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Forros y subtes

5 05 2005 - 09:34

Desde hace tiempo venimos recibiendo comentarios que se pierden en conversaciones privadas, como consecuencia de nuestra incapacidad, fiaca, o falta de interés en hacerlas públicas. La manera más fácil de resolver esto (o, por lo menos, la que se nos ocurre ahora) es agregar esta sección de correo de lectores, como cualquier hijo de vecino. La inaugura Eloísa Martin, reaccionando airadamente contra un daily de Ivana.

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Mario es un pibe de clases populares, como montones que se ven por ahí. Tiene el pelo largo, le faltan algunos dientes y siempre, siempre, su indumentaria lleva algún signo que lo identifica con una de sus dos pasiones: San Lorenzo (el club de fútbol) y Gilda, la cantante de cumbias muerta en 1996. Largó el secundario en segundo año y con 25 años tiene una hija de 9 que está a su cargo porque la madre, su novia de la adolescencia, los dejó a ambos para dedicarse “a la joda”.

Mario no es un pibe modelo de buena conducta para los católicos, aunque sea devoto ferviente de la Virgen de la Medalla Milagrosa y vaya cada 7 de agosto a visitar a San Cayetano. Consume drogas, aunque con menos frecuencia que antes y, eso sí, mucho vino con gaseosa de las de dos litros por 70 centavos con los pibes de la Buteler, sus amigos “barrabravas” como él. Con ellos se agarra a piñas en cuanto combate se presente con hinchadas rivales, lo que vale tanto como alentar al Ciclón con toda la fuerza de sus pulmones (que parece poca, dada su flacura y lo que fuma este muchacho), aunque vayan perdiendo el partido por 5 a cero. Mario, además, coje cada vez que consigue con quién, lo cual, según sé, es bastante seguido y me alegro por él. Y, en contra de muchos prejuicios, coje con forro. Es más, no sólo eso: coje con forro y reparte forros entre sus amigos y conocidos, sin distinción de género. Es que su viejo es puntero peronista y, a través del CGP del barrio, consigue preservativos gratis que, luego, distribuye generosamente, como quien convida un cigarrillo, un trago de vino con gaseosa, una pitada de porro. Es, sin quererlo, lo que en la jerga de las políticas públicas le dicen “multiplicador”, pero sin el discursito sanitarista y pedagógico o, aun menos, moralista del Estado o de las religiones. cojer es bueno, hace bien, es necesario y, sin preguntar cómo, ni con quién, ni para qué, Mario le da a sus amigos un puñado de forros a cada, uno del montón que tiene en su mochila mugrienta. Forros que cualquiera de ellos no podrían comprar ni aunque quisieran, porque las monedas escasean y las necesidades son muchas.

Mario no es progre, ni educado, ni católico strictu sensu, ni responsable (al menos, no en el sentido que yo, una mina de clase media con posgrado, podría serlo). Apenas sabe que tiene que cojer con forro porque, de lo contrario, se enferma o puede embarazar a una piba y que, salud pública, derechos del niño y protocolo de la CEDAW aparte, ambas opciones serían un quilombo.

Pensar que la campaña de salud sexual del gobierno no va a llegar a las clases populares porque la mayoría de los tipos pobres son, más que promiscuos, bestiales (y, ojo, no estoy diciendo que no los haya… pero también hay violadores “concientes y responsables” de clase media, que violan con forro para que después no los delate su ADN… entrar en esta discusión sería cerrar la otra por la vía rápida) es darle la razón, no al chofer del taxi – que además de progre puede ser, qué sé yo, un sociólogo que no consiguió laburo ni beca de CONICET—sino al conductor del subte que insiste, en una ironía muy propia de los porteños (y más quizás de los choferes en general), en tratar de civilizarnos para que no nos comportemos como ganado cuando nos metemos a empujones en un espacio donde mal se puede respirar, donde te aprietan, te pisan, te clavan la cartera en algún lugar del cuerpo que depende de nuestra estatura, porque estamos urgidos por asegurar nuestra reproducción como fuerza de trabajo.

No soy para nada amiga de las moralejas, pero como se dice en mi madre patria (la otra) “prefiro perder um amigo do que perder a piada”, y me entrego: el hermano de Mario, curiosamente, maneja un subte de la línea B.

Eloísa Martin


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