Click here
Más Features

El fin de la vía (8) | El fin de la vía (7) | El fin de la vía (6) | El fin de la vía (5) | El fin de la vía (4) | El fin de la vía (3) | El fin de la vía (2) | El fin de la vía (1) | Néstor Kirchner, la (primera) película | Renuncio | Graciela Bevacqua | Testamento: 4.2 Memoria y Condición Humana |







On A Slow Boat from China

14 04 2005 - 07:21

El domingo 10 de abril, cerca de las tres de la tarde, la radio pasaba “Your Mother´s Son In Law”, la primera grabación en la vida de Billie Holiday, acompañada por la orquesta de Benny Goodman.

El tema es del 27 de noviembre de 1933. Holiday tenía 18 años y era una de las amantes de Benny Goodman, lo que no era totalmente necesario para convencerlo de ayudarla a grabar sus primeras tres tomas. Holiday no había empezado aún con la heroína y el opio y su voz era, y asi sonaba el domingo por la radio, hermosa.

A eso le siguió “For All We Know” en una versión posterior, claramente después de que la droga y sabe Dios qué distorsionaran su voz y la transformaran en algo hermoso, pero por otros motivos, y luego en algo para nada hermoso.

Luego siguió otro tema y otro. A la noche había otros temas, de otras épocas. Luego el lunes, a la mañana, otras grabaciones, otra época de Billie Holiday, ensayos vocales sobre alguna melodía famosa.

La radio era WKCB-FM 89.9, la estación de la Universidad de Columbia, manejada por sus estudiantes y dueña de una generosa colección de jazz. El proyecto de la radio es el Billie Holiday Marathon: 15 días seguidos de Billie Holiday, desde el 1 al 15 de abril, las 24 horas del día, interrumpido apenas por los llamados del DJ Jarenwattananon recaudando fondos para la radio. En total, son 360 horas de Billie Holiday: cuando terminen, el viernes, WKCR habrá pasado absolutamente todas las grabaciones conocidas hasta el momento (la radio está en internet acá, asi que no es necesario vivir en Nueva York para escuchar lo que queda).

El que se perdió los tres primeros días de la maratón de Billie Holiday fue Min Kuan Chen. Que en verdad casi pierde mucho más que eso. Chen hace deliveries para un restaurant chino en el Bronx (oh sí, el restaurant se llama Happy Dragon). El viernes 1 de abril fue a entregar una orden de camarones fritos con cebolla y otra de arroz frito con camarones a Tracey Towers —unas torres del Bronx que tienen poco que envidiale al Fuerte Apache argentino—, y se quedó atrapado en el ascensor… 81 horas.

Esta especie de autosecuestro terminó cuando Chen descubrió como tirar de la alarma del ascensor, lo que logró a las cinco de la mañana del martes. Chen había tomado el ascensor “express” que no para entre los pisos 1 y 22, y funciona tan mal que nadie en el edificio se preocupó por tener un ascensor menos. Ni un chino menos. Al menos hasta que sus compañeros de trabajo vieron que no había vuelto, buscaron su bicicleta, comprobaron que había entregado la comida y denunciaron su desaparición a la policía. La policía fue al edificio, hizo una búsqueda aparentemente intensiva, recorrió todos los pisos en los que había estado Chen, habló con los últimos vecinos que lo vieron ahí, chequearon los videos de vigilancia del edificio y de la zona. Mientras sucedía todo esto a su alrededor, Chen permanecía encerrado —y callado— en el ascensor.

La historia de Chen es de las típicas neoyorkinas, el lado oscuro, pero no tanto, del American Dream. Vino hace 2 años a Nueva York desde Fuzhou, en Fujian, donde todavía viven su mujer y su hijo. Trabajando seis días a la semana en Happy Dragon, con entre 40 y 60 deliveries por día, Chen pagó en este tiempo los 60 mil dólares que le debía a los traficantes que lo ingresaron ilegalmente a los Estados Unidos, y desde entonces se dedica a ahorrar para girar remesas a su familia en China. Se calcula que, cada año, los chinos de todo el mundo envían unos dos mil millones de dólares a sus familias.

