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La Patria Oculta

29 05 2005 - 11:27

Es bastante desagradable la sensación de querer escapar a un tema, sustraerse e intentar hablar de otra cosa y no lograrlo. Eso es lo que me pasa en estos días con el issue “colegios” y los distintos episodios que me desbordan — con los que intento armar un puzzle y sin conseguir encajar dos piezas. A esta altura, yo que me la paso huyendo de las certezas, me sorprendo a mí mismo teniendo algunas para enumerar, incluso en algunos casos con carácter de predicción:

Hace unos días, el juez Gallardo —que viene intentando posicionarse con estas acciones— clausuró el Normal 9 . Había actuado anteriormente en el Normal 1 clausurando el jardín de infantes, hecho que fue más divulgado cuando el affaire de las ratas. La situación actual de ese jardín de infantes es que los chicos fueron reubicados en salas más pequeñas y se espera una licitación para cumplir con las reformas que el juez considere apropiadas. La reubicación anterior fue de unos 150 nenes, la que se viene ahora es de más de mil (más grandecitos): sin dudas hay una apuesta que sube. Cuando ocurre algo tan desmesurado, como cuando se da el caso de que un juez clausura el fútbol, uno presiente que hay algo que no cierra y que no puede perdurar. Ojalá pudiera adivinar un número para la lotería de la misma manera que adivino esto: las clausuras quizá continúen un tiempito más, luego se van a volver para atrás y no habrá ocurrido nada esencial.

Todos los conflictos recientes en los colegios (es evidente que la sensación que tienen sus protagonistas es la de integrar un gran movimiento, como muestra el encadenamiento de hechos que, a la hora en que escribo ésto suma acusaciones contra el rector y el secretario administrativo del Nacional Buenos Aires) tienen como escenario excluyente al ámbito de la educación pública. Me imagino que en algún establecimiento privado habrá algún motivo para protestar, aunque no se trate de ratas o escombros. No sé, los aumentos de las cuotas, algo. O si según dice Raffo ni siquiera hace falta un motivo para tomar un colegio, algún grupo de pibes podría haber tomado un colegio privado porque sí. Pero resulta que esto no sucede, y me pregunto por qué. ¿Será que la enseñanza privada funciona bien? ¿Será que los pibes de los colegios privados están adocenados? ¿Será que en ese caso, si alguien tiene un problema, en lugar de acudir a la justicia acude a los organismos de defensa del consumidor?

Participo de una reunión de padres de jardín de infantes, que como conté en otra oportunidad, convive en el mismo edificio con un primario y tres secundarios. La directora nos informa en la reunión que de acuerdo a negociaciones entre autoridades del colegio y una coordinadora de centros de estudiantes secundarios de la capital, al día siguiente se hará una toma simbólica del secundario, pacífica, en la que en lugar de dictarse clases se realizarán talleres sobre las problemáticas que llevan a estos conflictos. Que, por lo tanto, se intentará mantener aisladas físicamente las actividades del secundario de las del primario y jardín, para que no se vea afectado el desarrollo de las clases de estos últimos. La reacción de muchos padres es el temor de que haya desbordes y violencia. La reacción de algunos de ellos es pedir refuerzos de seguridad: un padre dice que el personal del colegio no puede controlar eventuales desbordes. La directora explicita: no puede meterse a la policía en el colegio. El mismo padre replica: “yo no digo que venga la policía, pero… no sé, alguien”. Uno piensa “esta gente está sacada: suponen a sus hijos, o a los compañeros de sus hijos, capaces de hacer destrozos y lastimar a otros chicos”. La aclaración llega enseguida: el temor no es hacia “nuestros chicos” sino hacia los “infiltrados”. ¿Quiénes podrían ser los infiltrados? Los del Mariano Acosta (esos revolucionarios, Chiche Gelblung dixit), los de otros colegios, los del PO. Los piqueteros no, porque son más distintos, ¿viste?

