Click here
ARTICULOS RELACIONADOS

Una aproximación histérica a la narrativa
Calabria Infame
20 x 35, modelo para desarmar (VI)
20 x 35, modelo para desarmar (V)
20 x 35, modelo para desarmar (IV)
20 x 35, modelo para desarmar (III)
Uno de Setecientos
20 x 35, modelo para desarmar (II)
Un Buen Trabajo
Generación Ufa
20 x 35, modelo para desarmar (I)
Lenta autocrítica
La bahía del silencio
F&M cambia las cosas
Llueven Sapos
Jedwabne
Volando bajo
Una excursión literaria
Una modesta proposición
Qué cómico resultaba cuando era un muñeco
Para volver a la Edad de Piedra
Verdad y consecuencia
El Coronel Sanders contra Johnny Walker
Literatura vil

Fornicar y matar
Laura Klein
23 04 2005 - 15:33

Este libro, como defensa de la legalización del aborto, es una calamidad: desactiva los argumentos para legalizar el aborto como derecho humano, y repudia —no desautoriza— sus razones. Bajo la misma consigna se congregan distintas luchas cuyos objetivos trascienden el del aborto en la ley. Pero confluir en una medida no significa compartir los mismos valores; demasiado sabemos que una cosa es coincidir en una reforma jurídica puntual y otra comulgar con el espíritu de todos los aliados en esa coyuntura. Y no deberíamos confundirnos. Si, para ser operativos, me sumo a quienes dicen que el embrión es como un intruso o una mera célula, todo el sentido de mi lucha se pierde en ese argumento.

Entonces, en lugar de buscar acuerdos, encontrar y consolidar afinidades. Porque calamidad es creer que un acuerdo alcanza para determinar un “nosotros” sin saber si hay un nosotros o de qué constelación formamos parte.

Calamidad es confiar en que el derecho puede resolver las tragedias de la vida.

Calamidad es suponer que no debe haber dolor y que si lo hay alguien es culpable.

Calamidad es pensar que vivir es siempre bueno y morir siempre malo o que sería mejor la vida sin la muerte.

Calamidad es sentir que el paso del tiempo es una maldición.

Escribió Sartre en el prólogo a Los condenados de la tierra: este libro es peligroso, no les habla a sus enemigos sino a sus compañeros. Fanon es peligroso: aumenta la distancia entre los condenados y sus opresores, quiebra ese diálogo siempre represivo. Muchos de los modos en que se presentan las defensas del aborto legal no son peligrosos: intentan convencer al enemigo, pillarlo en flagrante contradicción, demostrar su mala fe.

En 1994, en un programa televisivo, un grupo de profesionales discutía encarnizadamente acerca del aborto. Unos opinaban que es un crimen porque los no nacidos son tan humanos como los nacidos y con igual derecho a la vida, de modo que no habría diferencia entre abortar y asesinar. Otros replicaban que no es la biología lo que otorga valor a la vida humana, y que abortar no es equiparable a matar una persona. El debate era áspero pero con fundamentos; los invitados mostraron un gran caudal de conocimientos científicos, datos de investigaciones sociológicas e interpretaciones políticas y éticas.

En un segundo plano, apartadas del centro de la escena, unas cuantas mujeres callaban y escuchaban. Eran las que venían a atestiguar de sus abortos. Ellas habían sido invitadas también para hablar, pero no para decir lo que pensaban sino para testimoniar lo que habían hecho. Subido ya el tono de la controversia, la animadora del programa se dirigió a estas mujeres y les preguntó qué opinaban acerca de lo que se estaba discutiendo. Una de ellas respondió, mientras las demás asentían: “No entiendo de qué están hablando”.

No entiendo de qué están hablando: la frase refleja perplejidad más que incomprensión. Estas mujeres se negaban a reducir su experiencia a los términos con que los expertos pretendían explicarla. Para ellas, el conflicto no era definir al ser humano sino decidir si tendrían o no un hijo. Cada una, en distintas circunstancias, había tenido relaciones sexuales con un hombre, se había quedado embarazada y había decidido abortar. Los intereses políticos o las definiciones de la ciencia en ese momento quedan eclipsados. Es que la experiencia de abortar está tan lejos del debate de ideas, que las mujeres que abortan no se reconocen en los términos de esa controversia donde unos las amonestan por criminales y otros las perdonan por ignorantes. De modo que, aquellas que podrían, con la razón que asiste a la experiencia, llamarse “expertas” no son consideradas como tales por nadie, ni siquiera por ellas mismas.

