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Alianza Junkets

22 05 2005 - 18:06

Hoy también nos morimos de frío. Los plumones falsos de Falabella recontracalientan. Acostados esperamos que mañana largue Roland Garros, y que otros corran detrás de la pelotita y que les vaya bien. Pensamos en comprar harina a la mañana, medialunas, tortitas negras, palmeritas, comprar papel, comprar los diarios, comprarnos un pijama muy lindo, echarnos colonia Pibes, resucitar a los catorce años y hacerlo todo de nuevo y mejor y menos triste. No nos afeitamos, es aburrido, demasiada prolijidad. Hacemos pis caliente. Pensamos durante un minuto en muestras de orina, en frasquitos, en bioquìmicos. Nos miramos la panza, nos miramos los dientes en el espejo. No nos miramos más, caminamos con el canto de los pies para no chupar frío y, en la cocina, ponemos leche en una máquina chiquita que bate a los pedos, una licuadora para cortar el café con espuma. Buscamos la canela que está al fondo del mueble y el chocolate y les echamos al café con leche. Perdemos el equilibrio y todo el peso cae sobre la rodilla derecha; pensamos en cómo será algo así dentro de cuarenta años. Trabamos una puerta corrediza, nos rascamos la nariz. Nos medimos el aliento, vemos una mancha en la pared y nos acordamos que estamos descalzos. Nos ponemos unas medias de lana peruanas, que pican y calientan. Probamos el café. Cerramos bien cerrada una canilla del baño. Elongamos la pierna derecha. Queremos un pijama celestito de algodón con botones y cordón azul francia en el pantalón. Pensamos en almorzar dentro de un rato largo. Queremos un risotto y tomar vino a mediodía pero estar medio tarados lo que quede del domingo hasta la noche porque es hermoso vivir así en invierno dentro del plumón. Miramos la heladera. Hay tomates y hongos y hay echalotes que son como cebollas que van al San Martín.

Hoy se inaugura TP Cuisine.

Y les damos la receta del “Risotto al champagne” que preparaba Graciela Fernández Meijide cuando era “esa mujer” porque los homenajes los hacemos en vida.

Ingredientes:
(para seis personas)

Medio kilo de arroz
1 cebolla
150 g de manteca
Queso parmesano
Caldo de gallina o cubito de pollo
1 litro de champagne
Sal y pimienta

Elaboración:

En una cacerola, derretir 100 g de manteca con la cebolla picada que deberá dorarse lentamente, sin tomar color. Verter un cuarto litro del champagne, mezclar y reducir un poco.
Echar el arroz, saltear y agregar el otro cuarto de champagne. Revolver y cuando el arroz se seque, comenzar a agregar cucharones de caldo hasta recubrirlo. Mezclar de vez en cuando y dejar hervir alrededor de quince minutos.
Cuando el arroz esté a punto, apagar el fuego, y añadir los otros cincuenta gramos de manteca y el queso parmesano rallado en abundancia. Cubrir la cacerola un minuto, servir caliente.

Ahora nos vamos a Paris porque Grace era profe de francés y por el frío y por los bebés y porque mañana empieza Roland Garros.

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Una noche de enero de 1998 por la avenue Foch caminando junto a Fernando de la Rúa, su señora, Adalberto Rodríguez Giavarini y señora y algunos extras caracterizados de periodistas y asesores. Entramos al edificio donde tiene su residencia el todavía embajador argentino en Francia, monsieur Juan Archibaldo Lanus. Archi, como le decíamos todos. Inmediatamente encontramos a la otra pareja invitada, Carlos Floria y señora, quien era embajador argentino ante la UNESCO y es abogado, historiador, editorialista de la revista Criterio y asesor del Vaticano en no sabemos qué menester (cuando no lo podés explicar, sos ñoqui). Se trataba de una cena que el embajador le daba a quien, muy posiblemente, fuera el candidato presidencial de la Alianza y posible ganador de las elecciones nacionales, todo lo cual resultó inevitablemente cierto.

Archi colecciona platería y cuchillos. El pollo que cortamos, tendría un año, pero el cubierto como cien. Una gran casa, París, los sirvientes disfrazados, un futuro presidente, su canciller in pectore, y dos embajadores le daban un aire histórico a la comida. Pero nada más falso. El pollo cacareaba más lejos. Y, sin embargo, nos lo comimos malogrado con salsita agridulce. El vino, bien, pero eso es fácil en Francia y champagne y postre flambeado que es como ponerle Jonathan a tu pibe.

¿De qué se habló en este quincho? Hablar, ese acto de pensar y decir.

