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Historia con elefante

13 04 2005 - 19:17

¿Ya les contaron la historia del elefantito en el zoo tour? A mí, hasta ahora, con varias y sugestivas variaciones, me la contaron tres veces, tres personas distintas, todas ellas sosteniendo que la habían oído, si no de los protagonistas mismos, de testigos oculares dignos de fe, pero sé de otros que la oyeron contar —en términos ligeramente distintos— con iguales garantías de verosimilitud y veracidad. Por lo general está ambientada en Córdoba o en Mendoza, pero también en algunas localidades del Litoral y, en un caso, en Luján, Provincia de Buenos Aires. Las variantes por lo general están relacionadas con el número de los familiares implicados —dos o más niños de edad y sexo imprecisos— y el destino final del protagonista humano. Pero la clave de lectura más o menos sigue siendo siempre la misma.

Entonces: hay una familia que un domingo de noviembre o diciembre visita en auto uno de esos tours conocidos con el nombre de zoo tours o zoo zafari. Ya saben, esos con animales salvajes “en libertad”. El padre conduce (el auto varía también: un Gol, un Duna, un Renault Clio), la mamá a su lado, los niños en el asiento de atrás: todo como de guión.

En cierto momento, por el agujero dejado por la ventanilla abierta, el amable paquidermo, movido por la curiosidad o por la esperanza de ser gratificado con alguna golosina, manzana, higo seco o cualquier cosa similar que suelen prodigarle los visitantes al zoo tour, mete la trompa. Pero le va mal: los chicos, esta vez, a causa de la intrusión imprevista, se asustan; hay revuelo, gritos; el padre pierde el control, cierra las ventanillas de golpe y aprieta el acelerador tratando de huir, arrastrando consigo al cuadrúpedo incauto. El elefantito, naturalmente, se lamenta a su modo, lo que hace que acuda en su socorro el elefante padre, que irritado, con toda justicia, maltrata a más no poder al automóvil y a sus ocupantes.

El segundo capítulo, ideológicamente más elaborado, prevé la intervención de los humanos inocentes, los guardias del zoo tour. Estos consiguen calmar al elefante padre, llevan a la enfermería al conductor bajo estado de shock y lo confortan convidándole un fernet (o un vaso de ginebra, o una grapa, depende de los gustos). El desventurado padre de familia, en el camino de vuelta, suscita la atención de la policía caminera. Los agentes lo hacen detenerse, le preguntan qué le pasó al auto y él responde: “Fue un elefante”. Y los agentes, alertas, lo someten al tester de alcoholemia. Prueba que a causa del fernet resulta inexorablemente positiva. Qué pasó con ese pobre hombre no es del todo claro. Probablemente lo arrestan y seguirá allí hasta que Kirchner haga algo por él.

No puedo creer que algo así haya pasado, aunque nunca dudé de quienes me contaron la historia. Hay tres testimonios demasiado discordantes en los detalles y hay demasiadas contradicciones de fondo, “objetivas” (por ejemplo, que en los caminos del interior del país operen patrullas de policías dotados de etilómetros reglamentarios, a sólo cinco o seis años de la entrada en vigor de la norma, es bastante improbable, por no decir imposible). Y después, ese elefantito tan curioso me recuerda una de las Historias exactamente así, de Kipling, protagonizada por un elefante con una pequeña trompa dotada de una curiosidad insaciable; era uno de los cuentos de Kipling que más me gustaban cuando era chico. Y aunque la realidad a veces imita a la ficción, por lo general la historia que nos recuerda un texto tiene todas las probabilidades de ser igualmente una ficción. Pero sigue siendo una buena historia.

Piensen: En el fondo, en esa narración, hay muchos mitos juntos. En conjunto casi conforman un cuadro moral. En ciertas cosas no se transige: la relación naturaleza-civilización, desde una perspectiva obviamente ecológica (no se deben encerrar a los animales, ni siquiera de modos menos bárbaros que en los zoológicos tradicionales); la confianza que inspira la institución familiar, tanto a nivel humano como animal (el padre humano actúa de ese modo para proteger a sus criaturas, cosa que también hace el padre paquidermo); el respeto riguroso de la ley. En otros casos el juicio puede ser más ambiguo: los guardias hubiesen podido llamar a una ambulancia; las fuerzas del orden, para quienes el imaginario popular, en cuanto a dotación tecnológica se refiere, es bastante generosa, actúan con una lógica impecable, casi se diría inglesa, pero en realidad no entienden nada, y aunque tengan razón (el fernet el conductor se lo había tomado) el sentido de lo que había sucedido se les escapa, al mismo tiempo que parecen desconocer el terreno en el que se mueven, ya que el zoo tour no debía encontrarse demasiado lejos, dado que el padre estaba todavía lo suficientemente alterado como para no ser capaz de dar razones más plausibles que su simple y sospechoso: “Fue un elefante”. En un último análisis las categorías ideológicas reconocidas y la realidad institucional siempre ganan, mientras que las dudas caen (siempre también) en el juicio con que se maneja la gente dedicada a la salvaguardia de los ciudadanos, cuya eficiencia es puesta en duda.

Los sistemas ideológicos (como esa interesante subespecie que son las instituciones) sólo pueden leerse en la lógica que los produjo. El problema no es juzgarlos, sino entenderlos. Quien se obstina en dotarlos de una valencia positiva o negativa corre un riesgo muy grande. El primero es juzgar acríticamente a sus semejantes sólo basándose en la adhesión o el rechazo de dichas abstracciones. Que es algo que no hay que hacer y que muchos cometen, pero que al mismo tiempo es algo en lo que los apologistas de los elefantitos no caen nunca.

En cualquier caso hagan la prueba de leer esta historia como una invitación a la apertura mental. Si le preguntan a alguien por qué tiene hecho bolsa el auto y éste les responde que fue un elefante, ¿lo más justo es pensar que el tipo en cuestión está en pedo? ¿Por qué? ¿Si respondiera que es por culpa —o mérito— de la caída del comunismo le creerían?


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