Pensar el aborto es moverse siempre en zona fronteriza. Si un embrión tiene derecho a vivir o una mujer tiene o no derecho a elegir ser madre, es un modo de encauzar temáticamente el oscuro magma de la reproducción sexual y de la muerte. No se puede hablar o entender el aborto sin reflexionar sobre la maternidad. La mayoría de las mujeres que abortan son, o serán, madres, un altísimo porcentaje de ellas están casadas, son de mediana edad y ya tienen hijos, ¿cómo decir entonces que abortar es la vía para ocultar una sexualidad ilegítima o para sustraerse a la maternidad?

Abortar es una experiencia compleja que hay que pensar cada vez y su sentido es ambivalente incluso para quien lo decidió. La pregunta por el sí o el no al aborto no invita a la reflexión. Cualquier respuesta deja fuera la experiencia, definida por el conflicto entre no querer abortar y no querer tener un hijo. Sobre esta problemática hoy cada uno se forma una posición personal y todos nos sentimos —y estamos— autorizados a opinar. Saber de nadie, materia para todos, en el cruce de las verdades de la moral, la ciencia, el derecho y la filosofía, abortar nos habla de sexo, de vida y de muerte. Legal o clandestino, el aborto significa decidir sobre una vida posible, no darla a luz. Es en ese sentido que todos somos sobrevivientes del aborto.

No hay nadie que no haya tenido en su vida o cerca un caso de aborto, tuvo que vérselas por tanto con la rigidez de sus propias posiciones ideológicas y encontró razones para matizarlas. Historias y opiniones, producto personal de la experiencia, se dicen en la casa o el mercado pero no se llevan al escenario de la opinión pública. Las encuestas de opinión no revelan esos matices, los excluyen de cuajo del interrogatorio. Al preguntar “¿a favor o en contra?” consideran el aborto como una cuestión de principios y no como una experiencia. En muchos casos, la enorme diferencia entre la cantidad de personas que se ha realizado o ha participado en un aborto y las que apoyan su legalización se interpreta como hipocresía. Sin embargo, este juicio es algo apresurado; muy frecuentemente esa distancia se debe a que cada cual considera su propio caso como excepcional mientras mantiene para el resto la regla general. En tales condiciones, que los principios resistan la experiencia no dice nada contra los principios, sino más bien contra la experiencia.

Si vivimos los acontecimientos de nuestras vidas de una manera algo diferente de como suponemos que lo hacemos y persistimos en creer que coincidimos con nosotros mismos aunque la angustia nos devore el alma, peor para la vida: apropiarse de la propia experiencia es más difícil y doloroso que desprenderse de la propia imagen.

En las dos últimas décadas, el debate sobre el aborto ha crecido: el tema se globalizó a la sociedad toda, se convirtió en una problemática sobre la cual cada uno toma una posición pero, al pasar a la escena pública, el antagonismo parece pasar por un solo sitio: cómo conseguir o impedir que el aborto se legalice.

¿Usted está a favor o en contra del aborto? La pregunta es a quemarropa y no siempre queremos contestar. Pide un sí o un no sin vueltas. Además, ésa no es una pregunta: no hay nadie “a favor” del aborto. Todos están “en contra”, quienes lo condenan, se oponen al aborto legal —y favorecen, de hecho, su clandestinidad— y quienes defienden su legalización, se oponen al aborto clandestino. En este libro llamaremos a los primeros antiabortistas y a los segundos proabortistas, dando por sentado que esta convención responde a la pregunta real del debate: ¿a favor o en contra del aborto legal?

El debate sobre el aborto ya no tiene la forma clásica de la moral sexual, ahora se plantea como conflicto entre el derecho a la vida o el derecho a la libertad. La pregunta crucial, entonces, parece ser si puede hablarse de asesinato, es decir, si existe persona desde antes de nacer. Sea cual fuere la respuesta, ese debate esquiva el bulto del problema, lo aleja de nosotros y de la experiencia. Porque todos conocemos, aunque sea de mentas, a alguna mujer que abortó, pero muy pocos conocen a alguien que haya matado a alguien. Asimismo todos sabemos que, incluso en los países donde abortar está totalmente prohibido por la ley, cualquiera consigue el teléfono o la dirección de un abortero clandestino. Pero son muy pocos (y se ubican sobre todo entre los marginales o los poderosos), en cambio, los que tienen la posibilidad de contactarse con un asesino a sueldo, un profesional desconocido que, a cambio de dinero, está dispuesto a prestarnos el servicio de dar muerte a un inocente.

Tomemos nota, entonces, al comenzar este libro (que no intenta convencer ni desautorizar a nadie, que no invita a acordar sino a pensar), de estas especiales características que enajenan el aborto de nuestras experiencias en el momento mismo en que se proponen encarar su discusión.

