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Baloonberg

27 08 2004 - 16:10

Es así:

Blumberg es un pobre tipo. No sabe vivir, no sabe pensar, no sabe tratar a la gente, cree (como confiesa en este increíblemente áspero reportaje en Clarín) en el voto calificado… Producto de sus limitaciones intelectuales y del círculo social que lo rodea, Blumberg es, en el más puro sentido del término, un infeliz. Vive sin entender lo que le pasa. Como la inmensa mayoría de la gente. Como, incluso, nosotros mismos, bastante a menudo. Esto es antes de que le secuestren y le maten al hijo.

Después, Blumberg sale a hacer lo que todos sabemos que hizo y hace. ¿Está iluminado por la tragedia, como sugiere la derecha? Y, no. ¿Se transformó en un nazi malvado que, por venganza, pretende encarnar y absorber todas las características del lado oscuro de la Fuerza, en preparación para la lucha de clases que viene pasado mañana? ¿Sabés qué? Tampoco.

Blumberg es tremendo, sí. Dice cosas que son difíciles de oir, y no precisamente por lo agudas. A veces da pena, a veces irrita. A ver, veamos qué dice la esencia destilada del mediopelo, en los foritos de Clarín…

Uh. Mirá. Dicen lo mismo que Blumberg. Incluso, notablemente, los que están en contra de Blumberg dicen lo mismo que Blumberg. ¿Entiende? Hablan igual. Son todos taxistas. Hace años (¿diez?) que el discurso filosófico de taxista impregna la más amplia gama de los sectores de clase media.

Y Sandra Russo decide que los Blumberg Boys no son “menos viles que un vulgar secuestrador”. No estamos muy seguros de que sea digna de discusión, semejante analogía. Pero para aceptarla como hipótesis, primero habría que dejar claro de quién estamos hablando. El modus operandi de Sandra Russo, que es bien Página, style-wise, es el de concentrar lo que se ataca en una persona, o en un grupo reducido de personas (cuando en realidad se trata de una expresión masiva). De este modo, y por la vía del miedo (una vez más) intentan que las ovejitas que podrían pensar como Blumberg no se animen a hacerlo, o al menos que no se animen a decirlo. Bullshit. ¿La gente es una mierda, viles cual secuestrador? OK, charlemos. Nosotros creemos que es más complicado que eso, pero puede ser. En cualquier caso semejante violencia verbal apuntada a la insanía casi declarada de Blumberg, es inaceptable. Y después, cuando Blumberg se vuelva loco del todo, los medios disfrutarán de su caída en partes iguales, tanto Página (que lo quiere ver suceder desde un principio) como Clarín (que toma distancia en estos días con esa actitud repugnante que le es tan característica). Mala gente. Poco serio, además.

Pavlovsky, Tato, trosko como él solo, ofrece una visión mucho más humana en esta nota ublicada en el mismo diario.

De hecho, nos encanta como Pavlovsky le baja el tono a la discusión con una frase gloriosa: “Y me parece que Juan Carlos Blumberg es de derecha”. ¿A vos no te parece? Ya está, listo, discutamos algo interesante ahora.

¿Cuál es el riesgo tan espantoso que encarna Blumberg, o incluso amigos más reaccionarios? Por ahora, al menos, están usando armas de lo más legítimas para impulsar medidas que nos parecen un disparate. Las medidas se discuten (o no), encuentran (o no) eco en sectores de la política con más o menos posibilidades de llevarlas a cabo; en última instancia estas cosas se votan.

Si alguien saliera a discutir el tema en términos políticos, con dos dedos de frente, sin preocuparse de lo que piense l a g e n t e, el fenómeno Blumberg se disuelve en cinco minutos. Pero no va a suceder, porque es tan emergente de la violencia (real) como de la necedad que impera en el ajedrez político del orto que es Argentina hoy.

Casullo puede, claro, pensar que el “que se vayan todos” era eso que dice (“el ganar la calle de un rumor de fondo menemista neofascista”). Y uno puede pensar, entonces, que los mecanismos mentales que le hicieron empuñar un arma en los’70 siguen incólumes. ¿Tan difícil es aceptar que el grueso de la gente es nefasta?

Aunque el problema tal vez no sea (o no sea solamente) una dificultad en aceptar que la gente es nefasta sino algo peor aun: es muy difícil admitir la impotencia de uno (nosotros, Casullo, Russo, K, quien sea) para hacer algo frente a eso. Y es algo del orden de lo discursivo. Es impotencia con las palabras, impotencia al ver que lo que uno dice no es lo que uno quiere decir — y en consecuencia lo que uno hace y los otros hacen se lee de forma distinta a como uno pretendía.

En cualquier caso, una intervencion más fresca y auténtica cambiaría verdaderamente lo que pasa, que en el mejor de los casos se transformaría en una verdadera disputa de poder en la que distintos grupos, personas y sectores pelean por darle sentido a las cosas y buscan propuestas ad hoc. But then, all of them are chicken. O retrógrados. O fascistas de izquierda o derecha. ¿Todos?

No sabemos. Lo que hay es mucho miedo. Aunque Russo no lo sepa, tiene mucho más miedo a admitir esa impotencia que a admitir que la gente es nefasta (algo que seguramente hará en el futuro, como lo hizo Página cada vez que Menem ganaba una elección). Y ese miedo es, más profundamente, un miedo a admitir la ininteligibilidad del poder, lo difícil que es construir poder político, cuánto mas difícil que ganar o perder elecciones, tener o no tener ministerios, escribir o no escribir notas, tener un canal para millones de personas o no tenerlo, tener el monopolio legítimo de las armas o no. A todo esto, excepción debe hacerse en el caso de Mario Wainfeld quien, como ya dijimos, es el único que sigue aportando dosis de lucidez a este debate insoportable.


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