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Adentro y Afuera

26 04 2005 - 12:19

“Estoy muy feliz, el BAFICI sigue estando abierto al público”, dijo Fernando Martín Peña en la ceremonia de cierre del séptimo Festival de Cine Independiente de Buenos Aires. “Razones no le faltan”, lo apoyaron en Clarín, auspiciante principal del BAFICI. Y lo explicaron con cifras, como se estila en el importante matutino, “porque la gente del Hoyts Abasto aseguraba que las entradas vendidas, comparadas con la edición 2004, aumentaron un 25 ”. “En todas las sedes –nos sigue informando el clarinete—hubo 174.500 espectadores para las 857 funciones. Y este año se vendió un 17.5 más de entradas”.

Chocho, el secretario de Cultura de la ciudad, Gustavo López, agradeció a Peña, el director, y su equipo y habló de “la diversidad cultural”, del “apoyo incesante que damos al nuevo cine joven argentino” y del “reconocimiento del público”. Para cerrar los discursos oficiales –cuenta Clarín—“el vicejefe de Gobierno porteño, Jorge Telerman, prefirió la metáfora: ‘Todos estamos enamorados del BAFICI, y como en todo buen amor, es correspondido’”.

¡Cómo es Jorge con los metáforas!, ¿eh?

Bueh, les commentaires. (Ojo, es largo. Tiempo estimado de lectura. 21’ 17’’)

Es casi seguro que el Festival de Cine independiente es una de las mejores cosas que pasan en la ciudad de Buenos Aires. Sí, una de las mejores que nos pasan todos los años a algunos blancos, acomodados y lindos que vivimos o transitamos la ciudad de Buenos Aires y que no somos todos, ni mucho menos una porción considerable, de todas las personas que viven o transitan la ciudad. Quienes por rutina de clase y de gusto, vamos desde chicos al cine, más de una vez por mes, contamos con esta gran posibilidad de gambetear durante dos semanas toda la bosta que se estrena durante todo el año. Es un gran regalo, una fiesta, una nueva navidad, unas pascuas sin viernes santo, es bárbaro, en suma. Esas películas nos hacen mejores, nos hacen felices, comprendemos más la vida por ellas. Sabemos, por ejemplo, por ellas, que la vida es incomprensible y no nos conforma del todo, pero al menos no estamos solos ante semejante noticia. Ese director coreano o francés lo ve igual que nosotros y, seguramente, los que están sentados al lado nuestro también.

Seguramente.

Porque la vida en el festival nos provoca una serie de malestares que va a ser mejor que revisemos, porque llevan siete años. Tratando de ser precisos o metódicos digamos que hay fastidios chicos y fastidios grandes. Y que buena parte de los fastidiecitos, en realidad son la manifestación visible, la puntita, de cosas que intuímos son profundas y que nos llevan a los fastidiezotes. Como el festival dura dos semanas, los fastidios mínimos —que en una fiesta cualquiera viviríamos como un ligero nubarrón anímico camino a la cocina a buscar una Coca— aquí se hacen hacen estructura, recurrencia, podemos aislarlos y tematizarlos. Y, al cabo, reírnos, que es una de las postales obligadas de cualquier celebración.

Desde hace siete Baficis, muchos miramos espantados a los pibes de anteojos de diseño, con los morrales de jean cruzados, que hacen masa en las distintas colas para sacar entradas y que visten su actitud de estamos en casa. Pensamos, claro, “¡qué boludos!” O, ¡qué boludas!, cuando sus novias o amigas evalúan el lugar en la industria del cine que ocupa ese señor que pasa por el corredor con una credencial y al que retiran del radar en cuanto captan que no pasa de tiracables. Nos causan gracia otros boludos que se sacan los zapatos en las salas y quedan en medias, siempre estiradas en la punta, indicando no puedo más, como quien lleva diez horas entubado en un jumbo volviendo de Europa.

Los otros, si son muy distintos, nos irritan siempre y hacemos mal en hacerlo saber porque eso empeora los vínculos humanos. El otro se lo toma personal, afirma quién es; y lo que hace y que nos molesta, lo hace mejor. Nosotros ratificamos el enfoque bélico y no superamos nada. Nuestra irritabilidad, a veces, es un simple problema para socializarnos. Eso también hay que tenerlo en cuenta.

Presentemos algunos otros personajes y situaciones.