[page]

Página 2

Perturbaciones

El aborto es una materia moralmente problemática, pastoralmente delicada, legislativamente espinosa, constitucionalmente insegura, ecuménicamente conflictiva, sanitariamente confusa, humanamente angustiosa, racialmente provocativa, periodísticamente explotada, personalmente sesgada y ampliamente ejecutada.
John Mc Cormick

El aborto se ha convertido en una pieza clave del ajedrez político de muchas naciones. En Estados Unidos, “la guerra entre los grupos antiabortistas y sus adversarios —asevera Ronald Dworkin— es la nueva versión americana de las terribles guerras de religión de la Europa del siglo XVII. Los ejércitos enfrentados marchan por las calles y se aglomeran para protestar en las clínicas donde se practican abortos, en los juzgados y en la Casa Blanca, gritando, insultando y odiándose los unos a los otros. El aborto está lacerando a Estados Unidos.”[1] El aborto es tal vez la conducta más discutida y polémica del Derecho Penal. En 1973, en el caso Roe vs. Wade, el más famoso de la historia jurídica norteamericana, la Corte Suprema interpuso la Constitución en el debate. El caso era el de una joven camarera de Dallas que, no pudiendo costear los gastos del viaje a otro Estado para abortar sin violar la ley, cuestionó ante el Tribunal Supremo la legislación de Texas que sólo permitía el aborto si la vida de la mujer estaba en peligro. La tardanza del veredicto obligó a Jane Roe a proseguir con el embarazo y cuando dio a luz entregó en adopción a su hijo. Pero el resultado de su caso cambió la vida de millones de mujeres; dos años después, la ley era modificada, prohibir el aborto fue declarado inconstitucional en todos los Estados de la Unión.

En 1992 el aborto fue un punto esencial en las plataformas electorales de Clinton y Bush. Y en el año 2000, el primer paquete de medidas tomadas por Bush hijo fue recortar los subsidios a las fundaciones que apoyaran esta práctica en el resto del mundo. Antes de la reunificación alemana, el aborto libre era un método común de control de la natalidad en Alemania Oriental, mientras que en la Occidental su práctica estaba más restringida, y se exigía a las mujeres presentar un certificado médico que lo avalara. Después de la caída del muro, esta divergencia entorpeció a tal punto el proceso de reunificación, que se decidió transitoriamente mantener las viejas condiciones en cada territorio.

La cuestión del aborto es una especie de grieta en el mapa de los alineamientos políticos convencionales, las posiciones a favor o en contra de legalizarlo exceden el marco de coincidencias ideológicas que caracterizan las alianzas entre los grupos de derecha o los de izquierda, entre las potencias imperialistas y las instituciones religiosas. El debate sobre el aborto traba la homogeneidad en el seno de cada postura frente a la sociedad: ideologías políticas, decisiones legislativas, instituciones religiosas, movimientos sociales, disciplinas científicas, etc. Las tendencias de conservadores y liberales se confunden aquí, y dentro de cada partido político existen ácidos desacuerdos pero también conciliadoras estrategias. Reagan, expresamente a favor de la cruzada antiaborto, nombró en 1981 como juez del Tribunal Supremo a una mujer, Sandra Day O’Connor, conservadora en otros aspectos pero decididamente liberal en la cuestión del aborto. También dentro del bloque comunista se vio con creces la poderosa ubicuidad del aborto. Si Alemania Oriental mantuvo el aborto legal hasta la caída del muro, la Rumania de Ceaucescu lo castigó con la muerte. Lenin lo había legalizado en 1922 y Stalin lo volvió a prohibir en 1936. En la Argentina, el dictador Videla y el demócrata Alfonsín presentan posiciones inversas a las esperadas [2] : el militar es más flexible a la hora de condenar el aborto de una mujer que quedó embarazada producto de una violación —es cuestión de honor— mientras que el político de la democracia no tolera excepciones al derecho a la vida. Las mismas leyes que lo prohíben autorizan, según la reforma laboral de 1999, a los empresarios a realizar un test de embarazo antes de contratar a una mujer que si está encinta quedará fuera de competencia en el mercado laboral.

