se encapricha por rodar en el desierto de Nevada a pesar de saber que en esos días se realizan ensayos atómicos muy cerca del lugar. El nunca concurre al rodaje, a sabiendas de los peligros que las explosiones nucleares implican. En los meses y años siguientes, el director Dick Powell, los actores John Wayne, Susan Hayward, Agnes Moorhead y Pedro Armendáriz más la mitad del equipo enferman de cáncer. b) Cuando sus choferes transportan a sus actrices, les ordena que pasen los baches despacio para que las tetas de la mujer no se arruinen con las sacudidas.

2) Higham escritor. a) “Ese era el verdadero Hollywood, una sórdida jungla de aventuras sexuales donde los cuerpos se vendían como los artículos de un bazar de Estambul.” b) “[Hughes] jamás dejaría que los médicos le introdujeran una sonda en el recto, recordatorio, quizá, de viejas culpas.”

3) Iglesias traductora. a) El autor dice que Hughes vendió la cadena de cines de RKO por disposición de la justicia. Iglesias traduce: “Vendió la compañía de teatro de RKO”. b) Y si no, usa este castellano. “Hasta en las peores condiciones, el rodaje se alargó hasta diciembre.”

4) Higham / Iglesias (responsabilidad compartida). a) “En 1964, Hughes estaba acabado; su pene, otrora ocupado, ya no servía para dar placer ni procrear, y el atractivo de su rostro y su cuerpo era inclasificable.” b) “[Hughes] daba vueltas en su vieja cama de hospital, caminaba de aquí para allá, ni siquiera tenía el sosiego espiritual para jugar al pinacle, al póquer, al gin rummy, o, que Dios le asista, al solitario o al bridge.”

Higham es un escritor tan malo que no se da cuenta de que pertenece a la escoria de su profesión. Llama al Che Guevara “el esbirro de Castro asesinado”. En un prólogo a la nueva edición del libro dice que Kundun es la obra maestra de Scorsese, como si fuera un hecho universalmente aceptado. Sostiene, sin ninguna prueba seria, que Hughes murió de sida antes de que la enfermedad se descubriese oficialmente. Este asno, que ha escrito una docena de biografías de estrellas, no tiene sensibilidad ni para el escándalo y llena páginas irrelevantes y a menudo ilegibles (que Iglesias traduce con una incompetencia acorde y el responsable de la edición no se toma el trabajo de hacer corregir) con datos sobre cada uno de los amoríos de Hughes, de sus transacciones financieras, cinematográficas y aeronáuticas, de sus excentricidades y de sus manías. Todo sin crear una tensión narrativa mínima que distinga al libro de un catálogo de banalidades cotidianas. Lo único que hace seguir adelante con la lectura es que todo el conjunto, sin llegar a ser nunca coherente, sin que esa prosa infame se acerque a describir o a retratar a Hughes ni a su circunstancia con un mínimo de precisión, es demasiado absurdo, demasiado abrumador como para ser inventado. El efecto que producen las 400 páginas de Higham, un agujero negro en el caben todas las atrocidades, es una variante inversa del chiste de Groucho: un libro tan mal escrito no puede tener como sujeto más que a un monstruo.

