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Rain Man al gobierno, Garp al poder

7 05 2005 - 07:39

El nuestro es un gato de departamento, castrado. Una de sus características más aberrantes es su malhumor constante: a menos que uno cumpla con cierto protocolo gestual dejando en claro que no va a acariciarle otra parte que no sea el entrecejo, su actitud será siempre de garras tomar. La otra característica aberrante es su política de ocupación. Mientras dormimos toma la cama por asalto, siempre por el flanco más débil: mi mujer, sutilmente desplazada por él, comienza, a su vez, a desplazarme. Hacia el amanecer, la cama está dividida en dos por una diagonal, con una mitad ocupada por el gato, mi mujer haciendo las veces de diagonal y yo siendo el lado del triángulo que se cae por el borde.

Al comenzar esta semana, nos enteramos de que la escuela de nuestro hijo estaba llena de ratas y que por lo tanto las clases estaban suspendidas. Nos enteramos por vías paralelas: mientras mi mujer recibía el llamado de la maestra jardinera refiriéndole la situación, yo leía esto. El asunto tomó estado público por la movilización con sentada que hicieron los chicos del secundario. Comenzó así un proceso de alternancia de rumores, testimonios, información oficial e intrigas de pasillos que duró dos días. Mientras cruzábamos información por teléfono con varios padres, encontrábamos en el diario referencias, estilizaciones mediatizadas de los testimonios que escuchábamos de primera mano (que a su vez eran versiones de otra cosa, como todo): una madre con un determinado perfil proclive a establecer relaciones y sacar conclusiones rápidas nos cuenta horrorizada que su hijo se pescó la sarnilla, seguramente en la escuela, que está hecha una mugre. Nuestro estado raya en la estupefacción, porque teníamos la sensación de que la escuela estaba básicamente limpia, digamos, no mucho más ni mucho menos que nosotros mismos. Al comentar con otra madre —con quien tenemos una relación de mayor complicidad— el episodio colateral de la sarnilla, nos cuenta que ya lo sabe, que no solamente la madre anterior se lo había contado, sino que la había visto referirlo en la tele, durante dos días seguidos, a cuanto noticiero le prestara cámara. Como complemento de todo esto, la historia de las enfermedades pescadas en la escuela tiene su versión en un audio imperdible, no por inusual, sino como otra pieza de esta historia.

(Este colegio-escuela-jardín-de-infantes es un universo en sí mismo: ubicado enfrente del antiguo edificio de Obras Sanitarias en avenida Córdoba, ocupa toda una manzana, con diversas capas tectónicas de construcciones sucesivas, empezando por la parte histórica de fines del siglo XIX hasta llegar al ala que da sobre la calle Paraguay, construida cerca de la finalización del siglo XX)

Mientras que los testimonios de los estudiantes de secundaria que reproduce el diario sostienen que “a una chica le cayó una rata en la cabeza”‚ y la directora dice que nunca vio ratas en el establecimiento, pero que podría haberlas, escuchamos por los pasillos que alguna vez hubo gatos dando vueltas por los espacios verdes del colegio (es de esos colegios con rejas que dan a la calle): en esas épocas no había ratas, pero los gatos desaparecieron. Encontré a la directora del jardín de infantes en un pasillo y pude interrogarla acerca de las circunstancias de la desaparición de los gatos. Es que en esa época, los vecinos nos tiraban cualquier gato que hubiera por ahí, justificó. La miré y siguió: y los gatos también traen enfermedades. Y de sacarlos se encargó el gobierno, repuse. Sí, sí, el gobierno. Además, agregó retirándose por el pasillo, los gatos bien comidos no cazan ratas…

En una de las esquinas del edificio compruebo que hay un letrero clavado: “Prohibido arrojar animales. Escuela con niños.”

(Yo, que secretamente me la paso elaborando estratagemas para deshacerme de nuestro gato malhumorado, no logro llegar a ninguna que satisfaga todos los requisitos, a saber:

En la posibilidad de que se llene la casa de ratas no estando el gato no pienso tanto, pero quizá sea algo que descarto porque no lo sufro, y en cambio sí me obsesiono con los sufrimientos que me inflige el animal que me tocó en gracia.)

