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4 05 2005 - 15:17

En el subte te retan. El señor que habla por altoparlante lo hace con un tonito propio de un jefe de preceptores. En general lo que tiene para decir es siempre lo mismo: “por favor no trabar las puertas” o “no ingresar después de la señal sonora”. La gente —todos, yo, la gente— queremos entrar al subte cuando bajamos corriendo las escaleras y lo escuchamos llegar, a pesar de la señal sonora. No queremos esperar otro, entonces empujamos para entrar. En ese empujar a veces una parte de nuestros cuerpos, o una manga de un saco, o una mochila quedan en el espacio límbico que existe entre adentro y afuera del subte, sobre la línea de las puertas. Dichos cuerpos activan los sensores de las puertas, que gracias a Dios son sensibles, y no nos aplastan. El señor del subte tiene razón: no hay que trabar las puertas porque la formación pierde tiempo, todo se atrasa y además, es peligroso. Otra cosa que dice siempre el señor es “Evite accidentes”. Pero no dice “Evite accidentes” con tonito de grabación magnética, neutro, objetivo, bueno. Dice “Evitemos accidentes, ¡por favor!” Lo dice enojado, podrido, neura, con mucho odio por los usuarios del subte. El señor del subte deber pensar que los usuarios del subte somos todos un atado de ignorantes y que él no sólo tiene que manejar (asumo que el que habla es el que maneja) sino también poner orden y evitar accidentes. A veces le da por hablar también, y cuando la formación llega a la terminal y él arremete con el típico “Los Incas, estación terminal, todos los pasajeros deben descender” no termina ahí, sino que a veces, si es por ejemplo, viernes, nos desea un buen fin de semana, que tengamos un buen y feliz retorno a casa y otras amabilidades que se contrarrestan con sus retos habituales. Es como un padre, que te reta porque te quiere.

Hoy el señor del subte se superó a sí mismo. No sólo nos retó, sino que fue irónico y hasta misterioso. Nos dijo: “Hay dieciocho puertas para ingresar. No es necesario hacer cola”. Yo ahí me tuve que bajar, así que no sé si dijo algo más. Era la estación Pasteur. Por Corrientes a esa altura hay un negocio autodenominado Megasantería La Catedral, que ofrece al público, por mayor y por menor la siguiente mercadería: “Artículos religiosos. Aromaterapia. Todo por dos pesos” A primera vista uno podría pensar que los artículos religiosos y de aromaterapia se venden, ambos, (todo) por dos pesos. Inmediatamente me doy cuenta de que Todo por dos pesos es un rubro más. Recordé la proliferación de Todo por Dos Peso’s que hubo durante la Convertibilidad y que ahora serían Todo por Seis Pesos. O sea que la megasantería La Catedral debe vender artículos que una vez fueron comercializados en los ya desaparecidos Todo por Dos Pesos. Yo tampoco voy a intentar leer el diario y comentar porque no me sale. Los diarios locales no hablan de Tony Blair, al menos no en la tapa. Y a mí Blair me importa un pepino. No obstante, sí me quedé con ganas de hablar de algunas noticias del fin de semana relacionadas de alguna manera con el libro de Laura Klein sobre el aborto que comentaban acá:

El gobierno lanzó una campaña para prevenir embarazos no deseados, lo que debería repercutir en evitar abortos no deseados y muertes no deseadas provocadas por abortos ilegales. Está perfecto que repartan forros y píldoras y den información. La Iglesia se queja y dice muchas pavadas al respecto, aunque también dice algunas cosas que suenan como pavadas y no son tan pavadas. O al menos, una de las pavadas que dijeron se parece a una pavada que pienso yo al respecto y que por ende no me parece tan pavada. La Iglesia está preocupada porque se termine el mundo: si los millones de forros repartidos por el gobierno son todos colocados en tiempo y forma, pues habrá muchos menos nacimientos.

Sabemos que el mundo no se va a terminar por ahora, al menos no por culpa del gobierno argentino y su campaña de Salud Sexual. No obstante, me permito reflexionar sobre cómo ha cambiado la percepción del tema de la reproducción en el anteúltimo siglo y lo que va de éste. La prole ya no es considerada como reproducción o recambio de la fuerza de trabajo, sino más bien como una carga —una cría— que se mantiene improductiva durante muchos años. ¿Cuánto tarda un ternero en ser sacrificable y vendible o una ternera en ser vaca lechera? No lo sé. Tener más pasó a ser tener menos. Ya no se trata de una operación de multiplicar (fuerza de trabajo), sino de dividir (recursos entre los hijos). Probablemente la cría humana se esté demorando más de la cuenta en volverse productiva, lo cual explicaría el peso que representan los hijos sobre los padres.

Veamos este escenario hipotético: A mí me gustaría tener cinco hijos, pero me siento en la obligación de tener menos. Porque si los tengo, con las licencias por maternidad, el tiempo de la crianza, la educación, etc, le estaría quitando tiempo a mi trabajo fuera del hogar y estaría comprometiendo seriamente a mi red de sostén familiar con mis berrinches reproductivos. Mis empleadores —la corporación— no lo verían bien. Para ellos sería mucho más productivo que abortara a los próximos tres hijos que todavía no tuve. Mi mamá tampoco lo ve bien. De hecho, asume que no voy a tener más de dos.