Este año se incorporaron al festival cientos de estudiantes secundarios. Llegan por rebote de todas esas orientaciones nuevas que armaron los colegios privados para retener alumnado, en “comunicación y medios”, en “rock”, en “cine y video” y en las que se formatean alumnos “libres”, llenos de talleres, de posibilidades de expresión. Son cinco años de “decí lo que quieras” con un coordinador.

Quisieramos decir que sólo en tensión con lo establecido aparecen las mejores cosas, las mejores películas, los mejores libros, pero no sabemos si es verdad

Por razones de seguridad, los shoppings son desde hace años un lugar de encuentro de los adolescentes, por lo que esta asociación — ya de siete años entre el Hoyts y el Bafici— no pudo ser menos funcional estas semanas del 2005.

Entre los asistentes al festival se cuentan también una nueva generación de docentes, alejados del perfil de maestra pintarrajeada, que integran el eje educativo Palermo-Colegiales donde los jardines y escuelas tienen nombres de arbolitos y donde los chicos, desde los tres años, aprenden dramatización.

Los niñitos todavía no van al festival pero no perdamos las esperanzas de que en futuras ediciones se cree la sección “Niño no jodas con la video, tampoco” y vendrán estos dramatizados a decir sus cosas de chicos de moda. El complejo Hoyts no se opondrá.

¿Ya hablamos de las chicas con rulitos de carey, superadas por la agenda infinita de películas? Bueno, mencionemos ahora a los muchos varones preocupados por la diferenciación sonora dentro de las salas. Al respecto, la prueba masculina —en un universo donde escupir, hacerse el guapo o pasarse con las mujeres sobra— es el estallido de risas. Gente que ríe exageradamente en las salas del Bafici. Risas de haber comprendido. Podemos hablar de una risa bafici, porque no se la puede escuchar en ningún otro lugar. En la pantalla un actor dice algo gracioso. Algo contra los republicanos norteamericanos y el de la risa bafici se ríe más que el resto o solo y mal, como que captó algo más profundo, como si hubiera estado en el rodaje, como si supiera que ese director jugó una gambeta cómica que captan cuatro tipos, uno de los cuales es él.

Pero la risa bafici no funciona por oposición, si algo es gracioso es doblemente gracioso en el Bafici; pero si algo es tonto, no es doblemente tonto. No sabemos si esto es porque actúa la inteligencia y se decide no denunciar la cosa boba, con un bufido, un “uhh”, o que se trata de no poder aguantar estar viendo algo demasiado bobo, por lo tanto, callar es una forma de que no se den cuenta. O porque no les pareció demasiado bobo, directamente. O porque el director los tiene tan en cuenta a la hora de hacer su película, que el momento tonto no puede ser sino una genialidad encubierta.

Los malestares grandes.

Nos irritan, ya no nos reímos, el precio de las entradas que muchos podemos pagar pero que implican un corte de poblaciones con ingresos diferentes muy contundente y nos hace saber que no es que algunos no vendrán porque no tienen cinco pesos para gastar en cine, sino directamente porque no consideran que este festival les hable. Decimos, entonces “¡qué falta de cerebro!” Y nos irritamos con la publicidad de L’Oreal abriendo cada una de las funciones, igualito que en Berlín y en Cannes, promoviendo un programa de pureza continua y destacando los valores de una cara tersa y sin puntos negros. Sin puntos negros.

Decimos: “¿hace falta?” o “¿qué falta hace este formateo universal de caras en el espacio donde se pretende desacomodar lo uniforme?” No hace falta. No nos gusta tampoco que el espacio de relax, de living en la planta baja del Hoyts, sea auspiciado por Levi’s. Nos molestan también los cocteles diarios, ese estado de brindis que supone una fiesta sin sentido. No es el cumpleaños de nadie, nadie se recibió, nadie ganó un premio, nadie nació. Se hacen brindis porque sí. “¡Un brindis!”. “Brindis, brindis” ”¿Otro brindis?”. No porque no esté bueno brindar o tomarse una copa de algo. ¡Está buenísimo! ¡Sam! Nos preguntamos por el sentido. ¿Vale preguntarse por los sentidos de las cosas en un lugar donde se proyectan signos?

El festival, que ya tiene la inercia de una tradición, es guita, acuerdos económicos que hay que realizar, viajes, hoteles, aduanas, salarios. Visto antes de empezar parece un caos irrealizable: muchas piezas, poco tiempo. Pero se acomoda, increíblemente, porque la Argentina es un país donde cualquier ratón cree que puede tener un restaurant. Entonces, ese espíritu emprendedor y empresarial, hace las costuras necesarias. Pero aquí es donde llegamos al espacio Levi’s o a la publicidad de L’Oreal que abre las sesiones.