Los motivos por los cuales el aborto fue prohibido o permitido en distintos países y en distintos momentos son también diversos, cuando no contradictorios. Francisco Carrara, el penalista más importante del siglo XIX, lo tipifica como “delito contra el orden de la familia”. Con el mismo argumento de defensa de la familia se procedió a despenalizarlo en 1934 en Uruguay: reducir el número de nacimientos significaba, “en el contexto de una sociedad amenazada por la desocupación y la crisis económica”, proteger a “la mujer y la familia”. De ninguna manera esto significaba su aceptación moral, según afirma el mismo redactor de la ley de despenalización uruguaya el aborto es “uno de los actos más repulsivos, vejatorios y contra natura” que se puede cometer; y aunque no fuera “jurídicamente un delito”, el hombre que lo comete deja de ser un hombre de honor y la mujer se rebaja al nivel de “una prostituta” [3]. En China el aborto legal tampoco fue una conquista de las libertades individuales, se impuso frente al riesgo de sobrepoblación un estricto control de la natalidad penalizando a las familias que tuvieran más de un hijo, haciendo del aborto no un derecho sino casi una obligación.

El “perfeccionamiento de la raza” o “eugenesia” sirvió tanto para prohibir el aborto en general como para permitirlo. Hitler lo condenó severamente entre los arios pero era indiferente frente al aborto de judías o gitanas. El código fascista italiano sacó al aborto de los delitos comunes contra la vida y lo ubicó entre los cometidos “contra la integridad y la salud de la especie”. Y aunque resulte increíble, el “perfeccionamiento de la raza” fue en la Argentina de 1913 el motivo para exceptuar, a través del Inciso 2 del art. 86 del Código Penal argentino —en vigencia—, la penalización de los abortos realizados a mujeres con deficiencias mentales.

En la Argentina se intenta que la condena obtenga un fundamento en la letra de la Constitución Nacional. En Estados Unidos, en cambio, obtuvo su credencial legal como asunto constitucional. Fue invocando en su defensa la Enmienda 14 de la Carta Magna que establece el derecho de todo individuo a su vida privada y por tanto a sexo y reproducción, que el uso de anticonceptivos y la libertad de elección entre el aborto y maternidad fueron considerados asuntos privados sobre los cuales son los individuos y no el Estado los que tienen derecho a juzgar.

En el mismo seno de la Iglesia Católica no hay consenso, ni entre teólogos ni entre creyentes. A lo largo de la historia del cristianismo las posturas sobre la inmoralidad del aborto sufrieron cambios radicales. Hasta 1869 el embrión no era considerado vida humana antes de los 40-90 días de la concepción —cuando el alma animaba el cuerpo— y la principal culpa del aborto no consistía en matar sino en fornicar. Hoy el Papa condena el aborto apelando a los derechos humanos y afirma que este respeto por la vida se halla en el origen del cristianismo. Por otro lado, la agrupación Católicas por el Derecho a Decidir surgida en Estados Unidos y expandida a todo el mundo subraya que la posición del Papa sobre el aborto no constituye “doctrina infalible” en la Iglesia. Se apoyan en una interpretación no sexista de los Evangelios para mostrar que abortar debe ser una decisión personal y nunca crimen o pecado en general.

Ante el caos de opiniones, se le pide a la ciencia que dictamine. Pero tampoco los científicos se ponen de acuerdo. Las disciplinas científicas que rodean el aborto —medicina, biología y genética— presentan el mismo campo de conflicto interno. Desde los conocimientos más avanzados de la embriología y la genética no se desprende una posición unívoca respecto de cómo se define la vida humana, la “verdad objetiva” parece ser difícil de encontrar respecto del aborto aunque los datos sean precisos. Frente a esta situación algunos jueces optaron, a veces asumiendo que eran arbitrarios y otras amparándose en la objetividad de la ciencia, por una o por otra posición. Por ejemplo Harry Blackmun, el juez que presidió la Corte Suprema de Estados Unidos cuando el fallo de 1973, dijo que “el feto no es una persona”. Mientras que, en una medida sin precedentes, un fiscal italiano reconoció la personalidad jurídica de un feto en un juicio por indemnización de daños y perjuicios. En cada uno de nosotros se reproduce de alguna manera esta disonancia.