El Howard Hughes que Higham dibuja entre la bruma de su escritura merece figurar en una terna con Hitler y Calígula para elegir al peor ser humano de todos los tiempos. Se sabe que acumuló mujeres como quien colecciona figuritas: Katherine Hepburn, Jean Peters, Rita Hayworh, Susan Hayward, Ginger Rogers, Bette Davis, Jane Russell, Jean Simmons, Jean Harlow, Olivia de Havilland, Ava Gardner, Lana Turner, Linda Darnell, Jane Greer, Terry Moore. Pero Higham agrega una colección casi tan variada de hombres: Cary Grant, Tyrone Power, Randolph Sacott, John Darrow y otros menos conocidos. Desde que se anunció la filmación de la película las revistas americanas especulaban con que Di Caprio iba a hacer de gay, como cuando hizo el papel de Rimbaud en una película patética en la que David Thewlis hacía de Verlaine. Pero El aviador no está basado en El aviador (que en realidad se llama Howard Hughes. The Secret Life) aunque a Higham le compraron los derechos del libro. O al menos, eso dice. Todo lo que rodea a Hughes es dudoso. Siguiendo con el retrato de Higham, a las mujeres Hughes les proponía invariablemente matrimonio sin ninguna intención de concretarlo, pero celaba, vigilaba y perseguía a cada una de ellas mediante su ejército de espías y guardaespaldas. Su interés por el cine residía en la interminable visión de cuerpos semidesnudos de ambos sexos en su sala privada de proyección. Hughes era reaccionario hasta lo indecible, rabiosamente antisemita, odiaba a los negros y a los indios al punto de rehuir todo contacto físico con gente de color y nunca emplear representantes de las minorías (también odiaba —Higham lo dice explícitamente— a los niños y a los perros). Como hombre de negocios era un estafador: nunca pagó impuestos y sus sobornos alcanzaron desde presidentes a recaudadores de impuestos. Participó en la conspiración de la CIA y de la mafia para asesinar a Fidel Castro, fue socio de Anastasio Somoza, estuvo involucrado en el affaire Watergate y en los trabajos sucios del equipo de Nixon. Estafó a sus empleados, a los accionistas y al estado, mató gente por manejar sin cuidado, vivió del material secreto que sus empresas le suministraban a la CIA y de su habilidad para eludir la acción de la justicia. Era tacaño hasta lo indecible, pero simulaba generosidad. Físicamente indiferente ante el peligro cuando volaba, era un cobarde a la hora de enfrentarse a golpes con un marido celoso y siempre terminaba huyendo. Vivía despidiendo gente, abusando de sus subordinados, persiguiendo comunistas, manipulando la vida de todos los que lo rodeaban. Sordo durante toda su vida, vivió recluido en un hotel buena parte de su madurez, sin bañarse, ni cortarse el pelo ni las uñas, orinando en el suelo o coleccionando su propia orina, sentado en el inodoro durante horas interminables, comiendo porquerías y sometido a los rituales obsesivos más masoquistas y al uso abusivo de fármacos.

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Para cualquiera que haya visto El Aviador, la película, es evidente que el personaje de Hughes creado por Scorsese y el guionista John Logan está en las antípodas del monstruo de Higham. Uno está acostumbrado a esperar que Hollywood dé una versión pasteurizada, que elimine las aristas más oscuras. Pero la transformación de un hijo de puta tan grande en un héroe tan positivo supera los estándares habituales. En el film, Hughes es un piloto audaz, un diseñador de aviones genial, un amante generoso (heterosexual only), un amigo fiel, un jefe inspirador, un enemigo de la burocracia, un defensor de la libertad, un demócrata por naturaleza, un empresario brillante, un orador elocuente, un hombre veraz. Por culpa del trauma causado por una madre incestuosa y demasiado amante de la limpieza, el niño Hughes será siempre un poco caprichoso y padecerá de fobias agudas que lo harán, si se quiere, más simpático, más digno del cariño del espectador. Solo una vez lo veremos despedir a un empleado, un tipo torvo que lo mira de mala manera, y sus celos un poco patológicos (no olvidemos que es huérfano) resultarán una anécdota cómica. El resto será luchar contra los poderosos, contra la censura, contra la naturaleza o contra los molinos de viento, usar sus millones para las buenas causas y salir adelante con una sonrisa en los labios y una chica en el asiento contiguo: el quintaesencial muchacho americano.

Desde ya, la película se puede ver como una ficción en la que aparecen nombre reales y Cate Blanchett dice ser Katherine Hepburn. La verdad histórica es lo de menos y el cine, a diferencia del periodismo escrito en principio, puede mentir sin dejar rastros, sostener su universo autónomo, habitar su propio espacio sin ser desmentido y sin que importe (el Lincoln de Ford es una prolongación de Ford y no de Lincoln, San Martín no es el Santo de la espada). Aunque si uno sabe algo de Hughes, la película debe rechinar mucho más que mirada desde una visión ingenua. Después de todo, si Scorsese hubiera filmado la vida del mariscal Goering, otro entusiasta de la aviación, tiraríamos tomates a la pantalla. Aquí es donde se nota que los comunistas perdieron la Guerra Fría. Ser un plutócrata sucio, abusador y racista no es, en principio, negativo. Pero, de todos modos, es casi imposible no preguntarse por qué alguien querría convertir en héroe a un canalla tan inmenso. Dicho de otro modo, si Hughes fue la décima parte de lo que Higham sugiere, cómo no le da vergüenza a Scorsese hacer la película que hizo, aunque más no sea desde una elemental responsabilidad como ciudadano. Cabe por supuesto, la apelación al cinismo: Scorsese sabía perfectamente quién era Hughes pero cobró sus buenos dólares. No me parece y, además, es la interpretación menos interesante. La opuesta parece estar más cerca de la verdad: Scorsese encontró en Hughes a un personaje altamente interesante.

