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17 05 2005 - 02:49

Ni la velocidad a la que te obliga esta práctica insalubre de leer los diarios todos los días puede con lo que está pasando en Argentina; es incomprensible para todos, y todos opinamos antes de poder entender porque así lo establecen las reglas del juego, instituidas quién sabe cuándo — posiblemente hacia fines de los ‘80, hiperinflación mediante, aunque por supuesto como consecuencia de una incubación de décadas. Después de darle unas cuantas vueltas, uno concluye que no está en condiciones de editorializar sobre Fuenteovejuna Cromañón, ni sobre adónde le corresponde dormir a Maria Julia, ni sobre la relación repentinamente relevante entre la justicia y el derecho. Y por eso decide que va a hablar de cualquier otra cosa, que se va a olvidar de todo por un día, eligiendo algún tema de aquellos que sobreviven incluso a los más seductores magnetos del escándalo.

¿Por ejemplo? No sé, el director’s cut de Aliens, que con apenas quince minutos más de película consigue destruir todo lo bueno que habían hecho los 110 minutos restantes durante casi dos décadas. O el disco nuevo de Eels, que mencioné al pasar hace unas semanas como “notable” sin advertir que se trataba de mucho más que eso. O la nueva legislación española que proteje a los burros. O las chinese fortune cookies de la semana pasada, que le hicieron ganar la lotería a demasiada gente. O los mensajes ocultos en El Quijote. O Noel Coward. O los diferentes usos, todos gastronómicos, algunos sorprendentes, del agua de acelgas. Cualquiera de todas estas cosas.

Habiendo elegido un tema (los burros, que ganaban por goleada), con ese entusiasmo propio de un viernes a la tarde aunque sea martes, le abrís la puerta a tu amiga Amy, que llega de Los Angeles, via Berlín, y te pregunta:

— Can you explain to me what’s going on in Argentina?

La verdad que no, pero hago lo posible. Mientras le explico me voy poniendo de mal humor, no tanto por mi propia incapacidad de análisis sino más bien por el recuerdo vago de “el amigo extranjero” como recurso cómico-periodístico. El gordo Soriano lo usaba a menudo durante el alfonsinismo temprano, y Wainfeld lo heredó en versión académica, con un personaje nórdico al que recurre cuando ya no sabe cómo mantener la mínima perspectiva que necesita para escribir lo que escribe. Como Amy es de carne y hueso —y no está acá para hacerme de sidekick— resulta bastante más rápida que los extranjeros ficcionalizados de Wainfeld y Soriano.

— Oh, I see. It sounds just like the US.

Se refiere a la intromisión del presidente en cuestiones judiciales, sugiriendo un paralelo entre Kirchner y Bush apenas menos bizarro que el que sugiere entre Chabán y Schiavo.

Las diferencias del caso son muchas (aunque como sigan así las cosas, Chabán y Schiavo van a tener muchos más elementos en común de lo que uno habría supuesto), y es fácil adjudicar a la comparación de Amy el error más común de turistas, exploradores e inmigrantes: el de equiparar territorios. Uno llega a Chinatown por primera vez y dice: “esto es el Once”, o compara Salamanca con Recoleta; cuando en realidad lo único que une a los cuatro lugares es uno mismo, ansioso por categorizar lo que todavía no conoce. Pero con todo lo que Amy se equivoca, también es cierto que acierta en algo.

Ambos ecosistemas (el universo Bush y el que nos convoca acá casi todas las mañanas) comparten en cierta medida un desprecio, una devaluación tan drástica en un caso como en el otro, de algo que —justamente— está tan empequeñecido que ni siquiera tiene nombre. Los tenía antes, había maneras de definirlo, pero fueron reclamadas por otras categorías y otras prácticas, de uso mucho más cotidiano, al punto de que hace un párrafo estoy tratando de decir qué es y no me sale.

Me refiero a los medios, a la forma. Los medios as in “el fin justifica”. La forma as in “forma y contenido”, si querés. Hoy los medios son “los Medios” —los medios son Canal 13— y “formal” es el peor insulto, seguido de cerca, esta semana, por “garantista” y la semana que viene por “corrupto” o andá a saber por qué otro mal que demandará de nuestra firme decisión para ser erradicado, de una vez y para siempre, devolviéndonos al sitio de grandeza que tu tururú tururú.

Y es verdad que las formas no son tan importantes si te estás meando encima, y que las proteínas son más urgentes que el cardamomo, y que quien cae al vacío difícilmente repare en los bajorrelieves del edificio que le pasa por al lado de la oreja a ochenta kilómetros por hora. Pero tampoco podés vivir así. Y si alguna gente tiene hambre, otra ha decidido inmolarse y, no me cabe duda, habrá también una importante cantidad de quienes se estén meando encima, también hay una inmensa mayoría que no entra en ninguno de los tres grupos. ¿Por qué tanta bestialidad, entonces? ¿Por qué en una semana todos, incluso los menos indicados, se sienten compelidos a participar de enfrentamientos feroces, muchas veces desechando en el proceso las convicciones que, al menos nominalmente, sostenían como bandera?

La Nación tiene la respuesta: es la violencia en la tele. Sería un chiste, potenciado por el extraordinario error en el último párrafo de la nota de Susana Reinoso (“toros países”), si no fuera porque la tradicional preocupación viene acompañada de esta otra nota de Pablo Sirvén, conocido Ouija Board del funcionario porteño Gustavo López. Y en esta segunda impugnación del Comfer (que no quiero pensar lo que es en manos de nada menos que Julio Bárbaro) ya no hay espacio para burlarse de las ñoñerías de psicopedagoga balbuceante que siempre acompañan al tópico de la violencia en los medios. Porque Sirvén está preparando, a conciencia, el terreno para la censura, un área descuidada en los últimos tiempos, pero que —por supuesto— necesita de nuestra atención para ser reinstaurada, otra vez y para siempre, devolviéndonos al sitio de grandeza que tu tururú tururú. Así cuando empecemos todos, la semana que viene, a matarnos en la calle, podremos estar tranquilos sabiendo que, por lo menos, no lo vamos a poder ver en la tele.


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