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Queríamos tanto a Chacho

2 09 2004 - 08:19

Para quienes hicimos o estuvimos alrededor de la política a fines de los 90, será difícil por un buen tiempo ver a algún vicepresidente sin que surja alguna comparación con nuestro efímero Alvarez.

Eso me pasó a mí al menos, con buenos resultados, porque las diferencias entre Dick Cheney y Alvarez son, afortunadamente, evidentes. De todas, hay una que es la que me sigue dando golpes en el cerebro desde anoche: Cheney sí es un verdadero revolucionario.

Para quién lo vió ayer en la tele desde el Madison Square Garden o para quién escuchó o leyó su discurso, está claro. Cheney hace de su falta de carisma su principal atractivo, pero no à la De la Rúa y su “dicen que soy aburrido” sino en un sentido mucho más fuerte: Cheney parece decirnos que no se preocupa por su carisma porque está diseñando gélidamente el futuro del planeta. Y la puesta en escena de su frialdad es tan poderosa que sólo queda sentir terror, como el mío en la fila 6 del Garden o el de millones en sus hogares. O, más posiblemente, dejar que circule por las venas una renovada sensación de reassurance de nuestra vida, como un río que arrasa con toda duda e idea: Y ahí, precisamente ahí, es dónde el efecto del extremo aplomo a-carismático de Cheney provoca la euforia delirante que Mick Jagger logró em el mismo lugar varias veces pero a costa de sudar como un esclavo.

Cuando Cheney dice que “Senator Kerry doesn’t appear to understand how the world has changed. He talks about leading a ‘more sensitive war on terror,’ as though Al Qaeda will be impressed with our softer side”, la gente explota. Detrás mío, un tipo con pinta de joven marine, ya sólo produce sonidos guturales (yaaaaaaaaaaaa! ggggggggrrrrrrrr!) a un volumen increíble, de alguna manera sabiendo que lo que siente no tiene palabras. A su lado, otro chico, parecido a un actor que hace siempre de bobo con las cejas muy grandes y cuyo nombre no recuerdo, repite como una letanía los grandes momentos de todos los últimos discursos de Cheney. La vieja muerta del box de al lado resucita de pronto —juro que hasta ese momento, mi acompañante y yo la habíamos visto semimuerta, la saliva cayendo por el extremo izquierdo del labio—aplaude en éxtasis como si hubiera escuchado la arenga de su vida.

Cheney es Mengele, de eso no cabe duda. Pero lo siguen un grupo de brainwashed súbditos , felices en el descubrimiento de que all in all you’re just another brick in the wall, neonazis mecánicos que han llegado a trivializar en la experiencia la banalidad del mal que Arendt supuso aunque sea un poco más compleja.

Por no abundar en cuando Cheney ridiculizó a Kerry porque “he began his political career by saying he would like to see our troops deployed “only at the directive of the United Nations’”. Y uno se pregunta en qué lo ridiculizó: en cualquier contexto del mundo la frase es o bien indiferente o de politically correct approval. En cualquier lugar menos en el Garden hace unas 12 horas ,donde la gente estalló en carcajadas que parecían de mala película sobre Tito Livio.

Las cosas están mal, muy mal. Claro que hay quienes dicen acá, como hoy en el Times, que si uno es de otro país debería apagar la tele hasta el 2 de setiembre, porque se van a escuchar muchas cosas desagradables que en verdad no se van a poner en práctica en el gobierno. Fine. Algún alivio es. But not so fast. Si no son necesidades de política pública, ¿por qué suponen que tienen la ncesidad de hacer esas proclamas? Pues porque hay demanda. Demanda del mismo electorado medieval que propone romper con todos los organismos internacionales, tener atribuciones militares y nucleares planetarias o iniciar acciones ludistas para frenar el outsourcing . Es decir: “No se preocupen, no vamos a hacer todo esto, pero tengan en claro que es exactamente esto lo que nuestra gente nos está pidiendo.”

Cheney da que temer, porque será el vice (nota: Tanto Lincoln como Roosevelt cambiaron sus vicepresidentes en los segundos términos durante la guerra. Sadly, it won’t be the case) y porque uno lo ve a punto de poner en marcha una verdadera revolución, apoyada en esta banda, “mob” o lo que quieran, bárbaros de adentro del imperio que vienen a patear desde abajo el status quo que, a la vuelta de las cosas, me encuentro defendiendo.


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