¿Hace falta que el festival acuerde con una internacional de los uniformes y con otra de la piel tersa? Muy bien, ponen dinero que permite la realización del festival. Lo que automáticamente permite inferir que, sin ese dinero, el festival no se haría. ¿Por qué no se haría? ¿Porque el gobierno de la ciudad no tiene plata? Falso, tiene un montón. Se haría igual, sólo que es más fácil la lógica de que la plata la pongan otros. Pero, increíblemente II, no por pijoteros sino porque es más rápido el aporte del privado que la transferencia del Banco Ciudad.

A diferencia de lo que pasa con muchas películas que se pasaron en estos siete años, que prueban que todo se puede pensar, para que este festival exista hay cosas que no se pueden pensar. O que una vez pensadas deben quitarse del orden reflexivo y no ser jamás evocadas, como cuando tenés un mal pensamiento, tu papá golpeándote delante de unos primos, algo feo, y no querés arruinarte el almuerzo familiar.

Que el festival se realice en cinco locaciones ubicadas en la zona norte de la ciudad de Buenos Aires es un despropósito. Es claramente injusto. Es decirles a los habitantes de la zona sur: ustedes tienen el peor pavimento, la peor recolección de basura, la menor presión de agua y los cortes de energía más frecuentes y prolongados, pues a joderse, no pretenderán ver las buenas películas que traemos todos los años.

Claro, para quienes organizan, es más fácil imaginar a otro tomándose un colectivo para ir al centro que imaginarse a uno mismo haciendo un viaje a la periferia. Y la política y este festival es esclavo de tan pobre imaginación, de tanto egoísmo. Alguien lo pensó, seguro, pero no lo pudo seguir pensando.

Aunque ahora vamos a hacer un desfile de personajes involucrados en este asunto, permítaseme decir antes que pensar en esto es la obligación de muchos, muchos actores distintos, incluidos los profes de las escuelas de los arbolitos, la prensa y los chicos de anteojos de marcos enrulados.

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Almuerzan hoy.

Para Aníbal Ibarra, el festival es un gol sin correr demasiado, un penal sin arquero, una hora de un día en su agenda para la presentación y rédito todo el año. Es una pregunta en la reunión de gabinete de los martes: “¿Cómo estamos con eso?”. “Bien, marcha”. OK, otro tema. “Fatala, ¿cómo estamos con los aires acondicionados?”. No sabemos que Ibarra vaya al cine, no se sabe que haya anotado nada para ver en este festival. Había cuatrocientas películas, la mitad decentes, en un festival importante que se hace en su ciudad y el tipo no va a ver ninguna. ¿Ninguna? A la novia que trabaja en Canal Nueve, ¿tampoco le interesó ninguna para llevar al Intendente? Una peli, una. Por curiosidad. Pero no, viejo. No hay nada que hacerle. Lo contamos, solamente, para su cita anual con Maná en el Luna Park.

Para el secretario de Cultura, Gustavo López, el que dijo “marcha”, el festival es el gol que hace él (en la cuenta del gabinete), este año y que, por ello, no vale doble ni nada, porque lleva siete temporadas el Bafici y nadie reconoce nada que funcione por rutina. Habrá caído López, seguramente, alguno de los fines de semana a los cines, con algunos de sus hijos. ¡A ver alguna! “¿Qué me recomendás, Ferrrnando?, le preguntó por teléfono a Peña, el director del séptimo Bafici. Y Peña, que ha visto a tipos como López en mil películas malas, le responderá con cortesía y sintiéndose mal, sin dudas, por avivar giles. López, que sirvió a Shuberoff, fue radical de todas las versiones, personalista, antipersonalista, sushi, siempre chorizo, y ahora está con el casco de soldado internacional en el gabinete ibarrista, con el tema de su vida, el arte.

Para los programadores, el festival es su guerra mundial. Veinte años esperando que Hitler o quien sea invada Polonia y se pudra todo. Son tipos estudiosos y apasionados. Enamorados de lo que hacen en un mundo donde poquísimos se pueden dar los gustos. Los días del festival se los ve culposos en esos momentos en que la fiesta se pone nublada, porque son ellos y no otros los que programan y porque les incomoda tener poder, cuando siempre hicieron sus cosas, sus notas, sus libritos, sus revistas, a sus espaldas o a lo sumo a la sombra de los que tienen la manija. Algunos, ¿no? Otros creen cosas increíbles de sí mismos.