A otro nivel, muchos que se oponen públicamente al aborto legal, en el seno de su vida privada aplican principios menos tajantes o absolutamente opuestos. Durante la campaña presidencial de 1992 tanto el presidente Bush como el vicepresidente Quayle, habiendo expresado sus opiniones en contra de la legalización del aborto en los términos ortodoxos más duros, dijeron que apoyarían a su propia hija o nieta si decidieran abortar. En 1999, después de proponer al Sumo Pontífice la idea de hacer del 25 de marzo el Día del Niño por Nacer, Carlos Menem lanzó su campaña parlamentaria acusando a la oposición de “proabortista” y tuvo que abandonar esa consigna cuando su ex esposa, Zulema Yoma, declaró a la prensa haber sido apoyada e inducida por su marido a abortar.
En el otro extremo, Pier Paolo Pasolini, cuyas obras y escritos subversivos alentaron a muchos jóvenes a oponerse a la sociedad de consumo y a la lógica capitalista de una moral sexual calculadora y exitista, resistió las presiones de su propio espectro ideológico con las siguientes afirmaciones que vale la pena citar in extenso: “Está de por medio la vida humana —hablo de esa vida humana, esa individual y concreta vida humana— que en ese momento se encuentra en el vientre de la madre… En sueños, y en el comportamiento de todos los días —como les pasa a todos los hombres— vivo mi vida prenatal, mi feliz inmersión en las aguas maternas: sé que existía allí. Me limito a decir esto porque, sobre el aborto, tengo cosas más urgentes que decir… ¿Es popular estar con los abortistas en modo acrítico y extremista? ¿No hay ni que dar explicaciones? ¿Se puede tranquilamente pasar por alto un caso de conciencia personal que afecta la decisión de hacer o de no hacer venir al mundo a alguien que quiere venir (aunque luego será un poco más que nada)? ¿Hay que crear a toda costa el precedente incondicionado de un genocidio sólo porque el status lo impone?... considero que el aborto es una culpa, pero no moralmente, esto no se puede discutir. Moralmente no condeno a ninguna mujer que recurra al aborto ni a ningún hombre que esté de acuerdo con ello. No trato de hacer ni he hecho una cuestión moral sino jurídica. La cuestión moral afecta sólo a los ‘actores’, es un asunto entre quien aborta, entre quien ayuda a abortar, entre quien está de acuerdo con abortar y la propia conciencia. En lo que yo no quiero entrar y, si lo he hecho, he escogido siempre el mal menor, es decir, el aborto. O sea que he cometido una culpa. En la vida, en lo pragmático, la moralidad es práctica, no hay más alternativa… No hay ninguna buena razón práctica que justifique la supresión de un ser humano ni en las primeras etapas de su evolución. Sé que en ningún otro fenómeno de la existencia hay una voluntad esencial de vida tan furiosa y total como en el feto. Su ansia de ejercer su propia potencialidad, recorriendo nueva y fulminantemente la historia del género humano, tiene algo de irresistible y por eso también de absoluto y de alegre. Aunque luego nazca un imbécil… el aborto es una culpa aunque la práctica aconseja despenalizarla.” [4]

Se dice que abortar está mal y en consecuencia debe prohibirse. O se dice lo contrario, hay que legalizarlo puesto que no tiene nada de inmoral. En ambos casos el conflicto queda suprimido. Lo que dice Pasolini es que el aborto es una culpa, un homicidio, y que a pesar de ello debe ser legal. Pocos admiten esto: la separación entre moral y derecho. El supuesto común es que las leyes son —o deben ser— una medida de la moral social, apoyar lo bueno y condenar lo malo donde el premio significa la ausencia de castigo. Sin embargo, todos sabemos que el hecho de que un acto sea inmoral no implica que sea punible. Ejemplos sobran: la explotación capitalista con toda suerte de estafas legales, la traición de un amigo, etc. Tampoco legalizar un acto garantiza su justificación ética, ¿lo fue, entonces, amnistiar a los genocidas? Ni todo acto penado por la ley resulta necesariamente inmoral; Simón Wiesenthal “cazaba” nazis, las Madres de Plaza de Mayo surgieron como tales violando los reglamentos de la dictadura militar. Que un acto sea inmoral no implica que deba sancionarse como ilegal: ésta es la base del sistema democrático, esto significa libertad de culto, de opinión y de pensamiento. Aunque la premisa fundamental de la democracia diga que lo que está mal puede ser legítimo y lo que está bien, criminal, el piso social teme y tiembla. Que un acto no sea inmoral tampoco implica que sea bueno. Bueno y malo tal vez no sean, al fin y al cabo, cuestiones de rango general.

Actualmente, el debate se desplazó hacia el terreno de los Derechos Humanos. Pero éstos también son ambiguos. En la Argentina se da por sentado que entran en oposición derecho a la vida (del feto) y derecho a la libertad (de la mujer). En Estados Unidos o en Francia se legalizó por el derecho individual a la privacidad o a la libre elección. Pero donde está prohibido, ese mismo derecho se desplaza de las mujeres a los embriones y se recicla el conflicto desde la perspectiva de la mujer como ciudadana y ser moral, entendida como derecho a la calidad de vida y la dignidad humana. Aquí es donde el debate sobre el aborto alcanza su paroxismo. En tal terreno se enfrentan a muerte Vida y Libertad. Dicho de una manera más íntima de enlace, el derecho del feto a la vida y el derecho de la mujer a la libre elección sobre su propia vida. Los reclamos que nos interpelan desde ambos dramas son justos. El conflicto es tan irresoluble como inesperado. ¿Cómo comprender que el mismo fundamento sirva para avalar prohibición y legalización del aborto? Oponerse a la inmoralidad del enemigo no es oponerse al enemigo.

