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16 04 2005 - 02:40

No sé si las tarjetitas se perdían en el proceso de importación o si estaban ahí y las tiré sin leerlas, pero recién en mi sexto o séptimo Moleskine reparé en el texto que exaltaba, más que sus virtudes, el hecho de haber sido el anotador elegido por Matisse, Kerouac y Hemingway. Por suerte, porque tal vez habría evitado comprarme la primera libretita si lo hubiera leído entonces, no por esnobismo (aunque es una grasada andar pidiéndole a la gente que compre algo porque lo usaron otros) sino más bien por esa pretensión de unicidad que a veces parece pretenciosa y a veces parece humilde, pero en el fondo es inseguridad pura. La primera libretita apareció en Pulp (que por suerte sigue existiendo en 456 S La Brea y es parada obligada para quien deba comprar papel en Los Angeles) y resultó ser tan generosa con las acuarelas que ya ni se me ocurre buscar otro papel cuando tengo que dibujar algo en serio. Busco, en cambio, la Moleskine más grande que encuentro y dibujo ahí. Hace un par de años me quedé sin Moleskine en Londres, y en la reposición encontré la tarjetita con la lista de celebrities. Me llamó la atención, porque toda mi vida había acumulado cuadernos y libretas sin encontrar algo ni remotamente parecido hasta fines de los ‘90. ¿Tal vez Moleskine quebró antes de que yo naciera y resurgió después en esta especie de second coming?

Hace unos meses se alzaron algunas voces de protesta explicando que, en realidad, los nombres célebres enarbolados por Moleskine no usaban esas libretas sino unas muy parecidas, y que el fabricante actual estaba usando sus nombres de una manera indigna. Supongo que, incluso, los familiares de Kerouac habrán hecho algo más que quejarse, porque su nombre no figura ya en el website de Moleskine. Verificando la ausencia de Kerouac, me entero entonces de que, efectivamente, el último fabricante de (las que eran iguales a las) Moleskine había cerrado en 1986, y que recién ahora, en la más improbable de las épocas para un renacimiento del archivo analógico, reaparecieron en todas partes.

Después de una de las semanas más arduas de los últimos años, necesitaba una cena de recompensa que acompañé recién con una botella de Valpolicella bajo cuyo simple pero contundente influjo escribo esto. Lo menciono no como advertencia o disculpa, sino porque en la parte inferior de la botella, en una tipografía minúscula, ilegible, acabo de leer:

“E cordiale come la casa di un fratello”, cosí lo definisce Hemingway.

Tal vez me equivoque, pero mi sensación (alimentada por las fotos que están colgadas acá a la vuelta, en el Museo Chicote de Madrid, que dista mucho de ser un museo) era que Hemingway era capaz de tomar cualquier cosa. Y además no suena bien, ¿no? “Cordial como la casa de un hermano.” Suena a lo más elegante que se te ocurre para salir del paso. En cualquier caso, el vino es bueno. Y las celebridades muertas extienden su influencia en el márketing moderno. “Tomá. Este crack me lo compraba siempre Elliot Smith.”

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La casualidad quiso que, hace ya unos cuantos años, terminara yo escribiendo un episodio de X-Files ambientado en Cuba. Nunca se filmó, ni pensé que tuviera muchas chances de filmarse, lo cual algunas pocas veces —y este fue el caso— tiene su encanto, porque uno puede relajarse un poco y escribir lo imposible.

El capítulo empezaba con el hallazgo de tres cadáveres —ahogados intentando cruzar ilegalmente en un bote desde Cuba hacia Key West— cuya peculiaridad era la de ser no sólo idénticos entre sí, sino también igualitos, los tres, al Hemingway que uno conoce de las contratapas: la barba blanca, la panza, los hombros caídos. Un cuarto Hemingway sobreviviente estaba prófugo, pero no era fácil encontrarlo en Key West durante la competencia anual de dobles de Hemingway. Pocas cosas más divertidas que escribir los diálogos entre Mulder y Scully en La Habana, preguntándose por qué motivo el gobierno cubano querría producir en masa clones de Hemingway.

You mean they’re trying to clone Castro but for some reason they get Hemingways?