Mi preferencia por la educación pública debería ser evidente, pero quiero salir de esa discusión. Normalmente se percibe como una dicotomía, una divisoria de aguas que enfrenta a los partidarios de uno y otro sistema en veredas opuestas. Bien, es necesario ver que se trata de un solo sistema, como una compleja red de cisternas con vasos comunicantes entre sí. Es el espacio público lo que está en juego, la posibilidad de encontrarse en algún lado con gente que tenga una problemática diferente de la que uno tiene. Esa posibilidad, por circunstancias que la aquejan, se viene cercenando de a poco y el motor que la va alejando es el deseo generalizado de que se eliminen los conflictos, no por la vía de la resolución, sino por aislación.

Incluía antes entre mis certezas el hecho de que estos conflictos no tienen que ver con ninguna de sus causas aparentes y el punto es éste: la generalidad de la sociedad, la que empuja hacia el lugar adonde nos dirigimos, se comporta cada vez más de acuerdo a un modelo Total Customer Satisfaction: “yo consumo, no quiero problemas”. En la misma reunión de la que hablaba antes, una madre vociferaba arengando a los otros padres y dirigiéndose a la directora en cuestión: “Ustedes no nos dan garantías”. Se ofendió ante mi observación (a veces no puedo evitarlo) de que garantía tienen los electrodomésticos.

Cuando uno se encuentra en una reunión de padres con una directora de jardín de infantes estatal que agradece la intervención del juez —motivada por denuncias de padres— “para que se solucionen los problemas”, como si fuera una madre más de las que declaran a radio Mitre, no puede menos que preguntarse de qué lado del mostrador se encuentra. Cuando la mayoría de los padres ven con buenos ojos que intervengan los medios en estos conflictos, porque “si intervienen los medios, te arreglan las cosas de inmediato”, uno no entiende la ceguera de esta gente, que puede confiar en que haya soluciones a problemas de la educación (por mínimos que sean estos problemas) que provengan de entes como Clarín o Telefé. El otrora mito de los militares salvadores de la patria ha sido reemplazado por el de lo medios defendiéndonos. Cocinar los problemas internos y ventilarlos, como las parejas que se pelean a los gritos por la calle (o en los reality). Entre los sentidos básicos que se están atrofiando está el del pudor, que en este caso equivaldría a respetar los problemas propios en tanto propios y no convertirlos en mercancía para llenar espacio de carnicerías virtuales —o no tanto— a precio vil.

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Y en medio de todo esto llegan los festejos del 25 de mayo.

La directora del jardín abre el acto. Hace referencia a la crisis que vivimos puntualmente en nuestro colegio, con sectores clausurados e intervenciones, crisis que intenta contextualizar en el marco de una crisis más general en la educación. Esto me recuerda ciertas puestas en escena en las cuales aparece alguien que oficie de presentador neutro, claramente fuera de programa, pidiéndole al público que apague sus teléfonos celulares o radiollamadas. Si bien no recuerdo épocas en las que no hayamos estado en crisis, los directivos de antes no hablaban de estas cosas en un acto. El hecho de hacerlo antes de convocar a la bandera de ceremonias equivaldría a decir: miren que lo que estoy diciendo ahora no es una payasada.

Recuerdo que la primera vez que escuché entonar el himno fue al comenzar primer grado. La escuela me parecía inmensa, inabarcable tanto en su tamaño como en la cantidad de chicos. En el momento que evoco, mientras que todo el mundo entonaba sean eternos los laureles que supimos conseguir, yo miraba para todos lados, no veía los laureles por ningún lado y me preguntaba en qué rincón los habrían puesto, sobre todo porque la imagen me sugería en su grandilocuencia que la cantidad de laureles conseguidos debía alcanzar para cubrir todas las paredes del establecimiento. No verlos acrecentó entonces mi sensación de estar en un lugar infinito, que debía estar lleno de laureles en algún lado adonde mi mirada no llegaba. O tal vez fue desolación por lo frustrante de recibir un anuncio tan rimbombante de laureles que no se veían por ninguna parte.

