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Aleluia

1 05 2005 - 17:32

Para los Beatles y su generación, llegar a los 60, o a los 64 para ser más precisos, en buena forma, era el arte de llegar queridos, con la cabeza despierta y una vasta vida sobre las espaldas. La juventud era tan intensa y había tanto por hacer, que la vejez deseada no era un perpetuo y estirado estado de excitación, sino un reposado contemplar. Para llegar a viejo, finalmente, había que dejar de ser joven. Luego las cosas, dos de los Beatles que no tuvieron la chance de ver cómo se las arreglarían. La vida de Paul McCartney, a poco más de un año de llegar a los 64, tiene mucho más que ver con lo que imaginaron en sus años mozos que lo que uno podría pensar.

“El martes pasado cumplí 60, loco. ¿Y quieren saber cómo llegué en tan buena forma?” dice Piero, el viernes a la noche, sentado en una silla, en un teatro de Queens con sus 450 butacas ocupadas, más alguna gente sentada en los pasillo y otros finalmente acomodados en los sillones del pseudo living montado sobre el escenario. Nadie ha dicho, quizás siquiera pensado, que Piero haya llegado en buena forma a ninguna parte. “Tomando mate”, dice uno, casi seguro peruano, de los que, como la mayoría aquí en Natives Theatre, tiene ensamblada en su cabeza una cadena asociativa de eventos folclóricos que atan cierta pronunciación de la “Y”, el mate, la palabra “che”, el Che y una tribu del continente caracterizada por su soberbia y altanería.

“El mate, claro. Mate por la mañana. Y también tener un hijo de apenas un año, un nieto de dos y otro hijo de treinta.”

La mayoría aplaude. Piero rie. Visto así, a unos 10 metros, Piero es una tía gorda, o un amigo del barrio cuando eramos muy chicos. Tiene una barriga generosa (quizás no mucho peor que la supongo nos espera a muchos a esa edad), pero el problema está en otro lado, en la flaccidez de las carnes de la cara, reforzada por la palidez y cierto lípido acumulado en las mejillas; o el problema está en la escasa tonicidad de sus músculos faciales.

Digamos, Piero parece un verdaro estúpido. Y no lo ayuda la melena enrulada y frondosa, desacompasada con los años que lleva encima, que resignifica y le da un sentido claro, recién ahora, a la queja de mis mayores en sus “che, ¿por qué no te cortás esa melena?”, cuando todavía había algo para cortar. Todavía hay mucho para aprender.

Para ser un estúpido completo y no sólo parecerlo, tampoco lo ayuda a Piero que siga cantando las mismas canciones que cantaba hace 36 años, como no me ayudaría a mi si en lugar de escribir estas mismas líneas me dedicara a arrullarme el cordón umbilical. Ni lo ayuda que sus canciones sean malísimas. Ni lo ayuda que no se haya dado cuenta y que no pueda tener siquiera un saludable cinismo frente a su trayectoria, como sí se lo podía ver en Nito Mestre, menos de un año atrás, maltratando la guitarra en una casa del Upper West Side. Que Piero siga actuando como si tuviera 20 años no es un síntoma de juventud sino de retraso mental. Y habrá que ver hasta que punto esta inmovilidad neuronal guarda un paralelo demasiado cercano con aquellos que piensan y edifican la vida pública como si ésta fuera la que sucedía 40 años atrás.

En una frase que bien podría ser de Piero, podría decirse que Piero no es una de las peores cosas que le pasó a la Argentina sólo porque a la Argentina le pasaron un montón de cosas horribles. Aun así, salvando las fechas, escuchar a Piero podría haber estado entre los tormentos imaginados para El Crimen de Cuenca.

El recital duró dos horas que fueron una eternidad. Piero, afortunadamente, dejó de componer hace más de tres décadas, finalizada su sociedad con José Tcherkavsky. El famoso Piero-José. Apenas un par de canciones en algo más de de treinta años. Piero tiene la misma voz de hace cuarenta años. A diferencia de los grandes, a diferencia de Tony Bennett, Mildred Bailiey, Mercedes Sosa o Charles Aznavour, la voz de Piero no ha registrado nada, ni siquiera el paso del tiempo y la densidad que éste otorga a un precio siempre justo. De manera que cuando el tipo arranca con “Llegando, Llegaste” es casi como escuchar el cassette TDK que tenía escrito, creo que de puño y letra de mi madre, “Piero” de un lado y “Piero y Zupay. Facultad de Medicina” del otro. Lo cual es espantoso, por varios motivos. Piero canta todas esas canciones, sólo dos guitarras y su voz. Canta “Mi viejo”, canta “Juan Boliche”, canta “A mi me dieron el mar” canta un montón de temas que, evidentemente, siempre fueron malísimos, pero que algo impidió verlo a tiempo. Canta “Ay, país” y alguien recuerda una simpática anécdota de Piero cantándola en Sábados Circulares y Pipo Mancera interrumpiendo a los gritos de “Ma qué ‘Ay País’. ‘Hay país’ con ‘H’, ‘Hay país’ con ‘H’.”