La periodista de Clarín presente, María Laura Avignolo, que había cubierto meses atrás el largo funeral de Lady Di se robó la noche contando el detrás de la escena de los royals y el quién se coje a quién, sin decir “coje” pero diciendo “a quién”. Se habló del frío. Se habló del pollo. Se habló del vino y de la colección de cuchillos y de habanos. En algún momento del café, buscando el verosímil de la vida que quería vivir, presidente, estadista, lo que sea, De la Rúa aprovechó un comentario sobre, digamos, algún despelote en alguna ciudad del mundo que se habrá visto por tevé y le dijo a Floria:

—Mmrgh, Carlos, porque no te escribís, che, una encíclica sobre el hombre de la ciudad.

Floria lo miró estupefacto, con cara de no hace falta. Todos miramos el azucarero.

—Homen, homo, civitas, mrggh. (agregó De la Rúa)

Ay Dios, la diplomacia. Todos pensando “forro” y todos diciendo “claro”.

Esos viajes de los periodistas eran pagados por la campaña de De la Rúa y el pacto tácito era escribir sobre la agenda oficial del tipo, sin hacer bromas, destacando el reconocimiento obtenido por el candidato. El papel del periodista es bastante lamentable en esos días, compensado por el paisaje, claro está, y la certeza de que si tenés ganas, un día, contás todo.

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Unos meses después en México.

Un encuentro de alcaldes iberoamericanos en Guadalajara pero con una escala previa en el distrito federal para entrevistarse con el alcalde Cuauhtémoc Cardenas. ¿Entrevistarse? Que me la corten en rebanadas si esas dos personas hablaron algo esos diez minutos. Si Rivera hubiera tenido que pintar el extravío civilizatorio, habría elegido a estos dos hombres. Un azteca mudo frente a un blanco perdido, en sillones antiguos, sobre un piso de madera, con luz gris entrando de la calle.

Las palabras fueron:

—Estamos muy contento de estar acá.

—Estamos felices de recibirlos y poder platicar un poco.

Repoco. Dios sabe que se pronunció una esdrújula cada quince segundos. Y “México” se llevó todas las menciones. Enseguida la periodista de La Nación, Alejandra Rey, nos hizo la gauchada y sacó su máquina de fotos personal y todos posamos con Cuauhtémoc. De la Rúa, feliz. Para Cardenas fue como trasladarse, solo, de nicho a tierra.

Cuando nos íbamos, bajamos la escalinata del Palacio Municipal y miramos (porque alguien dijo, “che, miren), un mural de Rivera donde aparecen Hernán Cortés y su india poniéndole un collar de oro o sirviéndole un pollito, no nos acordamos.

—¿Cómo se llamaba la mrmrgrgr (dijo mmmrggrg) de Cortés?, preguntó De la Rúa, mirando concentrado la pared.

Como sé un montón sobre minas, me apresuré a decir:

—Malinche, doctor.

De la Rúa no me miró pero me escuchó. Y se quedó mirando la pared, el mural, como buscando él, el nombre en la memoria.

Peleando por la secretaría de Cultura, repetí:

—Malinnnche, Ferrrnando.

—Maliche (sin n), sí, Maliche. (dijo él y retomó el curso descendente).

Todos pensando “sordo”, todos diciendo “ajá”.

Por la tarde me fui a la plaza de las tres culturas, más conocida como Tlatelolco. Un plomo, como cualquier plaza seca. Pero con una imagen que no se puede olvidar. Hay una ruina abovedada con blindex, donde se ven dos esqueletos. Se los conoce como “los amantes de Tlatelolco” porque los dos conjuntos de huesos, de un hombre y una mujer fueron encontrados abrazados. No me acuerdo si le hicieron el carbono 14 a esta pobre gente y determinaron de cuándo son. Lo que me quedó como idea es que la muerte los devolvió abrazados después de una pasada de lava o después de una guerra.

Tlatelolco fue la segunda capital de los Mexicas o aztecas y se fundó en 1338, trece años después que Tenochtitlan. Su nombre significa cerro de tierra amontonada y fue construida por un grupo de Mexicas disidentes a quienes no les gustó el reparto de tierras que se hizo en Tenoch. Así, Tlatelolco vino a ser la ciudad contigua de Tenochtitlan y su aliada a las patadas.  Los Tlatelolcas, a diferencia de los Tenochcas, no cimentaron tanto su prosperidad en la guerra como en el comercio. Mal hecho. Con el tiempo, la rivalidad los llevaría a la guerra que ganaron los Tenochcas por amplio margen.

Una explicación, poco probable, es que esta gente empezó a los piedrazos porque no se podían nombrar. Los Mexicas tenían nombres rarísimos. Cauhtemoc, vaya y pase, Yaotl, una marca de flan, pero un tipo se llamó Huitzilihuitl y tuvo una hermana a la que llamaron Ixtlilxochitl. Mi tesis es que nunca se pudieron decir el nombre de un saque, por lo tanto, todo terminaba en un “¡andá la puta que te parió, indio del orto!”, tras cuatro intentos de ser amistosos.

Pero es poco probable. Discutían por guita, por proximidad a Dios, por lo de siempre, Graciela.

Have a rice day.


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Del mismo autor:
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