Si se mira el staff del festival que figura en Internet y se considera la distribución de tareas que se asume allí, hay que decir que la falta de reflexión sobre los precios de las entradas, sobre la distribución geográfica del festival y sobre la apertura L’Oreal les cabe a estos actores mencionados, principalmente. Y a todos, todos los otros, secundariamente.

Los programadores son críticos y destaquemos ahora que el efecto del Bafici sobre las nuevas generaciones de cinéfilos, es la proliferación de escuelas de crítica de cine, institutos; un invento argentino. Comprendemos que escribas sobre cine porque te gusta, para entender, para divulgar, para cuestionar, para publicitar. Lo que resulta más raro es ese plano cerrado sobre la idea de la crítica de cine. ¿Recibirse de crítico de cine? Es posible que los dueños de estos institutos sólo crean en la posibilidad de ganarse unos mangos hablando de lo que más saben, y que los que cursen allí sólo estén viendo el modo de aterrizar en el mundo de los adultos, de una forma que les evite trabajos alienantes y desgraciados, en un mundo de identidades móviles. Bien, si es así, y nadie se cree demasiado o for ever lo del “crítico de cine”, estamos bien.

Pero no es lo único que estos alumnos aprenden de sus profes. Son raros, escasos, los críticos de cine que escriben sobre algo que no sea películas, como si entre la casa y el cine no les pasara nunca nada. Entrenados para ver y entender lo que ven, sólo ven y se apasionan con lo que no existe, representado en una tela. Que la masa crítica, que podría estar en la primera línea de fuego para denunciar las faltas que mencionamos antes, esté compuesta por esta elite desinteresada seguramente facilita la perpetuación de las faltas y ese hiato que parece abrirse entre lo que vemos en la pantalla y lo que el festival es en su totalidad.

Decíamos, lo mejor del Bafici son las películas y se las debemos a los programadores que las buscan por el mundo. Y nos dirán, los que no admitan los malestares enumerados, “¡lo único que importa son los films!” En promedio, las pelis nos muestran un mundo donde las cosas no están del todo bien y son películas de lucha o de catarsis las que, por alguna razón, suelen ser las mejores. Hay películas felices que también están muy bien, claro. Muchas de las que veíamos cuando eramos chicos, por ejemplo, las de Louis de Funes, La pata o la pechuga.

En aquella época, digamos 1978, salíamos del Luxor en Lavalle, nos frotábamos los ojos con los dedos, como despertando, violentados entre el día de verdad de afuera y los días y las noches increíblemente falsos de dentro. Todos los chicos lo hicieron y lo hacen y todos los grandes ya dejaron de hacerlo. No obstante, las exageraciones respecto del cine se mencionan cuando uno es adulto, siendo que la parte sensorialmente más loca quedó atrás. El decir sobre el cine funciona dialécticamente con la cinefilia que es un diferenciador social fuerte. Al menos aquí, en Buenos Aires. Con una gran ventaja sobre los libros, viejo marcador de distancias culturales, porque mirar una película es muchísimo más fácil que leer un libro y hay poquísima gente con la que se pueda hablar de libros. No se invita a alguien a ir a leer juntos a la biblioteca.

Pero esto último no es muy importante. Lo que importa es que el mundo del arte, el que nos interesa más, es un mundo sin arreglo, descompuesto, sí, for ever. No es como el mundo promovido por el mercado que es perfectamente solucionable. En el fondo son mundos enfrentados. Y si no se enfrentan, el problema es de los artistas y no de los capitalistas que tienen como misión fundamental vendernos algo a todos.

Y las pantallas del Bafici presentan ese mundo de catarsis, peleas y preguntas importantes pero en su totalidad, el Festival no tiene más espíritu que el que le ponen los directores de los filmes que el Bafici sólo exhibe.

La película Repatriation de Dong-Won Kim es un documental que cuenta la historia de los coreanos del norte que quedaron presos durante más de treinta años en el sur por espías después de la guerra y quienes, pese a la tortura, nunca aceptaron convertirse. Entraron jóvenes y comunistas, salieron viejos y comunistas. ¿Por qué lo hicieron?”, se pregunta el director. ¿Por qué no te convertiste y la sacabas más barata?