La gente sabe de memoria todas las estrofas de todos los temas. Piero es previsiblemente demagógico, tiene un buen manejo de una sala intimista en un lugar raro, y pregunta de dónde es la gente, ahorrándome el esfuerzo del censo que yo intentaba a ojo. Los colombianos son una enorme mayoría, seguidos por venezolanos, ecuatorianos, dominicanos, peruanos, puertorriqueños, bolivianos. Los argentinos, los que se anuncian al menos, no llegan al 5 por ciento de la audiencia.

Queens es, a esta altura aburre decirlo, la zona supuestamente oculta donde más cosas pasan en New York, y probablemente una de las más vivas de los Estados Unidos. Jackson Heights, donde está el Teatro Natives/Natives Theatre, es uno de los enclaves latinos, uno donde los argentinos— una comunidad pequeña pero alimentada por la consistente exclusión social argentina de las últimas décadas— tienen más fuerza y número. En este teatro, con Piero, en un bar con Tormenta o algún pub con Las Moscas, se reproduce este mismo censo de expatriados de todo el continente que han tomado una zona para transformarla de pies a cabeza mientras ellos mismos se transforman. En la vastedad de Queens, algo parecido pasa en algún otro rincón, en este mismo momento, con los ucranianos, con europeos del este, asiáticos del sur, chinos de las sierras, albanos de no se sabe dónde.

Los que llegan a ver a Piero conocen letra y música. No trabajan de nostálgicos ni se entusiasman con cualquier batalla del pretérito. Aunque parezcan lo mismo, tienen nada o poco que ver con el revival artificioso de una mítica generación encumbrada en algunos gobiernos del continente. Esta gente trabaja 12 horas por día en un deli, o en una fábrica o manejando un taxi o un remis o dos restaurantes, y el viernes a la noche se da el gusto de ir en pareja a escuchar un recital que cuyo aura refiere, vagamente, a un tiempo en el que las cosas fueron mejor. Luego, volver al trabajo, con más dedicación que nostalgia, no tanto porque falta el tiempo y la dedicación al trabajo es ejemplar, sino porque esto es América y al fin y al cabo todo se reprocesa en una materia que sea, de alguna manera, útil. Menos mal.

El público, mayormente morocho pero con muy pocos negros, viste de fiesta de elegante sport. Muchas camisas blancas y planchadas con jeans relativamente bien cuidados, muchos trajecitos de sastre barato o polleras con volados. Salvo por los celulares usados como cámaras para retratar el infinito espectáculo, podría ser un recital de un Piero cualquiera en Lima, circa 1973. Salvo porque los celulares, porque los 15 o más acentos distintos, porque Estados Unidos, porque nadie fuma, porque la gente entra y sale del teatro durante el show como si fuera un partido de beisball; salvo, claro, porque sólo podría ser Queens en estos años.

La nostalgia, en todo caso, no es la política. Es la del conurbano bonaerense, la de “Nuestro Fin de Semana” de Roberto Cossa, que en su momento expresaba las frustraciones de la periferia y hoy agitaría el recuerdo de los buenos tiempos; la que uno podía ver cuando —acompañando a una multitud indescifrable de candidatos y candidatos a candidatos a presidente durante los ‘90— , se metía a pasar el día en cualquier lugar del cordón industrial, primero segundo o tercero; la sensación de que ahí todo se había quedado parado entre los ‘60 y los ‘70, Leo Dan, la ropa, unos sacos marrones que dificilmente se vean en el centro, los negocios de electrodomésticos, hasta ciertos giros del castellano; todo menos la industria que nutría la vida allí; y luego, entonces, todo lo que parecía quedado en el tiempo estaba, al mismo tiempo, medio muerto. Así también es Latinoamérica, o buena parte de ella. Queens es un sample concentrado de esa mixtura, como tomar jugo Carioca sin diluir, pero con la esperanza de que las cosas de alguna manera se van a arrelgar, esperanza basada en alguna movilidad ascendente que todavía sobrevive en este país.

Lo que uno no imaginaba era a Piero como catalizador de aquellos sentimientos encontrados. Piero es muy, muy popular en Latinoamérica. Como Sandro, o Leonardo Favio, tipos que van a la República Dominicana con Sold Out antes de subirse al avión en Buenos Aires, de los que cautivan a escritores y almaceneros, de los que el Presidente se encarga de tramitar una entrevista especial, la declaración de visitante ilustre y dos tickets para la noche. Lo cual, a su vez, puede alimentar un par de proto-hipótesis laterales:

Proto-hipótesis lateral 1: Argentina fue mucho más América Latina de lo que uno siempre imaginó, y desde mucho antes de que uno lo reconociera.

