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2 05 2005 - 07:11

Llegó el calor al hemisferio norte, y con él las cenas en el balcón lleno de golondrinas (que, en mi caso, vienen de Africa), a menudo basadas (las cenas) en pescados de captura estacional que no tengo idea cómo se llaman. Preguntar no alcanza. A diferencia de Oblongo Nge, que podía identificar a cualquier pájaro en los alrededores de su aldea (“yo lo sigo con la mirada y sin vacilar lo nombro: ¡pájaro!”), la mayoría de la gente no tiene la menor idea de cómo se llaman los animales con quienes ha convivido toda su vida.

Hasta hace poco, yo ni me preocupaba por esta dificultad y la resolvía mediante una eficaz combinación de mímica e invención. En casi todo el mundo alcanza con señalar lo que uno quiere, siempre que esté en condiciones de pagarlo después. Los vietnamitas, con su idioma minoritario y su notable capacidad de recuperación no habrán sido, tal vez, los primeros en reconocer esto pero sí los primeros en institucionalizarlo, bajo el nombre de Turo-Turo. “Turo” quiere decir “señalar”, y si los restaurantes turo-turo resultan una aventura para la que uno no siempre está de humor (sí, turo, turo eso que parece carne, no te detengas a imaginar carne de qué), la vida nómade es una versión más extendida y menos concentrada de lo mismo. Turo: ese conejo en escabeche, en El Corte Inglés — abrís la lata y encontrás un conejo entero mirando la nada con sus ojos muertos, y así como está tirás todo a la basura y te hacés una ensalada.

En cuanto a los animales no comestibles, bueno, a ellos tampoco les importa demasiado cómo se los llame. Así fue como los pajaritos increíbles que pasan su vida provocando y esquivando y provocando y esquivando a las olas a lo largo de la costa de California —corriendo a una velocidad inaudita cada vez que el mar se les acerca pero adentrándose en el agua segundos después sólo para repetir el proceso enseguida, sin parar, hasta que se pone el sol— fueron bautizados de entrecasa como “Jujulines”, y todos contentos. Pero las cosas no son tan fáciles en España.

En primer lugar porque andar recurriendo al oficio mudo no es lo más respetable en el contexto de una conversación en tu lengua natal. Quedás como un pelotudo. Y también (aunque España no tenga nada que ver con esto) porque cuando tus hijos tienen edad suficiente como para preguntar el nombre de tal o cual pajarito, no podés responder con una taxonomía inventada. O no sólo con eso, salvo que quieras que sus contemporáneos los miren todavía más raro de lo que te miraban a vos cuando ibas a la escuela.

Parece que las golondrinas que pasan por nuestro balcón en vuelo rasante a una velocidad que te despeina, ni se llaman golondrinas ni lo son, estrictamente. Son “vencejos”. En Argentina no los vi nunca. En Arizona sí, y también entonces estaba convencido de que se trataba de un tipo de golondrina que se llamaba “swift”, por la velocidad del vuelo. Y si bien los swifts/vencejos tienen obvios puntos de contacto con las golondrinas (la forma, vista desde el suelo, y los hábitos migratorios), gente que sabe de pájaros mucho más que uno las ubica más cerca de los colibríes, entre otras cosas porque no se posan nunca.

Los colibríes tampoco se posan mucho, pero alguna vez vi —en mi casa de Paternal, cuando era chico, y también más tarde en Arizona— algún picaflor descansando. Estos bichos, los vencejos, son colibríes enormes, on speed. No paran nunca, apenas si amagan con introducirse cada tanto en las grietas de los edificios, muchas de las cuales no son grietas sino espacios más oscuros de pintura descascarada, o manchas de sombra. No sé cómo no se hacen mierda, a la velocidad que vienen (casi trescientos kilómetros por hora, leí por ahí). Y tampoco sé con qué se agarran a la pared durante ese milisegundo que les dura la decepción de la grieta inexistente, porque los vencejos no tienen patas.

Cómo no te va a interesar una especie que, generación tras generación, va perdiendo las patas que no necesita. Como el mito urbano ese que dice que nuestros descendientes nacerán sin dedo meñique en los pies, la falta de patas de los vencejos es inquietante en su sugestión de que la voluntad de vivir en cierta forma puede con todo, la naturaleza incluída. Andá a saber cuando y por qué terminaron de decidir, los vencejos, que no volverían a pisar la tierra. Comen en el aire —”aerial plancton”, una manera más elegante de nombrar a lo que no es sino una gran variedad de moscas y mosquitos diminutos—, se bañan, procrean y duermen en el aire. Considerando que no paran nunca, no es sorprendente que los vencejos vuelen un promedio de setecientos kilómetros por día, y sí lo es que vivan muchos años, por lo menos veinte. Todo el tiempo volando.

No hay mucho lugar para la tentación de la metáfora boba, porque si bien uno ha optado hace tiempo por una vida no mucho menos frenética que la de los vencejos, los recorridos no tienen, en nuestro caso, nada que ver con las estaciones ni con la conveniencia. Difícil que se me atrofien las piernas en Europa, si no se me atrofiaron durante años en Los Angeles de subirme al auto para ir a desayunar al café de la esquina. Pero hay algo perturbador en los swifts/vencejos que sí invita a una comparación, poco halagüeña: la alegría desenfrenada, loca, de estos pajaritos. El frenesí con que celebran —y ya sé que son pájaros, y como tales no se dan cuenta de que están contentos, pero uno sí se da cuenta—, festejan, disfrutan su llegada al destino que jamás dudaron en alcanzar. En tres meses se vuelven al Africa y hacen lo mismo. Vuelan, cantan, chillan, se estrellan contra las cosas. La migración de uno es tanto más dudosa. TP es algo que a los vencejos no se les cruzaría por la cabeza, incluso si pudieran sentarse dos segundos a contemplar lo que dejaron atrás, incluso si tuvieran patas para tipear, o lo que sea el equivalente de tipear en el universo de las aves migratorias. Observando esta diferencia, habrá quedado claro a esta altura que hoy no pienso leer los diarios.


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