[page]

Página 3

La Esfinge de los derechos humanos

En general, los defensores de los derechos humanos son también defensores de la legalización del aborto. Esta doble pertenencia es conflictiva. Contra el aborto legal, se esgrime el descubrimiento de las cualidades indudablemente humanas del embrión como prueba concluyente de su dignidad y se denuncia que el derecho a matarlo legitima la violación del derecho a la vida. Frente a esta acusación, toda posición a favor del aborto legal se encuentra en un aprieto: cómo defender el derecho a destruir vida humana sin impugnar automáticamente el “No matarás”.

Luchar por despenalizar el aborto fuerza a afrontar el cargo de violar el derecho a la vida. A algunos esto les parece un sofisma, a otros un malentendido, a unos terceros un cargo injusto e infamante. Sin embargo, la simultánea denuncia contra el terrorismo de Estado y contra la opresión de las mujeres encierra un dilema auténtico. No se trata de un escollo argumental que pide ser resuelto por la lógica. Se trata de un desafío del pensamiento, un desafío que implica un tremendo riesgo político.

Para hacer hablar a la Esfinge, hay que interrogar la lógica discursiva de los derechos humanos. En un país como la Argentina esto es difícil. Cualquier intento de cuestionarlos puede ser leído ambiguamente como una justificación de los genocidas. Pero su interrogación es necesaria, precisamente, para que los derechos humanos dejen de ser un discurso de la derrota. ¿Dónde buscar el sésamo que justifique abortar sin violar los derechos humanos? Paradójicamente, en los mismos derechos humanos. Pero este recurso implica compromisos que la experiencia del aborto rehúsa soportar. Los derechos humanos no tienen sexo ni edad. No toleran los matices que el sentido común reconoce entre perder un embarazo y perder un hijo. Esos principios no tienen “madre”, son el motor inmóvil del Estado. Bajo su mira, ser humano antecede a ser hijo, la vida como derecho no supone ni el sexo ni la muerte.

Quienes ansían fundir en un mismo nudo libertad política y libertad sexual quedan entrampados en argumentos en los que no creen. Echan mano a las categorías liberales de libertad personal, autonomía individual o vida privada; y por una suerte de mimetismo de jerga terminan creyendo en ellas. Terminan excluyendo cuerpo, sexo y muerte, las coordenadas esenciales del aborto, y se ven obligados a desdoblar el acto de abortar del acto de matar.

El intento con frecuencia se doblega ante la Esfinge, porque apelar a los Derechos Humanos implica decir que abortar no ataca la vida. Se trata de persuadir ¿a quién? No a las mujeres que abortan sino a los que las acusan. Los que defienden la legislación del aborto como derecho humano son abogados de las mujeres que abortan, no sus aliados. Las justifican (como víctimas de una ley sexista, poco democrática o clasista), las representan (elaboran proyectos de ley y traducen a términos políticos experiencias que los exceden). No hacen peligrar al sistema, quieren ser reconocidos por él. ¿Entonces?

[...]

En el debate del aborto los dos términos más prestigiosos de los derechos humanos —vida y libertad— se enfrentan a muerte. El conflicto es tan irresoluble como inesperado: ¿cómo comprender que el mismo fundamento sirva para avalar la prohibición y la legalización del aborto?

Contrarios políticos pero hermanos de leche, somos modernos, unos y otros. Estamos tan reñidos en torno de la moral del aborto como unidos en sus fuentes. Ambos basados en la configuración moderna, democrática y burguesa de valores, la importancia de la felicidad (personal), el repudio por la violencia (ilegítima), la creencia en derechos inviolables.

Los derechos humanos, a la vez que desarticularon el eje de la condena cristiana del aborto, sentaron las bases para su nueva prohibición laica. Democracia significa separación entre derecho y moral, Estado y religión: la libertad individual erradica el pecado sexual del campo del crimen. Y ese mismo derecho hará de las mujeres embarazadas un rehén potencial de la reproducción cuando también los embriones cobren estatura de “individuos” y no puedan ser objeto del arbitrio individual. La libertad que invalida la moral sexual como argumento penal contra el aborto, legitima a las mujeres a decidir sobre su maternidad. En ese mismo movimiento surge el derecho a la vida que va a sustentar su condena. El paradigma de la esclavitud sirve tanto para condenar el aborto como para legalizarlo. La diferencia entre ambos casos está en quién ocupa el lugar del esclavo. Si se permite abortar, se otorga a las mujeres el derecho de propiedad sobre la vida de los embriones, si se lo prohíbe, se pone a las mujeres en situación de esclavas de la reproducción. O no son iguales los no nacidos o no son libres las mujeres.

