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Menos pregunta (uno a) Dios y perdona

15 05 2005 - 06:56

¿Puedo emitir opinión sobre un tema trillado y atrasado? Apenas el papa Juan Pablo II dio signos de que su vida terrenal finalizaría, comenzó a crecer la intriga sobre la ideología del sucesor. Tomando en cuenta la composición del colegio de cardenales que generó el papado de Wojtyla (marcadamente conservadora), el poder que habían adquirido durante este período los movimientos “conservadores” en la faz moral y teológica y el peso que tenia un tenaz guardián de la fe como Joseph Ratzinger era lógico esperar que el relevo fuese “conservador” (como termino siéndolo). Los “progresistas”, una minoría en la Iglesia, pero una voz con cierto peso en parte de la opinión pública y la prensa, se daban posibilidades cuyo análisis mas serio hubiera revelado mas bien la supremacía de sus rivales. La opinión de Boff, el teólogo de la liberación amordazado por Ratzinger, de que sería ungido un progresista porque la iglesia cometería un error histórico si habilitase a un conservador, hablaba de sus deseos y sus temores como de los pocos visos de factibilidad que asistían a sus ansias. Siempre que se dijo “no pasarán”, pasaron.

Cuando se preguntó cuanto hambre podía soportar la democracia, la historia respondió que mucho más que lo que la supuesta sagacidad del preguntón hacia suponer. Se ve que las cosas no dejan de suceder por las consecuencias que temen de su despliegue aquellos que en la lucha que produce esa historia han sido superados (al menos en la lucha al interior de la iglesia católica y, obviamente, sólo hasta ahora). El pánico de la minoría progresista llamaba a creer que lo que el puñado teme es mas lo que sucederá que lo que será evitado. Con la seguridad de que la mitad de los votos del colegio cardenalicio con que contaba Ratzinger lo harían papa con tres o con treinta votaciones, el grupo del cardenal alemán presionó a indecisos, moderados y rivales ofreciéndoles el consuelo de una batalla incruenta y espoleándolos con el argumento de que si las votaciones se prolongaban ellos serian responsables por la imagen de división de la iglesia. Triunfaron en una blitz krieg.

¿Cuales serán las consecuencias de este desenlace? Es muy posible un papado conservador, que parece convenir a la estrategia de un Bush que quiere agrupar a los cristianos del mundo en torno de los valores de la “libertad”, el mercado y el combate al fundamentalismo islámico. El Ratzinger que a sabiendas de que sería papa profirió una homilía en que señalaba como principales enemigos del catolicismo al comunismo, al liberalismo y al vago misticismo religioso podría comprar ese programa con reservas —tácticas tal vez—, pero con menos reservas que cualquier otro programa.

Además, resulta difícil imaginar que el “Panzer Cardinal” (creo haber leído que él mismo se llamó así) sea concesivo en temas de la agenda en que los progresistas reclaman cambios como el aborto, el divorcio, la clonación o la homosexualidad y en temas de orden interno como el sacerdocio femenino, el celibato o la descentralización de la iglesia. En esa línea el papado hará jugar su influencia ante gobiernos que creen beneficiarse de algunas genuflexiones ante los purpurados o de aquellos que por pereza política gastan sus energías en narrar sufridamente “las presiones de la iglesia” en vez de invertirlas en estrategias para contenerlas y enfrentarlas. Otras hipótesis son posibles en este nivel de análisis: algunos han sugerido que el nuevo papa encararía el esfuerzo reformador que sólo un hombre del establishment eclesial podría acometer sin desatar el caos: una reforma desde arriba, controlada y moderada. En ese caso el catolicismo ganaría en flexibilidad y perdería hipocresía. Es muy difícil saber si una voluntad así anida en el corazón de un hombre que, encerrado en el microclima de un alto catolicismo intelectualizado y erudito, entiende el retroceso mundial de la religión católica como la confirmación de la necesidad de más de lo mismo: más rigidez moral, más ortodoxia, más solidez. El cadornismo del que hablaba Gramsci es una propensión de todas las organizaciones.