A la salida de la sala, estaban los empleados de Hoyts con sus viseras, listos para la limpieza y para asegurar la rotación. Ese choque entre el mundo adocenado de afuera y el mundo de catarsis, luchas y preguntas de adentro debemos ganarlo. Y en esta séptima edición seguimos perdiendo. Somos quienes eramos más Repatriation pero no somos quienes eramos menos el programa de pureza continua.

Saliendo del cine, los jóvenes que nos irritan, los programadores, los cinéfilos de filo y hasta los jubilados de pro que largaron el Burako por un fin de semana, preservan su pacto con lo mercantil, su mirar para otro lado y su lealtad a los uniformes, no a los que respetábamos excesivamente de chicos sino a los que debemos combatir ahora.

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Mas al norte entuavía. El epílogo para el malestar grande.

En algunos años más, en pocos, la empresa Patagonik habrá logrado llevar el Bafici al Palermo Center, un emprendimiento conjunto de esa compañía y el gobierno de la Ciudad. El P.C. es una ciudadela de cines y patios de comida y negocios que se emplazará sobre las ruinas de la Bodega Giol, entre las calles Godoy Cruz, Santa Fe, Juan B. Justo y Paraguay. La novedad de este shopping abierto es que dispondrá salas para el cine arte y que, si vivís en Charcas y Godoy Cruz, ya no tendrás que buscar Paraguay o Santa Fe para cruzar a Juan B. Justo. Directamente atravesás la plaza seca y, por qué no, te tentás con alguna pavadita. Entusiasta en su presentación del año pasado, dos meses a.C. (antes de Cromagnon), el intendente Ibarra exclamó: “Esto unirá los dos Palermos”. No hizo falta aclararlo. Se refería a SOHO y a Hollywood. A las dos horas de pronunciadas estas palabras, fuegos artificiales estallaron en París y Budapest. Enterados en esas ciudades, quisieron celebrar que el Sena y el Danubio nunca serán entubados y que habrá que caminar lo que sea hasta los puentes para pasar del otro lado porque Aníbal no tiene ciudadanía europea.

Pero no hemos dicho nada. Patagonik es una empresa de Disney de la que participan el grupo Clarín y Telefónica Media. La preocupación de Clarín por el buen cine está a la vista todos los días. Lo mismo lo de los telefónicos que controlan Telefé. Sorprende, sí, Disney queriendo darle lugar a Kiarostami. Pero habrá que rendirse a las evidencias cuando las tengamos. De todos modos, se confirma esta asociación entre la alternatividad y los negocios.

Como se ha dicho en algún texto famoso, el estado es un robo. Transitivamente y no transitoriamente, el festival también lo es. Por eso esa sensación de estamos en casa de los pibes que nos alteran con sus poses, no es tan errada. Es de ellos, es el festival de los cinéfilos, de los hijos de los burócratas estatales mejor acomodados y de todos los hijos de los que tienen guita y mandan a los nenes a la FUC (Fundación Universidad del Cine) que sale un ojo de la cara por mes.

Una lástima la falta de coordinación con la Secretaría de Educación que, cada tanto, paga funciones de cine para los pibes de la zona sur porque esa es la única posibilidad de que vean una película no programada por Teleonce o el 13, en todo el año o en todo lo que han vivido. Claro, para ello y como mínimo, el Festival debería ser más que una pregunta en la reunión de Gabinete; debería ser una reflexión y debería tener un sentido.

Como es independiente, el sentido, el componente justiciero que la política siempre debe presentar en sus hechos, parece que ya fue aplicado. Pero no, falta algo más. Falta que se te ocurra cómo integramos población. Cómo damos las mismas oportunidades.

El botín del robo lo administramos de Rivadavia al norte. Contra todos los discursos de privilegiar al sur, de equilibrar lo que el mercado se encarga de desequilibrar, el estado se ha perdido otra oportunidad de correr la ciudad, de mover los ejes que la articulan. Se pierde la posibilidad de que miles de pibes de zona norte conozcan por primera vez Mataderos, barrio al que conocen por avión. Que conozcan chicas de Mataderos o que gasten plata allá, que es tan importante. Que les den ganas de volver.

Peña, el director, sumándose a regocijo López dijo también que el balance del séptimo festival es “positivo” y se sumó a la celebración de los números. “Un 17 por ciento más de público que en 2004”. Como Tristán, en la compañía de los hermanos Sofovich, una preocupación excesiva por el bordereaux y que desmerece al tipo que restauró Los traidores de Raymundo Gleyzer. Fernando, si querés más gente el año que viene, Manuel Quindimil te fleta unos micros desde Lanús. El pone los micros y los negros, vos tenés que poner las entradas. ¿Hay lugar para los pobres de Lanús en las salas del Bafici?