Proto-hipótesis lateral 2: El descubrimiento tardío, la oficialización de esta espantosa hermandad recién en los últimos años, es simplemente una confirmación de aquella corriente subterránea de hermandad, en un punto clave que unifica a buena parte del continente: la total ininteligibilidad que adquiere para las elites locales lo que está pasando bajo sus pies.

Proto-hipótesis lateral 3: Un derivado específico del rock nacional ha venido a suturar en algo la distancia entre ambas costas. Si no la de arte “culto” y arte “popular”, al menos la de la cultura de los bordes en un formato o con un origen tal que hasta se hizo comprensible (aunque no disfrutable) por el mundo de los Sabios. Base sobre la cual podríamos revisar nuestras pasadas por arriba sobre el recitalismo, despertadas el el after Cromagnon world. Anoche, en Queens, a pocas cuadras, tres horas más tarde que Piero y para un público igualmente masivo pero mucho más salvaje, tocaba la Bersuit.

La popularidad de Piero en América Latina lo ha puesto en medio de eventos memorables. El día anterior, Piero contó que estando una vez en Colombia, alguien lo contactó para decirle que tenía una entrevista arreglada y clandestina con Carlos Pizarro, jefe del movimiento guerrillero M-19. Pizarro se babeaba por conocerlo y felicitarlo y decirle que contaba con la simpatía de la guerrilla. Esa noche, después de abrazar a Piero, Pizarro se subió al avión donde un jefe de la Policía Política colombiana lo asesinó.

La fascinación por Piero bien podría explicar el fracaso del M-19. Seguro que a las FARC les gusta Morrissey.

Otra anécdota, no de boca de él y no sólo por eso menos probable, dice que Piero llegó una vez a Panamá y un joven le dijo que tenía una canción inspirada en un tema de Piero y le preguntó su podía tocarla, cantarla. “Pero si el tema lo hiciste vos, ¿por qué no lo cantás vos?” preguntó Piero. “Porque yo no canto, no sé cantar.” “Bueno, podés empezar.” En la anécdota, el panameño es Rubén Blades, y la sola idea de admitir que alguien de su envergadura haya nacido de la admiración por Piero la torna, más allá de inverosimil, inadmisible.

Las letras de Piero son un espanto, y también debimos haberlo sabido antes. Forma parte de un repertorio del horror, junto con la voz en falsete del Cuarteto Zupay y el montón de defectos apilados en la carrea de Victor Heredia, ahora devenido en algo así como músico oficial (tocó en la recepción al español Zapatero), un título al que accede sin mérito ni gracia, y que igualmente hace todavía improbable que alguien del gobierno entone con todas sus fuerzas “tengo la dentadura buena y mi esperma urgente”, no tanto por la aberración de su prosa, que en una sociedad verdaderamente meritocrática debería valerle la cárcel, sino por el recato que se exige a ciertas personas en público, sobre todo si son mujeres.

Piero, volviendo a Piero, es un espantoso compositor, con una vertiente que concentra lo peor de sí: las canciones para chicos. Una sección del recital estuvo dedicada a dicha aberración: decirle a esta gente, grande e inmigrantes, como si fueran bebés y tontos, “a ver, que los de la derecha saluden a los de allá así, y ahora los de la izquierda… vamos loco, con ganas”. Eso fue lo menos grave. Después hubo una canción de un trencito, y el gordo de 60 años haciendo “chuuu chuuu” y tirando para abajo presumiblemente el silbato de la locomotora, aunque en su aspecto de anciano descolocado parecía mas bien el movimiento masturbatorio de algún viejo en alguna novela de Philip Roth. Y también una elegía a la creación divina del universo a la que sólo le faltaba pedir que mandaran a Darwin a la hoguera, que repetía que ”Él creó todo a la perfección” y remataba con un estribillo de “Por eso hay que cantar aleluIá, aleluIá/por eso hay que cantar aleluIá, aleluIá/aleluIá, a-le-lu-Iáaaaaaaa” así, con la “Y” pronunciada por única vez como en el resto de América, decisión ligada a que la caca artística de marras no sólo es muy popular en el continente sino que es un casi-himno en muchas de sus iglesias.

La experiencia de la emigración te cambia, y todos los que están acá ya quieren irse antes de que el show llegue a las dos horas. Piero logra llegar al final, agradece y habilita a que más de medio teatro empiece a levantarse y cargar con sus abrigos. Así, hasta que alguno pide “Otra”, lo que Piero — que ha escatimado todo menos tiempo y dedicación, lamentablemente — aprovecha para darle con su bis.

Por suerte, para cuando está por arrancar con Los Americanos, yo ya estoy en la 74 y Northern Boulevard, viendo si a esta hora todavía hay chances de probar un poco de buena comida india en el Jackson Dinner.


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