En un entrevista que figura en un site llamado romanticmovies, Scorsese declara que descubrió a Hughes leyendo el guión de Logan y que le produjo una impresión muy fuerte.

“Hughes era ese visionario, obsesionado con la velocidad y con volar como un dios sobre todos los demás y era rico como Creso, uno de los míticos reyes griegos. (…) Me gusta su idea sobre lo que es hacer cine. En cierto modo fue el rebelde de Hollywood. Era joven, enérgico, lleno de excitación, no solo con la aviación sino con Hollywood y con hacer grandes películas. (…) Voló el Hércules, por una cuestión de honor, solo para marcar un punto. (…) Y lo que me gustó fue la manera en la que la historia desemboca en la batalla de Hughes contra el gobierno y PanAm. (…) Era un hombre que quería volar hasta el Sol, como Icaro. Pero sus alas eran de cera. (…) Al final, cuando Hughes se queda repitiendo la frase ‘the way of the future’ es fascinante, porque implica su futuro y el futuro del país, el futuro del mundo. Porque la historia tiene que ver con la acumulación, con la codicia, que nada es nunca suficiente. Como una vieja maldición griega sobre su familia, la maldición de la riqueza y la maldición en sus genes. Es devastador, fascinante. Es la historia universal.”

El que leyó la entrevista fue el gran crítico trotskista David Walsh y la comenta en su columna del WSWS (Web Socialist Web Site). El artículo se llama Why this dishonest portrait of a despicable figure? Aunque a veces el dogmatismo lo pierde y su tono se puede acercar peligrosamente a la monserga, hay películas para las cuales las críticas de Walsh son imposibles de ignorar y esta es una de ellas. Walsh, desde el materialismo histórico, se hace un picnic con Scorsese.

“Un dios, un mítico rey griego, un proscripto, un visionario, Icaro, David versus Goliath. Estos comentarios reflejan la postración de los cineastas contemporáneos delante del dinero y el poder. Como siempre, se apoyan en el bajo nivel de conocimiento histórico del gran público.”

“Al detenerse en 1947 se falsifica la vida de Hughes, que “floreció”, por así decir durante la Guerra fría. Evita mencionar su papel como fanático anticomunista, que purgó a su estudio RKO de izquierdistas, sus campañas contra el guionista Paul Jarrico y contra Candilejas de Chaplin, sus bien conocidas relaciones con la mafia, sus negocios y tratos personales con sangrientos dictadores como Somoza, Trujillo y Batista (…) y, por supuesto, su descenso final hacia la hipocondría, la paranoia y, finalmente, a la locura total. Uno puede describir a Hughes como un verdadero fascista americano.”

“Scorsese y Logan se consideran opositores a la política de Bush pero estos elementos semiintelectuales que nunca se ocuparon de una sola cuestión social o política de manera seria, son decididamente vulnerables a los vapores nocivos que emanan de la clase dominante. Con alegría o a regañadientes, se resignan a lo que ven como inevitable, la supremacía de figuras semejantes. En realidad, se sienten bien con ellas.”

“Hughes no fue un innovador como aviador ni amante sino como gangster-hombre de negocios. ¿Es una coincidencia que un período que vio cómo la política americana y la vida corporativa se convertían en actividades criminales produzca una película como esta? De la mano con la glorificación del gangster-industrial viene incluso una desagradable promoción del populismo derechista antiintelectual, también una adaptación de la atmósfera oficial dominante.”

Es curioso comprobar que a Scorsese, de acuerdo al mismo reportaje, sí le interesa la verdad histórica. Afirma con orgullo que el traje que usa la actriz que hace de Jean Harlow la noche del estreno de Hell’s Angels es igual al original y que es verdad que esa noche Hughes le estrujó la mano a la actriz durante toda la proyección, como ocurre en el film. Y que es verdad que Hughes salió ovacionado de la audiencia en el Senado que pretendía incriminarlo. Y también que era un buen amigo de sus novias, de Katherine Hepburn, de Ava Gardner… Claro que no se hace cargo de los cargos de Walsh, que en algún momento de su crítica dice: “por supuesto que Hughes debía tener algún atractivo”. Volviendo al segundo chiste de Groucho, no los que Scorsese le encuentra. Con sus millones y varias compañías importantes en su haber, es muy difícil aceptar la imagen de Scorsese como el pequeño solitario en lucha contra el gobierno corrupto y las corporaciones. La película podría responder que tal vez Hughes fuera un facho, un estafador y un roñoso, pero quién no tiene algún defecto. Después de todo era también el hombre más rico del mundo, un campeón de la aviación, un visionario de la aeronáutica, un cineasta ambicioso y el rey de las minas. Y, además, Lindbergh, el otro gran pionero americano de la aviación era famoso por lo nazi. Pero la película no sabe, no contesta, toma por otra ruta lejos de las turbulencias.

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Y ahora, para confundir las cosas, llegó el momento de confesar que la pasamos bien viendo El aviador. Salimos contentos, nos maravillamos con las escenas de vuelo, disfrutamos con los romances, seguimos el suspenso de las audiencias en el Senado, hasta practicamos un moderado cholulismo tratando de adivinar a quién representaban los actores. No sabíamos quién era Howard Hughes. Eramos, en palabras de Walsh espectadores perfectos, ignorantes como el que más de los desmanes reales o imaginarios cometidos por el protagonista. Tal vez la abstinencia (viviendo en San Clemente vimos solo dos películas, no tenemos video ni DVD y en tres meses solo encendimos una vez el televisor) nos mejore como espectadores, seamos más cándidos y más generosos, podamos gozar del cine como antes de pasar al profesionalismo. No digo que ahora nos gustaría Luna de Avellaneda, pero una película sin relieve emocional ni sustancia dramática como El aviador, inocua, llena de luces y colores, poblada de farras, viajes en avión y escenas de comedia con un muchacho vital y soñador como protagonista se deja ver con una sonrisa casi permanente. La inverosimilitud del film lo ayuda: Scorsese se empeña en mostrar a ese muchacho como un visionario, a Hollywood como una colonia próspera y animada, a los EE. UU. como un país que no se enteraba de que estaba en guerra y todo eso contribuye a la suspensión de toda incredulidad, a nuestra felicidad pueril como espectadores.

El aviador es, después de todo, un biopic y tal vez su encanto resida en haberse atenido a las reglas de un género casi extinto. La época de oro del biopic se acabó hace mucho, cuando todavía le era dado al espectador no sospechar del biografiado. Uno de los últimos biopics tal vez haya sido Lawrence de Arabia, aunque ya entonces las imágenes luminosas del desierto contrastaban con la insinuación de las regiones sombrías del protagonista. Después (con pocas excepciones, como Ghandi) se hicieron solo biografías, películas oscuras como Bird o como Nixon, a lo sumo agridulces como Man on the Moon o Great Balls of Fire. Este año, de la mano de Ray, los biopics parecen volver a la ingenuidad original, cuando se ocupaban de artistas —preferiblemente de músicos— de santos, de excéntricos, de deportistas, de aventureros, de científicos siempre que tuvieran un costado popular: Houdini, Pasteur, Tchaikovsky, Zola. Un biopic arquetípico, resplandeciente por provenir de la periferia, fue la vida de Betinotti con Hugo del Carril. No creo que Hollywood ni los estudios Lumitón hayan hecho la vida de Joyce, ni la de Schonberg, ni la de Hilbert. Los biopics eran más que alegres y optimistas —aunque terminaran con una muerte trágica— eran suaves, indoloros. Acaso eso se note en los contraejemplos. Spike Lee quiso hacer de Malcolm X un biopic glamoroso, pero la radicalidad del protagonista y su cercanía temporal convirtió al film en un fracaso. Los protagonistas del biopic, audaces, tocados por la gracia del genio atraviesan conflictos que nunca pueden lastimar al espectador: están confinados en el pasado y el pasado de los biopics es siempre un tiempo mítico, cerrado en sí mismo y en el que la felicidad es palpable, una de las razones por las que los biopics desmienten la regla de que el cine transcurre siempre en el presente. La Historia, entendida como monumento, como fábula edificante, como estampita tiene ese efecto, el de neutralizar no solo la Historia sino también el tiempo. Cuando vemos a Hughes en el estreno de Hell’s Angels, no vemos la escena de una película sino una foto congelada sobre la nostalgia: El aviador se asienta sobre el fetichismo de la imagen escolar y Scorsese, cuya escuela fue Hollywood, siente un respeto sagrado por esa mitología y la transmite como tal. Esos héroes de cartón de El aviador realizan exactamente la irónica imagen de Ray Davies

I wish my life was non-stop Hollywood movie show
A fantasy world of celluloid villains and heroes
Because celluloid heroes never feel any pain
And celluloid heroes never really die

Paradójicamente, aunque no haga sufrir, el protagonista del biopic suele padecer de algún mal, lo que le da un cierto espesor, de volumen, de aliento trágico. Una lista de biopics es un catálogo de enfermedades: Chopin y la tuberculosis, Van Gogh y la esquizofrenia, Lou Gherig y la enfermedad de Gherig. Howard Hughes y el OCD, el desorden obsesivo-compulsivo, la patología que lo llevaba a tener terror a los gérmenes (no sabemos si también a odiar a los judíos). Cuando todo le sonríe, el héroe se queda duro y repite la misma frase como un disco rayado, un ataque análogo al que sufría Enrico Caruso cuando tenía un infarto en pleno do de pecho.

Tal vez, el atractivo que el aviador tenga para Scorsese sea que se parece a él en ese aspecto esencial: la fobia, la paranoia, la obsesión. Es sabido que el director vive semirrecluido, que pasa buena parte de su tiempo en su sala de proyección, no se le conocen niños ni perros. Nuestro amigo Kent Jones, que colaboró con él en varios proyectos (entre otros, las historias del cine americano e italiano) suele decirnos: “Marty está mucho mejor”. Acaso sea verdad. El aviador pasaría a ser la prueba de esa mejoría: Scorsese aceptó hacer una película sobre un tipo que comparte sus manías (al menos algunas, creemos que se baña regularmente y se corta las uñas) y exponerlas en público. Lo que resulta raro es que esta vez, a Scorsese no se le da por la religión, por la culpa y el remordimiento (a menos que intente retratar en Hughes a un ángel que tanto anda en el aire). Nadie con menos culpa que Hughes. En todo caso, es el inconsciente el que lo castiga, lo que para Scorsese significaría una modernización notable.
Spielberg y Warren Beatty andaban detrás de la historia de Hughes, Michael Mann la produjo, Scorsese la dirigió finalmente. ¿Por qué ese atractivo, uno vuelve a preguntarse? En la versión de Scorsese, Hughes no es más que un muñeco de torta. Y no creo que ninguno de esos directores quisiera hacer El ciudadano, una visión simultáneamente mitológica y crítica de un magnate que lo fijó en la historia (no a Hearst, su modelo, sino a Charles Foster Kane). Kane inventado es más real que Hearst (y que Hughes en cualquiera de sus formatos), de eso no caben dudas. No hay sustancia en el aviador, ni siquiera como demonio. Se desvanece entre los dedos. Pero, sin embargo, Hughes sigue despertando el deseo americano, sirviendo como excusa para mostrar que el mundo era una fiesta como en El caballero audaz. Alguna clase de fiesta, en alguna parte. Hola, Howard. Scorsese no quiere hacer más El toro salvaje, la vida de un perdedor, de un hombre atormentado. Tal vez sea una buena idea. Es mejor falsear lo falso que revivir lo verdadero, al cine americano siempre se le dio más fácil.

