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14 04 2005 - 02:24

Nunca conocí Pakistán, nunca conocí Pakistán, no lo conocí —cantaba Leo Maslíah hace mucho, antes de sucumbir a los nichos culturales y las imposibilidades propias de la región, como casi todo el mundo—, pero si se viene una guerra nuclear, Pakistán jua jua jua jua jua jua. Incluso sin bomba atómica a la vista (el primer ministro Chino aseguró el martes que la cooperación nuclear entre ambos países está estrictamente destinada a fines pacíficos), tal vez sea el momento de visitar Pakistán antes de que desaparezca. O bien —y esto es lo que recomendamos, al menos por ahora— no visitar Pakistán ni ahora ni nunca, atesorando la imagen exótica que el nombre pueda sugerir. Porque al Pakistán de verdad acaba de llegar Rumsfeld, ultimando la venta de unos cuantos aviones F-16 que probablemente no sean usados con fines pacíficos, porque (muy en la línea latinoamericana) no se sabe quién es peor, si la oposición o el gobierno que la encarcela, y porque —last but not least— todos los días algún marido o amante frustrado intenta resolver sus problemas por la tradicionalísima vía del karo-kari, otra variante más del asesinato legalizado, esta vez en nombre del honor . Vos no entendés, es otra cultura.

Tal vez, aprovechando el tiempo que uno se ahorra al no visitar Pakistán, sea un buen momento para observar las curiosas limitaciones de ese relativismo cultural que está tan de moda ahora, con la guerra y las renovadas intenciones hegemónicas de derechas e izquierdas en todas partes. Me encuentro todo el tiempo con personas más o menos educadas, de clase media, que leen los diarios, más que dispuestas a recordarme que las bestialidades propias del Islam no son sino particularidades culturales tan atesorables como la baguala o el shakuhachi. Y como yo (que detesto todo tipo de folklore) podría prescindir tranquilamente de la baguala y del shakuhachi el resto de mi vida, me encuentro en una posición difícil: “si incluso después de hacer los deberes, leer al respecto y pensar un buen rato, la otra cultura no se entiende, es problema de la otra cultura”, digo, y la discusión se empantana. Se me ocurre ahora, sin embargo, después de leer esta nota sobre los “Premios Gardel”, que una mejor manera de neutralizar estas racionalizaciones pseudo-antropológicas podría ser la de incorporarlas —experimentalmente— de modo absoluto. Sin discriminar, ya que sus defensores suelen ser personas muy preocupadas por la discriminación.

Asumamos entonces que la consagración profesional de Bersuit se trata de una expresión de otra cultura. Lo mismo para Diego Torres. Es otra cultura. Y también, por qué no, para la venganza que se cierne sobre los familiares de algunos internos de la cárcel de Coronda (es otra cultura), los editoriales de Morales Solá (es otra cultura), Bruschtein en Página/12, que incluso después de describir en detalle los horrores de la cárcel de Caseros durante la dictadura logra sostener el tono elegíaco sesentista que es marca del diario y del Gobierno, como si algo de todo aquello pudiera tener algún sentido hoy o haber tenido algún sentido entonces.

“Es otra cultura.”

Suena modesto y comprensivo, pero es todo lo contrario: es una soberbia admisión de fracaso, una invitación a tirar la toalla que, por lo menos a mí, me suena espantosamente cercana a “yo vengo a estudiar”, versión mediática oficial del “algo habrán hecho” circa 1977.

¿Es otra cultura? Qué suerte. No me importa. Bersuit y Diego Torres desayunan y hacen las compras en el mismo planeta en el cual Thom Yorke y Brad Mehldau hacen lo propio. A Morales Solá también lo leemos nosotros, y por ende tenemos todo el derecho a leer entre esas líneas cada vez peor escritas sus motivaciones venales y mezquinas. Si nada de todo esto es relativizable, matar a tu sobrina porque cojió con el vecino lo es aún menos.

Los conflictos entre lo global y lo local existen, pero no son culturales. Los conflictos culturales son un invento de quien los ve desde afuera como un espejismo. Tal vez la tendencia creciente a definir todo en términos de “la cultura de” (el trabajo, la corrupción, la papa frita) tenga algo que ver con esto, con la secreta esperanza de que si uno encierra valores en burbujitas independientes, también se preserva a sí mismo. Una serie de entidades no-humanas amenaza esta semana con relativizar, a su vez, todo esto, con métodos muy efectivos. El virus H2N2 podría salir, en cualquier momento, de sus tubitos. La gripe de las gallinas está viendo cómo convencer a la gripe normal de unírsele en una alianza que no necesitará de elecciones para ganar enseguida. Robert Watson y un equipo de 1360 científicos de distintos países aseguran que ya usamos dos tercios del planeta, y que queda poco.

Mañana nos distraerá alguna noticia de esas que parecen importantísimas durante veinte minutos, y nos olvidaremos de esto. Pero incluso entonces no vendrá mal tener en cuenta, en el background, el tipo de cosas que realmente deberíamos estar resolviendo. Aunque no cambie nada; aunque sea para dejar de hacer lo que estamos haciendo y regalarnos una excursión carpe diem a lo que más nos guste, antes de que jua jua jua jua jua jua.

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PS: Escribí lo anterior antes de leer la nota que acaba de subir Piro sobre los sistemas ideológicos del elefante. Se debe a una casualidad más que bienvenida que hablemos de lo mismo y digamos cosas (aparentemente) contradictorias. Digo esto porque últimamente el disenso que recibimos por mail no suele contemplar su publicación, y a veces vendría bien que se lo contaran a toda la clase así nos reímos todos.


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