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Juan, como si nada hubiera sucedido

15 05 2005 - 14:06

Ser famoso, en Francia o en Inglaterra, o aun aquí por Argentina y Paraguay, debe ser algo genial. Los que no somos famosos suponemos esto por el esfuerzo que hacen los que llegaron a serlo para permanecer arriba y visibles y no bajar y quedar a oscuras.

Suponemos que ser famoso brinda las siguientes satisfacciones:

Puede haber más, pero estos considerandos de la fama son suficientes para querer llegar y no querer volver. Claro que siempre hay gente que está mejor de la cabeza que otra y que se da cuenta de la trampa en la que está metida y hace un rulo sobre su vida, sus valores, lo que cree, lo que sabe y hace convivir la fama —que a lo mejor se le volvió inevitable— consigo mismo, con su restaurado yo. Los más tontos cumplen obedientemente el plan de la fama, que es parte del plan del capitalismo de constituir una liga de tipos a los que las masas deben desear o envidiar y quienes orientan el mercado, sirviendo de maniquíes ambulantes para las nuevas colecciones de ropa, de anteojos de sol.

Recordemos aquella aseveración de una profesora de formación moral y cívica en el normal 2 en 1981: “Este país es insólito, gana más plata Maradona que Leloir”. Y a la que precozmente le respondíamos pensando fuerte: “Silvia, se venden más pantalones cortos que guardapolvos grises. C’est pour ca”. Después teníamos clase de francés.

Los famosos son una necesidad del capitalismo, hecho sobre el cual los famosos pueden o no darse por enterados.

La mayoría no quiere saber nada. Se caracterizan por ser muy vanidosos, pendientes de sí mismos en exceso, de sus ropas, de sus dichos, de su jerarquía. Y suele ocurrir que se olvidan de que no están solos en este mundo. Que hay otros, y que los otros no son sólo aquellos que al mirarlos por la calle los hacen famosos o les confirman la fama, sino que son otros en un sentido más fundamental: señalándoles, insistimos, que no están solos, no y no, e indicándoles que hay algo llamado sociedad ahí, fuera de si mismos, y que lo que hagan o dejen de hacer tiene un peso significativo e histórico. ¿Todo esto para decir “responsabilidad”? Bueno, responsabilidad. Uno ayuda a mejorar o ayuda a empeorar el lugar en el que vive. Lo que le cabe a un anónimo barrendero, le cabe también a un famoso conductor de radio y televisión. Y éste último, con su colaboración o su daño sirve consecuencias mucho más grandes y duraderas.

Tal el caso de Juan Di Natale.

Hablar de personajes de la tele, y de la tele misma, nos hace sentir poca cosa. Se ve que usaste bien la mañana del domingo, pensaste varias horas en el Topo Gigio. Como siempre, no importa tanto la persona en sí misma, el nombre propio, el personaje en cuestión.

(Da para más largo y para otro momento pero, en la historia de los famosos más recientes de la tele, se da la curiosidad de que los medios resultaron ser el último ascensor social de la Argentina, junto con el fútbol. Es el trabajo por el cual una piba de Monte Grande, evangelista y pobre, puede llegar a tener un departamento en la avenida Libertador. El trabajo en los medios es percibido como menos crítico y más dinámico socialmente que todos los otros. Eso explica los miles y miles de anotados en las carreras de periodistas o de comunicación social)

Queríamos decir que lo que importa es lo que esa persona puntual simboliza y el uso que hace de su herramienta. La herramienta de un famoso que trabaja de periodista es su balero —máxime si estudió en el Carlos Pellegrini y pasó por la carrera de Letras—, y usarlo. Todo el tiempo. Si tenés la herramienta y no la usás, o te olvidás de usarla, no tenés perdón. Serás famoso, pero no tenés perdón.

Mientras, esta semana, el papel cizañero de los medios alcanzaba su umbral con el tratamiento informativo de la ocupación del normal 9, la liberación de María Julia Alsogaray y la excarcelación de Omar Chabán, se conocieron estas dos grabaciones de entrevistas que Di Natale le hizo a los integrantes de la banda Callejeros, a mediados del año pasado y el mismo 30 de diciembre por la tarde, horas antes del desastre. La última no llegó a salir al aire porque se esperaba emitir el 31 pero, bueno, la desgracia impidió que el animador quedara ante su público como teniendo un diálogo de asado con vino con los integrantes de la banda donde se ríen de las bengalas como si fueran chasqui bum y comparan Cromagnon con el Palacio San Miguel.

Las palabras de los Callejeros son increíbles y es entendible que Di Natale no haya querido volver a emitir esas grabaciones. Ningún estudiante guarda la prueba fotográfica de cuando arrojó una tiza. Pero esas grabaciones son también el recuerdo de la aceleración del auto antes del choque, y del silencio de quienes, pudiendo por posesión de la herramienta y obligación de uso, no dijeron “estamos yendo un poco rápido”. Después de chocar, lo primero que se nos ocurre decir es “no te vi”. Pero cuando rebobinamos, sabemos que “te vi” y que “me olvidé que estaba manejando” o que “estaba pensando en otra cosa”. Ah.

Pensar en otra cosa.