Cuando vemos que uno de los primeros actos del Papa es dar la misa en Latin, como antes del Concilio II, sentimos que esa posibilidad reformista es tan probable como la de la obstinación autista: que la cúpula vaticana, como la cúpula breznevista que condujo a la URSS a un callejón sin salida, se intoxique de si misma, como le pasa a las elites que pesar de su retroceso retienen recursos suficientes para masacrar a sus críticos, derrotarlos pírricamente y luego hundirse en la trampa que los derrotados habían sabido ver mejor que ellos. Pero todo esto no agota la cuestión. Mas bien señala los vicios de la misma. Probablemente las cosas queden en el medio de los extremos que perfilé. Probablemente el papa llame a un concilio y yo quede también parado como cualquier augur de los que abundan. Es que el interrogante del carácter progresista o conservador del futuro papado asume que esas son las únicas dimensiones relevantes en que puede describirse su evolución. Esto deja de lado una de las dimensiones que más incide en el cuadro de desafíos que asume la iglesia de Pedro: la sangría de fieles a manos de los evangélicos en América Latina, el retroceso sostenido en una Europa cada vez más secularizada, la relativa pobreza de la cosecha de almas en Asia (sobre todo si se la compara con los éxitos rotundos que obtienen los evangélicos en países como Corea del Sur).

Los fieles potenciales que no se agregan, las almas que migran, las vocaciones que se apagan son, a la larga, uno de los argumentos que la Iglesia católica esgrime cuando reivindica un poder en este mundo. Y ellas son mucho menos sensibles a la ideología política del papa que a su posición frente a temas que la opinión publicada, generalmente laica e ignorante de cuestiones que atañen a la relación con lo sagrado, desconoce. Mientras a esta última le importa el grado del progresismo papal, al devenir del campo religioso le importa mucho más cuál es la posición del papa frente a las tesis que afirman —y sobre todo practican— la actualidad de los dones del Espíritu Santo y sus formas de manifestación. ¿Dios cura y prospera, como pregonan los evangélicos divididos en millares de pequeñas unidades distribuidas en toda la extensión de la tierra y en las que autónomamente adaptan la fe a sus ansias y costumbres locales? ¿O debemos limitarnos a cargar con nuestra cruz como muchas veces aconsejan los sacerdotes de una iglesia universal cuya voz mas poderosa es su cabeza? ¿Sentimos la presencia de Dios en la santidad del matrimonio, en la lectura y comprensión de tratados teológicos que se ofrecen como contrapunto a las elaboraciones iluministas eruditas? ¿O la palpamos en milagros, fiestas y emociones cot que hacen presente a Cristo más acá de la frontera donde empieza el más allá? ¿Es Cristo un símbolo que exige la mediación hermeneútica de la burocracia celestial que gestionan los conservadores? ¿Es Jesús el hombre histórico que “luchó contra la dominación”, como quieren los ateos con espíritu de conciliación con lo que ellos creen que es la religión, quienes no se cansan de repetir que Jesús fue el primer revolucionario? ¿Y si como personaje histórico Jesús fuera como el Juan Bautista que en la película de Scorsese lo anticipa, un hombre lleno de dones, capaz de curar, y recibir espíritus en escenas de trance colectivo? ¿Por qué el tan trillado Cristo histórico y humano de los progres se tiene que parecer más al Che Guevara que al Gauchito Gil admonitorio y pletórico de visiones, capacidad telekinética y terapéutica?

Mientras los progresistas se preocupan por el dogmatismo de Ratzinger, mientras los conservadores, insaciables, recelan de los probables excesos de una posible actitud social, pero festejan la adhesión al orden que práctica y declama Ratzinger, hombres y mujeres de las más diversas naciones viven y esperan lo que el Papa llama, quizás desaprensivamente, el “vago misticismo” que Benedicto XVI denuncia. Si ese matiz frío de la dimensión que se ignora a la hora de pensar en la ideología del pontífice se consuma, la pregunta por su ideología política habrá perdido toda la relevancia que hayan ganado en el mundo religioso las que, desde el atalaya de la Santa Alianza entre el iluminismo ciego y mandarinismo católico, y con una mezcla de autocomplacencia y resentimiento feroces, son llamadas sectas.


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