A diferencia de Cromagnon, donde la iniciativa privada mata a las personas sin control estatal; en el Bafici, de iniciativa estatal, el control privado de los detalles mata o anula el espíritu libertario, contestatario o rebelde que, al menos, las películas nos dicen que el festival es. El estado se deja, naturalmente; todos sus actores, también. Unos, los funcionarios políticos porque necesitan que la máquina funcione sin fricciones, renunciando a la historia porque en el futuro estarán muertos. ¡Que no se prenda fuego!, ¡que no salga mal!, son los gritos que resumen sus preocupaciones. Otros, los especialistas, y organizadores del mundo del cine del Festival, porque están superados. Durante el año, el maltrato de los funcionarios es tan grande, con la plata que no llega, los salarios que se postergan, los trámites que se olvidaron de hacer que, al final del recorrido, lo único que quieren es levantar el telón.

En todas las escalas pega también el porro capitalista. “Me tengo que juntar con la gente de L’Oreal Paris”. Ah, ¡la frase! ¡Excita!, sabemos que excita. Una caricia fría en el ojo del culo.

Epílogo de los malestares, chicos.

Suponemos que las cosas que decimos tienen su origen todavía más atrás o en una pregunta anterior a las interrogaciones y respuestas que venimos dando aquí. Queremos saber por qué disponiendo de semejante recurso humano, de tantos miles de tipos entrenados en decodificar símbolos, sensibles, con anteojos de moda o con rulos, lo mismo da, las cosas no están mejor. La respuesta no es fácil, porque podemos arrancar pensando al revés y decir que es por ellos, (y por nosotros), que no estamos peor. Y terminamos la charla acá.

Repongamos las imágenes. Miles de pibes hacen la cola en el shopping Abasto. Van a un festival de cine que se define independiente porque pasa películas que están fuera del mainstream, lo cual significa que funcionan por afuera y muchas veces en contra de la industria del entretenimiento. Que mantienen la pretensión del arte, por sobre la de gratificar a las masas con lugares comunes, y la no subordinación de la inteligencia a sensaciones primarias como el miedo, el vértigo o las erecciones.

Los chicos cuentan sus entradas como los que nunca sacan las cintas que les ponen a las maletas en los aeropuertos para que no se pierdan y que se acumulan como prueba de la posición a la que llegaste o en la que te quedaste (que, a veces, es más preciso).
Estos muchachos, hijos de las mejores familias de Buenos Aires, las más ilustradas, las que vieron a Les Luthiers todos los años y exaltaron a Bergman, se sacan los zapatos en el cine, se sientan en la sala, en la diez o en la siete o en la doce y le preguntan a su amigo:

—Esta de ahora, ¿cuál es?

—Una ficción chilena.

Disponen ocasionalmente de la risa bafici como identificador personal, y ven veinte, treinta películas, muchas, durante dos semanas, lo que dura un Grand Slam. Son felices como los días de sports en los colegios ingleses. Visto así, nada para decir.

Entonces, ¿queremos que chiflen cuando viene la presentación de L’Oreal y el anuncio del sorprendente programa de pureza continua?

Sí, queremos.

¿Queremos que abran con trinchetas los almohadones del Levi’s lounge para ver si hay arena debajo de la guata? No, porque después los que limpian son los pobres. Pero podemos querer que pasen al lado y digan “yo acabo de ver Repatriation, no me boludées, Levi’s” o “Telerman, López, Peña, hagamos acero, no caramelos”.

Menos adocenamiento, más indisciplina.

Que el mundo complejo al que accedés cuando entrás en la sala te sobreviva cuando salís y lo uses. Eso queremos.

Si estos pibes uniformados por Levi’s, despolitizados, desinteresados por todo el mundo de verdad, y a los que vemos haciendo las filas para conseguir sus veinte, treinta entradas de cada año, estuvieran un fin de semana haciendo la cola para entrar a la rave, clavarse energizantes y hacerse los lindos, nos provocaría la vergüenza ajena de siempre o la indiferencia de los últimos tiempos, pero se meten con los símbolos, con el cine, con cosas que tienen sentido.

Con eso no se jode.


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Del mismo autor:
La Familia Bilial
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