En esta oportunidad entoné el himno con bastantes ganas. No es que me haya reconciliado con los símbolos patrios ni nada que se le parezca, pero era el primer acto escolar al que concurría en carácter de padre, lo veía a mi nene ahí adelante, paradito, mirando sin entender nada y de repente se estaba produciendo una especie de comunión extraña, uno de esos momentos de una que sepamos todos a los cuales uno puede entregarse sin pensarlo mucho y sin que tenga consecuencias demasiado trascendentes, a no ser por un recuerdo que pueda aparecer muchos años después. Hay miradas extrañas, sin embargo, en el transcurso de la entonación. Entre los padres. No puedo recordar cómo funcionaba esto cuando yo era chico, porque no guardo registro de los padres de ese momento, pero la sensación de parodia que hoy trasunta una canción como el himno, se hace evidente en estas miradas incómodas, burlonas, condescendientes. Incluso en el cierre, cuando al terminar el estribillo un padre grita a voz en cuello “Viva la patria”, uno no sabe si interpretarlo como burla, ironía o simple humorada del momento (un descontracturarse en forma explícita o un colgar en el perchero un saco que tira de sisa).

El núcleo del acto lo constituye la escenificación característica de la gesta patriótica. La maestra de sala 5 (es un acto patriótico de jardín de infantes) va leyendo un relato interrumpido por las pautadas intervenciones de los nenes, que dicen pequeños textos. Cuando éramos chiquitos, todo el asunto se traducía en detalles de color: que la vendedora de mazamorra, que el vendedor de velas, que las escarapelas, que si se habían inventado los paraguas o no. Acá el asunto está mucho más politizado. Que Fernando VII prisionero, que Napoleón, que el Virrey, su investidura y lo espurio de una representatividad que no representa a nadie, que la demora en recibir noticias entre uno y otro continente. A pesar de ser un relato para nenes de jardín de infantes, se percibe elaborado con la preocupación de no embarrarse con nimiedades. No sé si la maestra habrá sido lo suficientemente consciente del costado irónico de su discurso, pero tengo la sensación de que sí: “Los que gobernaban entonces no dejaban que los criollos leyeran todos los libros que querían, ni que vendieran a quienes ellos quisieran, ni que compraran todo lo que necesitaban, así que decidieron sacarlos, y a eso lo llamamos libertad.”

[ Cuando éramos chicos no había cámaras de video, pero sí máquinas de fotos más o menos al alcance de la (más opulenta en ese entonces) clase media. Sin embargo, no puedo recordar arremetidas de padres para obtener los primeros planos, pasando por encima de quien fuera necesario (ni siquiera recuerdo que se sacaran fotos, pero concedamos que sí). Acá las corridas hasta el borde del escenario están a la orden del día, sin importar a quién se tape en pos de establecer y demarcar esa relación yo-y-mi-hijo, entre quienes nada, ni los compañeros, ni las maestras ni la sociedad ni ningún tipo de solemnidad se podrán interponer. Ni siquiera parece causar preocupación el hecho de alterar el de por sí endeble ritmo de la obra. Pero esto también forma parte del capítulo vivir para registrar recuerdos, que quedará para la próxima. ]

La sección de baile está dividida en dos: por un lado pericón y por otro danza contemporánea. ¿Es esto una novedad? Al escribirlo, dudo. En la sección “contemporánea” los chicos bailan Gallo rojo de Los Fabulosos Cadillacs, canción que desconozco. En el transcurso de la performance solamente registro la expresión “sol de mayo” que se repite una y otra vez, pero al buscar el texto me encuentro con versos dignos de ser citados:

Hubo un tiempo que peleabas
Y eras fuerte como un gallo
Gallo rojo tan valiente
Comandante de este barrio