Como si el reclamo tuviese mayor categoría política, la criminalización del aborto se convirtió, junto a torturados y perseguidos, desnutridos o discapacitados, en un caso más de violación de los derechos humanos. En la siguiente lista, consensuada por militantes y especialistas de todo el espectro ideológico, y por organismos internacionales gubernamentales o no, privados y no, enumeramos cuáles son específicamente los derechos humanos que, según S. Chiarotti, M. García Jurado y G. Schuster [5], la prohibición del aborto viola: Derecho a la vida, que incluye no sólo la sobrevivencia a la muerte (sic) sino el derecho a vivir una vida digna, plena y saludable. Derecho a la integridad personal, que incluye el no ser sometida a tortura, trato cruel, inhumano o degradante. Derecho a la igualdad. Derecho a la libertad personal. Derecho a vivir una vida sin violencia. Derecho a la salud. Derecho a no sufrir discriminación. La serie íntegra podría ser suscripta para aplicarla tal cual al embrión contra el derecho de las mujeres a abortar.

¿Qué tipo de discurso es el de los derechos humanos que permite tal contradicción? Tanto respecto del aborto como de la democracia las partes en conflicto recurren a los mismos valores para sustentar posiciones contrarias y se acusan recíprocamente de violarlos y de hacer enunciados hipócritas. El problema es más profundo, no se trata de hipocresía ni de contradicción. Si la bandera de los derechos humanos pudo convertirse, especialmente desde los ochenta, en un comodín al que recurren tanto izquierdas y derechas, feministas y militantes Pro-Vida, es porque encarna el dilema del desafío y el fracaso de la democracia.

La imagen usual de los derechos humanos los presenta como el último bastión de los perseguidos inferiorizados por la ley. Pero esta idea es un prejuicio de sobrevivencia que las Constituciones Nacionales desmienten sin pudor desde sus primeros artículos. Más que “derechos” en el sentido jurídico, son invocados como “leyes” de la vida, creadas por la naturaleza humana, el viejo “dios” pero mudo y sin voluntad, donde pueden recalar en última instancia los individuos amenazados por los gobiernos, sometidos a coacciones políticas, raciales, sociales o sexuales. No derechos humanos sino reivindicaciones humanitarias, principios, denuncias e indignación. Algo así como escudos morales contra los intereses de los poderosos, una suerte de mantra jurídico, un refugio legal contra la ley.

La doctrina de los derechos humanos es la ficción ciega de la modernidad. El valor de la vida como derecho del individuo contra el poder del Estado es una ilusión que acompaña la derrota de los movimientos políticos y sociales desde fines de los setenta. La entrada de la Vida entre los derechos humanos no fue un triunfo sino un mea culpa; apenas pasada la Segunda Guerra Mundial, las Naciones Unidas hicieron un acto de contrición universal y declararon que la vida también es un derecho humano. Contra la idea corriente de que los derechos humanos defienden al individuo contra los abusos del Estado, éste nace como garantía de aquél, su solidaridad es intrínseca al sistema democrático. Hasta entonces, la democracia protegía la vida en función de los derechos de libertad y propiedad establecidos en las declaraciones francesa y norteamericana del XVIII. Confrontado a la luz de éstas, el significado corriente dado al derecho a la vida y a la libertad no coincide con el que éstos asumen en su formulación.

Porque los derechos humanos, ciertamente, formalizan la abolición de la esclavitud y de toda servidumbre: ser libre quiere decir, estrictamente, no ser esclavo, pertenecerse. Libre se define al ser humano que no puede ser vendido ni comprado; de ninguna manera implica que no pueda ser sometido o explotado. Por el contrario, sólo un hombre libre puede ser un asalariado, sólo el individuo que es dueño de su fuerza de trabajo está en condiciones de venderla en el mercado a cambio de un precio convenido a través de un contrato donde no media ninguna fuerza coactiva entre el capitalista y el trabajador. Los derechos humanos del individuo que fundan la democracia son también las condiciones que fundan el modo de producción capitalista, la contrapartida ideológica de la economía de mercado. La relación entre democracia y capitalismo no es contingente. En su surgimiento, los derechos humanos establecen quiénes son los nuevos sujetos de las relaciones sociales que hacen añicos el modo de producción feudal. El nuevo sujeto es el individuo, y sus coordenadas el derecho natural y el contrato social.