Chen habla muy poco inglés y está, como buena parte de los inmigrantes ilegales, en un limbo jurídico y linguístico impenetrable. Es muy posible que cuando el ascensor se paró, Chen haya pensado en llamar a la policía pero no sabía cómo, pensó en que si lo lograba la policía podía deportarlo, pensó que de todos modos nadie entendía lo que él decía (conocí a un salvadoreño en Boston que había estado 14 horas en la calle buscando la estación de subte que lo llevara a su nuevo domicilio y no se animaba a preguntarle a nadie dónde estaba porque no hablaba inglés), pensó que quizás se arreglara pronto, habrá considerado natural que no hubiera nadie que se preocupara por su extensa desaparición, y así durante 81 horas.

Es muy probable que Chen, de todos modos, no sea el target de WKCR, y que no hubiera escuchado a Billie Holiday aun si hubiera tenido una radio en el ascensor. Ahora son mundos separados, el del jazz y la comida china, en la esfera de la producción más que en la esfera del consumo (desde la época de Holiday hasta hoy, la comida china debe ser la más consumida en la comunidad negra de Nueva York).

[page]

Página 2

Y hablando de comida china —que como la muerte del Papa, y aún más, es uno de los grandes temas universales— el Museum of Chinese in America tiene hasta junio una exhibicón sobre la evolución de la comida china en América. La muestra está montada alrededor de la colección de Harley Spiller, alguien que comenzó guardando todos los menus, palitos, servilletas, cajitas de fósforos y folletos de comida china que se cruzaran en su vida. Si alguien vive en cualquier gran ciudad de las costas este u oeste de los Estados Unidos, la mitad de su tiempo pasará entre estas cosas. Cuando Spiller se dio cuenta de que había acumulado su buena tonelada de basura y que era suficiente como para denominarla una “colección”, se puso a comprar más y más chucherías por todos los Estados Unidos; en remates, casas privadas, viejos restaurantes chinos. Ebay hizo el resto. Lo de Spiller es, hoy, el mayor archivo existente sobre la comida china en Estados Unidos.

El museo está en Chinatown. Es chico, apenas dos cuartos —como no podía ser de otra manera en una comunidad en la que el hacinamiento es marca registrada— , pero diseñados como para que salir de ahí con una idea bastante precisa de a qué vinieron los chinos a Estados Unidos, cuántos vinieron, y cómo la pasaron. Están los relatos familiares de quienes recuerdan los domingos comiendo comida china, las anécdotas sobre el origen de los platos más tradicionales (casi ninguno se parece a la comida china de China), la evolución (escasa, evolucionista) de los menus a lo largo de su breve historia de acuerdo a las tendencias del momento.

Los restaurantes fueron la opción de aquellos chinos que no encontraron empleo y buscaron alternativas de mano de obra intensiva, con un capital singular distintivo (en este caso, el conocimiento de la comida china) y sin demasiado uso del idioma. La enorme capacidad de trabajo y el bajo precio de la mano de obra son parte de la explicación de por qué la comida china se expandió como una plaga. Aunque con eso solo queda flotando en el aire la sensación de que hubiera dado lo mismo que los chinos pusieran restaurantes, zapaterías o cines. Hubo además una dosis de casualidad, la suerte de que los restaurantes chinos empalmaran con procesos que estaban pasando justo al lado: las sucesivas expansiones de las clases obreras que buscaban comida barata y pesada; la llegada de los negros a las ciudades del norte que encontraron en las frituras chinas un reemplazo igualmente económico pero más rápido que las frituras del soul food; la aceleración de la vida en la ciudad y la búsqueda de soluciones culinarias rápidas antes de que surgiera el American fast food; las distintas oleadas de fascinación con el exotismo de oriente entre las clases medias urbanas que poblaron los salones mas distinguidos; la formación de una comunidad inmigrante cuando este país se llenó de chinos.

Todo eso combinado hizo de la comida china una de las industrias mas resistentes de la economía urbana americana, que le permitió sobrevivir (e incluso crecer) a períodos negros de la historia, notablemente la explícita prohibición de la inmigración china que, con muy diversos matices, rigió entre 1882 y 1943. Los chinos, que habían empezado a llegar en la primera mitad del siglo XIX tanto a California como a Nueva York (y a Perú y a Panamá y a Cuba), fueron una de las poblaciones a las que se las señaló explícitamente. Pese a que su peso relativo en los Estados Unidos y en el total de inmigrantes era insignificante, los chinos eran, y son, fáciles de divisar.

