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Jedwabne

22 04 2005 - 20:22

Hasta hace un tiempo, en Jedwabne había una placa que decía: “Lugar de martirio para el pueblo judío. La Gestapo y la Gendarmería de Hitler quemaron vivas a 1.600 personas, 12 de julio de 1941.”

Lo que pasó en verdad es un poco distinto. En la mañana del 10 de julio e 1941, después de unos siglos sin muchas novedades, la mitad de los vecinos de Jedwabne, un pequeño pueblo al sur de Varsovia, se levantaron como cualquier otro día, salieron de sus casas con hachas, machetes y cuchillos, y asesinaron a la otra mitad, unos 1600 vecinos de Jedwabne, la casi totalidad de la comunidad judía de la localidad. Algunos fueron cazados en sus hogares, otros perseguidos por las calles de la ciudad, muchos atrapados y quemados vivos en una hoguera colectiva. Concretaron la matanza hogareña, fraterna, en unas pocas horas, con más destreza que ira, mientras los alemanes admiraban la limpieza y el voluntarismo del trabajo polaco. Luego llevaron los cuerpos de sus vecinos a un galpón, que ardió en llamas antes de que se hiciera de noche. Alguien, Zofía Kossak-Szczuck, escribió: “La muerte de los judíos está rodeada de Pilatos lavándose las manos.”

Hace unos años, yo escribía algo sobre esto, escribía exactamente esto, sin saber que Laura Klein se había referido al mismo tema. Escribía, casi, porque no sabía lo que Klein había dicho. En 2001, una investigación le dio formato de denuncia histórica a la narración que todos conocían, y el gobierno polaco decidió cambiar la placa original y hacer un acto público de contricción, o de culpa, o de pelea con la nueva investigación. Klein, cuya madre nació en Jedwabne y cuya tía abuela murió en la masacre, viajó de Argentina a Polonia para los actos. No a celebrar la verdad revelada aceptada a medias y el perdón para victimizar a las víctimas. Tampoco a escupir el asado por mera manía. “Este acto de mea culpa en Jedwabne no nos concierne –dijo allá—, no para aceptar ni rechazar estas disculpas, sino para decirles que no se metan con las víctimas –nuestros muertos– sino con los victimarios –vuestros propios padres–. A eso he venido, a confirmar esta ausencia de parte, a invitarlos a guardar para vosotros mismos vuestra contrición y vuestra vergüenza”.

En la conferencia de prensa que organizó paralelamente, Klein leyó la oración que ella propuso para que fuera leída en los actos oficiales, la oración que descartaron tanto por temor y rechazo como por hacer un esfuerzo más por convertir a la historia en una caprichosa aguafiestas:

“Y lo contaré a la mañana y a la noche/ cómo mi padre persiguió al judío que cruzó delante de nuestra casa en el otoño del 41/ y lo apedreó primero frente a mi pequeña hermana y a mí, cómo lo vimos caer/ y lo pateó para que riéramos/ y semimuerto lo arrastró al establo central/ donde les prendimos fuego por nuestra propia voluntad/ Y lo contaré a mis hijos y a los hijos de mis hijos/ para que sepan que ese hombre es uno de los nuestros/ y cría a sus hijos y acaricia a sus nietos y se conmueve/ y lo repetiré cada noche, junto a mi mujer, cuando el mundo se acalla/ y no tenga fuerzas para no olvidar./ Los que nacimos tarde para participar/ somos hijos de esos hombres comunes, cobardes asesinos./ De ellos hemos aprendido/ la lengua que hablamos/ y llevamos grabada en el corazón esa herencia/ por eso les decimos a las generaciones venideras que así fueron las cosas/ en Jedwabne, el diez de julio, en 1941/ fuimos polacos los protagonistas en el genocidio judío/ cuando masacramos a cientos/ por nuestra propia voluntad y con nuestras propias manos/ Nosotros, y no los nazis”.

A esta altura, cualquiera debería estar advertido de lo que enfrenta cuando lee la construcción implacable de Klein, escrita con una tortuosa perfección. Por las dudas, ahora que publica Fornicar y Matar. El Problema del Aborto, Klein define en la primera línea del libro el paisaje que el espesor de sus reflexiones dejan a su paso: Una calamidad. El libro, que publica editorial Planeta en la Argentina y del que aquí ofrecemos el prefacio, da aquello que muchos no han pedido ni ansian tener: por un lado, una discusión que quebrante las lealtades más livianamente forjadas en la política como refugio y de espaldas a la experiencia, al calor de una pregunta que, promediando la lectura, ha quedado al costado: “¿A favor o en contra?”

Por el otro, Klein sacude el mangrullo de los que han erigido a las decisiones, las ajenas o las propias, en la unidad de medida: “En tales condiciones (las de decidir un aborto), que los principios resistan la experiencia no dice nada contra los principios, sino más bien contra la experiencia.”

Para tratar de entender “el problema del aborto”, Fornicar y Matar es un recorrido y una reflexión sobre la evolución histórica de la muerte, uno de los fenómenos que mejor ha disimulado tras su aparente unversalidad su variada y sinuosa trayectoria. Todo parece tan obvio cuando está ahí escrito. Si el cuerpo y el sexo y la vida son la carne y llevan la huella del poder, ¿por qué la muerte habría de quedar a un costado?, ¿por qué el aborto? “Abortar, no cabe duda, implica un derramamiento de sangre. El problema consiste en saber de quién y cómo se ha constituido ese poder. Tremenda yunta, el sexo y la muerte, ¿o el sexo y la vida? Afirmamos también que abortar es un acto violento que implica ejercer un poder sobre “otro”. Como dice la escritora y bioquímica Gachi Rivolta: ¿qué mayor poder sobre otro que traerlo a la vida?”

La casualidad hizo que el libro aparezca justo en la época en que un monseñor propone arrojar a un ministro al agua con una piedra atada al cuello; un Papa nuevo despierta pasiones dormidas; un país como los Estados Unidos discute en alineamientos cruzados quién Diablos puede decidir sobre la vida y la muerte; si el Estado, la familia, las personas. En verdad, Klein lleva varios años escribiéndolo. Cuando supe de la aparición de Fornicar y Matar, pensé que el clima de épica ayudaría las ventas pero pondría al libro en el menos interesante de los tableros, forzado a encajar en el reticulado que lo precede con tanta fuerza. Pero eso fue antes de leerlo, y de darme cuenta de que una vez cada tanto aparece algo más fuerte que su entorno, de la extrema resistencia de los argumentos, del escaso interés que muchos tendrán por apropiárselos, de la calamidad que deja su paso.


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