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18 05 2005 - 08:31

Pero mi amiga Amy no es la única que encuentra similitudes entre Argentina y los Estados Unidos. Lejos de las comparaciones turísticas, gurúes demócratas y republicanos mantuvieron ayer una reunión discreta en Washington, de la cual salieron, todos, coincidiendo en al menos una cosa: “the United States is turning into Argentina.” Se refieren, por sobre todas las cosas, al déficit y la deuda (federal, en el caso de ellos); y pronostican la hecatombe para dentro de treinta y cinco años. Con eso solo —la preocupación a mediano plazo— alcanza para darse cuenta de que la mención a Argentina en el pronóstico de Washington no es más que una hipérbole, introducida para llamar la atención en el medio de un discurso poco ameno. Es posible que el 2040 llegue a los Estados Unidos con un default bajo el brazo, pero en Argentina (a este paso) “default” no significará nada para entonces. Y “brazo” tampoco.

No estamos anunciando el apocalipsis. Eso queda para quienes puedan darse el lujo de la especulación científica, y para quienes se encuentren instalados en un pantano doctrinario de esos que te obligan a advertir a los demás acerca del negro destino que les espera si no se convierten. Estamos, en cambio, describiendo el apocalipsis. Una tarea mucho menos grata y, posiblemente, mucho menos útil. Pero hemos hecho tantas cosas inútiles durante los últimos veinte años, que una más no nos va a quitar el sueño.

No soy un coleccionista y por lo tanto tengo pocos libros “raros”, pero uno esos pocos es Novel Writing in an Apocalyptic Time, la copia #281 de trescientos mini-hardbacks numerados a mano y editados en 1986 por Walker Percy y Eudora Welty. Si uno leyó Lost in Space o Message in a Bottle no hay nada demasiado nuevo ahí, aunque la brevedad es bienvenida en el caso de Percy, que por una vez parece menos preocupado por sostener sus credenciales de católico marginal y más por explicar lo que le pasa:

“What the novelist notices is not how awful the happenings are, but how peculiar it is that people don’t seem to notice how awful the happenings are.”

La gracia del fin del mundo es que no se lo ve venir. Su efectividad depende en gran medida del elemento sorpresa, porque incluso los sectores minoritarios que podrían recibir al apocalipsis con cierto entusiasmo —fanáticos religiosos, miembros de Fight Club, guevaristas tardíos— se opondrían a un final que no los tenga como protagonistas exclusivos. Por eso el fin del mundo no es global ni llega con un estallido. Aparece en cambio como discretos apocalipsis locales que se suceden de a poco, a lo largo de años y tal vez décadas, en formas muy variadas, una de las cuales está teniendo lugar en Argentina desde hace ya bastante tiempo.

Podría no tener que ver con la política. Podrían ser huracanes y tsunamis, pero nos tocaron turbulencias que engañan; conflictos no menos visibles que los huracanes y los tsunamis pero encarnados solamente por actores humanos y, como tales, mucho más convincentes en su pretensión de normalidad. Porque nadie está loco del todo. Y si siempre hay algo sano (algo “normal”) incluso en quienes no se las hayan arreglado para transcurrir dentro de lo establecido, no es fácil hacerse a la idea de que funcionarios, intelectuales, periodistas e incluso bateristas, estan todos locos. Locos mal. Locos “vení que te llevo a ver a alguien antes de que hagas algo peligroso”.

Las afirmaciones de Percy no parecerían, en principio, muy aplicables a la Argentina. Porque todo el mundo sabe que lo que sucede es horrible, tanto que sólo desde esa base se puede iniciar una discusión pública sobre algo. Pero son precisamente esas instancias unánimemente condenadas (la Tragedia, la Corrupción, lo que sea) las que nos distraen de los síntomas de enfermedad galopante. No una “enfermedad social”, ninguna de esas metáforas. Las personas, digo, estan dementes.

