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19 04 2005 - 11:27

A Hemingway, además de las libretitas Moleskine, el Valpolicella, la pesca y los safaris, le gustaba Ronda, un pueblito malagueño emplazado en medio de las montañas. Pero se ve que a Rilke le gustaba más, o lo dijo más a menudo, porque en Ronda todo lleva su nombre: Pescadería Rilke, Peluquería Rilke, Rilke Tours. En Ronda tiene lugar, también, en estos días, un seminario del MEDIA Business School. A sus preocupaciones tradicionales (cómo vender películas) esta gente ha ido sumando elementos más propios de la época (cómo vender películas que son todas malas). Pero ahora, inevitablemente, va llegando el momento de reformular la tarea en términos más realistas: cómo vender películas, sean malas o no, si la gente ya se las bajó por Internet la semana pasada.

En representación del MPAA, una señora experta en el área se ocupa de enumerar las medidas institucionales más recientes para combatir la piratería, desde la introducción de virus y archivos falsos o corruptos hasta demandas judiciales como las de ayer, orientadas no ya a quienes ofrecen sino a quienes consumen de su quintita. Entre los emprendimientos más osados, menciona el de denunciar públicamente a los consumidores ilegales, algo que parece revelar una completa ignorancia acerca del consenso universal en este tema y genera la repregunta obvia: ¿qué efecto positivo puede tener esto en un contexto en el cual los infractores somos casi todos?

—Bueno sí, hay un problema moral. Pero eso se combate con educación.

—¿Qué tipo de educación? ¿Cuál es la postura del MPAA en este sentido?

—”Just say no.”

Más allá de la ineficacia histórica de ese approach reaganiano, cuesta creer que esta gente no se dé cuenta de lo poco que los favorece la comparación. Es cierto que hay puntos de contacto, pero el paralelo sólo sirve para anhelar la llegada de drogas que funcionen de ese modo: ayudando a la salud física y espiritual del consumidor y colaborando a la autodestrucción del intermediario. Lo cual no quiere decir que no haya un problema; sólo que su solución (que podría, y debería provenir de las entidades que producen y distribuyen) quedará librada al devenir natural de las cosas en una batalla que ellos sólo pueden perder. Como las películas son y seguirán siendo muy caras, existe la posibilidad de que perdamos todos, pero la buena noticia es que mientras esperamos (pasarán décadas hasta que la realidad se pronuncie) podemos festejar la inminente extinción de la RIAA, ese pariente bobo de la Motion Picture Association, adquiriendo con gran facilidad música interesantísima por la que ellos (paguemos o no) jamás verán un peso.

Es el caso de The Forgotten Arm, el nuevo disco de Aimee Mann que sale el mes que viene pero está disponible acá, entero, en distintos formatos, con arte de tapa, letras y todo. Al principio el disco de Aimee Mann puede sonar demasiado familiar para quienes la hayan escuchado antes. A diferencia de Costello, quien fuera su modelo confeso durante muchos años, Mann parece dispuesta a depurar cada vez más la estructura de cuatro o cinco canciones perfectas despojándolas de todo indicador de época, lo cual produce la extraña impresión de haber ya haber escuchado estas canciones nuevas ochocientas mil veces, antes. Pero si esto resultaba aburridísimo en su disco anterior (Lost in Space), esta vez daría la impresión de que funciona; otra diferencia importante entre Mann y Costello es que ella no parece demasiado preocupada por su imagen ni por demostrarle al mundo que es tanto mejor que los demás. Hace los deberes, y me parece que se nota en este proyecto en el cual, por una vez, “setentismo” suena bien, porque más alla de sus virtudes y sus problemas, The Forgotten Arm es un buen cocktail de referencia histórica y sensibilidades atemporales.

Andá a saber a qué obedece que el próximo disco de Michael Penn, Mr. Hollywood Jr., 1947, también remita a los setenta en su aproximación “conceptual”. El hecho de que Mann y Penn vivan en la misma casa puede tener algo que ver, pero en cualquier caso lo tentador es ver qué hace Penn —un tipo de una sensibilidad extraordinaria cuyos discos apenas rozan lo que uno advierte enseguida cuando lo ve tocar en vivo— con el universo de posguerra, escribiendo hoy. El primer tema de Mr. Hollywood Jr., 1947 estuvo circulando por ahí la semana pasada, y si bien la producción suena casi tan conservadora como la de Joe Henry en The Forgotten Arm, la letra y mis propias, arbitrarias preferencias permiten esperar un disco memorable que estará tan cerca del 2005 como del año que evoca.

Take me now what more do you need
take me to Walter Reed tonight
maybe I lost the will for fighting
over everything

There’s a few things I’ve gotta say
make no mistake I’m mad
cause every good thing I’ve had
abandoned me

Walter Reed fue el tipo que se dio cuenta de que la fiebre amarilla era transmitida por los mosquitos. Walter Reed es, también y fundamentalmente, un hospital militar que no alcanza para contener el número de pacientes en estos días.

Hace siete u ocho años Penn, Mann, y un puñado de músicos amigos —entre los cuales se encuentra a man called E, que también tiene un notable disco nuevo— tomaban Silverlake por asalto y convertían el área, para quienes estábamos cerca, en el modesto centro del mundo que correspondía a una vanguardia silenciosa, reformista y humana, distinta de todo lo conocido. Como suele suceder, el centro del mundo fue confirmándose en cualquier otra parte menos ahí, y como consecuencia (o, más bien, sin que hubiera relación alguna entre las dos cosas) todo es mucho peor hoy, más alarmante y aburrido al mismo tiempo. Pero ellos siguen ahí, y cada tanto viene bien hablar de eso en vez del Papa, o de Cuba, o de todas esas cosas que nos reclaman como si fueran a importarnos dentro de diez o veinte años, cuando pongamos el segundo disco de Aimee Mann y vuelva a salvarnos la vida.


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