No importaba si eran diez
Si eran veinte o si eran mil
Eras grande sol de mayo
Hoy la gente va dormida
Nadie puede despertarlos

Hay algo de candor y ternura en el intento evidente de las maestras de transmitir algo con esto. Tanto que me dan ganas de preguntarles: ”¿me lo dice a mí?”, ”¿lo dice por otra gente?” Pero yo estoy insertando estos episodios en el contexto de las sucesivas crisis de los colegios y la insinuación de este tema parece una propuesta de nueva identidad (con la cual yo en lo personal no tengo mucho que ver, pero que circula de alguna manera). Cuando yo iba al jardín era la dictadura anterior al 73, y supongo que esta canción se habría considerado de protesta, género que ciertamente no hubiera cultivado un grupo como los Cadillacs, a los que habría que asociar con otro perfil de conjunto musical, alguno más admitido por el establishment, cuyos textos se pudieran considerar más inocuos (¿Los Náufragos? ¿Francis Smith?) El poder revulsivo de Gallo Rojo se me ocurre equivalente —ni más ni menos— al de Zapatos Rotos en su momento. Imagino imposible una performance basada en Zapatos Rotos en un acto del 25 de mayo de esa época, y no porque hubiera dictadura: resultaba inconcebible instalar en lo institucional cualquier tipo de espíritu contestatario como discurso oficial, así se tratara de canciones inocentes que de manera edulcorada propusieran el hippismo como forma de vida. Así llego a algo que estoy rondando desde hace un rato: creo que la adopción dentro de las instituciones de discursos supuestamente contestatarios son prueba de la pérdida de valor relativo de esos discursos. Lo que visto por arriba se podría interpretar como denuncia se convierte en un estereotipo, un lugar políticamente correcto, donde se propicia la queja automáticamente generadora de consenso. Amplísimo consenso cuyo resultado normalmente deviene inmovilidad, o bien movilización de patas cortas.

Toda la simbología que aparece hoy en los actos escolares ¿puede verse como un condensado del desconcierto general? La directora cubriéndose respecto de lo que pueda salir mal porque estamos en crisis, las maestras intentando separar las aguas en sus puestas en escena para que los padres sepamos que no comen vidrio, los padres cagándose en la formalidad para conseguir primeros planos de sus hijos, son todos hechos que desacralizan el momento, algo así como que si el laicisismo devino una especie de religión en su momento, entonces es necesario inventar un laicismo del laicismo. ¿El modelo anterior era el de una relación entre aparato del estado y ciudadanos? ¿El que vendría a remplazarlo sería uno de productores y consumidores? Hay un desplazamiento en estas relaciones que no puedo enunciar con precisión, pero veo algo: la desacralización propia de la época pareciera sugerir que se puede decir cualquier cosa, que el “me cago en todo” admite cualquier discurso, y sin embargo, mi impresión es que se ha operado (o se sigue operando) un mero cambio de códigos: si antes lo sagrado era la patria, ahora lo sagrado es el revisionismo: nada debe quedar en pie de aquello que nos han contado.

Se impone así una idea de patria oculta: hay una patria maravillosa que siempre nos fue negada por historias oficiales en las cuales nos decían que éramos los mejores del mundo para que no viésemos el sometimiento del cual éramos objeto. Y tanto parte y contraparte eran una única construcción con el objeto de ocultarnos que en realidad habría una patria noble (¿un país en serio?) si no hubiera corrupción, si los dirigentes fueran patriotas o algo así. En estos menesteres andamos, parece. No sabemos dónde empieza el relato, ni quiénes son sus personajes, ni dónde termina, pero se vislumbra bastante más aburrido que los cuentos que nos contaron toda la vida.


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Del mismo autor:
Correspondencia Escolar (02)
Pagliaccio
Big Band Revival
Las dos caras de la enfermera
Rewind
Un final
Ceremonias de iniciación
Esclavos
Del orden de las verduras
La Más Mínima Sospecha