La respuesta tenía que ser “sí”, pero explicarla ya no era tan fácil. En la búsqueda de una justificación interesante y plausible, como suele suceder, terminé leyendo de golpe mucho más de lo que había leído en mi vida tanto sobre Cuba como sobre Hemingway, y en ambos casos las revelaciones fueron demasiado macabras incluso para una serie en la cual los marcianos conspiran junto con Washington. Influído tal vez por el carácter paranoico de mis parámetros televisivos, terminé mis deberes bastante convencido de que a Hemingway lo hicieron mierda en la Clínica Mayo, via electroshock, gentileza indirecta de Hoover y sus amigos (los archivos reales del FBI acerca de eso son fascinantes). Y también haciéndome la misma pregunta que me hago hoy: ¿qué extraña lealtad le debemos a Cuba? ¿Por qué habríamos de estar tanto más dispuestos a preservar ciegamente la idea folclórica de aquella revolución saludable de lo que lo estamos a reconocer la decadencia de, digamos, Charly García?

Lo que me interesaba ayer era avanzar, un poquito al menos, hacia un método que nos permita mantener nuestras facultades mentales sin convertirnos en Hitchens. No sé si se entendió, porque enseguida empecé a recibir mails que sólo pueden leerse como una colaboración en el sentido contrario. Daría la impresión de que el progresismo local preferiría que uno se convirtiera en Hitchens. Por ejemplo:

El comentario editorial del dia de la fecha los convierte, sin dudas, en una página de la derecha, al servicio de lo peor. Una lástima.

Retrocedamos un poco, entonces, y separemos la discusión en dos partes, a ver si se entiende mejor.

Por un lado está la abstención argentina en la ONU, que no discutí ayer en sí misma y, aunque todavía tengo mis dudas al respecto, parecería haber sido un movimiento correcto, según mis fuentes de confianza en política internacional, que me explican que:

En la ONU hay dos tipos de organismos de derechos humanos, los que surge de la Carta (la Comisión ó CHR) y lo que surgen de tratados (el Comité ó HRC). La Comisión está conformado por representantes de países, es decir ES un cuerpo político, el Comité está formado por experto (formalmente, entonces NO es político, aunque lo correcto es decir que no es ESTRICTAMENTE político).

Entonces lo que se decide en la Comisión es estrechamente político y he ahí las razones por las cuales es correcta la abstención argentina: es geopolíticamente correcta, no complica (más) la situación de los DDHH en la isla y le da al país herramientas para un “constructive engagement” con los cubiches (que Alessandro haga el follow up de eso o no, es otra cosa, y que a la familia Castro le chupe el izquierdo o el derecho, es otra también).

Entonces, sí, los DDHH importan mínimamente en estos casos. Lo que sería necesario es encontrar el modo de explicitar eso en la esfera pública y que se entienda, lo cual te haría menos vulnerable a La Nación y eventuales (e ingenuas y desinformadas) acusaciones de inconsistencia. Si le querés cobrar la cuenta de los DDHH en serio a los cubanos, re-admitílos en la OEA (dále Condi, be nice) y ponélos adentro del sistema interamericano de protección de los DDHH (CIDH y Corte IDH) y ahí sí que vas a ver avances y accountability.

Y sea esto exacto o no (intuyo que lo es), nunca se me ocurrió que un alineamiento con Condoleeza (que es de Escorpio) fuera la mejor manera de encarar el tema. De nuevo: las relaciones internacionales se rigen por reglas que no son las de la gente normal.

Las argumentaciones públicas al respecto, sin embargo, navegan por aguas mucho más superficiales y menos técnicas. Y las razones que exponen nuestros amigos nominales para justificar su displicencia (o apoyo) al régimen castrista son absurdas o incomprensibles o —en la mayoría de los casos— brillan por su ausencia. A partir de lo cual “la derecha”, a cuyo servicio, parece, estoy por sugerir que vivir en Cuba es una mierda, termina ganando la discusión con argumentos nefastos, casi siempre invocando el caso Quiñones, como si sólo debiera preocuparnos el destino de quienes puedan enarbolar un pasaporte argentino.

Seguiremos con lo de Hitchens, porque es un buen experimento. Pero, por ahora, mi pregunta del día es por qué deberíamos abrazar la lógica mafiosa que implica defender los crímenes de los amigos. Si hay buenas respuestas, las publicamos el lunes (mañana le toca a Schmidt, que con un poco de suerte hablará de otra cosa).


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