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25 05 2005 - 11:34

“Viva la patria”, habrán dicho (en euskera) los elegidos por ETA para estacionar anoche un coche bomba al norte de Madrid. El sentir nacional contemporáneo (que no es uno solo, claro, sino muchos, aglutinando distintas patologías individuales en un menú tanto más tentador, parece, que el de la religión) sigue cobrando víctimas mientras sus logros históricos se celebran como si se tratara de la invención de la penicillina. “La Patria” tampoco es una sola —tiene que haber otras, por definición, para que la de uno exista— pero, como toda celebración es arbitraria, nadie menciona que lo que se celebra también es arbitrario, que las fronteras están ahí por motivos que poco tienen que ver con la vida de uno, que la Argentina podría terminar en Entre Ríos o en el Titicaca sin que el universo entrara en crisis, y que —al fin y al cabo— lo que se celebra es más una limitación que un logro, una amputación que se supone voluntaria, para qué andar lidiando con tantos dedos si con el índice, nomás, alcanza para señalar el lugar de uno y el de los demás.

Richard Dawkins, en su desmedido optimismo, cuestionaba hace un tiempo la costumbre universal de adjudicarle a los nenes la religión de los padres, a menudo antes de que esos nenes pudieran tener la más mínima idea de lo que esa —o cualquier otra— religión implica.

Just as you can’t vote until you are 18, you should be free to choose your own cosmology and ethics without society’s impertinent presumption that you will automatically inherit your parents’. We’d be aghast to be told of a Leninist child or a neo-conservative child or a Hayekian monetarist child. So isn’t it a kind of child abuse to speak of a Catholic child or a Protestant child? Especially in Northern Ireland and Glasgow where such labels, handed down over generations, have divided neighbourhoods for centuries and can even amount to a death warrant?

Tiene sentido. Pero es difícil introducir categorías sensatas cuando son más largas y más tilingas que las que deberían reemplazar. “Hijo de padres católicos” (o musulmanes, o lo que sea) está lejos de ganarle a “católico” no solamente por razones prácticas: lo más probable es que el padre en cuestión no vea el eufemismo con buenos ojos. Una suerte similar le tocaría a la categoría más apropiada de “nenes nacidos en Argentina”, por los mismos motivos: es más largo, suena a sutileza políticamente correcta, y además amenaza de la manera más torpe las convicciones que millones de padres “argentinos” han asumido como propias por fiaca o por costumbre. La confianza de Dawkins en el poder del lenguaje es debatible. Lo cual no quiere decir que su radar no esté apuntando en la dirección correcta.

Al curioso soborno ofrecido por el Ministerio de Educación al estudiante “argentino” que mejor se ajuste a la agenda nacional que el organismo impulsa (un viaje a Buenos Aires, o a Tucumán, dependiendo del origen del nene), se suman las celebraciones patrias que el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires organizó en el Colón. Y si cuesta creer que una performance de la banda militar “Tambor de Tacuarí” del Regimiento Patricios pueda inspirar algo más que un internacionalismo espontáneo en los alumnos de escuelas primarias a quienes les fue infligida, también hay que considerar las alta dosis de música patria y sentimiento nacional a las que fueron expuestos los funcionarios de hoy durante su infancia — flagelos que, lejos de iluminarlos por reacción, demuestran hoy una eficacia propia de La Naranja Mecánica.

Ni siquiera dentro del staff de TP nos ponemos de acuerdo sobre la “cuestión nacional”, que no existe pero sobrevuela casi todo lo que escribimos. Seguramente habrá tantas posturas distintas como colaboradores, y argumentos atendibles para sostener cada una de ellas, si alguna vez nos decidimos a dedicarle al tema el tiempo que no merece. Pero difícilmente encontremos argumentos saludables para defender la preocupación oficial por la filiación ideológica temprana — un avance sobre el universo infantil sólo comparable al que uno recuerda como propio y exclusivo de la dictadura. [Comparable en su afán, e incluso en algunos de sus contenidos, aunque por suerte no en sus métodos.]

Y lo del gobierno es un poroto al lado de las Madrecitas de Plaza de Mayo. Parece que una escuela pública porteña (que lleva el increíble nombre de Gendarmería Nacional) ofreció ayer una variante novedosa a los tradicionales festejos del 25, nenas con pañuelo blanco en la cabeza, girando en torno a una pirámide de utilería al son de Víctor Heredia. Página 12 debe creer que le hace un favor a una de las alumnas, cuando la escracha con nombre y apellido después de citar a su padre diciendo: “Me da la impresión de que con actos como éste se les saca la venda a los chicos.” La venda de los ojos, asume uno, aunque también podría ser la venda que ya no es necesaria porque las heridas cerraron, o bien —más probablemente— la venda que le sacan al Guasón en Batman poco antes de acercarle tímidamente un espejo para que vea cómo le quedó la cara.

El acto fue coordinado, como corresponde, por la profesora de Educación Física, y a juzgar por los testimonios de los chicos (“el golpe militar fue la época más cruel de la historia”) y de los padres (“es bueno que el chico vaya entendiendo, despacito, lo que vivimos. Eso le va a ayudar a entender que hubo esclavos en 1810 y que los nuevos esclavos podemos ser nosotros si no nos damos cuenta de lo que es la libertad”), un verdadero éxito. Cabría relativizar los alcances de este adoctrinamiento temprano recordando las iniquidades que nos enseñaban a nosotros para concluír que los chicos no pueden sino ser más inteligentes que sus padres. Pero, al mismo tiempo, no hay más que ver lo que piensan estos padres y docentes de la vida, para asustarse bastante.


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