Dentro de cien años, el encierro de Chen en el ascensor se va a usar para ilustrar cómo vivían los chinos en Estados Unidos a comienzos del siglo XXI. Un chino haciéndo delivery para un restaurante que se queda encerrado cuatro días en el ascensor de un barrio de negros y latinos, aislado del mundo exterior, incapaz e imposibilitado de comunicarse con su entorno, temeroso de llamar a la policía que descubrirá su condición de ilegal, pero al fin y al cabo rescatado para retomar la vida de trabajo que le ha permitido ahorrar en dos años lo que toda su familia no hubiera juntado en China por generaciones; pocas anécdotas condensan en una imagen una historia como la de Estados Unidos hoy.

Otra imagen que se usará dentro de cien años es la de éste imán que el Estado de Nueva York reparte para que los vecinos pongan en su heladera y no se olviden ni por un momento de que están siendo vigilados y de que deben vigilar a sus vecinos. “Sea nuestros ojos y oídos en la lucha contra el terrorismo. Informe sobre cualquier actividad sospechosa a la Linea Pistas Sobre el Terrorismo, 1-866-SAFE-NYS”.

Se supone que uno debe tener eso en la heladera y si ve por la ventana a alguien haciendo tiempo en la vereda, o en su auto escuchando un iPod, o hablando con dos celulares a la vez, o usando anteojos oscuros, o haciendo de ciego, o gritándole a la mujer, o escuchando música rara, o hablando un idioma que uno no entienda (de momento se hablan 196 en Nueva York), o usando turbante, o algo, debería llamar al 1-866 y reportarlo.

Sin delicadeza, la consigna del imán invierte los roles del Estado y los ciudadanos. Se supone que, en el mejor de los casos, uno paga los impuestos para financiar al Estado, y que éste se dedica a controlar que todo funcione más o menos bien, como para que uno pueda relajarse y hablar con el vecino sin escrutarlo cada mañana. Tras siglos de evolución de la polis, uno se ha resignado a ver al Estado convertido en una organización paranoica, pero al menos ese era el costo de sacarse uno la paranoia de encima. Uno quisiera darle una mano al Estado en algunos asuntos públicos, pero no justamente en perseguir al vecino.

El imán es parte de un kit de estupideces destinadas más a crear paranoia e hipersensibilidad que a combatir el terrorismo, y que van desde la sensible visibilidad de la policía al constante anuncio del conductor del subte para reportar cualquier paquete sospechoso (una estadística casera hecha en la semana pasada me muestra que hay entre 15 y 25 paquetes por vagón por viaje que al menos yo podría considerar sospechos).

Imposible saber de momento cuál es la huella que la campaña aterrorizante dejará. Como otras veces, como en las dictaduras latinoamericanas, como en tantas otras cosas, la vida cotidiana de millones de personas parece no sufrir el mas mínimo cambio. Sólo la población objeto vive el terror. Para el resto, son pequeñas inflexiones en la rutina, cambios casi imperceptibles en el paisaje, un imán en la heladera. Hoy la gente recuerda con horror el macartismo y su clima cultural, pero en la década que duró su efecto era mucho mas delicado que en la narrativa posterior a su derrota. De momento, la mayoría de la gente bufa de fastidio cada vez que la voz vuelve con la cantinela del paquete sospechoso. Pero anoche, por ejemplo, una chica bajita de pelo negro y con rasgos de india, mexicana de acá a la China, subía las escaleras para salir del subte en la estación West 4 de Manhattan, cuando vio desde la plataforma que arriba había un grupo de cuatro policías pidiendo documentos. Se agachó como para atarse los cordones que ya tenía atados, dio media vuelta y volvió a bajar para ir hacia la otra salida.

Probablemente, si la historia tiene retorno, las aberraciones de estos años servirán para ilustrar el comienzo de siglo como los juicios de Hollywood sirven para hablar del macartismo.

Por las dudas, si alguien tiene el espíritu de Harvey Spiller, este es el momento para empezar a coleccionar imanes y otras memorabilias.


————————————

Del mismo autor:
Chacho en el bar
Todo lo que podría entrar en seis sílabas si uno supiera cómo escribirlo
Pirulo, Catrasca y el Presidente Genérico
Ha muerto Leslie Matchbox
Aleluia
Jedwabne
40 Millones
Cuadritos y Masitas
dEvolution
El Cuaderno Carioca