Está claro que los modales de Di Natale con los Callejeros no hacen Cromagnon 30-12 y que por lo tanto no hay imputación alguna. En todo caso el tono celebratorio, medio pavo, empleado por Di Natale en aquellas oportunidades muestra como la pelotudez humana que termina en la carnicería de Cromagnon fue una operación colectiva (no de todos, pero sí de muchos) donde la frivolidad administrativa de Ibarra se asoció al cinismo de Chabán que venía pactando con la ignorancia de los Callejeros que se abastecía del resentimiento de los pibes de Villa Celina. Los periodistas de rock funcionaron como escribanos del éxito, legitimadores públicos y, tal vez, encubridores principales al alimentar mitos, en lugar de desmontarlos. Claro, nadie sabía donde íbamos a terminar. Pero todos sabíamos por cuál camino ibamos.

Estamos seguros que Di Natale se habrá querido cortar las bolas por haber hecho aquellas notas con aquel tono, teniendo en cuenta los resultados de la fama de este conjunto (que él contribuyó a engrandecer, lo cual fue a su vez agradecido por Callejeros, que lo convirtieron en su confesor durante su año de fama positiva) pero, como dijimos aquí mismo, cuando uno se manda una cagada debe, al menos, disculparse. Cuando se hacen las cosas de una manera y la realidad te devuelve un Cromagnon 30-12, después de los entierros se piensa y se produce conocimiento. Aprendimos algo.

Claro que nada de esto pasó. A diferencia de Ibarra que tuvo que hacer 180 mea culpas, o de Chabán que está preso, Di Natale escondió las cintas y aún teniendo su propia revista, además de la radio y la tele, no ha evaluado su desempeño callejero y ha dicho mucho, y más que otras veces, sobre el desempeño de sus víctimas de siempre. En Caiga quien Caiga, donde encarna el papel de universitario o sabelotodo en un trío que se completa con un barrial calentón y un barman excitado, continuó la última semana lapidando hombres públicos, en ese chiste viejo y cansador por el cual los políticos son todos mentirosos, ladrones y chantas. Su referencia al episodio fue imputarle al gobierno de la Ciudad la responsabilidad en la difusión de las cintas para desincriminar a los funcionarios, como un continuado de su objeto de trabajo. Cuando no me burlo de ellos, los responsabilizo de mis propias cagadas. Un político promedio fue estudiante de derecho, luego abogado de presos políticos y despedidos, después intendente de algún lugar inundable, tal vez gobernador y, generalmente, político preso después. Si no una vida útil, al menos rica, variada y con saltos al vacío. Di Natale o cualquier de los graciosos de la tele, van camino de convertirse en unos Roberto Di Sandro de la burla. A Di Sandro, decano de la sala de periodistas de la Casa de Gobierno, también le dijeron alguna vez “muchachote rebelde”. Pregúntenle, debe tener muchas anécdotas sobre su enfrentamiento con su padre y el choque entre las costumbres de ambos.

El problema de las entrevistas a los Callejeros fue que primó la operación “distracción”, pensar en otra cosa y no objetivar un poco. Hablar con “Cabeza” Vázquez, baterista de la banda, no era hablar con “cerebro” Vázquez. ¿Por qué le habrán puesto cabaios? ¿Por qué le habrán puesto cabeza? Cromagnon 30-12 fue largamente incubado, también por el periodismo juvenil y roquero. Y el que hace un fanzine del aguante ya podría pensar qué está haciendo y el que tiene programas de tele exitosos podría esconderse un largo rato en la trapa de Tandil y pelar salamines en silencio durante un año.

Decíamos que los famosos cumplen un papel ejemplar y mercantil. También desempeñan un papel educativo innegable, más en el tercer mundo donde las escuelas y universidades fueron bombardeadas. En un país tan provinciano como este, es muy difícil la constitución de un discurso paralelo y superior al que surge de la dialéctica con los medios. O que haya distintos niveles de discusión: el nivel de los medios, que sería bajo aunque significativo para las masas; y el nivel académico, técnico y científico que sería relevante para las elites, significativo para quienes deciden la marcha de la sociedad, la economía, las instituciones. Por lo tanto, cobra dramatismo que los más idiotas de nuestra comunidad, en el sentido de los griegos, los más irreflexivos, sean quienes crean la opinión pública todo el tiempo.

Hemos pensando, esta mañana sin sol en Buenos Aires, que se puede ser famosa como Jane Fonda y hacer algo para que acabe la guerra de Vietnam o famosa como Susana Giménez y no saber dónde queda Vietnam o una villa del conurbano llamada, increíblemente, Corea.

Pero esto a los famosos les chupa un huevo. En el hipotético caso que lean, se reirán de nosotros. Irán a sus sicólogos o a quienes les entrenan el ego, los que les habilitarán la hipótesis de que son envidiados y se irán de la sesión dispuestos a traicionar mejor. Por eso, para seguir escribiendo, hay que tener un ojo puesto en la posteridad, mientras el otro no se pueda despegar de nuestros contemporáneos.

Como dijo Ricardo Balbín, “yo no tengo soluciones”.

Y escribir sobre esta realidad tan creada por los medios, que nos deja tan impotentes y hastiados, sólo puede ser compensado por la creencia de que en el futuro nos traten como a los patriotas anónimos que le tiraron aceite caliente a los ingleses en la cabeza para que se vayan.

Pero no nos demos tanta importancia, hagámoslo porque sí.


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