Chabán ya sabemos que está loco (porque trabajaba de eso). K está mal, porque si su indignación mediática ante la excarcelación de Chabán fue un exabrupto (como desearía, digamos, La Nacion), estaríamos ante un presidente con tourette demagógica, y para tourette me quedo con Bill Murray en What About Bob, lejos. Y si no fue un exabrupto —si fue lo que parece, ese deslizar de anguila por sobre el hilo delgado de la impugnación por parte de una turba siempre imprevisible, compartido por miembros del gabinete y, cuándo no, Ibarra— también está loco, porque ni siquiera una reelección puede salir tan cara en un país en el que no funciona casi nada. Quienes dictan la política de los medios con esos niveles de sadismo tienen, necesariamente, que estar locos. Los padres de los muertos no pueden estar bien, pese a lo cual (o justamente por eso) son erigidos como referentes naturales en la batalla que todos pierden. Aclaro que no estoy, ni remotamente, argumentando en una determinada dirección: no quiero terminar sugiriendo que son todos malos, o todos inumputables. No quiero echarle la culpa de nada a nadie. Digo solamente: esta gente está muy enferma y ocupa, a conciencia y por decisión propia, el sitio de la normalidad institucional.

A ver si se entiende mejor apartándonos, por un momento, del escándalo de la semana.

Silvia La Ruffa, legisladora kirchnerista porteña, tiene un proyecto de ley para cambiarle el nombre a la Avenida Cantilo, que según ella debería llamarse —ya, pronto, a ver si reparamos la falta con urgencia— “Ernesto Che Guevara”. Silvia La Ruffa, de 31 años, tiene en su oficina una foto de Alberto Fernández, como quien pone en el escritorio una foto de su familia. 31 años, boludo. Una foto de Alberto Fernández. ¿Dice algo esto sobre la salud mental de Silvia La Ruffa?

Cuando Juan José Alvarez llegó, con su traje de superhéroe, al rescate de Ibarra (btw, pronto hay que votar en el referéndum, ¿no?) muchos nos horrorizamos, pero ahora que se volvió a la provincia nadie se dio cuenta de quién quedó a cargo: Diego Gorgal, 28 años, un brote de soja salido de las mazmorras duhaldistas que tiene sobre su escritorio una foto de Perón (ok), otra de Rosas (!) y una tercera de la Sagrada Familia (uy). Y 28 años, no sé si lo dije. Si por una de esas casualidades se pone de novio con Silvia La Ruffa —después de todo las edades dan bien y ambos pertenecen al mismo partido— podrían tener unos hijitos encantadores, la Mazorca Guevarista que tomará en el 2020 los mismos colegios que nos atormentaban a nosotros y hoy son tomados por chicos más obedientes que rebeldes, porque la rebeldía y la obediencia están algo dadas vuelta esta temporada.

Y cuando los jueces, que estaban ahí, llevando a cabo un trabajo de lo más ingrato, mal o bien (nadie lo sabe y a nadie le importa) renuncian, se convierten ellos en acusados. Clarín clama:”¿Los casi 200 muertos de Cromañón les pesan después de concederle la excarcelación a Chabán?” Y uno se sorprende a sí mismo dialogando en voz alta con nada menos que Clarín, entonces, respondiendo: no, no les pesan los 200 muertos; les pesa la jauría humana encabezada por el presidente, el jefe del gobierno porteño y todos los medios (que a los dos días toman distancia de la gresca que ayudaron a provocar, adjudicándosela a “los políticos”, esos subnormales). Y ahí te tenés que dar cuenta de que nada de todo esto es normal. Que son síntomas, precisamente, de haber aceptado como normal no una sino miles de situaciones individuales insalubres, porque un país no puede tomarse una licencia por enfermedad in toto, aunque esa sería la única posibilidad, a esta altura.

Y como esa posibilidad no existe, y la oposición es en realidad peor de lo que creemos, lo único que queda es huir, seguir huyendo, al refugio de sociedades menos demandantes o islas desiertas, o libros, películas, lo que sea que te de la posibilidad de ser partícipe de otra cosa. Salvo que uno crea —como creemos nosotros, una vez por semana— que no está solo en estas consideraciones, y que entre los pocos que vemos las cosas más o menos parecido, hay quienes están en condiciones de disputar un cierto espacio político de, er, “normalidad”. Pero para creer eso hay que estar loco.


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