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15 04 2005 - 05:04

En la tan poco glamorosa escena del comentario político, Christopher Hitchens siempre fue una especie de milagro—alguien argumentando inteligentemente, con la convicción habitualmente reservada a los fanáticos, capaz de producir textos interesantes sobre casi cualquier cosa. Por eso es tan triste verlo en el programa de Bill Maher y comprobar que él tampoco escapa a la maldición del ex-trotskista, esa trayectoria circular que promete iluminación (en el breve período de paso entre la ultraizquierda y la derecha más incomprensible) pero devuelve a sus afectados a un punto muy parecido al de partida, solo que con kilos de más y el signo opuesto. Cuesta entender por qué Hitchens se sentiría obligado a defender a Wolfowitz. Uno tiende a pensar que la provocación debería encontrar un cierto límite en el ridículo.

Cuando uno tiene quince años es fácil rotular este tipo de giros hacia una madurez conservadora (en el peor sentido de la palabra) como claudicación. Es lógico imaginar que los valores de uno, recién cosechados, se pudren con el tiempo. A falta de heladera, gente como Hitchens “claudica” y se establece en la comodidad de una postura hipócrita y servil al régimen.

No es tan simple.

El canciller cubano, golpeado todavía por la resolución de la ONU que se aprobó ayer, denunció a la Unión Europea por, justamente, su actitud “claudicante, servil e hipócrita”, en sintonía con la cosmovisión adolescente que habría que ser muy torpe para aceptar como genuina en alguien que viene de la isla. Salvo, tal vez, Martín Piqué en Página/12 —que titula la noticia “Un triunfo para el Tío Sam”— nadie puede pensar que las declaraciones del canciller Pérez Roque (te la regalo ser canciller de Cuba; es como ser el publicista del Demonio de Tasmania) son otra cosa que hipócritas y serviles. Ambas acusaciones se cancelan entre sí, como reduciendo fracciones, y nos queda lo claudicante, más un elogio que una impugnación en este contexto.

Europa claudica, como Hitchens, y en el momento de la claudicación uno tiene ganas de ir a darle un beso e invitarla a cenar. Con un continente entero no se puede y con Hitchens supongo que tampoco es buena idea considerando sus preferencias etílicas, pero creo que se entiende lo que digo. Suele haber algo particularmente humano en el momento en que alguien se da por vencido, un habitualmente breve estado de gracia iluminado por la oportunidad. “Sí, la revolución cubana siempre tendrá un lugar en nuestro corazón, y los motivos de Estados Unidos serán todo lo miserables y mezquinos que quieras, pero dejáte de joder. No podés estar en contra de mandar una comisión de derechos humanos a la isla.” Podés abstenerte, eso sí, como hizo Argentina, en un movimiento cuya hipocresía pasó desapercibida para el canciller cubano.

Las relaciones internacionales están plagadas de misterios que impiden una lectura literal de sus movimientos. Andá a saber cuáles serían las consecuencias para Argentina de una condena a Cuba, y como en la ONU todo se mide (igual que en la secundaria) por lo que hacen los otros, existe la posibilidad de que con un resultado cantado la abstención fuera el camino más razonable. Pero, como siempre, los funcionarios abren la boca y uno tiene que dejar de lado su wishful thinking. Darío Alessandro, embajador en La Habana, justificó la abstención alegando que en la ONU hay “una politización evidente” (¿no me digas? Yo pensé que ni se hablaba ahí de política) y redondeó el bochorno con una declaración propia del Indio Solari:

(...) dijo que la Argentina tiene una concepción de los derechos humanos “más general” que la que se sostenía en la resolución de condena. “Los derechos humanos son derechos civiles y políticos, pero también son derechos económicos y sociales”, argumentó.

Y violencia es mentir, seguro.

Sería una obviedad alegar que, en Cuba, los párrafos anteriores no podrían haber sido escritos —los motivos de lo cual son, sin embargo, menos evidentes. No se trata sólo de que no te dejarían escribir esto sin ir preso. Hitchens y Bill Maher también irían presos. Posiblemente Piqué, Alessandro y el Indio Solari también, siempre y cuando no hubieran “claudicado” antes, cual Galileo. La lista es infinita y está documentada en todas partes, desde Human Rights Watch hasta Amnesty. (Eso sí, hace unos meses Cuba decidió eliminar la olla a presión de la lista de objetos ilegales, algo es algo.)

A la luz de este tipo de hechos, va siendo más fácil entender el proceso de tipos como Hitchens, cuyo resentimiento evidente alguna vez confundí con la culpa de haber apoyado causas (o métodos) innobles en el pasado. Hitchens, y quienes lo acompañan en ese camino resignado que parece elegido, no son resentidos por su pasado trotskista: son resentidos porque son huérfanos, como nosotros. ¿De qué otra manera habría que nombrar nuestra condición, al comprobar que lo más parecido a la razón que se puede encontrar en los diarios Argentinos de hoy esté firmado por un diputado macrista? Me da escalofríos decirlo, pero una vez que lo decís te acostumbrás enseguida, y por ahí te vas a costumbrando a un montón de otras cosas y terminás como Hitchens, defendiendo la guerra en Irak.

No es fácil encontrar y mantener una posición que haga justicia a un mundo en el que tenés a Castro por un lado y a tipos como John Bolton en el otro. Querría pensar que, siendo argentinos —esto es, habiendo estado obligados desde nuestra infancia a elegir entre algo horrible y algo espantoso—, hayamos generado algún tipo de anticuerpos (para no decir “sabiduría”, que suena tan mal). Temas como el de Cuba sugieren lo contrario.

Después uno lee a Gustavo Cordera, adalid de la argentinidad, hablando de Cromañón…

Tenemos que tener cuidado, porque la derecha está en su salsa con todo esto y puede terminar con el movimiento.

y lo ve a Hitchens en el espejo.


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