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28 05 2005 - 13:11

“Cuando se recuerda que las muchas decenas de miles de chicos que la Tendencia pudo poner en la calle en 1973 están por entrar o han entrado en la cincuentena, ese retorno al pasado parece menos sorprendente. Para algunos que pasamos ya hace rato la cincuentena y conservamos de esos tiempos una imagen algo más matizada que la de quienes, como los Kirchner, la vivieron a los veinte. La manera que ellos han elegido para dar ese ejemplo puede tener —y tiene— algo de irritante, pero en ese tema, como en otros, los rescatan sus enemigos; en este caso, los que defienden al indefendible Proceso.”

Hay mucho de cierto en lo que dice Tulio Halperin Donghi. No sólo en la cita de más arriba sino en el resto del reportaje, que lleva el título (increíblemente apropiado, tratándose de Clarín) de La serena lucidez que devuelve la distancia. Y es esa distancia (en el tiempo, más que en el espacio) lo que seguramente le permite al historiador esa placidez ante una opción que no siente compulsiva. Pero como la distancia de uno es menor, o es otra, se siente obligado a aclarar que una lectura coincidente con la de Donghi puede también conducir a la conocida sensación de estar siendo víctima de un chantaje.

En otra página del mismo diario en el mismo día, Caparrós arremete contra un artículo imposible que el menemista Guelar había dictado desde sus catacumbas. La respuesta de Caparrós (concisa, de acuerdo a lo que se espera en el diario) tiene todo el sentido del mundo. Pero ese sentido (común) desemboca en la debatible conclusión de que nuestros males devienen del pragmatismo. A Caparrós le debemos, entre otras cosas, La Voluntad, uno de los pocos acercamientos al zeitgeist pre-dictadura que se pueden leer — apresurado y caótico, pero también entretenido y, por momentos, revelador. Por eso uno se permite hilar fino y sospechar de sus impugnaciones a la idea de que “en épocas de revolución hay que intentar revoluciones, que en épocas de pensamiento único hay que entregar empresas estatales, y que eso está bien.” Sobre todo por lo del pensamiento único.

Había algo saludable —y algo de nobleza, también— en reconocer al menemismo como una derrota. Si bien la dictadura nos disculpaba un poco (nos “rescataba”, como dice Halperín Donghi), no hubo durante los noventa muchas oportunidades para escapar del espejo que nos reflejaba en toda la confusión e ineptitud que siguen definiendo nuestro lugar en el espectro político más que ninguna otra cosa. Somos inútiles. Dos o tres generaciones, seguidas. Inútiles. Fuimos (en el mejor de los casos, por omisión) incapaces de hacer política como personas, incapaces de juntar a veinte, treinta, cuarenta tipos con posibilidades de pensar siquiera en una alternativa de poder democrática, más o menos progresista, más o menos inteligente. Ni hablar de ponerla en práctica. Es fácil pensar en la Alianza como el Gran Fracaso, pero no del todo cierto: la incapacidad intelectual de los dirigentes “progresistas” dentro y fuera el peronismo era trademark desde mucho antes, y también lo era la incapacidad de los pocos que podrían haber estado a la altura para construir espacios políticos algo más que marginales. No podríamos haber salido incólumes de ese desastre, pero sí, tal vez, más sabios. No parece.

El oficialismo alienta la distribución del meme “pensamiento único” con —precisamente— la misma pasión inequívoca con la cual “los dos demonios” fueron establecidos como teoría a rechazar sin necesidad de que alguien la hubiera enunciado explícitamente antes. Sarlo, en una nota que ya comentamos acá al pasar sin hacerle justicia, parece saber quién inventó a los dos demonios (habrá que preguntarle). Es un artículo mucho más interesante de lo que su tono algo tilingo me sugirió en una primera lectura, y viene a cuento ahora por su referencia a las ambiciones divulgadoras del ministro Filmus

Quiero que se haga una película sobre la represión militar, sobre la base del libro de Miguel Bonasso, Recuerdos de la muerte. Hay poco cine sobre el tema.

y del presidente

Hay que enseñar en los colegios lo que pasó en la Argentina

Dos afirmaciones que resuenan como alarma alrededor de la etiqueta de “pensamiento único” que el gobierno pega sobre cada una de las figuritas noventistas que le conviene. No sólo porque el pensamiento del progresismo nacional en boga dista mucho de ser diverso, sino porque lo ”único” del menemismo era su ausencia total de pensamiento. Podríamos discutir durante un buen rato si el “vale todo”—que Caparrós correctamente identifica como azote de los noventa— dejó un baldío, o si el baldío estaba de antes y encontró en el menemismo una excusa para demoler lo que quedaba. Pero pongámonos de acuerdo en algo: lo que se está construyendo en el terreno recuperado difícilmente sea habitable si el master plan es, como parece, esa versión de segunda mano del recuerdo de lo que había antes. No estaría mal que tanto nosotros (definan este colectivo como quieran) como el peronismo “sano” que gobierna asumiéramos las responsabilidades que Caparrós se sacude limpiamente (con cierto derecho). Mejor aún si pudiéramos, ambas partes, asumir la responsabilidad que nos toca respecto de lo que pasa hoy.

Y este es el párrafo en el cual describo “lo que pasa hoy”, pero me tengo que poner a cocinar así que lo voy a escribir mañana.


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