Comunes a todos los miembros de la familia humana por igual, según reza la Declaración de las Naciones Unidas de 1948, el carácter universal de los derechos humanos requiere un grado de abstracción tal que no permiten contemplar ninguna diferencia. “Los derechos humanos constituyen, según Isidoro Cheresky, una base indeterminada para el orden político porque su sentido último no está dado por ningún enunciado positivo irreversible o indiscutible más allá de la distancia misma (irreductible) entre los derechos y el poder.” [6] En otro artículo, publicado por Punto de Vista en 1992, Cheresky lo pone de manifiesto desde el título mismo, relacionando “la emergencia de los derechos humanos y el retroceso político”.

En Los orígenes del totalitarismo, Hannah Arendt realiza un agudo análisis de las “perplejidades” de los derechos humanos: estableciendo el nacimiento como condición suficiente para merecerlos, de hecho dejaron fuera de los mismos a los Hombres que no eran Ciudadanos. O sea, apenas se otorgaron derechos naturales al hombre por serlo, quedaron desprotegidos aquellos seres humanos que carecían de un gobierno que los defendiera. Se tornaron apátridas; una vez que se vieron privados de sus derechos humanos, carecieron de derechos y se convirtieron en la escoria de la Tierra.

Ninguna paradoja de la política contemporánea se halla penetrada de tan punzante ironía como la discrepancia entre los esfuerzos de idealistas bienintencionados que insistieron tenazmente en considerar como “inalienables” aquellos derechos humanos que eran disfrutados solamente por los ciudadanos de los países más prósperos y civilizados, y la situación de quienes carecían de tales derechos. [7]

Como los Derechos del Hombre eran proclamados “inalienables”, irreductibles e indeducibles de otros derechos o leyes, no se invocaba autoridad alguna para su establecimiento; el Hombre en sí mismo era su fuente tanto como su objetivo último. Además, no se estimaba necesaria ninguna ley especial para protegerlos, porque se suponía que todas las leyes se basaban en ellos. Lo que Arendt dice es que apenas apareció el hombre como un ser completamente emancipado y completamente aislado, que llevaba su dignidad dentro de sí mismo, sin referencia a ningún orden circundante y más amplio, desapareció otra vez como miembro de un pueblo. La paradoja implicada en la declaración de los derechos humanos inalienables consistió desde el comienzo en que se refería a un ser humano “abstracto” que parecía no existir en parte alguna, porque incluso los salvajes vivían dentro de algún tipo de orden social.

Incluso tomando al nazismo puede verse que sólo en la última fase de un proceso más bien largo queda amenazado el derecho a la vida. “Sólo si permanecen siendo perfectamente ‘superfluos’ —sigue Arendt— si no hay nadie que los ‘reclame’, pueden hallarse sus vidas en peligro. Incluso los nazis comenzaron su exterminio de los judíos privándolos de todo status legal (el status de ciudadanía de segunda clase) y aislándolos del mundo de los vivos mediante su hacinamiento en ghettos y en campos de concentración; y antes de enviarlos a las cámaras de gas habían tanteado cuidadosamente el terreno y descubierto a su satisfacción que ningún país reclamaría a estas personas. El hecho es que antes de que se amenazara el derecho a la vida se había creado una condición de completa ilegalidad.” Los derechos humanos nos enfrentan a una paradoja: por un lado, son otorgados a las personas por su sola naturaleza humana, pero por otro, cuando un hombre cuenta con su sola naturaleza humana, está desposeído del derecho a tener derechos.

Parece como si un hombre que no es nada más que un hombre hubiera perdido las verdaderas cualidades que hacen posible a otras personas tratarlo como a un semejante.

Estas lúcidas y amargas ideas demandan una actitud tan transformadora que su sola aceptación teórica es una estafa. Hacerse cargo de la crisis de los fundamentos de la democracia no significa poder resolverla. Si se me preguntara si hay alguna otra opción, diría que lo primero es mirar de frente este desastre. La visión de Hannah Arendt es estremecedora, pero no es apocalíptica. Por eso titula al capítulo “Perplejidades de los derechos humanos”. No anuncia su fin, invita a aceptar la conciencia de sus enormes limitaciones. El Otro existe antes que cualquier derecho, más acá de la democracia o de cualquier otro anonimato en que la Historia pretenda colocarlo. Un solo acto ético es infinito, no requiere de pedagogos ni de defensores.

Pasemos a preguntas íntimas. ¿Hay una salida individual para los problemas personales? ¿Hay una salida individual para algo?


————————————

Del mismo autor: