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40 Millones

9 04 2005 - 07:35

La noche en la que compartí una cena con Jorge Castañeda habían caído unas tres pulgadas de nieve en Nueva York. La ciudad estaba cubierta, pero eso no era lo peor. Una ola de aire frío había seguido a la tormenta y para llegar (sin auto ni taxi) al lugar del encuentro había que bajarse del subte y caminar un par de cuadras justo al lado del Hudson River, donde el viento se embolsa como si fuera la última vez. El termómetro marcaba 0 grados Farenheit, algo así como 20 bajo cero Celsius, y había que mover la boca todo el tiempo para sacudir el congelamiento en la superficie de los rasgos faciales.

Castañeda no viajó en subte y entró al departamento con un sobretodo que le marcaba los hombros en linea recta y un sombrero de ala ancha de color claro y unos guantes con piel de cordero. Todo en un conjunto donde era posible reconocer, en cualquier lugar del mundo, a un hombre de la elite. Había diez personas, y comida vietnamita.

Luego, durante la comida, animó una velada en la que no faltaba un ex hombre fuerte de la política europea, algún capitoste de la OTAN, un verdadero powerbroker de la vida americana y economistas y políticos de los que salen en la tapa. Castañeda cambiaba del español al francés, del francés al inglés y de ahí vuelta al francés sin esfuerzo alguno, como los tejidos perfectos en los que resulta imposible encontrar el punto de costura.

Para cuando llegó la pregunta inevitable sobre qué haría de su futuro político, Castañeda dejó vasos y cubiertos a un lado, retiró su silla un poco para atrás y se dispuso a ofrecer lo que, parecía, sería una larga explicación: “Voy a ser Presidente de México. No es fácil, ya sé, pero tampoco imposible. Necesito 40 millones de dólares. Si consigo 40 millones de dólares soy el futuro presidente de México.”

Cuando la ambición por comprender es tanto o más fuerte que el juicio, la primera sensación de rechazo convive con algo así como que bueno, será que siempre es así. Que de otro modo no se llega a la presidencia de un país de 100 millones de habitantes, con la segunda frontera más larga con los Estados Unidos. Aun así, con la mejor buena voluntad, era claro que al proyecto de Castañeda le sobraba ambición y diseño financiero, y le faltaban glamour, ingenuidad y algunas cosas más.

Eso fue en diciembre de 2003. Castañeda había dejado hacía poco de ser el canciller de México, cargo al que había llegado después de aportarle a Vicente Fox el cordón sanitario de izquierda que le permitió reducir las ambiciones de otras fuerzas opositoras y derrotar al PRI por primera vez en 71 años, el primer paso de la democratización mexicana. Unos años antes, en el ‘97, Castañeda había publicado “La Utopía Desarmada”, una reflexión que alimentó el rissorgimento de la nueva izquierda en el continente y que originó mi primer encuentro con él. Yo trabajaba en el diario que más espacio le había dedicado, la llegada de Castañeda a Buenos Aires había provocado cierta conmoción en el ambiente y hacerle un reportaje al Gurú para el House Organ del Mundillo era una gratificación, un premio probablemente inmerecido. Todo perdió algo de brillo porque la misión llegó de la noche a la mañana, sin chances de leer el libro con cierto criterio. Y porque, pese al interés que me despertaba él y sus textos, Castañeda había resultado soberanamente previsible. Apenas un comentario suyo resultó interesante, acerca de la posibilidad de trabajar en un guión de cine sobre la vida del Che Guevara.

Tiempo después, en el 2000, lo vi por segunda vez en un hotel del Distrito Federal. El era el canciller cuasi electo del presidente electo, Vicente Fox; yo acompañaba a Fernando De la Rúa como cronista de otro diario. Fox y Castañeda son altos y ampulosos y parecía que se iban a comer a los chicos crudos. Castañeda habló con los periodistas (Castañeda siempre habló con los periodistas) y no dijo nada fuera de lugar. Reiteró que Mexico mantendría su buena relación con Cuba (algo que luego se haría insostenible, en parte por culpa suya) y que el Mercosur sería estratégico para su gestión, algo que jamás sucedería. Castañeda buscó ofrecerle a Bush relaciones aun mas intensas a cambio de una regularización de los inmigrantes mexicanos que viven en Estados Unidos, lo que le habría salido bien sino hubiera ocurrido el 11 de setiembre, la recesión y el endurecimiento de las políticas migratorias norteamericanas. Terminó eyectado del gobierno como más le hubiera gustado, víctima de la resistencia norteamericana a mejorar la calidad de vida de sus conciudadanos.

La tercera vez que lo vi fue unos días antes de aquella cena con la que empezaba esta nota. Era en Nueva York, donde Castañeda estaba como profesor visitante de la New York University. Esa noche, tan fría como la que vendría después, le hablaba a unos treinta estudiantes, la mayoría latinoamericanos, en un salón pequeño de la New School University. Ahí había dicho que su suerte se jugaba en poder movilizar el voto joven y poner un límite a la fuerza de los aparatos políticos del PAN de Fox, el PRI y el PRD de López Obrador. “Confío en el efecto sorpresa que pueda tener la emergencia de un movimiento de base por fuera de las estructuras clientelística de los partidos.” Eso dijo.

Yo lo vi entonces como una especie de puntero global, un laburante de la primera hora que decide ponerse su candidatura al hombro y salir a recorrer todos y cada uno de los lugares en los que puede jugarse su suerte, desde un grupo de futuros influyentes de aquí y allá hasta una barriada pobre del Distrito Federal. Luego, cuando le sumé lo de los 40 millones y lo sobreimprimí en el reportaje del ‘97 la foto se hizo más completa y extraña, y también menos romántica. Y recién ahora, escribiendo esto, me acordé del tema de Moris, “Tengo Cuarenta Millones”, algo así como: “Tengo cuarenta millones, veinte mujeres, leones, tengo cuarenta millones y veinte mujeres leones que están en la cama por toda la vida…” Castañeda no lo podía haber pensado mejor.

Leyendo el New York Times de hoy, Castañeda reaparece
ocupando la primera fila del golpe institucional por el cual dos de los partidos más corruptos del continente buscan dejar fuera de carrera al candidato que más más apoyo popular tiene a lo largo y ancho de México.

El gobierno federal de México puso en marcha una generosa maniobra para llevar a juicio a Andrés Manuel López Obrador, actual alcalde del Distrito Federal y líder del PRD. La legislación electoral mexicana establece que mientras se establece su culpabilidad, el acusado debe dejar la jefatura de gobierno y no puede presentarse a cargo público alguno, lo que lo dejaría fuera de las elecciones del 2006. Lo que decida después la justicia será, más que nunca, intrascendente.

En uno de los países más corruptos del mundo, la acusación contra López Obrador es que su gobierno construyó una calle de acceso a un hospital a través de una propiedad privada, pese a que la justicia había ordenado detener las obras.

Castañeda se sumó al debate en los últimos días, con el mismo aire de los conservadores que babeaban por ver caer a Bill Clinton durante el impeachment.

“No one can be above the law,” le dijo al Times. “There is no such thing as a minor infraction. All legal matters must be resolved in court.”

La posibilidad de que Lopez Obrador compita por la presidencia de México culminaría el proceso de democratización que empezó hace cinco años, y que involucró a todos los protagonistas mencionados hasta ahora. El alcalde de México es lo que los americanos llamarían un líder populista, muy en la línea de los presidentes latinoamericanos que llegaron al gobierno en los últimos años. Ha gobernado una ciudad de 20 millones de habitantes (una de las tres más grandes del mundo) con energía suficiente como para reducir el protagonismo excluyente de la corrupción en la gestión pública (no en los medios, donde el tema sigue ahí en lo alto) y ha enfrentado algunos debates mas estructurales de la ciudad con relativa independencia de los poderes de facto y una inclinación general por la protección de los más desfavorecidos, la defensa de los derechos humanos y la vaga idea de una mejora en la calidad de vida general.

Es decir, más de lo que puede decirse de muchos otros, aunque López Obrador tampoco gobierna en Oslo. Su principal asesor político fue grabado mientras recibía una coima; su apoyo al proyecto para crear un nuevo piso a la autopista que conecta la ciudad para “aliviar” el tráfico es medio sospechoso; su populismo tradicional y la aparición de estampitas con su foto bajo un aro de santidad hablan de un liderazgo lejano al racionalismo cartesiano.

Nada de esto modifica la enorme popularidad de López Obrador. Quizás por eso las manifestaciones en México en contra del “golpe institucional” y a favor de López Obrador son las más grandes de los últimos años.

Lo que ha movido a que la prensa de Estados Unidos, desde el Washington Post hasta el Los Angeles Times criticaran a Fox, su gobierno y México en general.

Todo lo cual no le ha impedido a Fox decir que México es un ejemplo de democracia y transparencia, y a los Estados Unidos a decir que el tema es un asunto interno de México.

Ni le ha impedido a Castañeda confirmar la deshilachada performance de aquella nueva izquierda que ha sido arrasada por una más nueva aún, y terminar su viraje hasta convertirse en alguien que ha perdido de vista cualquier ambición de cambio. Y que aun necesita sus 40 millones de dólares.


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