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Otra característica de nuestro gato es la contemplación del mundo desde el dintel del balcón. Mallado hasta una buena altura para que no se caiga nuestro hijo, desde afuera podría verse como la gran jaula tras la cual suele dormitar un gato pétreo. Después de un lapso que pueden ser horas, súbitamente, se lo ve saltar como una ráfaga y estrellarse contra la reja mientras su garra extendida queda del lado de afuera: el gorrión que estaba de visita ya se puso a resguardo en los postes de luz de la vereda de enfrente. Da capo.

A los chicos de la escuela, alguna maestra les sugirió que quizá deberían aprender a jugar a Tom y Jerry, según la madre que le habla a la radio. Su tono es de ironía furiosa ante lo que se esfuerza en mostrar como un cinismo sin límites. Desafortunada idea de la maestra: difícilmente Tom y Jerry sea un dibujo al que le presten mucha atención hoy los chicos, aunque sí les resuena en algún lado a los padres. Así el problema se transforma también en uno de códigos: hace treinta años, hubiera sido extraño que las maestras pudieran incluir en su discurso referencias a los dibujitos. Hoy sí pueden hacerlo, porque las maestras actuales ya pertenecen a una generación que convivió con ellos, pero de una manera muy diferente a la actual. El discurso, que quizás intente ser gracioso, se transforma en una mueca, una caricatura incomprensible para su destinatario directo, una provocación. La conductora de la radio nos da una nueva definición para la colección que atesoramos con tanto esmero: “violencia también es no escuchar los reclamos de los estudiantes”, dice.

Otro padre al que me encuentro en los pasillos hace referencia a la movilización de los estudiantes: “aaahhh, esto que hacen los pibes es fenómeno. En mi época no podíamos hacerlo”. Lo miro con intriga. “La represión, viste. La dictadura”. Los adolescentes, de un tiempo a esta parte, se han vuelto algo sacrosanto: deben ser preservados de todo riesgo, de cualquier peligro que aceche, sin tener en cuenta la magnitud del mismo. Quiero decir, claro que una rata cayéndole en la cabeza a una chica es algo a tener en cuenta, pero hay peligros y peligros. Yo creo que estamos conviviendo con una visión romántica generalizada en lo que concierne a las imposibilidades de nuestra generación (los que rondamos los 40) y alguna anterior, en relación a las posibilidades actuales. Se valora la manifestación en sí por sobre su contenido, que no deja de tener un alcance bien corto: protestamos por las ratas, se eliminan las ratas y volvemos a clase y todo sigue igual. Mientras tanto, papá y mamá nos consideran héroes por eso, porque ellos en su época no podían protestar a causa de la represión. Me atrevo incluso a sugerir que resulta tranquilizador para muchos padres que sus hijos realicen pequeños juegos en los que simulen reclamar sus derechos mientras no se ocupan de cambiar cosas estructurales. De esta manera, tampoco los padres necesitan confrontar realidades y pueden permanecer cómodamente instalados en su pasado de represión. En esto (estrictamente en esto) cito a Jaim Etcheverry, que dijo hace un tiempo con respecto a la educación media algo así como que existe actualmente una especie de asociación nefasta entre padres e hijos, en desmedro de la autoridad institucional. A lo largo de todo este episodio, a nadie se le ocurrió sugerir, ni siquiera en broma, la posibilidad de que todo el asunto fuera una puesta en escena de los pibes para no tener clase, verbigracia, hacerse la rata.

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La historia sigue, o mejor dicho, se remonta, porque hace alrededor de un mes, el jardín de infantes (que está bajo una de las capas tectónicas del colegio) fue clausurado.

El factor desencadenante de esta clausura fueron un par de recursos de amparo que presentaron algunos padres, preocupados por la seguridad de sus chicos, dado que en algunas salas hay filtraciones, las cuales podrían llegar a entrar en contacto con la instalación eléctrica y producir cortocircuitos que hagan que nuestros niños mueran electrocutados, o bien producir incendios que hagan que nuestros niños mueran quemados o asfixiados. Quizás estos padres estuvieran más despabilados que nosotros, que apenas nos enteramos de los problemas tres días antes de que el juez pusiera las fajas.

(Es que cuando elegimos el jardín, nosotros, que tenemos un espíritu un tanto romántico —aunque con reservas— teníamos previamente preferencias por una escuela pública. Después de algunas entrevistas, reafirmamos nuestra convicción principalmente por algunos hechos concretos, entre ellos que:

Las situaciones que se fueron presentando hasta ahora no nos hicieron cambiar de parecer, y probablemente los “hechos concretos” de los que hablo no hayan sido más que aquello que queríamos escuchar. En cualquier caso, nos reímos bastante al repasar todo esto.)

