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Blame Canada

28 05 2005 - 14:00

Dicen que soy aburrido. Gran frase, ¿eh? En serio. Para cualquiera que recuerde/entienda el contexto en que De la Rua pronunciaba el breve parlamento concebido por Agullaybaccetti, la frase nunca dejará de tener un sentido muy preciso, de evocar un momento muy definido. Y lo extraordinario de la frase es todo lo que condensa. Todo lo que quiso decir y todo lo que no pudo (o no puede, a la distancia) dejar de sugerir. En primer lugar, como artilugio para dar vuelta como un guante el argumento del adversario, apelando a la retórica, que es una de las armas buenas de la política. Diciendo lo que se pretendía un argumento convincente para los destinatarios de la frase (televidentes y radioescuchas, desde ya; ciudadanos, tal vez): la corte de los milagros de Carlitos nos ha hecho reir a carcajadas, pero cómo nos ha vejado mientras reíamos. Pero, claro, ese es el juicio que merece la frase en sí, aunque cuando la ponemos en contexto y recordamos es que lo “positivamente” aburrido que se oponía al menemato era De la Rua, lo cual nos lleva a pensar en lo que la frase sigue sugiriendo o afirmando implícitamente, con mayor fuerza a medida que en el ambiente del marketing político la incorporan como caso de estudio: todo es mercancía y toda mercancía se puede vender en algíun mercado. Vencida, con el precinto violentado, sulfatada, como quieran: se puede vender.

Y no nos vamos a escandalizar con esto aquí, el subrayado no responde a que nos sintamos ultrajados por la idea de que las campañas electorales nos venden políticos. Al fin y al cabo, las campañas publicitarias nos venden jabones. Al fin y al cabo, esto es el capitalismo, constatación que una vez hecha, obliga al agobiante deber de explicar que es nada más que eso, una constatación — ni una aceptación resignada, ni una apología. Pero hay que hacer un punto de principio de tal verdad de perogrullo, porque si no, después, no se entiende nada. Ningún sistema se nos vuelve más transparente si negamos que está allí, si no aceptamos comprender que lo que sucede ahí dentro está gobernado por ciertas leyes que son, sin mezclarlo con lo que creemos que debería ser.

Y en el mercado político, como en cualquier otro, se trafican ilusiones, significados. Se seduce. Al seducirnos para vendernos una persona, el efecto que produce la caída del velo ilusorio suele irritar mucho más que cuando nos sentimos estafados por lo azucarado que estaba ese dulce de leche nuevo que compramos porque se lo queríamos dar en la boca a Pampita. Pero aun así, “dicen que soy aburrido” es una idea que lejos está de haberse transformado en el blanco de la ira de los estafados por el Fernando cuya educación presidencial resultó tan fallida. Por el contrario, el Presidente K, con su retintín del “país en serio”, no hace sino recoger lo de Agullaybaccetti y llevarlo como bandera a la victoria. En el imaginario de algunos, “país en serio” es el viejo país peronista, con las memorias de peculiar bienestar a él asociadas. Para otros, un país que las tiene bien puestas y le canta cuatro verdades a los brasileños, cuando no al FMI o a los empresarios franceses (nótese la prolija omisión de la Gran Democracia del Norte). Para otros —tal vez nosotros— finalmente, “país en serio” es, qué sé yo, Suecia, Noruega, Finlandia, Canadá.

Y Canadá, si se me permite el salto casi de asociación libre, es probablemente el país que podría reclamar para sí la frase que ha disparado estas reflexiones. Dicen que soy aburrido. Un país en el que no pasa nada, de tan bien que están las cosas. Considerando lo muy poco que cuentan de él los diarios argentinos, o por los nulos motivos que dan los medios canadienses para que uno los visite con la asiduidad con que visita La Vanguardia de Barcelona o el Guardian de Londres, uno puede llegar demasiado rápido a esa conclusión. Si a eso sumamos que el estado del bienestar canadiense se debe a dos partidos, uno que se hace llamar Liberal y otro con el poco sugestivo nombre de Nuevo Partido Democrático, y no a la prístina socialdemocracia, el interés espontáneo por verificar por qué es tan aburrido decae al punto al que sólo algo muy aburrido puede llevar.

Y sin embargo, hace nada más que unos días, el gobierno del Partido Liberal, que carece de mayoría en el parlamento, se vio sometido a un voto de confianza por la oposición de conservadores y separatistas quebequenses. Y hubo empate. Díganme que eso es aburrido. Menos aburrida se pone la cosa cuando constatamos que el gobierno sobrevivió, porque tenía el voto del desempate en manos del Presidente de la Cámara de los Comunes, un liberal.

Pero la cosa se pone realmente interesante cuando reconstruimos los elementos del módico drama que ha roto hace semanas el proverbial aburrimiento ambiente de Ottawa. Primero que nada, el escándalo por los cientos de millones de dólares de un programa de relaciones públicas del gobierno federal destinado a convencer a los habitantes de la provincia de Quebec, de mayoría francófona, a no formar un nuevo país separado de Canadá.