Cuando empezaba a escribir sobre El aviador, encontré en una mesa de libros usados en San Clemente uno que se llama nada menos que Autobiografía de Howard Hughes, aunque el prefijo “auto” está tachado con una equis roja, de modo que la palabra se transforma en “Biografía”. Es una edición española de 1977. No sé si es un libro conocido o no, porque jamás le presté atención a Howard Hughes. Me costó tres pesos. Higham habla de este libro. Resulta que su autor, Clifford Irving, aventurero, novelista y formidable chanta convenció a una editorial importante (Mc Graw Hill) de que se que había entrevistado con Hughes durante muchas horas y que de allí había surgido el libro. Cuando este —una invención de punta a punta— estaba a punto de editarse, Hughes se puso furioso e inició una persecución judicial contra el autor y la editorial. Al principio, le costó mucho convencer a los jueces de que se trataba de un fraude. Como Hughes no aparecía en público y el libro era consistente con los datos disponibles, la versión de Irving venía a ocupar un vacío que el propio Hughes había creado. Finalmente, logró mandar a Irving a la cárcel y que le pagaran un millón de dólares de indemnización. Este lo publicó a posteriori (vivía en España) sin afirmar que era auténtico. De ahí la tachadura del título. Lo fantástico del libro es que suena completamente verdadero. Estructurado como una mezcla de relato en primera persona y entrevistas, el Hughes inventado por Irving parece de carne y hueso, posible, verosímil. “Hughes” cuenta cómo su padre lo espió cuando debutaba con una mujer, cómo hizo sus negocios, como filmó sus películas, cómo eludió la cárcel en una oportunidad:

“No anduve con rodeos. Si no hubiera sido Howard Hughes y multimillonario, no hubiera podido salir de esto tan fácilmente. La justicia americana se maneja de esta forma. No hay jamás un hombre rico condenado por un delito serio, excepto cuando se refiere a desfalco de dinero.”

“Hughes” contesta todas las preguntas. Por qué tenía guardaespaldas mormones, qué le pasaba con los microbios, si era tan tacaño como se decía. También “Hughes” revela cómo perseguía comunistas, aunque no se muestra demasiado orgulloso de haberlo hecho. Relata sus reuniones con Hemingway y, de su pasión por la aviación dice.

“[Los aviones] me dieron las mayores satisfacciones de mi vida.”

Seguramente, Logan y Scorsese consultaron al impostor Irving sobre este y otros pasajes. Especialmente, el final de la introducción:

“Y, sin embargo, de los intersticios de su obcecación, su orgullo, su egoísmo, su cinismo, su excentricidad, su arrogancia y su tristeza, hay una inocencia que sólo puede ser americana. Era un muchacho tejano súbitamente despertado de un sueño para encontrarse con dos billones de dólares y la doble paradoja de sentirse a la vez libre y esclavo, es decir, un hombre escindido que, mirando desde fuera en el interior de un mundo de riqueza y opulencia, lo hallara insatisfactorio; de un hombre que soñara, en fin, con un Nuevo Mundo originario, fresco y vital, que ya no existía”

El párrafo es extraordinario y resume el espíritu de los biopics, la búsqueda de ese espacio fresco y vital. No hay duda de que Scorsese ve al personaje en ese espacio. El falsario Irving imaginó —en un libro bien escrito, inteligente y agradable de leer— un Howard Hughes que le podría dar sentido a los acontecimientos que conformaron su vida. Siempre y cuando Hughes hubiera sido un ser humano y no ese vacío de identidad, de herencia y de razón que dejó su paso por el mundo, ese vacío que puede ser llenado por la cloaca de Higham o por el spa de Logan, el mismo vacío que hace que se lo pueda suplantar por un doble sin que se note, como los dobles que suelen tener los muy famosos por razones de seguridad. Este Hughes “humanizado” por la construcción de Irving como el muñeco de un ventrílocuo, el que puede dialogar con la prensa, es el que permite que el film de Scorsese no sea un film de horror, el film sobre un fantasma o un vampiro al que nadie conoció nunca y cuyas acciones son causa de calamidades. Hace tiempo que el cine prefiere repartir la bendición urbi et orbi, mostrar que todos tenemos algo que decir. Hasta Hitler tiene ahora su película de cámara.


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