Uno de los recursos —presentado el anteaño pasado— aparentemente había pasado sin pena ni gloria, el otro ya empezado el ciclo reactivó el precedente del anterior, y como desde este año la sensibilidad judicial por la seguridad de los establecimientos está en carne viva, la justicia se pronunció a través del juez Roberto Gallardo, que tiene como antecedente más cercano la clausura del casino flotante.

A esta altura, el tema de la clausura es historia antigua, porque en el transcurso del mes pasado se realizó una reubicación de los nenes, acondicionando aulas en desuso. Acondicionamiento que el mismo juez que clausuró el sector de jardín tenía que aprobar. Luego de algunas idas y vueltas (en una de sus visitas, el juez no habilitó las salas nuevas aparentemente porque sus puertas abrían hacia adentro y no hacia fuera) el jardín se reabrió pocos días antes del nuevo episodio. Me pregunto ¿de dónde viene tanta obsesión por la seguridad? Cada vez más percibo un mundo codificado y normado para niños, el cual amenaza entrometerse en cada aspecto de nuestras vidas. De acuerdo, una vez que tenemos un hijo, éste se entrometerá en cada aspecto de nuestras vidas. Pero de lo que yo intento huir es de las certezas, que sería un poco como huir de la seguridad.

A mi la parte que más me gusta de Buscando a Nemo es cuando Marlin y Dory están colgados (del lado de adentro) de la lengua de la ballena, a punto de caer en las profundidades de las entrañas del cetáceo y Marlin se lamenta de que no esté pudiendo cumplir la promesa que le hizo a su hijo, de que nunca le pasaría nada y Dory, con la ternura que la caracteriza replica que es una promesa muy simpática. Cuando nosotros éramos chicos resultaba común que se cometieran imprudencias como que fuéramos en el asiento de adelante del auto, por supuesto que sin cinturón que prácticamente no existía. Incluso algunos padres sentaban a sus hijos a upa suyo al volante. La lógica indica que aquél era un mundo más inseguro que el actual, y sin embargo no se percibía de esa manera ¿por qué? Fui a jardines de infantes desde muy chico, y la oportunidad que recuerdo como más riesgosa es una en la que Pepitito Marrone estuvo de visita haciendo un show. Nos invitaba a los chicos a subir al escenario y hacer la prueba que era su hit de ese momento, que consistía en sacarse el saco, pegar cierta voltereta con el mismo y volver a ponérselo. Yo, que no tenía saco, intenté hacer la voltereta con el pintorcito cuadrillé, que era abotonado en los puños y cuando me lo hube sacado me quedaron las manos adentro y fue así como pasé mi primer papelón grande en público.

No recuerdo que por aquél entonces a nadie le preocupara mucho que las puertas abrieran hacia afuera o hacia adentro, que las mesas y bancos tuvieran aristas más o menos filosas o puntas no redondeadas. Los disyuntores no existían, de manera que el que osaba acercarse a un tomacorriente (los cuales tampoco se preveía que estuvieran fuera del alcance de los niños) se ligaba un bife y esos bifes eran lo más seguro que teníamos. Hay que aclarar una vez más (hoy en día hay que hacerlo cada vez que uno se refiere al pasado) que no intento idealizar la situación anterior, pero tampoco dejo de preguntarme por qué entonces el mundo actual provoca más miedo que el de antes.

Mi hijo no es ajeno a las rabietas del gato. Como corresponde, ninguno de los dos tiene consideración ni medida respecto del poder del otro al enfrentarse mutuamente. De esta manera, era común ver a mi hijo venir llorando rasguñado así como consecuentemente ver huir al gato ante el sopapo que uno le encajaba cuando esto ocurría, sopapo que uno sabía inútil de antemano, dada la naturaleza autista de los gatos. Hablo en pasado, porque esto sucede cada vez menos: al gato intentamos cortarle las uñas bastante seguido, y a nuestro hijo le indicamos con firmeza: ¡No jodas al gato!

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Del mismo autor:
Correspondencia Escolar (02)
Pagliaccio
Big Band Revival
Las dos caras de la enfermera
Rewind
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Del orden de las verduras
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