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20 04 2005 - 10:41

No sabría qué decir sobre Ratzinger, “el guardián de la fé”, me descompone toda la noticia, especialmente el humito, no sé por qué se me ocurre que es humo de cenizas de muerto. Seguramente debe ser algún sahumerio especial, pero me recuerda el olor de las iglesias, que siempre asocié con el olor a muerto y con el olor del Crematorio de la Chacarita, del cual vivo muy cerca y que a veces cuando sopla el viento del oeste me llega entremezclado con otros olores barriales.

Hoy hay paro de subtes de 4 a 5 pm en Buenos Aires, y hay paro en el Hospital Garrahan y hay paro en Aeroparque. La ciudad es un quilombo, las cosas están mal. Tengo ganas de llorar y el plato del día del comedero habitual me dio también ganas de vomitar. No me voy a meter con las noticias porque me va mal cuando hablo de lo que no sé. Por ejemplo la semana pasada me puse a hablar de manera tangente del penal de Coronda y de otros temas generales. Crucé la noticia del día con un artículo de Freud que estaba leyendo y quedó regular, pasable, una típica columnita simpática de esas que detesto leer en la prensa. La excusa es que estaba pensando en otra cosa, estaba apurada organizando un cumpleaños infantil.

¿Alguien se acuerda de cómo eran las fiestas de cumpleaños de cuando los que ahora tenemos 30 de promedio éramos chicos? No me voy a poner a hablar del pasado como un lugar mejor, ni a decir que antes los niños eran más creativos porque no veían tanta tele, ni ninguna barbaridad semejante. Pero los cumpleaños sí eran otra cosa. Eran en las casas, para empezar. A veces la mamá o el papá contrataban un payaso, a veces no contrataban a nadie y los chicos jugaban solos. Que alguien me lo refute, pero yo recuerdo que los mejores cumpleaños eran los que no tenían animación. Los animadores eran (son) adultos y era difícil no percibirlos como una especie de policía. A veces los animadores (payasos o personas maquilladas como payasos) eran divertidos, pero lo mejor que tenían era que en algún momento se iban. La “animación” era un momento de la fiesta y duraba como máximo 2 horas. Se terminaban los payasos y ahí venía lo mejor: jugar sin dirección (ahora los pedagogos hablan sobre “la importancia del juego libre” y hacen “esfuerzos por favorecerlo” en los jardines de infantes). Ahora todo el cumpleaños dura dos horas y está íntegramente gobernado por los animadores, que además usan micrófono. Son All Inclusive o “Llave en mano”. La organización se ocupa de las velitas, de la comida, de los padres, la iluminación, la música (que siempre está ligeramente más alta del nivel tolerable) Los cumpleaños infantiles, también llamados ‘eventos’ en la jerga, funcionan como una versión breve y diurna de las fiestas de casamiento donde se come la entrada, se baila el vals, se come el principal, se baila el carnaval carioca, se come el postre, se baila música nacional, etc. Los cumpleaños de los nenes ahora tienen un ritmo infernal. No se puede perder tiempo porque al salón te lo alquilan por dos horas y media y hay que hacer todo en ese lapso. Por eso es que cuando llegan los chicos con los regalos no se los entregan al agasajado sino que se usa dejarlos en un canasto situado estratégicamente en la puerta del salón para que el nene no quiera abrirlos. Si los abre pierde tiempo (sic), si los abre se puede distraer con el juguete nuevo y no prestarle atención a la animación. Los chicos la pasan bien, los grandes se sientan en mesas como de casamiento y miran todo desde lejos comiendo sanguchitos de miga que sirve el personal del salón. Y como el lugar está preparado especialmente para niños, éstos pueden tocar todo, no hay nada que se rompa, no hay nada real: es un salón de fiestas acondicionado para soportar un número alto de criaturas en permanente estado de excitación.

En la línea de la madre que hacía Frances Mc Dormand en “Almost Famous”, aferrada a la idea romántica de los cumpleaños de antes, me decidí una vez más por organizar el cumpleaños de mi hijo mayor en casa. Desoyendo sus pedidos de que el cumpleaños sea en un salón y con el Mago Gastón (un imbécil que en otro cumpleaños se ocupó de promocionar sus servicios durante toda la animación diciéndoles a los nenes, que si querían una espada como la que él le había hecho al cumpleañero tenían que decirle a sus padres que contrataran al Mago Gastón) invité a todos los pibes y pibas a mi casa y contraté a unas animadoras moderadas, sin micrófono, que jugaban con los nenes a revolear rollos de papel higiénico en la terraza, entre otras novedades. La fiesta de cumpleaños estuvo buenísima.

Le busco una explicación al boom de los salones para cumpleaños infantiles. ¿Será que ahora las casas son más chicas? Eso indicaría que de generación en generación vamos perdiendo capital o que dada la pauperización general, la clase media se arruinó y ahora los hijos de la clase media de barrio o de semipiso en Capital viven en monoambientes. No es así. Los hay que habitan viviendas pequeñas, pe haches en su gran mayoría que siempre tiene patio y terraza, y ninguno es tan pequeño como para no poder organizar un cumpleaños. Se me ocurre otra explicación: ahora las madres trabajan más que antaño y no tienen tiempo ni energía para ocuparse. ¿Será así? Mi mamá trabajaba como una burra (son sus palabras) no sé el resto y para los cumpleaños se montaba unos eventos de aquellos. ¿Las madres sufrían más? No me puedo decidir, a riesgo de esbozar un comentario retrógrado sobre la maternidad, lo femenino y el lugar de la mujer en la familia. Mi mamá diría: “es que ahora las mujeres son vagas” Pero eso lo diría mi mamá y yo por suerte no me parezco a ella para nada.

Se me ocurre que la explicación tiene que ver con la especialización, con que cada vez más hay lugares especiales para todo. Ya no es la casa el lugar donde suceden las cosas, sino otro lugar mejor, más grande, más preparado, más seguro. La casa es un lugar de tránsito adonde llegamos cansados y que tratamos de no ensuciar.

El cumpleaños estuvo precioso, pero fue demasiado estresante y decidí que es el último año que lo festejo en casa, aunque la imagen de un grupo de pibes jugando al huevo podrido en la terraza —solos— cuando ya había terminado la animación hace que lo viva como un renuncio, otro renuncio. Pero si todos los nenes festejan en salones y los pibes se acostumbran a que todo es un gran mundo infantil donde no hay cosas que no se pueden tocar, ni plantas, ni escaleras, el mundo real se vuelve demasiado peligroso y demasiado chico y demasiado poco preparado.

Y sí, parece nomás que hoy sale el suplemento femenino de tp, y las mujeres, qué boludas, hablamos de cumpleañitos, nenitos, papas fritas y chizitos. Qué tanto.


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