La cosa fue así: los quebequenses tenían que votar en un referendum por la secesión (Oui) o por permanecer dentro de la confederación con las otras nueve provincias (mayoritariamente anglófonos) del país. El gobierno federal dispuso de una abultada billetera para auspiciar infinita cantidad de eventos de promoción de las bondades de lo canadiense, desde el jarabe de arce hasta la Real Policía Montada, la música, el cine, la literatura o lo que sea. El dinero se puso en manos de varias firmas de relaciones públicas y comunicaciones de la provincia francófona. Pero héte aquí que esas mismas firmas hicieron luego (al menos eso dice la investigación preliminar que encabeza un juez de la Corte suprema) importantes aportes a la siguiente campaña electoral del partido cuyo gobierno les había dado esos jugosos contratos. Si luego nos enteramos que el Non ganó por un pelito muy finito, se entenderá que los separatistas estén particularmente furiosos y que los conservadores se digan a sí mismos que la oportunidad está servida en bandeja para que la indignación de los canadienses les sirva el gobierno en bandeja.

La matemática parlamentaria decía que los liberales estaban abajo del camión. Con sólo 130 diputados propios, contra 153 de la suma de separatistas quebequenses y conservadores, c´était fini. En el país aburrido del estereotipo, se votaba, caía el ghobierno, había nuevas elecciones, y todo (salvo seguramente el Quebec), quedaba como era entonces. En el país de verdad, con su Primer Ministro (Paul Martin, tan sólo un perfecto nombre y apellido bilingües) criticado por irresoluto y débil, los liberales salieron a ofrecerle un pacto a la izquierda, que con sus 19 diputados algo podía aportar. En el Nuevo Partido Democrático, que de ellos se trata, hicieron cuentas y dijeron: te va a costar 4.600 millones de dólares (canadienses, eso sí). Y allí fue el Primer Ministro a proponer una enmienda a su presupuesto con superávit fiscal y tax breaks para las empresas privadas, eliminando los tax breaks y destinando todo ese abultado monto de beneficios para las empresas, a programas sociales. Con ese guiño subjetivo y giro objetivo a la izquierda, Paul Martin seguía abajo del camión, a menos tres votos por debajo del combinado opositor.

Pero si el que Martin, máximo adalid del conservadurismo fiscal (que transformara el déficit fiscal de los ´80 en el superávit clamoroso de los ´90) sellara un pacto con la izquierda era una sorpresa, lo que se reservaba para las horas previas a la votación tuvo características hollywoodenses. En efecto, se presentó a una de sus habituales rondas de prensa del brazo con su flamante ministra de Desarrollo de Recursos Humanos, Belinda Stronach, más conocida como la reina de los autopartistas de Canadá, una estrella del big business. Y lo importante no era eso (al fin y al cabo Belinda heredó la empresa de su papá): la señorita Stronach era diputada del Partido Conservador, novia del vocero parlamentario de ese partido y ex-candidata a jefa de la oposición. La buena de Belinda había cruzado la vereda. Aunque con ese voto seguía sin ser suficiente, los conservadores no pudieron menos que admitir que la victoria que esperaban no estaba asegurada. El final lo contamos al principio. Agreguemos la anécdota de que la izquierda ofreció y cumplió con pedirle que se quedara en su casa a un diputado propio para compensar por un conservador que no iba a poder participar de la sesión por estar sometido a una terapia oncológica…

Una lectura qualunquista de los eventos nos diría tan sólo que en todos lados se cuecen habas y que los políticos son todos iguales. Pero otra lectura posible se podría maravillar de cómo un sistema político tiene herramientas legítimas que se pueden usar desprejuiciadamente para defender una posición. Herramientas con las cuales una izquierda inteligente puede definir políticas públicas beneficiosas para los ciudadanos. La picardía de una diputada que se consigue un ministerio computa para el anecdotario y ayuda a que la historia sea más inetresante de contar.

En cualquier caso, las calles de Canadá no están inundadas de multitudes que reclaman que se vayan todos y los liberales siguen, incómodos, al tope de las preferencias electorales (parece no haber una mayoría dispuesta a castrarse para contrariar a la mujer).

Lo política en los países aburridos está hecha de esta materia. Es una constatación, no una llamada manzanista al realismo. Los logros que han alcanzado determinados países desarrollados e igualitarios han sido el fruto de compromisos que han hecho a esos logros más perdurables que algunos arrebatos revolucionarios que han terminado mal, pésimo: otra constatación. Allí donde los logros de las socialdemocracias escandinavas y de los laboristas de Oceanía carecen de una épica de exportación y brindan pocos íconos para estampar en nuestras remeras, tal vez haya una serie infinita de historias menudas que sirvan para contar cómo llegaron a darle una impronta distintiva a sus sociedades. En el caso canadiense, la izquierda ha logrado dejar su marca aun sin haber llegado más que al gobierno de una cuantas provincias. Sin embargo, nunca ha dejado de jugar sus cartas con inteligencia, en especial cuando los liberales encabezaron gobiernos sin mayoría parlamentaria propia: fue en esas ocasiones que el modelo de cobertura universal de la salud, incubado en provincias con gobiernos del NPD, fue incorporado y adaptado a la escala nacional.

Si la idea de hacer de la Argentina un país serio, aburrido, que parece pervivir saludablemente estuviera asociada con la aceptación del mucho trabajo incremental que tiene por delante un país como el nuestro para dejar atrás esa necesidad de ir de conmoción en conmoción para quedarnos donde estamos (lo que significa, en realidad, retroceder, para las grandes mayorías), habría razones para un gran optimismo. No parece ser la idea que alimenta a los que se sirven de esos slogans, pero a la vez siguen participando (y alimentando) un imaginario en el que los cambios deseables son tan drásticos que nunca llegaremos a verlos concretados.


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Prat Guy y Golden Boy