Quizás en este ejemplo hipotético no queda muy claro, pero más allá de los católicos practicantes y el personal eclesiástico a casi nadie le parece ‘mal’ el aborto. En general, parece ‘mal’ o parece peor la reproducción desbocada. Tanto en las familias religiosas, donde parece raro o fanático, como en las familias miserables, donde parece ignorante o demencial. Incluso los ecologistas o aquellos más preocupados por el agotamiento de recursos naturales también apoyan un esquema que mantenga la reproducción humana al mínimo posible. Hay un consenso silencioso alrededor de la idea de la mesura. Y un acatamiento natural.

¿Por qué? Una hipótesis sería que estamos importando un modelo europeo sin cuestionarlo. En Europa, se sabe, no queda más lugar. Está todo lleno, no hay departamentos para alquilar, no hay provincias vacías, no hay donde estacionar, no hay tierras fértiles sin cultivar. Está todo explotado. A priori, cualquiera diría que tiene sentido detener el crecimiento demográfico.

El miércoles pasado en Clarín salió una nota en la parte de ‘Sociedad’ sobre la edad ideal para tener el primer hijo. Me encantan esas notas donde publican descubrimientos científicos revolucionarios en 25 líneas, generalmente fundamentados en encuestas de alguna Universidad ignota y dirigidos por Profesores con nombres de fantasía. La nota de marras anuncia, celebra, que ahora se ha “puesto patas arriba” la idea de que la edad justa para reproducirse es en torno a los 25 años.

“Una mujer que tuvo su primer hijo a los 34 años”, sostuvo el profesor Mirowski, “es 14 años más joven, desde el punto de vista del estado de salud, que una mujer que trajo un hijo al mundo a los 18 años”.

¿Por qué es catorce años más joven la mujer que tuvo el primer hijo a los 34 frente a la que lo tuvo a los 18? 18 más 14 da 32, no 34 ¿Hicieron mal las cuentas? Dejemos de lado este detalle, dos años más, dos años menos no hacen diferencias, aunque se trate de un descubrimiento científico. Si la edad ideal para tener el primer hijo son los 34 y después de los 34 ya no es la edad ideal, sino que todo se empieza a poner un poco menos ideal (según el descubrimiento) ¿cuál es la edad ideal para tener al segundo hijo? ¿y al tercero? Este “descubrimiento” británico dice que lo ideal es tener un hijo sólo y a los 34 años. O algo alrededor de eso.

“Las mujeres profesionales que se concentran en sus estudios y en su trabajo antes de dedicarse a la familia tienen, en todos lados, una preocupación en común: el reloj biológico.” La negrita, en ningún caso, es mía.

Hay una cronología, una jerarquía temporal, un antes y un después: las mujeres se concentran en sus estudios y en su trabajo antes de dedicarse a la familia. O una cosa o la otra. O una cosa primero y la otra después. No está contemplada la posibilidad de concentrarse en dos (o en tres) cosas a la vez. Y quizás tengan razón. Todo junto no se puede. ¿No debería entonces el Estado subsidiar la maternidad como se subsidia al transporte? ¿Acaso hacer hijos no redunda en un beneficio global? Algo así ocurre, dicen, en algunos países ricos. El estado premia con dineros a las familias que tienen más de un hijo. Dichas familias, a pesar de vivir en un país rico, necesitan incentivos para procrear más generosamente. Mientras las familias miserables de un país pobre necesitan propaganda y forros para no reproducirse a todo lo que da. ¿Por qué los más ricos se reproducen menos? La primera respuesta de cualquier taxista, sería “porque están más educados”. Porque piensan más, sería la traducción. Porque piensan que si tienen una casa y dos hijos, cada hijo va a tener media casa. Si tienen cinco hijos, nadie va a tener nada y se termina la propiedad. Si no tienen nada o menos que nada para repartir no piensan nada. Y ahí sí, la prole es fuerza de trabajo. Y ahí sí, tener más es tener más.

Creo que la campaña de salud sexual está bien, ¡pero qué ingenuidad pensar que algunos varones van a aceptar ponerse el forro que les repartió el gobierno! Especialmente determinados varones, que no quiero estigmatizar, pero que ustedes se los imaginan. O yo me los imagino. Y que son precisamente de la franja social a la que apunta la campaña. Me imagino que esos varones llegan a su casa y a lo mejor primero la fajan a la señora o a lo mejor primero se cojen a una de las hijas. Podría ser una hija discapacitada también. ¿Quién le va a decir a ese señor enajenado que se ponga un forro para no embarazar ni a la mujer ni a la hija? La mujer seguro que no se lo va a decir. Y acá vuelta a empezar y riesgo de decir cosas de taxista como que lo primero es la educación, etc. Cosas de taxista progre, eso sí.


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